422. Fugacidad

Lo mejor que la naturaleza ha dado al hombre es la brevedad de su vida

Plinio el Viejo

 

La caducidad es algo que a veces puede parecernos un fastidio, por pensar que lo bello y agradable debería durar eternamente, y nuestras existencias formar parte de esa eternidad. Pero, ay, como bien nos decía Baltasar Gracián allá por el Siglo de Oro, el XVII, en su recopilación de aforismos “Oráculo manual y arte de prudencia”, lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aún lo malo, si poco, no tan malo. Hagamos caso a los pensadores, que para eso la naturaleza les dotó de unas mentes clarividentes que nos han ayudado a través de la historia de la humanidad a comprender el sentido y significado de las cosas más complejas y oscuras. Está claro que a cualquier persona le gustaría que lo bueno no fuera breve, pero es que si imaginamos su continuidad en el tiempo, tampoco es difícil adivinar el cansancio e incluso el hartazgo de vivir sólo lo mejor. Es más, sólo por contraste con lo malo, podremos considerar la bondad de cualquier entidad. De ahí que en la brevedad se encuentre el secreto del deleite, y es la fugacidad la que nos fascina, pues sabemos que sólo si prestamos toda nuestra atención sabremos captar el misterioso encanto de las experiencias, y a la postre de la vida misma.

Foto: Lola Fernández

Si paseamos en estos días de invierno, próxima ya la primavera, por los campos y paisajes, veremos la transitoriedad de una majestuosa belleza que nos brinda su grandeza sólo si sabemos apreciarla, pero que aun siendo así, si nos distraemos la perderemos hasta que se renueve otro ciclo. Porque tanto la nieve en las cumbres, por ejemplo, como las flores de invierno adornando los árboles, son de una brevedad que exige de nuestros sentidos especial vigilancia si no quieren perderse un festín exclusivo para ellos. No hay nada hermoso si no se conoce la fealdad, ni nada tan intenso como lo que sabemos que desaparecerá antes de darnos cuenta. Y si esto es motivo de lamento es porque aún no aprendimos a captar y quedarnos con la esencia. Seguramente si nos fijamos en lo negativo, sabremos de inmediato agradecer nuestro conocimiento de que no hay mal que cien años dure, y esperemos que mucho menos, porque la mayor caducidad es la de nuestras vidas. En la infancia, qué despacio va todo; pero conforme crecemos, menuda velocidad cogen los días. Lo peor es que tal relatividad sólo llegamos a comprenderla cuando quizás sea ya demasiado tarde para hacer nuestro el firme propósito de disfrutar intensa y conscientemente cada instante vivido. Aunque lo cierto es que más vale tarde que nunca, y haremos bien si incorporamos a nuestros deseos la aspiración de atrapar la brevísima fugacidad de la realidad que nos rodea. Únicamente de este modo estaremos viviendo con plenitud todo aquello que está a nuestra disposición con la única condición de que sepamos captar su existencia. Al fin y al cabo, sólo tendremos aquello que hayamos vivido, más allá de su extinción o de su persistencia.