446. Transformaciones

En una sociedad que a veces y por desgracia es sumamente hostil para quienes la habitamos, mirar hacia la naturaleza es, más que un escape, un modo de encontrar la verdad. Es que cuando hay tanta mentira por todas partes y entre tanta gente, mirar al cielo y disfrutar con el dibujo de sus nubes, es un milagro en el que cobijarse. Frente a tanta cosa fea, precisamos de un refugio en el que no perder lo bueno que albergamos dentro. En estos días de intensas lluvias es fácil entender que por bonito que sea ver llover, más nos vale resguardarnos si no queremos terminar empapados, y quién sabe si con un buen resfriado, o algo peor. No hay por qué desconfiar de la bondad ajena, de eso no hay duda; mas al final pagan justos por pecadores, y si te engaña alguien, ya recelas de que no lo vuelvan a hacer otros. Es algo absurdo, pero existen personas que juegan a parecer que son, aunque sin ser realmente. Bueno, ser claro que son, cómo no, pero desde luego muy diferentes a como aparentan. Es algo que ni entendí, ni entiendo, ni entenderé: si se finge algo y con éxito, es decir, engañando a los demás, es porque se sabe ser tal y como se finge ser; y si eso es, por lo general, bueno, por qué no lo convierten en verdad y se dejan de disimulos… Si eres malo pero cuela cuando te haces el bueno, es porque claramente ves la diferencia entre maldad y bondad. ¿Qué trabajo cuesta ser de verdad y no una mentira andante? Al final, a los mentirosos se les acaba calando, y terminan muy solos, o rodeados de más embusteros… y así ya me dirán si podrán vivir medianamente bien. Sin embargo, y francamente, me importa un bledo el destino de gente que vale tan poco.

Foto: Lola Fernández

Lo peor de todo es que cuando te vas topando con seres de tal calaña, ínfima y nefasta, tú te vas dejando cosas buenas por el camino. Y ello hace que vayas cambiando: son esas transformaciones defensivas, que actúan a modo de corazas para no acabar heridos o muertos; lo cual es peor, pues encima no tiene remedio, que ya se sabe que la muerte es lo único definitivo. Aunque hemos de evitar por todos los medios y maneras entrar en este juego de mudanzas y metamorfosis conductuales, provocadas por el actuar de los demás. Es muy difícil no perder la inocencia, mantener la confianza, mirar a la gente sin tener memoria de la propia experiencia pasada; pero no es imposible. Así que como reto hay que procurar que las únicas transformaciones que nos permitamos contemplar sean las de la naturaleza, tan evidentes en estos tiempos otoñales que tenemos la suerte de poder disfrutar. Y ello, además, durante tres meses al año: por si nos pillaran tontos, o adormecidos, o enfrascados en batallas que consideremos más importantes, que tengamos otras oportunidades de aprender a saborear el placer de lo auténticamente esencial. Porque es que nunca aprenderemos, o igual sí, quién lo sabe; y mientras tanto, la vida ahí afuera nos regala los maravillosos cambios de la renovación. Dichosos aquellos que son capaces de verlos y comprender que son la única certeza que tenemos, pues el mundo que nos circunda es pura y simple transformación.