POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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ALMENDROS Y OLIVOS


Los olivos siempre están ahí, con su verde y plata bajo lluvias y soles, perennes, brillantes, aunque nunca lucen más bellos que cuando los almendros con los que se mezclan florecen. De repente, su belleza se intensifica ante la que la rodea, sin desmerecer en ningún momento y sin tener nada que envidiar. ¿Ocurre igual entre los humanos; nos apoyamos los unos en los otros a la hora de resaltar nuestras cualidades, o entramos en una guerra de competiciones y deseos de epatar con el brillo propio cualquier otro que nos sea ajeno? La naturaleza es una fuente inagotable de sabiduría, y nos ofrece lecciones de vida a través de la fauna, la flora y todos los fenómenos que nos convierten en seres menguantes. Pero parece que somos poco dados a aprender todo aquello que hace la vida más cómoda y armoniosa, demostrando que, contra la creencia general, para nada somos los animales superiores que nos pensamos con demasiada ligereza. Superiores a qué o a quién, tendríamos que preguntarnos, porque hay que estar muy ciego para no reconocer la evidencia.

Con los años empezamos a considerar la existencia una carrera de obstáculos, pero de ahí a llegar a un sálvese quien pueda hay un salto cualitativo. Deberíamos comprender que desde que vivimos en sociedad, nos necesitamos recíprocamente, sin que debamos ser los más en nada, al menos si lo logramos pisando a quienes consideramos los menos. Aquí y ahora estamos las generaciones que coincidimos en este tiempo, sabiendo que otros muchos pasaron antes que nosotros, y que muchísimos más vendrán después. Lo esencial no radica en los que habitan en la Tierra, sino en que seamos capaces de conservarla para nuestra especie y las demás sin que sea achacable a nuestras acciones su deterioro hasta hacerse insalvable. Nada de lo que hallamos al nacer nos pertenece, más allá de nacionalidad y parentesco. Así que no nos arroguemos ningún poder que no nos corresponda, porque al final se trata de vivir y dejar que los demás hagan lo propio, sin mutuas interferencias.

Unos serán discretos como olivos, y otros de exuberancias puntuales cual almendros tras salir del largo invierno, pero todos poseemos algo tan valioso como la vida, a modo de lienzo en blanco sobre el que plasmar nuestro estilo, y éste será mucho mejor cuanto más capaces seamos de respetar nuestro entorno y a quienes nos circundan. Y a todos nos azotarán los vientos, nos empaparán las lluvias y nos resecará el sol, por más que nos podamos sentir gigantes; al igual que compartiremos cielos y brisa, el aire que nos da la vida, la perpetua sucesión de noches y días. Inmersos en infinitos juegos de ciclos, de efervescencia y decadencias, y sujetos a lo que para cada quien depare el destino, o esas fuerzas inconmensurables y desconocidas que cada uno llamaremos como más nos guste. Puede que siempre hayamos mirado al infinito, buscando la ayuda de dioses y energías que no incluyan la destrucción y el olvido; pero tan sólo nos tenemos a nosotros mismos, y me parece más razonable e inspirador considerarnos compañeros de siglo y amigos, más que adversarios o directamente enemigos. Para compartir belleza y terruño en concordia y paz, tal y como hacen con toda naturalidad almendros y olivos, y tantas y tantas expresiones de vida como podamos ser capaces de imaginar.