682. La eternidad del instante

Por Lola Fernández.

Cuando la actualidad no te inspira, porque los hechos que ocurren te duelen, ves que, por más que no lo comprendas, la vida sigue como si nada, ajena a duelos, preguntas y todo lo que cabe a su sombra. Tú, yo, todos, no somos nadie cuando la vida te dice a la cara lo poco que le importan tus sentimientos y los problemas de cada cual. Parece que la muerte es la mala, pero no se pueden desgajar las dos caras de una moneda, y el ser y el no ser es mucho más que una cuestión existencial shakesperiana, pues frente a la fugacidad del tiempo existe la eternidad del instante, cuando se queda atrapado en la memoria, a modo de fotografía o de dibujo, y, lejos de difuminarse y perecer como las ondas de una piedra arrojada al agua, se transforma en un latido perenne en el corazón. Somos como somos porque albergamos en nuestro interior una fuente de instantes eternos que detuvieron el engranaje del vivir y se quedaron con nosotros para poder subsistir, a modo de cicatrices que nos recuerdan que, a veces, permanecer es sobre todo una mera cuestión de supervivencia, al menos provisionalmente. Hay momentos en que necesitamos aferrarnos a esa eternidad de los instantes, como si cogiéramos un bastón para ayudarnos a caminar, hasta que llega el día en que ya no nos acordamos de su ayuda, sencillamente porque volvemos a poder caminar solos y sin apoyo.

Foto: Lola Fernández

Salgo a pasear hasta el lugar en el que hace ya mucho, años incluso, hice un dibujo para detener y contener el tiempo en él; es curioso que casi todo es diferente y, sin embargo, poco parece haber cambiado: de entrada, no hay nubes amenazantes presagiando una pronta tormenta, y el bancal no tiene nada que ver, debido especialmente a las diferentes estaciones y fases del cultivo. Pero el camino y el horizonte son los mismos, como la perspectiva y los árboles de hoja perenne, y, si miro lo dibujado a través de la memoria, puedo activar el recuerdo de los sentidos, y entonces evoco un día ventoso en el que el ladrido de algunos perros era el único compañero del molesto sonido del viento, en el que hacía algo de frío y apetecía seguir caminando más que estar con el papel y los colores, antes de que empezaran a caer las primeras gotas de una lluvia que me iba a pillar sin paraguas y aún lejos de casa. Por supuesto que sin dibujo alguno podría perfectamente recordar los momentos de un paseo muchas veces recorrido, pero él inmortaliza un instante que en realidad es la suma de bastantes minutos, fundidos en la imagen plasmada una vez la das por concluida. Y de igual manera ocurre con muchos acontecimientos vitales que, por distintos motivos, se nos quedan grabados para siempre: unos, para proporcionarnos alegría con su mera evocación; y otros, que quisiéramos olvidar para siempre, porque nos causan dolor, y ahí están, aunque no nos apetezca, como incómodos compañeros. De nada sirve pretender luchar contra el curso de los días y sus sucesos, por mucho que no nos gusten y aunque nos desagraden en demasía. Los episodios que nos toca vivir, aunque sea como meros espectadores, marcan sus propios ritmo y permanencia, quedándose con nosotros a modo de instantáneas que, paradójicamente, duran muchísimo más que un instante, haciendo que éste se transforme en eterno. Dicen que el tiempo todo lo cura, por algo tan simple como que todo lo borra, y entonces, y sólo entonces, aprendemos el significado consolador y balsámico del olvido.