POR LA ALAMEDA

Una sección de Lola Fernández Burgos
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LA PAJA EN EL OJO AJENO


Hay problemas sociales tan graves, que dedicarles un día al año es insuficiente a todas luces para darles el remedio que hay que conseguir con un esfuerzo continuado a lo largo de los meses. La prevención es esencial cuando la cura es sólo un parche, y en ella me parece imprescindible la labor de los educadores, mujeres y hombres que hoy se ven obligados a un plus de tareas administrativas de adaptación a legislaciones que no terminan con sus dificultades profesionales, sino que antes al contrario las incrementan. Lo peor es que con tales exigencias, se ven muchas veces impedidos para realizar adecuadamente su auténtica función, que no es otra que la de educar, y hacerlo de la mano de los padres; pues si a la hora de formar integralmente a niños, adolescentes y jóvenes es importante la escuela, no se queda atrás su hogar. No puede uno quejarse del nivel académico del alumnado de nuestro país, cuando no se escucha al profesorado en sus peticiones, y más bien se le culpabiliza e inspecciona con celo como si su afán fuera el de descuidar sus responsabilidades.

Me parece a veces que en España se protege al sinvergüenza y se presiona sin disimulo a la gente que hace justamente lo que tiene que hacer. No es coherente que no se mueva un dedo para obligar a devolver tanto dinero de todos robado con descaro -y por qué no ser descarados, se dirán, si cuando se desvela un latrocinio se persigue antes al que acusa que al acusado -, y al mismo tiempo recortar sin miramientos la inversión en derechos tan básicos como la educación; poniendo, eso sí, el punto de mira en quienes a ella se dedican, a la hora de buscar razones para un fracaso que es más que evidente que se debe a causas externas al ámbito del aula. Para que las cosas funcionen es preciso actuar correctamente, a base de apoyo, no de obstáculos y zancadillas. A lo mejor, si se atendieran las demandas del profesorado acerca de sus necesidades en lugar de marear con una ley detrás de otra, podría éste trabajar motivadamente en una ocupación que es ante todo una vocación, aunque en la práctica, cada vez más, conlleva sinsabores e ingratitudes, en un ilógico compás de apremio en lugar de una tan necesaria como deseable dinámica de colaboración.

No me extraña que en algunos países la docencia se imparta cada vez más por personal foráneo; no tiene nada de raro si se convierte en una actividad estresante, de agobio, en ocasiones de riesgo real, socialmente incomprendida, desautorizada políticamente e injustamente tratada. Porque debe de ser desalentador que te mengüen los medios al tiempo que te incrementan la ratio de alumnos y alumnas por clase y el número de horas; que tengas que emplear prácticamente todo tu tiempo libre, y más, en preparar tu trabajo diario -lo general es acabar de trabajar y volver a hacerlo al día siguiente-; pero que se te ataque por tener muchas vacaciones -parece en ocasiones que a los padres les molesta compartir el tiempo al 100% con sus hijos, cuando deberían estar deseándolo-. Por desgracia, es excesivamente frecuente poner el foco de atención lejos para ocultar la incapacidad personal; y al final se acaba siempre detectando la paja en el ojo ajeno, sin ver la viga en el propio. El éxito social, y un adecuado y fructífero plan de educación lo es sin duda, es cosa de todos, porque para obtenerlo han de verse implicados múltiples sectores; así que culpar sólo a unos pocos del fracaso, es no sólo muy injusto y carente de fundamento, sino sobre todo totalmente ineficaz para atajarlo.