704. Descontextualizando

Por Lola Fernández.

Hay temas escandalosos que se expresan a través del arte o de la publicidad, por quedarme con dos aspectos de la realidad bastante antagónicos y, sin embargo, coincidentes en esto, para los que se pide contextualizar con vistas a que las ideas reflejadas queden enmarcadas, temporalmente sobre todo, para ser bien entendidas. Por supuesto que me niego a que nadie me indique cómo mirar, y menos cómo ver, y creo que en muchas ocasiones no tiene nada de negativo extrapolar, sacar de contexto, desnudar y quedarse con lo que realmente importa, por encima de coordenadas de ubicación en un tiempo y una sociedad pasadas. Si una pintura, o una fotografía, hace apología de violaciones y vulneraciones de cualquier tipo, que no me vengan con que hay que situarlas en un determinado contexto; y lo mismo puedo decir, por seguir con los ejemplos, con ciertos anuncios televisivos de los años 70 en los que se culpabiliza a las mujeres maltratadas por no tener preparados para sus maridos una copa de coñac o unos cigarrillos rubios que les quiten las ganas de majarlas a palos. La creatividad y su expresión, al igual que las comunicaciones que se pagan para que consumamos, no son inocentes porque se amparen en un momento de la historia, y no están libres de tener que preservar los principios y los valores que nos hacen personas mejores que las peores bestias.

Foto: Lola Fernández

Descontextualizando se mira a los ojos a la verdad, y no me quieran vender la moto con tantas mentiras, por mucho que pretendan apoyarse en una presunta legitimidad. Hay una cosa que se llama decencia, humanidad, y que impide, por un decir, desahuciar a una persona de 87 años que necesita ir sentada en una silla, sin alternativa habitacional, además, después de vivir 71 en su casa pagando siempre el alquiler, por más que un fondo buitre haya adquirido el edificio, a muy buen precio porque había un piso con bicho, para especular reconvirtiéndolo en apartamentos turísticos. Como no se puede poner trabas al uso del nombre de una fiesta popular, aunque se haya registrado su denominación: la tradición no cabe en una marca o una patente, ni un ser humano ha de ser considerado un bicho al que aplastar con la fuerza de la ley. Imposible ignorar que cada día hay más de 50 desahucios en España, y creo que, con los impuestos que pagamos religiosamente, no nos merecemos tener una policía con guantes de seda para fascistas que solamente buscan reventar la democracia, mientras usan puño de hierro contra quienes defienden los derechos sociales que benefician a todos, incluidos los fascistas y la policía que, ante ellos, mira a otro lado (sin generalizar respecto a ésta, claro está). Descontextualizando, no me gusta nada una sociedad que permite estas aberraciones: unos indecentes políticos que disfrutan de todo, pedazos de áticos incluidos, por ejemplo, con un dinero que es de la ciudadanía, mientras a ésta se la castiga a unos salarios y pensiones para, con más frecuencia de la que pensamos, malvivir, después de toda una vida trabajando y cotizando. No quiero formar parte de estos engranajes perversos que roban el bienestar a las personas, en lugar de procurárselo; y tengo muy claro que es preferible elegir a políticos que hagan de la decencia y la dignidad su principal faro, para que nos representen bajo su luz, por encima de pobres intereses partidistas. Ese es el único contexto que me interesa, como a la mayoría de la gente, estoy segura, porque sé que hay muchas más personas buenas que malas: ya sólo falta que vean que no tienen por qué permitir que una minoría de gentuza las oprima y les amargue la existencia. Sé que no todo está perdido y, por fortuna, siempre tenemos la oportunidad de votar, que es el enorme poder con el que contamos todos, incluidos quienes sentimos demasiadas veces decepción e impotencia al ver cómo nuestra sociedad parece ir olvidando los fundamentos del bien común.