Una sección de:

Lola Fernández Burgos

“Pasa la vida por la Alameda. Mientras paseamos por ella, no somos conscientes de que la sombra que cobija nuestros pasos ya lo hizo con los de nuestros abuelos, o nuestros padres, o los nuestros cuando éramos niños. Cuántos juegos en este parque. Cuántas promesas de amor. Cuántos besos enamorados. Cuántos sueños. Y también cuánto llanto y dolor desparramados entre sus rincones. Tanto sentimiento entre el olor de las rosas y el vaivén de las ramas de los árboles cuando las agita el viento.

Pasa la vida y se entretiene remolona entre las risas de los críos y las crías; besa el agua de las balsas y el cañillo; se acomoda en algún banco a espiar las confidencias adolescentes, las preocupaciones de los adultos, el rezar gruñón de los abuelos. Por la Alameda pasa la vida sin apenas levantar un leve murmullo. Se ensimisma en el canto de los pájaros y en el crujir de la grava cuando pasa algún perrillo. Se está a gusto en ella, leyendo, escuchando música, conversando, a solas con uno mismo, dejando que los minutos se alarguen sin prisa.”

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