Por Lola Fernández.
Este artículo está escrito con llanto, pena y mucha rabia, además de con la vergüenza de pertenecer a una sociedad tan indigna como para permitir el cruel y despreciable desahucio asesino de Maricarmen, y el de decenas de miles de personas vulnerables al año. La especulación mata, lo hace día a día ante nuestra indiferencia, y ésta ha saltado en mil pedazos ante la lucha de una señora que nos ha animado a seguir luchando por nuestros derechos, algo tan elemental que asusta comprobar cómo hay partidos que se empeñan en ensuciar su nombre, sin darse ni cuenta de que simplemente señalan su propia bajeza moral. Maricarmen podría ser nuestra madre, o nuestra abuela; pero es que lo que ella ha sufrido, que finalmente la ha matado, le puede suceder a cualquiera de nosotros, a nuestros hijos, o a nuestros nietos. Porque estamos ante un problema general y transversal que se está cargando la vida de nuestras ciudades, aparte de romper las expectativas de nuestra juventud, y traer miedo a los hogares, al no saber por cuánto tiempo lo seguirán siendo. La pobreza no es exclusiva de un puñado de indigentes sin techo, y son cada día más quienes, aunque trabajan y tienen un salario, no pueden llegar sin problemas a fin de mes, sintiendo la amargura de ser incapaces de proporcionar seguridad a sus existencias y a los de sus hijos, si es que éstos han podido formar una familia, saliendo de la casa de los padres.

Se nos parte el corazón, a quienes lo tenemos, de ver que Maricarmen jamás podrá volver a la casa de la que nunca tendría que haber salido, a la fuerza y sin miramientos hacia ella, que llevaba siete años sufriendo la amenaza de lo que ocurrió, para satisfacer los intereses de un fondo buitre que sólo anhela hacer negocio y ganar dinero sin trabajar. Eso es lo más grave: que para que unos pocos se forren especulando, la inmensa mayoría de trabajadores ven cómo su vida y su poder adquisitivo se va deteriorando cuesta abajo y sin frenos. Paralelamente, los barrios van perdiendo su idiosincrasia y los edificios van quedándose sin vecinos, para dar paso a un insoportable trasiego de maletas entre apartamentos turísticos que sustituyen a nuestras casas. Me pregunto si se trata, tal vez, de vaciar los centros históricos para que sólo los ocupen los turistas, mientras los ciudadanos nos reubicamos en el extrarradio y dejamos que nos roben también nuestro tiempo, para disfrute y comodidad de los turistas, que son los que engordan las arcas de empresas y fondos buitres, con mucha frecuencia extranjeros, por lo que no sólo tienen protección fiscal y pagan menos impuestos que los inquilinos, sino que, para más inri, ni tributan en España. Y después, la derecha extrema y la ultraderecha, que son los que propician esta terrible realidad de la vivienda en nuestro país, tienen la poca vergüenza de hablar de prioridad nacional y de inquiokupas; cuando es más que evidente que están vendidas a los grandes capitales extranjeros, que son, a la postre, los únicos okupas virtuales de las viviendas de nuestro país. Está muy bien eso de que el turismo sea tan primordial motor para nuestra economía, siempre y cuando, claro está, los ingresos que proporciona no se vayan a personas, empresas, instituciones y gobiernos foráneos. Creo que la economía no puede ser un lastre que empeore la vida de los ciudadanos de a pie, que son quienes levantan el país con su trabajo, y que ven, con desesperación, que el bienestar común y general se está sustituyendo por el beneficio de unos pocos que tienen todo el apoyo del poder público. Y me niego a escuchar que todos los políticos son iguales: el Gobierno, hoy en funciones, ha elaborado una ley de vivienda, que las autonomías de la derecha, que son las que ostentan las competencias en la materia, han boicoteado sistemáticamente. Y cuando se han presentado unos decretos, a raíz del caso de Maricarmen, para evitar que se volviera a repetir, unos han votado que sí y otros que no. Así que no todos son iguales: lo malo es que entre el sí y el no, está la frontera entre la decencia y la humanidad, y la más absoluta indignidad e indigencia moral. Aunque lo bueno es que somos libres de elegir de qué parte estamos cada uno, y optar por una sociedad que nos cuide, o una que nos aboque al sufrimiento y el malvivir.
