Por Lola Fernández.
Iniciamos este 2026 poniendo los contadores a cero, entre ellos los relativos a las víctimas de la violencia machista y de la vicaria. Por desgracia, a estas alturas van más mujeres muertas que semanas vividas este año, y seguramente la cifra será mayor cuando lean este artículo, tras un 8M más, ese que, de ser el día de la mujer trabajadora, pasó a Día Internacional de la Mujer, por razones tan obvias como que es casi imposible encontrar alguna mujer que no trabaje, puesto que estructuralmente le han tocado desde siempre las tareas más duras, empezando por parir, criar y cuidar, que no es moco de pavo; pero es que, además, las reivindicaciones de esta fecha no pueden quedarse circunscritas a las demandas laborales obreras propias de principios del siglo XX, habiendo tenido que incorporar todo lo relativo a la igualdad de género y los derechos civiles, políticos y sociales de todas las mujeres, trabajen o no remuneradamente, y en todos los ámbitos de la vida social. No sé qué pasa en esta sociedad nuestra, que ve cómo se asesina a las mujeres sin hacer demasiado por evitarlo, mientras cualquier mujer que mate a un hombre, generalmente para que él no acabe antes con su vida, se convierte en protagonista de la prensa escrita y demás medios masivos de información y entretenimiento; no entiendo qué tipo de inconsciente colectivo impera para no cortar de raíz los feminicidios, aunque no dudo de que si las víctimas fueran los hombres y sus asesinas las mujeres, hace muy mucho que se habría acabado con esta violencia. Porque de poco sirven reivindicaciones, homenajes, recordatorios, minutos de silencio…, si no van acompañados de una aplicación firme de la ley y del compromiso desde todos los estamentos para que ni una sola muerte o agresión queden impunes.

El 8M no es una fiesta, sino el momento de recordar que con la violencia machista y sexual se acaba, entre otros medios, con la escrupulosa aplicación de leyes como la del sólo sí es sí, esa que se termina de aprobar en Europa sin mayores problemas, incluso con el apoyo del PP europeo, sin que haya habido excarcelaciones de violadores y demás medidas que desde el ámbito judicial español se dieron para boicotear una ley tan necesaria, porque no les gustaba la ministra; mientras, en España crece la violencia sexual y digital, especialmente entre mujeres jóvenes. Es también momento de denunciar que persiste la brecha salarial y de pensiones, por lo que hay que seguir luchando por la igualdad laboral, aún muy lejana; a lo que hay que unir la precariedad laboral, con una mayor tasa de contratación a tiempo parcial entre las mujeres, siempre las últimas de la fila. Por supuesto que tampoco ayuda la división que vive el movimiento feminista, por si no tenía bastante con ser demonizado desde innumerables frentes, ahí está el cambio del término feminista por el de feminazi, asqueroso invento facha, porque es lo que da, mucho asco. Como asquea una ultraderecha que niega la misma violencia machista, y que impide el libre ejercicio de algo tan sencillo como un respetuoso silencio por unas víctimas inocentes a manos de unos machos machistas que se creen dueños de sus parejas, actuales o anteriores, y prefieren verlas muertas antes que libres de su control, ejercido en múltiples manifestaciones, a cuál más repugnante. El 8M sigue siendo necesario, como una lucha, de hombres y de mujeres, por una igualdad real y efectiva, y hay que mantenerla mientras no se neutralice a quienes, llamándose hombres, no pasan de ser machos violentos, peligrosos y asesinos.
