Por Lola Fernández.
Cuando llega abril, me siento bien, porque huele a flores y me sabe a ventanas abiertas y aire renovado. Abril, lluvia, inicio, el primer mes auténticamente primaveral del año, como una promesa de que no enraizará el odio, porque es como la mala hierba, que molesta para el desarrollo sano de las plantas. No hay que descuidarse, pues lo malo se suele esconder para coger fuerza y manifestarse cuando no se espera; a veces, por increíble que parezca, no siente rubor de expresarse, y ni siquiera recurre al enmascaramiento, presentándose a cara descubierta frente a todos. Ahí es cuando más me desconcierta que se permita su auge, porque el desprecio nunca ha de encontrar espacio para respirar, y mucho menos se entiende cuando llega haciendo mucho ruido, y no arrastrándose oculto entre un silencio que lo difumina. El fascismo avanza con toques de trompetas, a modo de una proclamación que deberíamos tomar, sin embargo, como una seria advertencia: por mucha indignación que pueda sentirse, con razón o por simple ideología, hay que diferenciar con precisión de cirujano los límites entre la democracia y el totalitarismo. Puede que los jóvenes, que no la vivieron, sientan que una dictadura no es peligrosa, pero somos muchísimos más los que sabemos la pobreza que implica todo autoritarismo: controlar lo público y lo privado, censurar, uso de una violencia que aterroriza, pisotear la cultura y la libertad de expresión, monopolizar el poder con un caudillo castrador, una policía salvaje al servicio de jefes que buscan aplastar toda diversidad que se aparte del credo único, información que miente más que informar, propaganda, adoctrinamiento; y miedo, mucho miedo, tanto como provoca constatar, entre parte de la juventud, la ignorancia sobre lo que realmente pasó en España tras el golpe de Estado franquista de 1936.

Gracias a Franco llegó a nuestro país la guerra civil, que tintó en negro décadas de una Historia que vio detenerse el progreso y trajo muerte, hambre, rencor, miedo (siempre el miedo), involución, aislamiento internacional; amén de poderío para los vencedores, y todo lo peor para los derrotados, muchos de los cuales aún pueblan las cunetas que los herederos de los que ganaron quieren seguir manteniendo cerradas para siempre. No, con Franco no se vivió bien, y quien diga eso no tiene ni idea, o es parte interesada que chupó del bote durante el franquismo. Muchas personas, entre quienes sufrieron ese periodo, hoy ya no pueden explicar en qué consistió, y cuánto les arrebató; pero somos multitud los hijos, y los nietos, que escuchamos sus quejas y lamentos, o entendimos que su silencio era motivado por el terror, nunca por cobardía. Los aspirantes a volver a instaurar el fascismo son muy mediocres, pero cuentan con la ventaja de tener adeptos ignorantes y ciegos, que parece que no se dan cuenta de las absurdas incoherencias de sus mensajes: cómo, si no, se entiende que Vox tenga tantos votantes entre los agricultores, cuando no pasan de ser unos señoritos de los de toda la vida, sin dar palo al agua y rodeados de sirvientes, aspirantes a terratenientes a base de robar; y cómo creerse su rechazo a los inmigrantes y las patrañas que cuentan sobre ellos, cuando son los que más apellidos extranjeros tienen, y no titubean al llamarse españoles de siete generaciones; que hablan de libertad, cuando anhelan esclavitud, y tienen la desfachatez de tachar de corruptos a políticos de manos blancas, mientras son capaces de convertir en botín las donaciones hechas por los españoles a Valencia tras el desastre natural de la DANA… No, no puedo creer que en España se vaya a permitir otro oscuro tiempo de dictadura, por eso me gusta imaginar que se abrirán todas las ventanas, para que entre aire puro y entre todos combatir el viciado, hasta extinguirlo y poder respirar, renovados y sin amenazas.
