691. Camino de Ítaca

Por Lola Fernández.

Junto a la escultura cuya imagen ilustra este artículo, una placa con sus datos contiene unos versos del poema Ítaca, de Kavafis: Ten siempre a Ítaca en tu mente. /Llegar allí es tu destino. /Mas no apresures nunca el viaje. /Mejor que dure muchos años /y atracar, viejo ya, en la isla, /enriquecido de cuanto ganaste en el camino /sin esperar a que Ítaca te enriquezca. /Ítaca te ha dado ya tan hermoso viaje. Ítaca puede simbolizar aquí el destino final después de toda una vida, y el poeta griego incidía en la importancia de disfrutar el camino sin centrarse en la meta, aunque se tenga presente. Bellos versos para acompañar una escultura que trata de homenajear a la vejez. Creo que es común entre los mortales querer llegar a viejos, en plenas facultades mentales, más allá del lógico deterioro asociado a la edad, disfrutando de los últimos años de la vida, para morir sin sufrir; y ojalá el destino tenga reservado algo así para nosotros. Claro que, frente a lo que nos depare la vida, está lo que obtenemos en esta sociedad nuestra, tan absurda a veces, como cuando no cae en la cuenta de que todos aspiramos a envejecer, y hacerlo no tiene nada de malo, por lo que no se entiende el edadismo, esa actitud negativa hacia las personas en función de su edad, a base de prejuicios y estereotipos, que discrimina a los mayores, con conductas de incomprensión hacia el envejecimiento, sin verlo como una etapa más, que viviremos la inmensa mayoría. En otras culturas, como en las orientales, en las indígenas, o en las africanas, el respeto a los ancianos es esencial, considerándoles guías, líderes, poseedores de la sabiduría que se ha de transmitir a través de las tradiciones; mientras que, desde la óptica occidental, hay una generalizada idealización de la juventud y un rechazo hacia los mayores. Aunque no se reconozca, lo cierto es que socialmente se infravaloran sus capacidades de aprendizaje, por ejemplo, en lo relativo a lo digital; excluyéndoles laboralmente desde edades en las que aún se tienen muchos años por delante para trabajar; no es raro que sean ridiculizados en los medios de comunicación, sólo hay que pensar en lo que se dice de sus ganas de viajar en programas de turismo social, o de encontrar nuevas parejas al quedarse solos; cuando no se cuestiona su derecho a una pensión, ganada con el sacrificio de toda una vida, etcétera.

Foto: Lola Fernández

Y si hablamos de las residencias geriátricas, eso ya es un punto y aparte, el colmo de los colmos; en estas últimas semanas, he visto y leído noticias sobre huelgas y malestar entre los mayores que viven en ellas, por tener que compartir habitación, por ejemplo. Sin embargo, eso es simplemente la punta del iceberg, puesto que estamos ante una muy compleja problemática, como refleja el que salten a los medios de comunicación con tanta frecuencia casos que describen situaciones de pesadilla: de maltrato; de negligencias; de abandono; de la mala calidad de vida, por no cubrir bien los cuidados que requieren muchos por su dependencia física y/o psíquica; de ataques, a veces mortales, entre residentes con problemas cognitivos; de hacinamiento, incendios, mala alimentación… Pero algo que nunca entenderé es que se olvide tan a la ligera que, quien más quien menos, muchos acabaremos nuestros días en una residencia de mayores, y que urge resolver problemas como falta de plazas, con la consiguiente dificultad de acceso; de precios abusivos poco asequibles; de deficientes recursos y asistencia; de poco personal y ratios excesivas; de polimedicación y descuido en la higiene, y tantos otros que nuestra sociedad conoce suficientemente bien como para ponerles remedio. Y hacerlo no con parches, sino con toda una reforma estructural, guiada por la sagrada idea de que los viejos no son trastos que aparcar y que no molesten, sino valiosísimas personas con un trascendental rol para nuestra identidad cultural. No puede ser que, después de haber recorrido todo el camino, nos espere un estercolero, en lugar de la prometedora isla de Ítaca.