699. Un puñado de amapolas

Por Lola Fernández.

Como muestra de que el tiempo pasa imperturbable y ajeno a los asuntos mundanos, ya tenemos aquí la última semana de mayo, y lo hacemos pudiendo sentirnos privilegiados por vivir este mes dos lunas llenas, la que lo iniciaba, la Luna de las Flores, y con la que lo acabaremos y daremos paso a junio, la Luna Azul. Si los plenilunios están cargados de belleza, tener nombres así de bonitos es un plus para los corazones románticos, que seguro que los hay y están pletóricos en un mes tan primaveral y florido. Bueno, no nos quejaremos a estas alturas de año, porque estamos teniendo un poco de todo en esta estación: viento, lluvia, frío, tormentas, calor, días más largos con el añadido de luz diurna… Bastante equilibrados estamos los humanos, habitantes de una Tierra sometida a la rotación y a la traslación, que ya no solamente gira sobre su eje y orbita a la vez alrededor del sol, sino que lo hace a velocidades de vértigo. Si a ello le añadimos que la música que nuestro planeta lanza al espacio sideral la marcan más los tambores de guerra que los trinos de los pájaros, demasiada armonía cobijamos y nos resguarda de los desajustes externos. Que a nadie se le ocurra pensar que somos seres débiles, porque poseemos una fuerza que en nada ha de envidiar al mundo que habitamos; otra cosa es que lleguemos a olvidar que él puede hacernos desaparecer en un instante con un simple estornudo, válgame el recurso retórico.

Foto: Lola Fernández

Y en un ámbito tan cambiante, nada tiene de extraño que todo se transforme, aunque, curiosamente, junto a tanto cambio, hay siempre un juego de resurgimientos y de recuperar cosas, asuntos, eventos y modas que podríamos pensar en un momento dado que ya no volverían nunca más. Qué equivocados estamos si así lo creemos, pues la verdad es que el pasado siempre vuelve, y no sólo porque regrese a nuestro presente todo lo que anteriormente dejamos sin resolver, sino también porque hay mucho resuelto que de repente reaparece, sin ni siquiera saber por qué, o porque las nuevas situaciones tienden a resucitar cuestiones ya más que finiquitadas. A ver, ahora que el loco pitres de Trump amenaza con retirar militares estadounidenses de las bases españolas, también de Italia y Alemania, que él ya se sabe que es algo histriónico y grandilocuente, ha vuelto a adquirir toda la vigencia y validez el Yankee go home de antaño, cuando ese grito de ¡Yanquis fuera! se había quedado desfasado y fuera de lugar. Se supone que los militares de USA que viven en nuestras bases, de soberanía española, están ahí con funciones de colaboración y defensa en caso de peligro para nuestro país…; pero de qué nos pueden servir cuando el mayor riesgo y las peores amenazas nos llegan precisamente de los EE.UU., qué seguridad nos puede proporcionar un ejército adversario: mantenerlos aquí es tanto como tener el enemigo en casa. Y es que la vida da casi tantas vueltas como la Tierra, espero que más pausadamente, aunque lo cierto es que a veces es todo un torbellino que nos exige la máxima fortaleza. No es nada excepcional, pues, agarrarse a las cosas sencillas y casi imperceptibles, como es observar el paso de las fases lunares y aprovechar cuando menos luz hay allí arriba para disfrutar mirando los cielos cuajados de estrellas; o pasear cuando sobre los campos de cultivo hay alfombras amarillas, rojas, azules y de los diversos colores de las flores silvestres que crecen entre los sembrados: un sencillo puñado de amapolas al borde del camino ya es en sí mismo un poderoso antídoto contra el estrés de los tiempos que vivimos.