679. Con el dolor no se juega

Por Lola Fernández.

Amanece Año Nuevo con el relato de una tragedia en Suiza, con muchas víctimas por un fuego declarado en un local durante la celebración de Nochevieja, y, aparte de sentirme sobrecogida, lamento que el ser humano no aprenda nunca de sus errores, porque es bastante fácil comprender que con el fuego no se juega, y menos en espacios cerrados. A la vez leo que en la Franja de Gaza siguen muriendo de frío menores, víctimas que hay que añadir a las causadas por el fuego enemigo, que vaya armisticio de pacotilla, y por él casi le dan un Nobel de la Paz al sátrapa americano que se divierte poniendo patas arriba la economía global con sus jueguecitos bélicos, ignorando algo tan elemental como que con la guerra no se juega. Queda abierto el contador para numerar la lista de mujeres asesinadas por violencia machista en este año que empieza, que en el anterior fueron 46, cifra a la que añadir 3 víctimas de violencia vicaria y 35 niños y niñas que quedaron huérfanos: hay que dar muchos puñetazos y patadas a una mujer para matarla de una paliza, como hay que clavar muchas veces un cuchillo en el caso de ensañarse con un arma; sin olvidar que la muerte es un acto final precedido de conductas de control, humillación y abuso físico, psíquico y emocional de modo constante del maltratador sobre su víctima particular, que a veces busca escapar a través del suicidio. Y qué decir de los errores, en la sanidad andaluza, de los cribados en los cánceres de mama y colon, con los falsos positivos y negativos, y los retrasos en el diagnóstico, cuando precisamente se trata de una detección precoz para salvar vidas; escuchando cómo los responsables ningunean y criminalizan a las víctimas, algunas ya muertas, hablando de que son casos insignificantes, cuando la verdad es que una sola muerte evitable es absolutamente significativa, o que pregunten entre sus familiares… Esta sociedad olvida con demasiada frecuencia que con el dolor no se juega.

Foto: Lola Fernández

Por más ilusión que nos haga que los años lleguen cargados de tranquilidad y bienestar, lo cierto es que las noticias nos hablarán, si no lo hacen ya, de desastres naturales, de dramas propiciados por los hombres, de guerras, inundaciones, naufragios, y todos los eventos que escuchamos en los telediarios, esos que no es extraño que acaben con unas referencias culturales que llenan por un momento la luctuosa narración con artísticas alusiones; pues es la música, o las exposiciones de pintura y escultura, o las diversas fiestas de los pueblos de nuestra España…, las que van a hacernos olvidar, aunque sea por unos preciados instantes, el estruendo de los misiles, o el llanto de quienes no pueden soportar tanto daño como el que son capaces de causarse los seres humanos entre sí. Paz, amor, salud, dinero…, entre dichas coordenadas se mueven nuestras peticiones de deseos que queremos nos colmen de dicha, pero si nos fijamos por un segundo, ninguno de estos anhelos depende exclusivamente de nosotros, pues nos llega externamente o es algo a compartir, así que igual deberíamos concentrarnos un poco más en las pequeñas cosas que conforman al final toda una vida y que podemos ir realizando y construyendo poco a poco con nuestro esfuerzo y una dedicación personal propia. Al final, salir a dar un paseo nos animará tanto como evitará que seamos víctimas del sedentarismo; y regar las plantas nos llenará de felicidad cuando estén vivas y sanas y nos regalen sus preciosas flores de colores o sus diversas hojas llenas también de belleza y olor; como una enriquecedora conversación sobre música o libros con los amigos nos alejará de la polarización de una discusión sobre política o religión, temas delicados donde los haya entre diferentes puntos de vista y distintas ideologías; etcétera. Inventemos personalmente un año y una vida que nos hagan felices, sin esperar que la consecución de las eternas aspiraciones humanas nos llegue del cielo, cual divino maná.