POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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LA RELIGIÓN ES VIDA


Si echo atrás la mirada, en los últimos años he visto cómo la Iglesia respaldaba y apoyaba manifestaciones en contra del aborto y del matrimonio homosexual, pero no la recuerdo al lado del desahuciado, del desamparado, del sin techo; no la escuché alzar la voz contra el poder corrupto que otorga un abandono salvaje a cambio de un sucio enriquecimiento. Los obispos daban recientemente el visto bueno a invertir 70 millones de euros en una cadena televisiva que no sólo es de vergüenza ajena, sino que es sobre todo un insulto a la inteligencia. Resulta que al conjunto episcopal no le parece una cifra desorbitada, ajeno por lo visto a que no lejos de sus palacios mueren ancianos en incendios provocados por velas, desprovistos de algo tan básico como la luz que no pueden pagar. Pero el obispo verá cómodamente su cadena particular, pagada por todos, sin acordarse de los que malviven. Y las grandes compañías eléctricas se embolsarán miles y miles de millones. Hay personas, como el padre Ángel y sus Mensajeros de la Paz, y organizaciones como Cáritas, que engrandecen la labor de entrega a los demás; la pena es que hayan de recurrir a la caridad para poder desplegar su acción caritativa. La Iglesia recibe dinero de nuestros impuestos, deja de pagar muchos de los suyos, se embolsa igualmente una aportación por parte del Estado; se nutre, pues, muy especialmente de un dinero que es de todos... y la verdad, preferiría que fuera para quienes sufren pobreza energética, que son más de cinco millones de españoles, más otro buen número de ciudadanos en riesgo de padecerla.

Me pregunto de qué ha servido el progreso, si somos incapaces de corresponder como se merece a nuestros mayores, después de toda una abnegada vida de entrega. Nuestros antepasados más remotos respetaban a los ancianos, y éstos eran un elemento esencial en el grupo humano; pienso por un momento cómo entenderían una realidad como la nuestra a día de hoy: con abuelos que mueren solos y abandonados, y que no sólo tienen frío y se ven condenados a una injusta oscuridad..., es que muchos de ellos tienen hambre, y a muchos otros se les ha echado de su casa para siempre. Uno solo sería demasiado; tantos, apesadumbra. Y se olvida la Iglesia católica de que su doctrina está con los pobres, de que Jesús alertó de que era más difícil que un rico entrara en el reino de los cielos, que que un camello pasara por el ojo de una aguja. Y mientras no estén cubiertas las necesidades más básicas y elementales de una parte de la ciudadanía, me parece un pecado mortal tirar un dinero para burdos adoctrinamientos que sólo convencen al ya convencido. Si no tienen vocación de servir al necesitado, mejor sería que se dejaran de vivir del cuento y con maneras y modos contrarios a las enseñanzas que debieran inspirar sus vidas. Recuerdo una monja que siempre me decía que la religión es vida, y hoy la comprendo mejor que nunca. De nada sirven oraciones, rezos y homilías, si uno se olvida de lo esencial, que no es sino reproducir la bondad y la entrega; nunca la usura, o la codicia. No queremos más víctimas por una pobreza energética que hace un poco más rico al canalla de turno, ni cobardes que se callen cuando pasan estas cosas en pleno siglo XXI.