Por Lola Fernández.
En los últimos días he leído sobre dos tipos de ajuares de muy distinta índole: por una parte, el encontrado en una domus de Pompeya; por otra, uno subastado, procedente del Pazo de Meirás. Nada que ver, desde luego, porque lo hallado en la casa pompeyana ha estado casi dos mil años en un armario de madera bajo las cenizas de la erupción de Vesubio, allá por el año 79 d.C.; una vez descubierto y reconstruido dicho armario, lo que hay en él nos permite, a través del análisis de los arqueólogos, acercarnos a la vida cotidiana de la clase media romana, con una íntima mirada al universo personal de una mujer y su familia. En contraste, están los objetos y ajuar no reclamados legalmente por el Estado al devolver al patrimonio público el Pazo, declarado lugar de memoria democrática, y por los que los herederos del dictador Franco han conseguido casi medio millón de euros. En el armario de madera hay objetos de cosmética y belleza (pinzas, un balsamario de vidrio, un incensario para perfumes), monedas de bronce, recuerdos de la infancia (un collar de 24 diminutos amuletos), pesas de plomo usadas en alguna compraventa comercial…; y, como curiosidad, en el altillo de la vivienda, un ánfora con dos esqueletos de ratoncillos de campo. Frente a dichos objetos, el ajuar gallego, con una variopinta colección de lotes que incluyen, entre otros, un maletín de piel de Franco, un tapiz con el escudo franquista, una foto coloreada del Caudillo con su señora e hija, una fotografía del emérito dedicada a Franco en 1970 en marco de plata, armas de fuego marroquíes, muebles, sábanas…, en una venta que diversas asociaciones memorialistas han tachado de vergonzoso expolio. Ambos ajuares hablan de tiempos pasados y nos permiten entender costumbres y acciones muy diferentes. No sé si en el Pazo habría restos de algún roedor muerto, aunque seguro que se puede intuir un fantasmagórico tiempo de una cruel dictadura, una vez que Franco se apoderó de él como residencia estival tras acabar la guerra civil. Sin embargo, prefiero asociarlo a Emilia Pardo Bazán, que se casó en su capilla y heredó la propiedad a la muerte de su padre; y al menos hoy ya lo pueden disfrutar quienes lo deseen.

Me pregunto qué quedaría de nosotros si de repente la humanidad se extinguiera…, seguramente la ingeniería y la arquitectura hablarían bastante de nuestros usos sociales. Y entre nuestras huellas, no sé si quedarían algunos valores como los que nos caracterizan y hacen que crezcamos como personas, buenas, ante la adversidad. Esa generosidad y desprendimiento cuando somos necesarios ante alguna catástrofe o desgracia de las que nos conmocionan como sociedad en su conjunto, como el accidente ferroviario de hace días en Toledo. O puede que quedara un rastro de mezquindad por parte de los carroñeros que no dudan en hacer política, por ejemplo, cuando la situación es de terrible dolor para los familiares y amigos de las víctimas, cuyo número aún no se sabe, pues la calamidad y la destrucción todavía no han sido conocidas en su justa medida. Me intriga saber si al final quedará el relato objetivo e imparcial de unos hechos que provocan espanto, o permanecerá la anatomía del hartazgo y rechazo que nace de ver cómo hay quienes se sumergen en sucios charcos de morbo a la hora de informar. Prefiero creer que la humanidad dejará detrás de sí una estela de las cosas buenas que sin duda tenemos y expresamos cuando se nos necesita, y no el obsceno vestigio de la maldad que, por desgracia, es la otra cara de la moneda de nuestra especie: el bien y el mal enfrentados, en una simbólica partida sobre un tablero de ajedrez.
