685. Desembalsar

Por Lola Fernández.

Tema delicado es esperar cuando no hay más opción que desesperar, y el colmo de los colmos es que aquí no nos llegue más tren que el de unas borrascas que no dan tregua: Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta… Qué barbaridad, qué hartura, y eso que Baza no las ha sufrido especialmente, más allá de un impenitente viento que se pasa noches y días aullando, algo de lluvia, no demasiada, y ver la sierra y las montañas más altas de un bonito blanco níveo. Aunque hemos recibido avisos amarillos y naranjas, por nieve, por lluvia, por viento, el rojo no nos alertó, y conociendo el panorama tan difícil en algunas zonas de Andalucía, y del resto de España, la verdad es que no nos podemos quejar; sin embargo, descorazona profundamente ver en otros lugares las aguas anegando calles y campos, los ríos desbordados, los embalses hasta arriba, los pueblos desalojados, esas auténticas riadas bajando calle abajo sin visos de parar incluso cuando no llueve… Estamos ante un auténtico desastre, no sólo a nivel económico, y tardaremos mucho en olvidarnos, especialmente quienes se ven obligados a empezar de cero por haberlo perdido todo. Una vez más, la fuerza de la naturaleza nos hace conscientes de nuestra insignificancia, y es lo que invariablemente pienso cuando veo a los humanos tratar de parar el empuje del mar con barreras de sacos de arena, o el de la lluvia torrencial con unos tablones en las puertas. Cuando el nivel de las aguas costeras crece no hay muro que lo detenga, porque el mar siempre recupera lo que le roban por cualquier parte, y de qué puede servir cerrar el portal de una vivienda si el agua se abre paso desde el interior y no queda otra salida que escapar lejos.

Foto: Lola Fernández

Quedan pocos idiotas ignorantes, aunque más de los deseables, que a estas alturas nieguen el cambio climático, porque nos hallamos absolutamente inmersos en él, y sus signos son tan evidentes que asusta siquiera ver su listado, a saber: aumento de la temperatura, ese calentamiento global que derrite glaciares y los hielos de los polos, subida del nivel de los mares, y una alternancia cada vez más frecuente de fenómenos extremos tales como sequías, olas de calor, feroces incendios forestales, lluvias torrenciales, inundaciones… ¿nos suena o es un invento? Estamos bajo una serie de patrones climáticos que nadie puede negar, porque los vivimos y, sobre todo, los padecemos. Todo esto es algo que me hace reflexionar acerca de los propios cambios que los humanos experimentamos, sobrepasados entre tantas transformaciones: me gustaría pensar que somos capaces de aprender y de poner en práctica las directrices que desde hace décadas nos vienen dando los científicos para evitar, o al menos reducir, los efectos del clima al cambiar, y que pasan por acciones políticas, pero también por variar nuestros hábitos diarios. Aunque la verdad es que desconfío bastante, especialmente de nosotros a nivel individual, porque de qué van a valer las recomendaciones externas si no asumimos interiormente que hemos de procurar no deteriorar más el planeta y, por el contrario, hacer todo lo posible por mejorarlo. No es que sea desconfiada sin más, sino que me lleva a ello escuchar a diario tantas y tantas tonterías, entre ellas los negacionismos en general, hasta el punto de cuestionarme si los humanos contamos también con mecanismos como el de desembalsar los pantanos por motivos de seguridad, porque no estaría nada mal poder abrir compuertas personales con el pretexto de controlar y limpiar, en evitación de llegar a superar la cota máxima permitida por acumulación de hartazgo.