681. Cuestión de empatía

Por Lola Fernández.

Aparte de la España vaciada, está la abandonada: patrimonios que se caen por pura desprotección; una cosa son esos pueblos que van despareciendo poco a poco, dada una despoblación progresiva y fatal, y otra es que estés durmiendo y te caiga el techo encima matándote, que es lo que ha ocurrido en estos días pasados por esos lugares de nuestro país. En ambas realidades subyace un terrible abandono que provoca tanta tristeza como pasear por las calles de un pueblo muerto, o como ver qué poco se hace por preservar la herencia material e inmaterial que conforma nuestra identidad. Si no protegemos lo nuestro, que nos hace ser lo que somos y cómo somos, no sé muy bien cuál puede ser una motivación más importante. Como andaluces, españoles y europeos, hay un acervo común con otros muchos pueblos, comunidades, países, que nos permite sentirnos identificados no sólo con lo endémico, sino ir más allá de empobrecedores localismos que se traducen en una negativa exclusión de los más variopintos tipos: si sólo te gustan tus fiestas, te perderás todas las demás, y no está el mundo para evitar distracciones y diversión. Lo que nos pertenece adquiere más valor si se une a todo lo que nos es ajeno, pero que podría ser muy nuestro por el simple detalle de haber nacido en otro lugar y en una familia diferente. A quienes rechazan, por ejemplo, a los inmigrantes que llegan a nuestro entorno huyendo de la miseria o de la guerra, les preguntaría qué harían ellos de estar en su lugar, si afrontarían sin más el miedo a morir de hambre o de violencia, o se arriesgarían a buscar horizontes más prometedores, aunque al final se dejaran la vida en el intento… Es una sencilla y madura cuestión de empatía, que destierra egoísmos y egocentrismos, para abrazar una generosidad que nos hace mejores personas.

Clicar en la imagen para agrandarla

Groenlandia, Venezuela, Trump ataca, ¿Europa ha muerto?… Diferentes velocidades en todo lo relativo a lo judicial: Fiscales Generales que caen sin delinquir, presuntos delincuentes confesos que nadie juzga (y no hablo de jamones portugueses, sino de chorizos españoles, que abundan una barbaridad). El panorama internacional es desolador, y el patrio da vergüenza ajena, con una oposición ultraderechista que adolece de pura y repugnante mala educación; o sea, que está impregnada de malas formas y modales, no que carezca de ella, que ya se sabe que el verbo adolecer a veces se usa incorrectamente. No sé por qué matarían a Kennedy cuando era el 35º Presidente de los Estados Unidos, y me intriga saber si el actual, ese loco descerebrado que protege a pedófilos y a policías asesinos, mientras vulnera el Derecho Internacional con la pasmosa facilidad con la que luce y peina ese pelo rubio de flequillo que sueña con ser tupé, morirá finalmente de viejo, con alguna demencia senil que explique su desvarío, que a día de hoy no tiene aparente razón alguna. Lo que sí tengo muy claro es que este mundo está muy loco cuando permite que un demente cualquiera, por mucho poder que se arrogue, ponga en peligro el bienestar y la seguridad mundiales, tensionando la paz hasta límites inaceptables. ¿Interesa realmente mantener a este tipejo al frente de la que se supone principal potencia económica, militar, cultural y política a nivel global en el orden internacional? Sus acciones van en contra de la protección medioambiental, y le importa un bledo todo lo relativo a la prevención y reducción de la contaminación, el ahorro energético y del agua, el empleo de energías limpias, la gestión de los residuos, etcétera. Vamos, lo suyo no será nunca la empatía, sino un absurdo narcisismo, cuando no directamente egolatría, y una clara antipatía hacia el mundo que habitamos y la vida en general.