680. Sensación térmica

Por Lola Fernández.

Hay que ver, con lo mal que se pasa la noche cuando no se entra en calor y qué triste pensar en esas personas sintecho que duermen en las calles y parques de nuestras ciudades, que en esta última ola de frío polar han muerto algunas de ellas, en sus sacos, con un colchón de cartón, o sobre la tierra o el suelo o la helada piedra de algún banco. Es demasiado doloroso conocer esta realidad, y todos nos topamos de frente con ella cuando vemos a alguien durmiendo en algún portal, en cualquier mínimo abrigo que se encuentre entre fachadas, escaparates, algún tipo de techado que pueda servir de refugio contra las bajas temperaturas, la lluvia, el viento, y la indiferencia general del que pasa junto a estos hombres y mujeres que no tienen nada, ni siquiera ganas de salir de su pesarosa cotidianidad de soledad y desesperanza. Cierto que muchos rechazan un centro de acogida, y también que no tienen demasiado equilibrio emocional y salud mental como para discernir entre lo que quieren y lo que les conviene, pero nadie debería morirse de frío y que la vida a su alrededor siga como si nada, con los que pasan a su lado evitando siquiera mirar los bultos de sus cuerpos escondidos bajo capas de mantas y cartones en una vana pretensión de dar calor a unos cuerpos ateridos. A veces sabemos que están vivos porque se escuchan ronquidos en su sopor etílico, o frases inconexas que siempre suenan a lamento y a queja; pero estoy segura de que más de una vez habremos pasado sin saberlo por delante de alguien sin vida, rodeado por todas esas pertenencias que arrastran tras de sí, como a ellos los arrastra la vida.

Seguramente, los sintecho que mueren de frío no lo percibían realmente como tal, igual el alcohol les hizo incluso sentir calor; es la sensación térmica que percibe nuestros cuerpos, con independencia de la temperatura real que haya en ese momento, e influyen el viento, la falta de sol, la humedad, conjugándose para que nuestros organismos sean incapaces de regular adecuadamente su propia temperatura. Una especie de distorsión entre la realidad tal y como es, y la realidad tal y como la percibimos, y esto se puede hacer extensivo a muchos más elementos de nuestra vida diaria, más allá de lo relativo al frío o al calor. Ya el simple reflejo de nuestros cuerpos en el espejo es un engaño a los sentidos y a lo que hay a un lado y al otro del cristal: la izquierda es derecha y el volumen es plano, por ejemplo, y quien más quien menos habremos comprobado lo difícil que es hacer determinados movimientos si hemos de guiarnos por las imágenes especulares. No en vano un espejo es todo un mundo cuando es descubierto por primera vez por los bebés o los animales, no siendo raro que busquen por detrás a quienes aparecen en él, que no son sino ellos mismos… Hay muchas alteraciones a nuestro alrededor, y no sólo a nivel sensorial, también mentalmente demasiadas veces creemos que algo es como no es, o que no es como es, que no es lo mismo, pero es igual, como dice una canción de Silvio Rodríguez. Lo conveniente es que sepamos darnos cuenta de esa relatividad, que es lo que marca la distancia entre lo que hay y lo que nosotros creemos hallar. Y cuando de noche nos levantemos a poner más abrigo sobre nuestras camas, no se nos olvide que ese frío que sentimos es el alimento de los cuerpos y almas de muchos seres humanos abandonados a su triste destino y sin posibilidad de ponerse otra manta sobre sus congelados huesos.