Por Lola Fernández.
Entre la democracia y el fascismo existe un continuo de degradación moral tan evidente que hay que estar muy ciego para no verlo, y es imposible quedarse callado ante tanto despropósito. Después de la Revolución Industrial, con una dura explotación laboral de la infancia, no tardaron demasiado en aparecer las presiones sociales y de los primeros sindicatos para que surgieran leyes protectoras de los niños y niñas, buscando sacarlos de las fábricas y que tuvieran acceso a su escolarización. Ha llovido mucho desde entonces y poco a poco se acabó, a base de regulación legislativa, con tan cruel y peligroso abuso infantil, pasando los menores a dejar de ser mano de obra barata para convertirse en sujetos de derechos que velaban por su seguridad y educación. Nadie debería robar los sueños de los niños, forjados a base de fantasía, risas e ilusión, ni emborronar los colores de sus vidas para pintar en blanco y negro sus días. Por eso me parece cruel e insoportable la imagen de esos policías americanos, armados y enmascarados, arrestando a un niño de 5 años para usarlo de cebo con sus familiares. No sé qué edad tendremos cada cual, pero quien lea esto, sin excepción, tuvimos 5 años, y quien más, quien menos, seguro que recordamos qué indefensos éramos entonces y cuánto amábamos a nuestros padres. Podemos ponernos un momento en lugar del pequeño, y seguro que sabremos el horror que le tocó vivir, con la excusa policial de atraer a su padre, un inmigrante legal que está tramitando su petición de asilo. No cabe mayor pérdida de valores y decencia ética y social, como es difícil encontrar un comportamiento más inaceptable e improcedente, y no deberíamos nunca jamás normalizar tal degradación y pérdida de la integridad que se le presupone a los humanos. Qué herramientas emocionales proporcionamos a la niñez, si se rompen sus sueños y se acaba con sus juegos; ninguna persona honesta puede ser cómplice de semejante degenerada decadencia.
Eso es precisamente lo que busca el totalitarismo implícito en distanciarse de los sistemas democráticos, hacernos comulgar con ruedas de molino, que lleguemos a ver bondad en las mayores vilezas, con un deterioro conductual que va buscando hacernos peores cada día. Ya no se conversa, más bien se insulta; no se habla, se grita; no se escucha, se busca el intervalo para hablar, hablar y hablar… Pero ¿se dice algo en ese parloteo, se busca el entendimiento, se crea comunicación? Necesitamos perspectiva, y pasarán años hasta que puedan calificarse estos tiempos y describir sus rasgos más significativos; sin embargo, ese arrestar a un pequeño inocente, sin más carga que la de su mochila escolar, es tan sucio como el trato dado a los críos y crías en las alienantes fábricas de la Revolución Industrial, que fue como un infierno para aquellos pequeños aprendices, a quienes se trataba con una brutalidad tal que hasta en sus esqueletos pueden verla hoy los científicos al analizar tales restos biológicos. No nos callemos nunca si alguien hace daño a cualquier persona, pero seamos aún más firmes ante los ataques a los más desvalidos, sean los niños, sean nuestros mayores: todos fuimos pequeños, y todos aspiramos a llegar a viejos, aunque no lo parezca, viendo el tratamiento que da, demasiadas veces, nuestra sociedad a unos y a otros.
