693. In memoriam

Por Lola Fernández.

Hace unas semanas me encontré con la historia, recobrada del olvido, de una familia que vivió en un nido de ametralladoras entre dunas y frente al mar, en uno de los pocos espacios naturales sin urbanizar que hoy quedan en la Costa Dorada. En el búnker del humedal de las Madrigueres, hoy rescatado y convertido en homenaje y memoria de una familia que lo habitó durante cuatro años de la posguerra, un mural del Guernica y unos versos de una de las hijas, que ha escrito algún poemario y un libro relatando su experiencia, y cuyas palabras expresan muy bien lo que les tocó vivir: “Perdedores de una guerra, el 16 de julio del 49 llegamos al búnker de les Madrigueres, construido por los republicanos en 1937. Aquí vivimos mis padres, Eduardo Casas Pastor y María Perín Moreno, y los cinco hermanos (Olga, Manuela, Trinidad, Eduardo y José Matías) durante los años duros de postguerra. José Matías nació en el búnker en 1950. Veníamos desde Marmolejo (Jaén) en busca de un futuro mejor, pero los primeros años no fueron fáciles. Habíamos perdido la guerra y aún quedaban muchas batallas que ganar a la vida. Al llegar, el búnker estaba lleno de arena. Mis padres lo limpiaron, blanquearon por dentro y por fuera y lo dejaron como los chorros del oro. Al lado del búnker no había ninguna casa, era como una isla, como un barco varado en medio de la arena. Recuerdo un espacio vacío, sin nada. Una sala con tres troneras. No recuerdo muebles, aunque sí una mesa en la entrada, la máquina de coser de mi madre, con la que trabajaba, y para iluminarnos teníamos una lámpara de carburo y un candil. Afuera, en el rincón de la entrada, mi padre hizo una cocina con paredes y techo de cañas. El fuego se hacía en el suelo y utilizábamos unas trébedes de hierro para poner la cazuela y hacer la comida. Mientras vivimos en el nido de ametralladoras, sufrimos el incendio de la cocina de cañas y también una riada el día 13 de septiembre de 1952, de la que fuimos rescatados con barcas por los vecinos de Sant Salvador. En 1953 dejamos el búnker para ir a vivir de alquiler a una casa a pie de playa llamada Cal Blau, que a mí me parecía un palacio.”

Foto: Lola Fernández

Poco se puede añadir que diga mucho más, pero conmueve conocer la historia, una más de aquel tiempo negro, de esta familia andaluza, no emigrante, sino perseguida por ser perdedores de la guerra, tras pasar el padre cuatro años en prisión por sus ideas republicanas, heridas sus dos piernas en batalla, y cuyo mayor delito fue enseñar a leer y escribir a los trabajadores de su pueblo. Como llega igualmente al alma ver la estructura de hormigón armado, durante años abandonado y maltratado por el incivismo, rehabilitado y dignificado, recuperando la memoria histórica de la Guerra Civil española. No deja de ser contradictorio que una fortificación de la guerra se convirtiera en un espacio de vida, donde unos padres ejemplares y valientes, supervivientes al fin, dieron a sus hijos un futuro con lo poco que tenían, él arreglando jardines para las familias ricas que poseían no demasiado lejos segundas viviendas frente al mar, y ella cosiendo para esas mismas familias. Me emociona también que una de las hijas, Trinidad, lograra cursar la carrera de Psicología y que hoy podamos conocer la historia de los Casas Perín por su libro, aparte de leer versos suyos en una de las fachadas del búnker (Desposeída de todo,/ pasó su infancia en un nido de ametralladoras,/ refugio en otro tiempo/ de estrellas envenenadas/ que caían desde un cielo/ sin piedad.), junto a la pintura de Picasso en otra: una obra pictórica convertida en un alegato universal contra la guerra, y unos versos de una de sus víctimas.  La guerra es mala para todos, puesto que saca lo peor de los seres humanos, precisamente lo más inhumano, pero, cuando acaba, siempre hay dos bandos muy reconocibles: el de los vencedores, los mismos que hostigaron al pobre Eduardo haciéndole la vida imposible hasta que tuvo que escapar de su pueblo; y el de los vencidos, que, como apunta Trinidad, se han de enfrentar a muchas más batallas una vez que la guerra finaliza. No hay equidistancia alguna posible, y quien la vea está muy ciego; nunca hemos de cansarnos de gritar ¡No a la guerra!, porque no podemos olvidar que las contiendas bélicas no se acaban cuando se callan las armas, y se necesitan muchos años para que desaparezcan sus nefastas consecuencias, tal y como ilustra la historia particular de esta familia jiennense refugiada que, huyendo del franquismo, terminó viviendo en un fortín abandonado en un punto perdido de la costa.