POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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SIN PEDIGRÍ

He pasado unos días de vacaciones en tierras cacereñas para conocer las Hurdes y de paso he podido disfrutar de parte de la Sierra de Gata, que ya se sabe que la naturaleza no entiende de límites artificiales y extiende su belleza sin saber qué denominación le darán los humanos. Ni qué decir que vengo llena de cosas bonitas que me darán vida por un tiempo, porque nada hay mejor que la comunicación directa con la tierra y con los hombres y mujeres que han sabido respetarla tanto como a sus bestias y a los suyos.

La naturaleza tiene tres reinos a los que llamamos animal, vegetal y mineral, siendo éste último diferente por ser inorgánico, frente a los dos restantes, formados por seres orgánicos. El hombre va más allá y se aventura a decir que el reino vegetal está formado por seres vivos que ni andan ni sienten…siempre  comparando todo con el reino animal, del que se siente el rey, como un león en su selva. Qué ciego hay que estar para no ver que la vida del mundo vegetal es imprescindible para la animal, de la cual formamos parte como animales humanos. Reconocemos a leguas la necesidad de respetar (otra cosa es que lo hagamos) y conservar el mundo sin vida pero clave para la vida (qué sería de nosotros sin agua o sin petróleo o sin los materiales para construir nuestras viviendas) y se nos olvida con demasiada frecuencia la importancia del reino vegetal.

Ciertamente he visitado una zona que ha sabido conservar su esencia más allá del paso de los años y de la historia, resistiendo sin esfuerzo los azotes que el progreso infringe cuando los humanos no saben conjugar pasado y futuro en el presente. Una tierra muy diferente a la altiplanicie en la que se encuentra Baza y que me ha hecho envidiar la actitud de comunión de los hurdanos con su hábitat natural. Entre otras cosas porque me ha recordado la cantidad de árboles que hemos talado sin miramientos, más allá de la verdadera necesidad de eliminar los imprescindibles por materia de seguridad. Cuantas veces me quejé, se me dijo que eran árboles sin importancia, sin pedigrí, vamos; como si no importara, y mucho, la vida de cualquier árbol.

Hablamos con demasiada frecuencia de un desarrollo sostenible, respetuoso con el medio ambiente, que después brilla por su ausencia en demasiadas actuaciones. Al final nos deshacemos a la primera del término sostenible y nos quedamos con un desarrollo quese basa más en la cantidad que en la calidad. No estoy de acuerdo con que un árbol no sienta, pero, sin entrar a discutirlo, es innegable que nos hace sentir, lo cual no es baladí. Aunque fuera por simple egoísmo, en pos de un plus de bienestar, bienvenido sea si lograra evitar la agresión a la naturaleza, máxime cuando es absolutamente innecesaria.

Y en cuanto a lo del pedigrí, ¿quién no es feliz gracias a un chucho callejero cualquiera, sin importarle linajes ni genealogías? Y si no le importa al dueño, imagínense al animal en cuestión. ¿Qué es exactamente un árbol sin importancia? Luchar desde el nacimiento para sobrevivir y crecer sano formando parte del paisaje físico y emocional de los humanos ya es grandioso, ¿quién es nadie para darle muerte sin más? A muy pocos kilómetros tenemos un ejemplo de árboles que seguramente gracias a poseer tal pedigrí han llegado a centenarios y, si ningún cafre lo impide, serán milenarios: las secuoyas mariantonias del Cortijo de la Losa en Huéscar. No somos dueños de la naturaleza y hemos de relacionarnos con ella desde el respeto, con independencia de la mayor o menor sensibilidad de cada cual. ¡Que un árbol ha de ser valorado sin tener en cuenta árbol genealógico ninguno, válgame la redundancia y nunca mejor dicho!