POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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COSAS QUE NUNCA ENTENDERÉ


Que es preciso aligerar la Administración nadie lo discute, es una necesidad tan perentoria que hasta los políticos la han convertido en promesa electoral. Pero de lo que se ofrece a lo que después se da, hay con excesiva frecuencia un insalvable abismo, y donde se dijo haré después se dice a ver si hago, y nunca más se supo. Mientras hacía sol, todo estupendo: unos mintiendo y otros dejándose engañar. Fue llegar la lluvia y otro gallo cantó. A ver, si nos quedamos con un problema tan grave como es el paro, ¿cómo entender que para luchar contra él tengamos el INEM (nacional), el SAE (autonómico), los ALPE’s (locales) y otros cuantos más, con funciones que claramente se solapan y con idénticos inútiles esfuerzos y estériles resultados? ¿Que se quedan muchos en el paro con una reorganización administrativa del Estado? Eso es invertir los términos: alimentar una tan gigantesca como multiplicada Administración es lo que hace que por más que la ciudadanía paguemos los platos rotos (por otros), esto sea el cuento de nunca acabar. Y no estoy hablando de un desmantelamiento del sistema autonómico, ni de una descentralización política, sino de una racionalización organizativa de la estructura en la que se asienta el país en su conjunto. Que no es tan difícil, que sólo necesita que a los legisladores no les tiemble el pulso pensando que van a poner coto a tanto cortijo y a tanto chiringuito para su exclusivo disfrute.

Lo repito, no sé cómo algunos ciudadanos aguantan tanto en situaciones innegablemente desesperadas, claramente injustas y sin apoyo ninguno. Para más INRI, algunas personas deciden proyectar contra sí la violencia que les provocan factores externos, caso de los suicidios ante los desahucios, con poca influencia en los responsables, porque ni siquiera se pueden sacudir las conciencias cuando éstas no existen. Que la Banca sea sinónimo de usura legal, que los Jueces se utilicen como cobradores de morosos, que los entes públicos sean todo un ejemplo de indecente derroche y mala gestión, que los que pueden cambiar esto no muevan ni un dedo en ese sentido…, son cosas que nunca entenderé, y además  creo que para entenderlas hay que tener un interior muy podrido.

En medio de circunstancias tan acuciantes una echa de menos que la Iglesia, esa que olvida que es muy importante para sus fieles, pero que al resto nos sería poco menos que indiferente si no fuera porque se empeña en suscitar una y otra vez nuestro rechazo más absoluto, levante su voz contra tanta injusticia. Porque se vanagloria de ayudar a los más necesitados, y es verdad que ayuda, aunque financiada por todos nosotros, no precisamente con sus fondos. Esta Iglesia prefiere ir en contra de la Constitución y de las sentencias del Tribunal encargado de velar por su cumplimiento, y de obligar a los políticos del Opus Dei y demás fachas a ser tan soezmente contrarios a la legalidad como ella misma. Prefiere inventarse debates que no se dan en la sociedad antes que acudir, por ejemplo, a evitar el desalojo de una familia que al quedarse sin casa también se queda prácticamente condenada a la nada. Mientras la cuestión primordial desciende al nivel de la mera supervivencia, esta Iglesia me avergüenza teniendo la desfachatez de hablar del bienestar de los niños y niñas, supuestamente alterado por el sexo de unos contrayentes, después de ser cómplice durante siglos de centenas de miles de casos de violaciones y abusos sexuales contra esa infancia que ahora despierta su compasión. Que según la Iglesia sea peor para la infancia el amor de unos padres que una asquerosa actitud de benevolencia y condescendencia hacia la pederastia, cuando no su misma autoría, es algo que no sólo reafirma día a día mi rechazo más visceral, sino que ni volviendo a nacer infinitas veces querría yo aprender a comprender semejantes desvaríos.