POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
Para remitir sus comentarios, clique AQUÍ

CIUDADANÍA DE SILLÓN 


 Instalada la TV en nuestros hogares como un importante elemento de uso no ya generalizado, sino multiplicado -¿en qué casa no hay más de un televisor?-, la práctica de los deportes de sillón es algo tan frecuente como puede serlo salir a pasear y llevar a los hijos en edad al parque infantil. El término acuñado para ellos es el de sillón ball, que muestra un pobre reduccionismo al balón, aunque tal simplificación puede ser una mera cuestión de pelotas, algo nada raro en países tan machistas como el nuestro. Hay incluso estudios científicos que concluyen que pasarse las horas sentados viendo actividades deportivas por televisión es beneficioso para el cerebro por mejorar distintas habilidades mentales y redundar positivamente en la comprensión del lenguaje. Bueno, si no aparecen nuevas investigaciones que den al traste con tan extravagantes conclusiones, mejor para los que practicamos sillón ball, aunque caben pocas dudas respecto a las superiores bondades físicas del deporte real frente al catódico. Pero no es menos cierto que nos implicamos igual practicando cualquier disciplina deportiva con independencia de que lo hagamos activa o pasivamente. Hemos ganado, decimos, y nos quedamos tan panchos. Sin embargo, ¿qué hemos hecho para sentirnos coprotagonistas en la victoria? Nada que vaya más allá de estar del lado de los ganadores.

Como desde pequeños nos han inculcado lo de mens sana in corpore sano, demos por un momento un salto cualitativo dejando atrás la educación física, y centrémonos más que en el ejercicio corporal en el desarrollo de la mente, en el que las actitudes y los valores son esenciales. Y entonces cabe preguntarse si no hemos llegado a un punto en que también nuestras disposiciones y talantes personales pueden ser denominados de sillón. A diario somos bombardeados fríamente por informativos que nos reconducen directamente al infierno de la actualidad, que al final no es sino la misma vida. Noticiarios que nos colocan al otro lado de los desastres que de continuo vomitan nuestros imperturbables aparatos de televisión, sacudiendo nuestros sentidos, pero quizás sin llegar a tocarnos verdaderamente el corazón. Aunque el sentimiento de implicación, una vez más, suele ser pleno y según lo que veamos y oigamos, así se despierta en nosotros la solidaridad, el rechazo, la indignación, el desconcierto, la desesperanza, la ilusión, el miedo, la conmoción, etc. Pero después de apagar el televisor, mucho me temo que muchos permanecemos a este lado sin ser demasiado conscientes de que no basta con estar al tanto de las novedades informativas,  porque hay que salir a la vida para vivirla realmente. Si algo positivo tiene este momento de máximas dificultades socioeconómicas, tal vez sea la facilidad con que quedan evidenciados los políticos y sus posturas de adhesión o repudio en función de sus intereses partidistas, hoy por hoy omnipotentes frente al interés general, ninguneado y despreciado sin titubeos. Si bien nada puede darles más aire que la pasividad de quedarse a un lado, muy implicados quizás, pero ejercitando una ciudadanía de sillón.