POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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CAPEAR EL TEMPORAL


Me levanto y me digo que ya ha entrado el otoño, con lo que va siendo hora de retomar estos artículos semanales y compartirlos de nuevo con mis lectores: o sea, con ustedes; así que me siento ante la pantalla del ordenador y... terremoto al canto. Aparte del susto, no ha sido muy intenso aunque sí ha durado bastante, enseguida me viene el triste recuerdo de Italia y sus terribles seísmos de este verano. Que vaya veranito, entre terrorismo, fuerzas de la naturaleza y ese desagradable viento de Levante que a la postre ha sido su banda sonora. Por no hablar de la situación de des-Gobierno en la que andamos aún, pero en eso prefiero casi ni entrar, que mi hartazgo respecto a políticos y asociados es similar al del resto de la ciudadanía.

Igualmente, me pasa como a todos en general, que en verano prefiero el frío, y, cuando llega, añoro el calor. Que no me negarán que somos raritos y todo nos vale para la queja; sin ser menos cierto que el exceso siempre harta, y los calores, más que excesivos, han sido sencillamente insoportables. Me basta recordar el Cascamorras, que si el año pasado vio caer sobre él y todos sus acompañantes la tromba del siglo, en este ha sentido el implacable peso no de una ola, sino de todo un tsunami de achicharrante calor. Eran casi las siete de la tarde y las calles del centro estaban prácticamente desiertas; no recordaba nada igual, aunque si sólo salir al balcón era una odisea, estar en el asfalto viviendo nuestra fiesta principal fue un acto heroico, cuando menos. A ver si el año próximo se olvidan del protagonismo las condiciones climatológicas, porque nada ni nadie debiera rondarnos si no están invitados, digo yo. Hablar del tiempo ya no es sólo una pasión anglosajona, o un recurso perfecto para el ascensor; cuando es innegable que puede ser definitivamente implacable en sus consecuencias, como ya lo es en su misma acción.

Disfrutemos del otoño, pues, que aunque se barrunta cálido, nada puede ser tan desagradablemente comparable al inicio de este mes de septiembre, por favor. E imaginémoslo sin vientos tan persistentes como los de la canícula, que merecerían un artículo aparte, pero que no tendrán por la simple razón de que mucho molestar para nada, porque después de semanas seguidas dando la tabarra, al final resulta que sin ventaja ninguna, pues lo feo permanece intacto y lo bello, si llegó, desapareció por donde vino. Quiero brisas y un viento amable, si eso existe, que deje sin hojas a los árboles caducos; pero que se calle un poquito el Levante y se lleve su cantinela a otra parte. No es mal deseo para encarar los meses venideros, aunque está por ver si se cumple, que ya sabemos que el hombre propone... y el destino dispone. Ante la situación actual en nuestro país, nos esperan cambios sí o sí, algo de agradecer después de semejante estancamiento. Esperemos que todo sea para bien y a ese nivel podamos hablar también de agradables brisas, será señal de que todos los responsables de ello han sido por fin capaces de capear el temporal, porque mucho me temo que ya no se estará guarecido ni en el más seguro puerto.