705. Incertidumbres

Por Lola Fernández.

En épocas de transición, en cualquiera de sus múltiples manifestaciones, surgen las incertidumbres, que visualmente podrían asemejarse a un balanceo en uno de esos trampolines en los que subes para lanzarte al agua, nunca para mirar, dado su inestable movimiento. Que vivimos un tiempo de cambio, es casi la única certeza, y ésta no es de las que transmiten confianza y seguridad, por lo que de poco nos sirve, a nosotros que rechazamos la inquietud que nos provoca cualquier margen de duda que no sea razonablemente soportable. Con lo inexacta que puede llegar a ser toda predicción de futuro, cómo no vamos a sentir que nadamos en un mar de imprecisión, o que estamos atrapados en arenas movedizas, con esa falta de firmeza sobre la que apoyarnos, casi como si estuviéramos padeciendo un fuerte seísmo que nos aterra, precisamente porque ignoramos completamente cómo acabará. Y no me estoy adentrando en una abstracta metafísica, porque hablo de cosas tan tangibles y prácticas como qué ropa nos vamos a poner, si ya es el momento de guardar las prendas de verano y sacar las de otoño, tipo de calzado y si coger o no un paraguas a la hora de salir de casa, pongamos por caso. De qué me sirve un aviso amarillo de lluvias, si después pasan las nubes y ni cuatro gotas se dignan dejar; por no meterme en política, en estos días convulsos en que lo mismo sientes que germinará una revolución, que temes que prevalezca una terrible involución que transforme nuestra sociedad en un cangrejo que camina hacia atrás.

Foto: Lola Fernández

Piedra a piedra, con contraste, por ejemplo, entre blanco y negro, así se puede crear una bella imagen; mas no será hasta el final que seamos capaces de vislumbrarla en su conjunto, por lo que de poco nos va a ayudar la intranquilidad y la insatisfacción de querer ver el todo cuando solamente tenemos fragmentos de realidad. Exactamente, de realidad, que es tanto como hablar de verdad, por lo que, aunque estemos impacientes, no habrá distorsiones que introduzcan datos ficticios que nos engañen en nuestros pronósticos. Sin embargo, hay que añadir el factor bulo, la mentira que nos acecha por doquier y se transforma en una neblina que no nos deja ver con objetividad, por lo que será difícil, si no imposible, hacer un pronóstico acertado. Así que es preferible dejarnos de presagios, que, a la postre, serán erráticos, y limpiar nuestro aire de imprecisiones y confusiones: si no se sabe, mejor no inventar, porque no cuesta nada, pero es completamente inútil. Incluso hay que dejar a un lado la intuición, que de poco sirve cuando la novedad es la que impera; pues si habla la costumbre, nos movemos como pez en el agua; y si se despliega la rutina, ningún imprevisto llegará para asombrarnos. Pero, ay, pobres si nos sacude lo inesperado y lo desconocido, ahí es cuando pasamos a estar más perdidos que un pulpo en un garaje. Vamos, pues, a ser muy conscientes de que, en tránsito, conocemos el origen, pero no tenemos ni idea de cuál será el destino final, porque estamos en movimiento y cualquier cosa puede ocurrir que sea ajena a nuestro control; y en este periodo de pura incertidumbre, lo mejor será que estemos atentos y preparados para actuar con celeridad si hemos de huir de cualquier peligro, que no están los tiempos para permitir que se duerman nuestros sentidos.