Juan Marruecos Fernández, «Tomaíco» Más de dos décadas con la tradición

Juan Marruecos Fernández, «Tomaíco», el Cascamorras que durante más de dos décadas llevó la tradición de Guadix hasta Baza. En plenos días cascamorreros como ahora se viven en Baza y Guadix, queremos seguir haciendo un repaso a la Historia de nuestra Fiesta del Cascamorras, con un nuevo pasaje documental sobre los más variopintos momentos que esta fiesta ha tenido a lo largo de la Historia.

Hoy nos fijamos en uno de los Cascamorras más participativo de esa Historia, para lo que arrancamos partiendo de una entrevista publicada en 1955 que nos ha permitido leer, escuchar y sentir, setenta y un años después, la voz de uno de los grandes protagonistas de la historia del Cascamorras y es una buena ocasión para recuperar la memoria de algunos de aquellos hombres que hicieron posible que una tradición compartida por Baza y Guadix llegara hasta nuestros días.

Entre esos nombres aparece Juan Marruecos Fernández, «Tomaíco», uno de los Cascamorras que durante más tiempo asumió la responsabilidad de viajar desde Guadix hasta Baza para intentar cumplir, cada 6 de septiembre, la imposible misión de recuperar la Virgen de la Piedad. Pero más allá de su nombre en una relación de Cascamorras, Tomaíco merece ser recordado por algo todavía más valioso: tenemos la posibilidad de escucharle hablar de la fiesta cuando él mismo era su protagonista.

Una entrevista publicada en el semanario Acci en septiembre de 1955  permite acercarnos directamente al hombre que se escondía tras el personaje. Juan Marruecos tenía entonces 31 años y llevaba siete años haciendo de Cascamorras, lo que sitúa el comienzo de su etapa al frente del personaje en 1949.

Era, por tanto, un Cascamorras relativamente joven, pero ya con una experiencia considerable cuando el periodista decidió acercarse a él. Y sus respuestas constituyen hoy un documento extraordinario sobre cómo se vivía la fiesta en aquella época.

La entrevista comienza describiendo la salida de Guadix. No se trataba todavía del espectáculo multitudinario que hoy conocemos. La imagen que ofrece el periodista es mucho más solemne: «Marchas militares, cohetes y una perfecta formación» de los hermanos de la Hermandad de la Virgen de la Piedad acompañaban al Cascamorras por las calles de la ciudad. En el centro iba “Tomaíco”, con el estandarte al hombro y avanzando con paso militar.

La escena impresionaba incluso al observador que la contemplaba desde fuera. El cronista llega a decir que aquel desfile producía la impresión de que fueran a “ajusticiar” al Cascamorras, pero la comitiva avanzaba por Guadix hasta llegar al puente, donde se producía la despedida. Allí comenzaba el camino hacia Baza y, con él, la primera etapa de una aventura que habría de prolongarse durante varias jornadas.

Aquella imagen permite comprender que el Cascamorras de mediados del siglo XX conservaba todavía un componente ceremonial muy acusado. No era únicamente el hombre al que había que manchar. Antes de convertirse en el centro de la batalla festiva, era el enviado de Guadix, el portador del estandarte y el protagonista de una misión religiosa y tradicional.

«Lo hago por promesa» fue una de las respuestas más significativas de aquella entrevista llega cuando el periodista quiere saber por qué acepta “Tomaíco” semejante responsabilidad. La pregunta había sido muy directa: “¿Lo hace por ganar dinero o por otra causa?”, pero la contestación de Juan Marruecos no dejó lugar a dudas: “Por promesa”.

A pesar de ello, el periodista insiste entonces en si no recibe ninguna compensación por las “palizas” que soporta, pero “Tomaíco” explica que tanto el Ayuntamiento de Guadix como el de Baza le daban cada año una gratificación, pero sus palabras dejan claro que el dinero no era la razón que le llevaba a ponerse el traje. Una declaración que resultaba especialmente reveladora: ara aquel hombre, ser Cascamorras era, ante todo, cumplir un compromiso. Y no era precisamente un compromiso sencillo.

Quizá una de las respuestas más sorprendentes de toda la entrevista sea la que ofrece cuando le preguntan dónde teme más al público, si en Guadix o en Baza, con una respuesta que podría sorprender todavía hoy: “A los de aquí” y “aquí” era Guadix. Tomaíco explica que los accitanos eran «de cuidado» y establece una comparación muy favorable hacia Baza. Según su propia experiencia, los bastetanos eran más benévolos con él, mientras que en Guadix le arrojaban piedras.

Pero eso no era lo peor, Había algo que temía especialmente: los membrillos que le lanzaban en Guadix, pero en Baza no: «Ni membrillos, que son mi terror», respondía Cascamorras.

La frase, aparentemente anecdótica, constituye en realidad un testimonio de enorme interés sobre la forma en que se desarrollaba la fiesta en aquellos años. La violencia física que podía soportar el Cascamorras no era algo meramente simbólico. Las piedras y los objetos lanzados contra él formaban parte de una celebración que podía alcanzar una dureza considerable. Y Tomaíco sabía muy bien de qué hablaba.

El periodista se atreve entonces con una pregunta que hoy puede parecer casi provocadora: “¿Quiénes eran mejores Cascamorras, Barriga, Furriche o tú?”.

La respuesta de Tomaíco permite recuperar una parte de la historia de la Fiesta que se estaba perdiendo incluso mientras él hablaba. Recuerda que anteriormente al Cascamorras le arrojaban tomates podridos y le restregaban la cara con merengue. Pero ya consideraba que las cosas habían cambiado.

En su opinión, antiguamente era el propio Cascamorras quien hacía la fiesta. En cambio, en 1955, lamenta que algunos participantes hubieran convertido la carrera en otra cosa: «Ahora son los cuatro graciosos los que no dejan que esto sea así», venía a denunciar, refiriéndose a quienes intentaban hacerse protagonistas a costa de quitarle la porra.

La observación tiene una importancia especial porque demuestra que la discusión sobre cómo debía vivirse el Cascamorras no es nueva. Ya en 1955 existían quienes consideraban que determinados comportamientos estaban desvirtuando la tradición y “Tomaíco” defendía que el Cascamorras debía conservar su protagonismo.

La cuestión de la porra da lugar a uno de los momentos más divertidos de la entrevista. El periodista le pregunta: “¿Pues para qué la quieres?” y la respuesta de Tomaíco es contundente y revela su carácter: «Ganas me dan muchas veces de cogerla por el astil y armar una revolución en el Hospital, pero porque no digan…»

La amenaza, evidentemente, se formula en tono jocoso, pero demuestra que la porra constituía una parte esencial de la autoridad del personaje. No quería que se la arrebataran. Para él, no era simplemente un elemento del vestuario. Formaba parte de su manera de representar al Cascamorras y de enfrentarse a quienes intentaban detenerlo.

El periodista, consciente de ello, le anima a regresar de Baza «bien entrenado» en el manejo de la porra y “Tomaíco” responde: “¿No me cree?” a lo que el plumilla respondió: “Simplemente, lo dudo”. Y entonces sucede algo que probablemente resume mejor que cualquier descripción el carácter de aquel hombre. Ante la demostración que el Cascamorras pretende hacer con la porra, los periodistas salen corriendo.

La otra gran anécdota que cuenta Tomaíco tiene como escenario Baza. Recuerda que durante una de sus estancias en la ciudad fue llevado a una emisora de radio. Allí comenzaron a preguntarle cómo se comportaba con él la gente de Guadix. El Cascamorras debió de responder con demasiada sinceridad. Según relató él mismo, en un momento determinado los responsables de la emisora apagaron los aparatos para que aquello no pudiera escucharse e incluso “Tomaíco” llegó a pensar que iban a detenerlo.

La escena resulta extraordinariamente gráfica: un Cascamorras accitano sentado ante los micrófonos de una emisora bastetana hablando sin demasiados filtros de cómo sus propios paisanos lo recibían en Guadix. Y es precisamente esa espontaneidad la que convierte la entrevista en un documento histórico de primer orden. No estamos ante lo que alguien escribió décadas después sobre cómo era “Tomaíco”. Estamos ante “Tomaíco” hablando de sí mismo en 1955.

La figura de Juan Marruecos debe situarse además dentro de una generación que recibió una tradición mucho más áspera y físicamente exigente que la actual. Cuando Tomaíco compara su época con la de Cascamorras anteriores, aparecen nombres como Furriche y Barriga, protagonistas de una fiesta en la que los tomates podridos, el merengue, las piedras y otros elementos formaban parte de la recepción del personaje. Él mismo se encarga de dejar constancia de que las cosas estaban cambiando.

Y su testimonio resulta especialmente interesante porque no habla de una fiesta antigua que apenas conociera por referencias. Él había vivido personalmente aquella transformación. Había visto cómo el personaje había pasado de una generación a otra y cómo también cambiaba la forma de enfrentarse a él. Por eso sus palabras tienen un valor que va mucho más allá de la anécdota.

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La etapa de Juan Marruecos como Cascamorras se prolongó durante más de veinte años de camino entre Guadix y Baza. La referencia de la entrevista de 1955 sitúa el comienzo en 1949, cuando tenía aproximadamente 24 años. A partir de entonces, año tras año, volvió a asumir el papel del enviado accitano. Su nombre quedó así ligado durante una parte fundamental del siglo XX a la carrera de Baza y al regreso posterior a Guadix.

Fue una época en la que la fiesta todavía estaba muy lejos de la dimensión que alcanzaría posteriormente. No existían las grandes retransmisiones, ni la enorme presencia turística, ni la difusión internacional que hoy acompañan al Cascamorras. Había, en cambio, un hombre, una porra, un estandarte, una promesa y miles de vecinos esperando para impedirle llegar limpio a la iglesia de la Merced. Y Tomaíco desempeñó ese papel durante una larga sucesión de septiembres.

Hoy, cuando el Cascamorras es una Fiesta de Interés Turístico Internacional y Baza y Guadix viven durante los primeros días de septiembre una de sus celebraciones más importantes, resulta fácil olvidar que antes de las grandes concentraciones de público hubo hombres que sostuvieron la tradición en épocas mucho más difíciles. Juan Marruecos Fernández fue uno de ellos.

Su nombre figura ahora también entre los Cascamorras homenajeados en la Plaza de las Eras de Baza, donde una placa recuerda a quienes han dado vida al personaje a lo largo de las generaciones. La iniciativa convierte esa memoria en algo físico y permanente, y permite que quienes participen hoy en la carrera puedan encontrarse también con los nombres de quienes la protagonizaron décadas atrás. Y entre ellos está Tomaíco.

Quizá la mejor manera de recordarlo no sea solamente enumerar los años que fue Cascamorras, sino volver a aquellas palabras que pronunció cuando todavía tenía 31 años y llevaba siete temporadas poniéndose el traje. No lo hacía, decía, por dinero. Lo hacía por promesa.

Temía más a los de Guadix que a los de Baza. Le aterraban los membrillos. Recordaba los tomates podridos y el merengue. Defendía su porra frente a quienes querían quitársela. Y todavía muchos años después de comenzar su andadura, seguía dispuesto a enfrentarse a una carrera que no era precisamente cómoda.

En aquella entrevista de 1955, Juan Marruecos Fernández aparece como un hombre de pocas palabras, directo, orgulloso de su cometido y perfectamente consciente del papel que representaba. Y hay algo especialmente hermoso en que hoy podamos recuperar aquellas palabras. Porque durante unos minutos, setenta y un años después, Tomaíco vuelve a hablarnos.

Y nos cuenta, con su propio lenguaje, cómo era ser Cascamorras cuando la tradición todavía se vivía a ras de calle, entre cohetes, marchas militares, piedras, tomates, merengue, membrillos y una porra que su dueño no estaba dispuesto a dejar que nadie le quitara. Ese es también su legado. El de un hombre que durante más de veinte años convirtió una promesa en una forma de vida y que ayudó, año tras año, a mantener abierto el camino entre Guadix y Baza.

¡¡¡Muy Grande, “Tomaíco”!!! Y así permanecerá en nuestra memoria