678. El valor de la memoria

Por Lola Fernández.

En estos días, plenamente navideños, muchas mujeres cocinan platos especiales para celebrar las fechas más señaladas en familia. Y se cuela en ellos la tradición, que, aunque imperceptiblemente, lleva muchas veces el sello de las madres y de las abuelas. Es ley natural que los padres se vayan antes que sus hijos, y maldita la gracia para quienes nos quedamos huérfanos, acompañados para nuestro consuelo por algunas cosas que poseen un valor incalculable. Entre ellas, como un auténtico tesoro, las recetas que un día copiamos en un cuaderno al dictado de una madre que sabía que no teníamos ni idea, por lo que añadía en ellas algunos datos aclaratorios por si de verdad nos atrevíamos a cocinar y necesitábamos una guía suplementaria. Ese es mi caso, porque cuando estudiaba en la facultad no sabía nada relativo a lo culinario, y, aunque comía generalmente fuera de casa, añorar las comidas preferidas de entre las que mi madre solía preparar hizo que apuntara en varios y desordenados cuadernos el modo de realizar mis platos favoritos, con un listado de ingredientes de los que desconocía totalmente cómo enfrentarme a ellos, tal era mi ignorancia en la materia. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que me sintiera atraída por entrar en la cocina, recordando en ocasiones lo que decía mi madre: con lo que se tarda en preparar, y lo rápido que se come… A partir de entonces supe que atesoraba algo precioso en esos cuadernos, hoy perfectamente ordenados y bien guardados, para cuando me apetecen mis manjares predilectos. Y como muchos de ellos los cocinaba mi madre siguiendo las recetas de mi abuela, no es difícil adivinar cuánto amor me acompaña cuando los hago yo. Eso es para mí una verdadera y valiosísima tradición familiar, como entonar los villancicos que cada Navidad se cantaban en casa, con mi padre tocando la guitarra y mi madre y todos los hermanos entusiasmados, llenando los recuerdos de imborrables notas musicales.

Foto: Lola Fernández

Mucho mejor que tierras e inmuebles, que joyas y ajuares, esas hojas con los pasos a seguir para obrar el milagro de una comida con el mismo gusto y sabor que las que comías en casa de los abuelos, y en la tuya propia. Podría decir que son instrucciones para ser feliz, exactamente iguales a las que se siguen en el caso de la jardinería. Si una receta es un tesoro, no digo ya lo preciado de plantas que eran de tu madre y hoy las mantienes tú vivas y bonitas, por específico deseo suyo, porque a ti se te dan muy bien las plantas y no quiero que se pierdan cuando yo ya no esté… Verlas vivas y creciendo, cuando no multiplicándose, es como rendirle un homenaje, aparte de una hermosa manera de mantener con vida un legado, y de recordar momentos, bellos ya simplemente por acontecer cuando tus seres más queridos estaban vivos y a tu lado. Es el valor de la memoria, que surge en detalles, desapercibidos para los demás, pero que tú reconoces y guardas primorosamente. Va mucho más allá de lo material, y surge al hacer cualquier arreglo doméstico, tal y como aprendiste de un padre apañado y cariñoso, o en algo tan sencillo como cuando te dicen que hay que ver cómo te pareces a tu madre. No se necesitan dinero ni objetos suntuosos para llevar contigo un precioso legado personal e intransferible que no suele aparecer en herencias al uso, pues ningún notario dará fe nunca de las maravillosas transmisiones que nos dejaron quienes nos querían, para ayudarnos un poquito en el desconsuelo de su pérdida.