POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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PAISAJE INTERIOR


Ahora que es tiempo de conjugar el verbo vacacionar en todas sus posibilidades, cuando ha llegado el momento de recrear el descanso, podemos relajarnos igualmente a nivel sentimientos. Como si cubriéramos con sábanas blancas los muebles antes de cerrar una casa, extendamos un velo que difumine el mundo emocional y avancemos sin mirar atrás, desnudos por dentro y receptivos a un mundo nuevo.

El verano es más dado a las sensaciones, mucho menos exigentes que los sentimientos y también más ligeras y elementales. Su facilidad nos permite soltar lastre y dejar aparcadas muchas dificultades. Se podría decir que pintamos a la acuarela nuestro paisaje interior, dejando el óleo para otros tiempos, mientras reinventamos el ocio para darle matices desconocidos durante el resto del año. Y es que incluso en el tiempo libre puede surgir la rutina y el aburrimiento, así que es imprescindible irse fuera aunque sea sólo unos días, y si éstos son veraniegos mejor que mejor.  

Cada estío es un reto, por eso no entiendo demasiado a quien repite invariablemente las mismas vacaciones a lo largo de los años. Elegir un destino, con su propio y particular estilo, para pasar unos días de descanso, supone vivir una historia personal diferente. Es como escoger un libro de entre la rica y heterogénea literatura universal: hay tantos, que lo que más satisfacción procura es la lectura del mayor número posible, con independencia de que haya algunas obras que merezca la pena releer. 

A la hora de preparar las maletas ya hemos aprendido, algunos más que otros, que es preferible viajar ligeros de equipaje a hacerlo con exceso de peso. Si además de ello convertimos, siquiera por unos meses, nuestro paisaje íntimo en un remanso, miel sobre hojuelas. Hay que lograr disipar de la sonoridad de nuestro interior toda disonancia, sustituyéndola por armoniosa música. Porque si nos vamos buscando la paz, no podemos llevar con nosotros guerra ninguna.

Disfrutemos del tiempo del verano, con sus largos días y sus noches de  bellos y espectaculares cielos. Paseemos por ciudades, playas y montañas, respirando el aire puro y dejando que la espuma y el sol acaricien nuestros cuerpos. Conozcamos lugares nuevos o revisitemos otros ya conocidos, mezclándonos con las personas en una actitud abierta a otros modos y culturas; y aprendamos de la vida, que late por aquí y por allí, con su inabarcable grandeza.

Pero sea cual sea la geografía elegida para perdernos por ella este verano, no dejemos nunca de mirar ese paisaje interior, porque ello nos permitirá relacionarnos con los lugares y la gente en contacto permanente con nuestros puntos de referencia personales, que es la mejor manera de incorporar e integrar las novedades a la vida nuestra de cada día. Ah, no olvidemos tampoco hacer realidad el dicho que invita a que “donde fueres, haz lo que vieres”; será una garantía de la tan ansiada armonía.