Por Lola Fernández.
Me encuentro en un cajón una tabla de conversión de euros a pesetas y me acuerdo de la fecha en que empezaron a circular los nuevos billetes y monedas, va a hacer ya 24 años. Madre mía, cómo pasa el tiempo, que corre que vuela, y si nos paramos un poco a pensar, la de vivencias, la de cambios, la de inventos y cosas que existen y hace años parecían casi imposibles. Cojo el móvil, le consulto una duda de viva voz y me contesta la respuesta en un santiamén, lo que hace que me pregunte cómo podíamos vivir antes de los móviles, porque es que si nos fijamos vemos que tenemos en ellos un tutor tan apreciado e imprescindible, como muchas veces imperceptible. Un smartphone es ciertamente eso, un teléfono móvil que se puede convertir en todo un maestro gracias a su acceso a internet, más allá de su función comunicativa a través de llamadas y mensajes, que ni siquiera hemos de detenernos demasiado a explicar cómo ha influido en la desaparición de las cabinas telefónicas y del correo postal, limitado ya prácticamente a cartas comerciales, publicidad y poco más. Además, nos sirve para la fotografía y el vídeo, de modo que ahora es muy raro, por infrecuente, llevar cámara de fotos y de vídeo a los viajes, a no ser que seas un auténtico aficionado. Después, a veces ni entiendo cómo llegaba a tantos lugares sin la posibilidad de usar la navegación GPS, cuando a estas alturas casi he olvidado los mapas de carreteras, que se iban actualizando con frecuencia, o las guías de hoteles, por poner algún ejemplo: hoy es raro tener que preguntar a alguien dónde queda una dirección concreta, porque gracias a esta conexión con una red de satélites, no sólo sabemos dónde queda el destino deseado, sino que nos informará de la velocidad y del tiempo que tardaremos en llegar a él, casi nada…

A los múltiples aspectos de entretenimiento que nos proporciona un teléfono inteligente, como música, cine, televisión, lectura, juegos y demás, hemos de añadir todo lo relativo a la gestión personal, que nos sirve para cosas tan variopintas como pedir una cita médica, o llevar una agenda de lo más completa, pasando por pagos diversos, sin olvidarnos de la domótica, para los amantes de las casas inteligentes, entre otras variadas funciones que se pueden realizar con sólo tener un móvil y una buena conexión a redes móviles y Wi-Fi. El otro día veía una publicación en Instagram con una imagen de un teléfono antiguo de pared y un texto que decía: Cuando el teléfono estaba atado a un cable… los humanos eran libres. Y he de admitir que estuve instantáneamente de acuerdo, porque esa es, precisamente, la otra cara de la moneda. No hay que insistir mucho para que todos convengamos en que perdemos un tiempo precioso enganchados a los móviles, en detrimento de otras muchas actividades valiosísimas que se van quedando aparcadas para otro momento, que a veces ni siquiera llega. Y qué decir de la inmensa soledad que nos da también un móvil moderno, que nos aparta en bastantes ocasiones de relaciones humanas reales, a favor de una virtualidad que no tiene nada de raro que se convierta a la postre en puro espejismo. Deberíamos reflexionar sobre cómo el paso del tiempo, por mucho que vuele, no ha de hacernos olvidar que lo auténtico permanece más allá de modas, aplicaciones, innovaciones y demás; como la forja y la piedra de un jardín escondido, que ven pasar los años sin cambiar su esencia, silenciosos compañeros de una vegetación que, por fuerza, dada su naturaleza primordialmente perecedera, irá transformándose de acuerdo a los tiempos y los usos.
