POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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DE AQUÍ A LA ETERNIDAD


Malos tiempos para la libertad, cuando la simple mención de títulos de canciones que en su época nos hicieron bailar sintiendo que los tiempos estaban cambiando, hoy acarrea la imposición de multas que son como mordazas. La libertad es un océano, es el campo a quien nadie osaría poner puertas; a través de ella se abren caminos, se desdibujan miedos hasta no formar parte ni del recuerdo. Aunque sólo sea como inspiración, ella nos hace más fuertes y más valientes, y tendría que ser una canción de hermandad, antes que un motivo de enfrentamiento. Pero la realidad nuestra de cada día nos avisa de que en vez de avanzar, retrocedemos; de que para el poder inmovilista, desunirnos es lo más rentable. Y nada se ofrece a cambio de la involución, a no ser exigencias de acatamiento, que en muchos se da espontáneamente, y para otros es justo espolear su rebeldía de aquí a la eternidad.

Hay actitudes vitales que, mayor pero no exclusivamente, son propias de una edad, de una etapa evolutiva de la personalidad de tránsito entre la niñez y la adultez. Esa adolescencia, esos años tan difíciles de atravesar sin que queden secuelas para el resto de la vida. Nadie aceptaría sin sorprenderse, por ejemplo, la falta de una actitud crítica y rebelde en un adolescente; y sin embargo, cómo sorprenden una mujer o un hombre que hacen de la rebeldía el leitmotiv de sus días. Mientras haya montañas, alguien se propondrá escalarlas; así, aunque levanten ante nosotros obstáculos y muros, muchos habrá que se nieguen a cambiar el rumbo propio para seguir el impuesto, y seguramente seguirán mirándose a la cara orgullosos, a pesar de que se les pueda demonizar. Puedo sentir que el aire que respiramos está tan viciado que urge abrir ventanas y puertas para renovarlo, lo malo viene cuando no nos dejan, cuando tratan de convencernos hoy de algo y mañana de lo contrario si es preciso, cuando pasan de nosotros y encima pretenden que se lo agradezcamos porque lo están haciendo todo por nuestro bien. Demasiada incoherencia y mucha falta de respeto hacia el nivel intelectual de la generalidad... aunque es lo que hay, y ante ello, o lo tomas, o lo dejas.

No me gustan las personas miedosas, y aún me gustan menos las que quieren asustar. Sentir temor es tan humano como comprensible en un momento dado; pero querer condicionarnos a base de miedos, o amenazarnos con todos los males posibles habidos y por haber, eso es ya indecencia y mal hacer. Estamos viviendo un tiempo en el que muy a menudo hay que posicionarse, y para ello no encuentro mejor guía que la de nuestros valores y principios: en épocas de confusión los considero más sólidos que las ideologías o las creencias. Pues puedes dejar de creer de la noche al día, y doy fe de que es algo que he sentido en exceso últimamente; pero en ello suele haber una decepción ajena, un derrumbarse ante nosotros referentes que creíamos firmes. Incluso no es infrecuente, a estas alturas, que algo que te motivaba con gran ilusión, te llegue a suscitar incluso rechazo; aunque en ello no somos, generalmente, quienes decidimos, más bien es un actuar en consecuencia. Pero lo que llamamos principios y valores son tan íntimamente nuestros, que me parecen apoyos esenciales a la hora de saber qué hacer cada vez que se nos presente el dilema personal de significarnos en uno u otro sentido. Pienso y siento que hay que seguir el camino que nuestras convicciones más íntimas demanden, para que, aunque al final concluyamos que nos equivocamos, al menos haber actuado sin mentirnos a nosotros mismos.