683. Los sueños de los niños

Por Lola Fernández. 

Entre la democracia y el fascismo existe un continuo de degradación moral tan evidente que hay que estar muy ciego para no verlo, y es imposible quedarse callado ante tanto despropósito. Después de la Revolución Industrial, con una dura explotación laboral de la infancia, no tardaron demasiado en aparecer las presiones sociales y de los primeros sindicatos para que surgieran leyes protectoras de los niños y niñas, buscando sacarlos de las fábricas y que tuvieran acceso a su escolarización. Ha llovido mucho desde entonces y poco a poco se acabó, a base de regulación legislativa, con tan cruel y peligroso abuso infantil, pasando los menores a dejar de ser mano de obra barata para convertirse en sujetos de derechos que velaban por su seguridad y educación. Nadie debería robar los sueños de los niños, forjados a base de fantasía, risas e ilusión, ni emborronar los colores de sus vidas para pintar en blanco y negro sus días. Por eso me parece cruel e insoportable la imagen de esos policías americanos, armados y enmascarados, arrestando a un niño de 5 años para usarlo de cebo con sus familiares. No sé qué edad tendremos cada cual, pero quien lea esto, sin excepción, tuvimos 5 años, y quien más, quien menos, seguro que recordamos qué indefensos éramos entonces y cuánto amábamos a nuestros padres. Podemos ponernos un momento en lugar del pequeño, y seguro que sabremos el horror que le tocó vivir, con la excusa policial de atraer a su padre, un inmigrante legal que está tramitando su petición de asilo. No cabe mayor pérdida de valores y decencia ética y social, como es difícil encontrar un comportamiento más inaceptable e improcedente, y no deberíamos nunca jamás normalizar tal degradación y pérdida de la integridad que se le presupone a los humanos. Qué herramientas emocionales proporcionamos a la niñez, si se rompen sus sueños y se acaba con sus juegos; ninguna persona honesta puede ser cómplice de semejante degenerada decadencia.

Eso es precisamente lo que busca el totalitarismo implícito en distanciarse de los sistemas democráticos, hacernos comulgar con ruedas de molino, que lleguemos a ver bondad en las mayores vilezas, con un deterioro conductual que va buscando hacernos peores cada día. Ya no se conversa, más bien se insulta; no se habla, se grita; no se escucha, se busca el intervalo para hablar, hablar y hablar… Pero ¿se dice algo en ese parloteo, se busca el entendimiento, se crea comunicación? Necesitamos perspectiva, y pasarán años hasta que puedan calificarse estos tiempos y describir sus rasgos más significativos; sin embargo, ese arrestar a un pequeño inocente, sin más carga que la de su mochila escolar, es tan sucio como el trato dado a los críos y crías en las alienantes fábricas de la Revolución Industrial, que fue como un infierno para aquellos pequeños aprendices, a quienes se trataba con una brutalidad tal que hasta en sus esqueletos pueden verla hoy los científicos al analizar tales restos biológicos. No nos callemos nunca si alguien hace daño a cualquier persona, pero seamos aún más firmes ante los ataques a los más desvalidos, sean los niños, sean nuestros mayores: todos fuimos pequeños, y todos aspiramos a llegar a viejos, aunque no lo parezca, viendo el tratamiento que da, demasiadas veces, nuestra sociedad a unos y a otros.

682. La eternidad del instante

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Cuando la actualidad no te inspira, porque los hechos que ocurren te duelen, ves que, por más que no lo comprendas, la vida sigue como si nada, ajena a duelos, preguntas y todo lo que cabe a su sombra. Tú, yo, todos, no somos nadie cuando la vida te dice a la cara lo poco que le importan tus sentimientos y los problemas de cada cual. Parece que la muerte es la mala, pero no se pueden desgajar las dos caras de una moneda, y el ser y el no ser es mucho más que una cuestión existencial shakesperiana, pues frente a la fugacidad del tiempo existe la eternidad del instante, cuando se queda atrapado en la memoria, a modo de fotografía o de dibujo, y, lejos de difuminarse y perecer como las ondas de una piedra arrojada al agua, se transforma en un latido perenne en el corazón. Somos como somos porque albergamos en nuestro interior una fuente de instantes eternos que detuvieron el engranaje del vivir y se quedaron con nosotros para poder subsistir, a modo de cicatrices que nos recuerdan que, a veces, permanecer es sobre todo una mera cuestión de supervivencia, al menos provisionalmente. Hay momentos en que necesitamos aferrarnos a esa eternidad de los instantes, como si cogiéramos un bastón para ayudarnos a caminar, hasta que llega el día en que ya no nos acordamos de su ayuda, sencillamente porque volvemos a poder caminar solos y sin apoyo.

Foto: Lola Fernández

Salgo a pasear hasta el lugar en el que hace ya mucho, años incluso, hice un dibujo para detener y contener el tiempo en él; es curioso que casi todo es diferente y, sin embargo, poco parece haber cambiado: de entrada, no hay nubes amenazantes presagiando una pronta tormenta, y el bancal no tiene nada que ver, debido especialmente a las diferentes estaciones y fases del cultivo. Pero el camino y el horizonte son los mismos, como la perspectiva y los árboles de hoja perenne, y, si miro lo dibujado a través de la memoria, puedo activar el recuerdo de los sentidos, y entonces evoco un día ventoso en el que el ladrido de algunos perros era el único compañero del molesto sonido del viento, en el que hacía algo de frío y apetecía seguir caminando más que estar con el papel y los colores, antes de que empezaran a caer las primeras gotas de una lluvia que me iba a pillar sin paraguas y aún lejos de casa. Por supuesto que sin dibujo alguno podría perfectamente recordar los momentos de un paseo muchas veces recorrido, pero él inmortaliza un instante que en realidad es la suma de bastantes minutos, fundidos en la imagen plasmada una vez la das por concluida. Y de igual manera ocurre con muchos acontecimientos vitales que, por distintos motivos, se nos quedan grabados para siempre: unos, para proporcionarnos alegría con su mera evocación; y otros, que quisiéramos olvidar para siempre, porque nos causan dolor, y ahí están, aunque no nos apetezca, como incómodos compañeros. De nada sirve pretender luchar contra el curso de los días y sus sucesos, por mucho que no nos gusten y aunque nos desagraden en demasía. Los episodios que nos toca vivir, aunque sea como meros espectadores, marcan sus propios ritmo y permanencia, quedándose con nosotros a modo de instantáneas que, paradójicamente, duran muchísimo más que un instante, haciendo que éste se transforme en eterno. Dicen que el tiempo todo lo cura, por algo tan simple como que todo lo borra, y entonces, y sólo entonces, aprendemos el significado consolador y balsámico del olvido.

681. Cuestión de empatía

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Por Lola Fernández.

Aparte de la España vaciada, está la abandonada: patrimonios que se caen por pura desprotección; una cosa son esos pueblos que van despareciendo poco a poco, dada una despoblación progresiva y fatal, y otra es que estés durmiendo y te caiga el techo encima matándote, que es lo que ha ocurrido en estos días pasados por esos lugares de nuestro país. En ambas realidades subyace un terrible abandono que provoca tanta tristeza como pasear por las calles de un pueblo muerto, o como ver qué poco se hace por preservar la herencia material e inmaterial que conforma nuestra identidad. Si no protegemos lo nuestro, que nos hace ser lo que somos y cómo somos, no sé muy bien cuál puede ser una motivación más importante. Como andaluces, españoles y europeos, hay un acervo común con otros muchos pueblos, comunidades, países, que nos permite sentirnos identificados no sólo con lo endémico, sino ir más allá de empobrecedores localismos que se traducen en una negativa exclusión de los más variopintos tipos: si sólo te gustan tus fiestas, te perderás todas las demás, y no está el mundo para evitar distracciones y diversión. Lo que nos pertenece adquiere más valor si se une a todo lo que nos es ajeno, pero que podría ser muy nuestro por el simple detalle de haber nacido en otro lugar y en una familia diferente. A quienes rechazan, por ejemplo, a los inmigrantes que llegan a nuestro entorno huyendo de la miseria o de la guerra, les preguntaría qué harían ellos de estar en su lugar, si afrontarían sin más el miedo a morir de hambre o de violencia, o se arriesgarían a buscar horizontes más prometedores, aunque al final se dejaran la vida en el intento… Es una sencilla y madura cuestión de empatía, que destierra egoísmos y egocentrismos, para abrazar una generosidad que nos hace mejores personas.

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Groenlandia, Venezuela, Trump ataca, ¿Europa ha muerto?… Diferentes velocidades en todo lo relativo a lo judicial: Fiscales Generales que caen sin delinquir, presuntos delincuentes confesos que nadie juzga (y no hablo de jamones portugueses, sino de chorizos españoles, que abundan una barbaridad). El panorama internacional es desolador, y el patrio da vergüenza ajena, con una oposición ultraderechista que adolece de pura y repugnante mala educación; o sea, que está impregnada de malas formas y modales, no que carezca de ella, que ya se sabe que el verbo adolecer a veces se usa incorrectamente. No sé por qué matarían a Kennedy cuando era el 35º Presidente de los Estados Unidos, y me intriga saber si el actual, ese loco descerebrado que protege a pedófilos y a policías asesinos, mientras vulnera el Derecho Internacional con la pasmosa facilidad con la que luce y peina ese pelo rubio de flequillo que sueña con ser tupé, morirá finalmente de viejo, con alguna demencia senil que explique su desvarío, que a día de hoy no tiene aparente razón alguna. Lo que sí tengo muy claro es que este mundo está muy loco cuando permite que un demente cualquiera, por mucho poder que se arrogue, ponga en peligro el bienestar y la seguridad mundiales, tensionando la paz hasta límites inaceptables. ¿Interesa realmente mantener a este tipejo al frente de la que se supone principal potencia económica, militar, cultural y política a nivel global en el orden internacional? Sus acciones van en contra de la protección medioambiental, y le importa un bledo todo lo relativo a la prevención y reducción de la contaminación, el ahorro energético y del agua, el empleo de energías limpias, la gestión de los residuos, etcétera. Vamos, lo suyo no será nunca la empatía, sino un absurdo narcisismo, cuando no directamente egolatría, y una clara antipatía hacia el mundo que habitamos y la vida en general.

680. Sensación térmica

Por Lola Fernández.

Hay que ver, con lo mal que se pasa la noche cuando no se entra en calor y qué triste pensar en esas personas sintecho que duermen en las calles y parques de nuestras ciudades, que en esta última ola de frío polar han muerto algunas de ellas, en sus sacos, con un colchón de cartón, o sobre la tierra o el suelo o la helada piedra de algún banco. Es demasiado doloroso conocer esta realidad, y todos nos topamos de frente con ella cuando vemos a alguien durmiendo en algún portal, en cualquier mínimo abrigo que se encuentre entre fachadas, escaparates, algún tipo de techado que pueda servir de refugio contra las bajas temperaturas, la lluvia, el viento, y la indiferencia general del que pasa junto a estos hombres y mujeres que no tienen nada, ni siquiera ganas de salir de su pesarosa cotidianidad de soledad y desesperanza. Cierto que muchos rechazan un centro de acogida, y también que no tienen demasiado equilibrio emocional y salud mental como para discernir entre lo que quieren y lo que les conviene, pero nadie debería morirse de frío y que la vida a su alrededor siga como si nada, con los que pasan a su lado evitando siquiera mirar los bultos de sus cuerpos escondidos bajo capas de mantas y cartones en una vana pretensión de dar calor a unos cuerpos ateridos. A veces sabemos que están vivos porque se escuchan ronquidos en su sopor etílico, o frases inconexas que siempre suenan a lamento y a queja; pero estoy segura de que más de una vez habremos pasado sin saberlo por delante de alguien sin vida, rodeado por todas esas pertenencias que arrastran tras de sí, como a ellos los arrastra la vida.

Seguramente, los sintecho que mueren de frío no lo percibían realmente como tal, igual el alcohol les hizo incluso sentir calor; es la sensación térmica que percibe nuestros cuerpos, con independencia de la temperatura real que haya en ese momento, e influyen el viento, la falta de sol, la humedad, conjugándose para que nuestros organismos sean incapaces de regular adecuadamente su propia temperatura. Una especie de distorsión entre la realidad tal y como es, y la realidad tal y como la percibimos, y esto se puede hacer extensivo a muchos más elementos de nuestra vida diaria, más allá de lo relativo al frío o al calor. Ya el simple reflejo de nuestros cuerpos en el espejo es un engaño a los sentidos y a lo que hay a un lado y al otro del cristal: la izquierda es derecha y el volumen es plano, por ejemplo, y quien más quien menos habremos comprobado lo difícil que es hacer determinados movimientos si hemos de guiarnos por las imágenes especulares. No en vano un espejo es todo un mundo cuando es descubierto por primera vez por los bebés o los animales, no siendo raro que busquen por detrás a quienes aparecen en él, que no son sino ellos mismos… Hay muchas alteraciones a nuestro alrededor, y no sólo a nivel sensorial, también mentalmente demasiadas veces creemos que algo es como no es, o que no es como es, que no es lo mismo, pero es igual, como dice una canción de Silvio Rodríguez. Lo conveniente es que sepamos darnos cuenta de esa relatividad, que es lo que marca la distancia entre lo que hay y lo que nosotros creemos hallar. Y cuando de noche nos levantemos a poner más abrigo sobre nuestras camas, no se nos olvide que ese frío que sentimos es el alimento de los cuerpos y almas de muchos seres humanos abandonados a su triste destino y sin posibilidad de ponerse otra manta sobre sus congelados huesos.

679. Con el dolor no se juega

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Amanece Año Nuevo con el relato de una tragedia en Suiza, con muchas víctimas por un fuego declarado en un local durante la celebración de Nochevieja, y, aparte de sentirme sobrecogida, lamento que el ser humano no aprenda nunca de sus errores, porque es bastante fácil comprender que con el fuego no se juega, y menos en espacios cerrados. A la vez leo que en la Franja de Gaza siguen muriendo de frío menores, víctimas que hay que añadir a las causadas por el fuego enemigo, que vaya armisticio de pacotilla, y por él casi le dan un Nobel de la Paz al sátrapa americano que se divierte poniendo patas arriba la economía global con sus jueguecitos bélicos, ignorando algo tan elemental como que con la guerra no se juega. Queda abierto el contador para numerar la lista de mujeres asesinadas por violencia machista en este año que empieza, que en el anterior fueron 46, cifra a la que añadir 3 víctimas de violencia vicaria y 35 niños y niñas que quedaron huérfanos: hay que dar muchos puñetazos y patadas a una mujer para matarla de una paliza, como hay que clavar muchas veces un cuchillo en el caso de ensañarse con un arma; sin olvidar que la muerte es un acto final precedido de conductas de control, humillación y abuso físico, psíquico y emocional de modo constante del maltratador sobre su víctima particular, que a veces busca escapar a través del suicidio. Y qué decir de los errores, en la sanidad andaluza, de los cribados en los cánceres de mama y colon, con los falsos positivos y negativos, y los retrasos en el diagnóstico, cuando precisamente se trata de una detección precoz para salvar vidas; escuchando cómo los responsables ningunean y criminalizan a las víctimas, algunas ya muertas, hablando de que son casos insignificantes, cuando la verdad es que una sola muerte evitable es absolutamente significativa, o que pregunten entre sus familiares… Esta sociedad olvida con demasiada frecuencia que con el dolor no se juega.

Foto: Lola Fernández

Por más ilusión que nos haga que los años lleguen cargados de tranquilidad y bienestar, lo cierto es que las noticias nos hablarán, si no lo hacen ya, de desastres naturales, de dramas propiciados por los hombres, de guerras, inundaciones, naufragios, y todos los eventos que escuchamos en los telediarios, esos que no es extraño que acaben con unas referencias culturales que llenan por un momento la luctuosa narración con artísticas alusiones; pues es la música, o las exposiciones de pintura y escultura, o las diversas fiestas de los pueblos de nuestra España…, las que van a hacernos olvidar, aunque sea por unos preciados instantes, el estruendo de los misiles, o el llanto de quienes no pueden soportar tanto daño como el que son capaces de causarse los seres humanos entre sí. Paz, amor, salud, dinero…, entre dichas coordenadas se mueven nuestras peticiones de deseos que queremos nos colmen de dicha, pero si nos fijamos por un segundo, ninguno de estos anhelos depende exclusivamente de nosotros, pues nos llega externamente o es algo a compartir, así que igual deberíamos concentrarnos un poco más en las pequeñas cosas que conforman al final toda una vida y que podemos ir realizando y construyendo poco a poco con nuestro esfuerzo y una dedicación personal propia. Al final, salir a dar un paseo nos animará tanto como evitará que seamos víctimas del sedentarismo; y regar las plantas nos llenará de felicidad cuando estén vivas y sanas y nos regalen sus preciosas flores de colores o sus diversas hojas llenas también de belleza y olor; como una enriquecedora conversación sobre música o libros con los amigos nos alejará de la polarización de una discusión sobre política o religión, temas delicados donde los haya entre diferentes puntos de vista y distintas ideologías; etcétera. Inventemos personalmente un año y una vida que nos hagan felices, sin esperar que la consecución de las eternas aspiraciones humanas nos llegue del cielo, cual divino maná.

678. El valor de la memoria

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

En estos días, plenamente navideños, muchas mujeres cocinan platos especiales para celebrar las fechas más señaladas en familia. Y se cuela en ellos la tradición, que, aunque imperceptiblemente, lleva muchas veces el sello de las madres y de las abuelas. Es ley natural que los padres se vayan antes que sus hijos, y maldita la gracia para quienes nos quedamos huérfanos, acompañados para nuestro consuelo por algunas cosas que poseen un valor incalculable. Entre ellas, como un auténtico tesoro, las recetas que un día copiamos en un cuaderno al dictado de una madre que sabía que no teníamos ni idea, por lo que añadía en ellas algunos datos aclaratorios por si de verdad nos atrevíamos a cocinar y necesitábamos una guía suplementaria. Ese es mi caso, porque cuando estudiaba en la facultad no sabía nada relativo a lo culinario, y, aunque comía generalmente fuera de casa, añorar las comidas preferidas de entre las que mi madre solía preparar hizo que apuntara en varios y desordenados cuadernos el modo de realizar mis platos favoritos, con un listado de ingredientes de los que desconocía totalmente cómo enfrentarme a ellos, tal era mi ignorancia en la materia. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que me sintiera atraída por entrar en la cocina, recordando en ocasiones lo que decía mi madre: con lo que se tarda en preparar, y lo rápido que se come… A partir de entonces supe que atesoraba algo precioso en esos cuadernos, hoy perfectamente ordenados y bien guardados, para cuando me apetecen mis manjares predilectos. Y como muchos de ellos los cocinaba mi madre siguiendo las recetas de mi abuela, no es difícil adivinar cuánto amor me acompaña cuando los hago yo. Eso es para mí una verdadera y valiosísima tradición familiar, como entonar los villancicos que cada Navidad se cantaban en casa, con mi padre tocando la guitarra y mi madre y todos los hermanos entusiasmados, llenando los recuerdos de imborrables notas musicales.

Foto: Lola Fernández

Mucho mejor que tierras e inmuebles, que joyas y ajuares, esas hojas con los pasos a seguir para obrar el milagro de una comida con el mismo gusto y sabor que las que comías en casa de los abuelos, y en la tuya propia. Podría decir que son instrucciones para ser feliz, exactamente iguales a las que se siguen en el caso de la jardinería. Si una receta es un tesoro, no digo ya lo preciado de plantas que eran de tu madre y hoy las mantienes tú vivas y bonitas, por específico deseo suyo, porque a ti se te dan muy bien las plantas y no quiero que se pierdan cuando yo ya no esté… Verlas vivas y creciendo, cuando no multiplicándose, es como rendirle un homenaje, aparte de una hermosa manera de mantener con vida un legado, y de recordar momentos, bellos ya simplemente por acontecer cuando tus seres más queridos estaban vivos y a tu lado. Es el valor de la memoria, que surge en detalles, desapercibidos para los demás, pero que tú reconoces y guardas primorosamente. Va mucho más allá de lo material, y surge al hacer cualquier arreglo doméstico, tal y como aprendiste de un padre apañado y cariñoso, o en algo tan sencillo como cuando te dicen que hay que ver cómo te pareces a tu madre. No se necesitan dinero ni objetos suntuosos para llevar contigo un precioso legado personal e intransferible que no suele aparecer en herencias al uso, pues ningún notario dará fe nunca de las maravillosas transmisiones que nos dejaron quienes nos querían, para ayudarnos un poquito en el desconsuelo de su pérdida.

677. Corre que vuela

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Me encuentro en un cajón una tabla de conversión de euros a pesetas y me acuerdo de la fecha en que empezaron a circular los nuevos billetes y monedas, va a hacer ya 24 años. Madre mía, cómo pasa el tiempo, que corre que vuela, y si nos paramos un poco a pensar, la de vivencias, la de cambios, la de inventos y cosas que existen y hace años parecían casi imposibles. Cojo el móvil, le consulto una duda de viva voz y me contesta la respuesta en un santiamén, lo que hace que me pregunte cómo podíamos vivir antes de los móviles, porque es que si nos fijamos vemos que tenemos en ellos un tutor tan apreciado e imprescindible, como muchas veces imperceptible. Un smartphone es ciertamente eso, un teléfono móvil que se puede convertir en todo un maestro gracias a su acceso a internet, más allá de su función comunicativa a través de llamadas y mensajes, que ni siquiera hemos de detenernos demasiado a explicar cómo ha influido en la desaparición de las cabinas telefónicas y del correo postal, limitado ya prácticamente a cartas comerciales, publicidad y poco más. Además, nos sirve para la fotografía y el vídeo, de modo que ahora es muy raro, por infrecuente, llevar cámara de fotos y de vídeo a los viajes, a no ser que seas un auténtico aficionado. Después, a veces ni entiendo cómo llegaba a tantos lugares sin la posibilidad de usar la navegación GPS, cuando a estas alturas casi he olvidado los mapas de carreteras, que se iban actualizando con frecuencia, o las guías de hoteles, por poner algún ejemplo: hoy es raro tener que preguntar a alguien dónde queda una dirección concreta, porque gracias a esta conexión con una red de satélites, no sólo sabemos dónde queda el destino deseado, sino que nos informará de la velocidad y del tiempo que tardaremos en llegar a él, casi nada…

Foto: Lola Fernández

A los múltiples aspectos de entretenimiento que nos proporciona un teléfono inteligente, como música, cine, televisión, lectura, juegos y demás, hemos de añadir todo lo relativo a la gestión personal, que nos sirve para cosas tan variopintas como pedir una cita médica, o llevar una agenda de lo más completa, pasando por pagos diversos, sin olvidarnos de la domótica, para los amantes de las casas inteligentes, entre otras variadas funciones que se pueden realizar con sólo tener un móvil y una buena conexión a redes móviles y Wi-Fi. El otro día veía una publicación en Instagram con una imagen de un teléfono antiguo de pared y un texto que decía: Cuando el teléfono estaba atado a un cable… los humanos eran libres. Y he de admitir que estuve instantáneamente de acuerdo, porque esa es, precisamente, la otra cara de la moneda. No hay que insistir mucho para que todos convengamos en que perdemos un tiempo precioso enganchados a los móviles, en detrimento de otras muchas actividades valiosísimas que se van quedando aparcadas para otro momento, que a veces ni siquiera llega. Y qué decir de la inmensa soledad que nos da también un móvil moderno, que nos aparta en bastantes ocasiones de relaciones humanas reales, a favor de una virtualidad que no tiene nada de raro que se convierta a la postre en puro espejismo. Deberíamos reflexionar sobre cómo el paso del tiempo, por mucho que vuele, no ha de hacernos olvidar que lo auténtico permanece más allá de modas, aplicaciones, innovaciones y demás; como la forja y la piedra de un jardín escondido, que ven pasar los años sin cambiar su esencia, silenciosos compañeros de una vegetación que, por fuerza, dada su naturaleza primordialmente perecedera, irá transformándose de acuerdo a los tiempos y los usos.

676. Diciembre

Foto: Lola Fernández.

Por Lola Fernández.

Escuchaba el otro día un programa en la radio que hablaba del mes de diciembre, cuestionándose si podía considerarse como un final o como un principio, ante lo que yo reflexionaba que ni lo uno ni lo otro, porque me parece más bien un intervalo, en el que todo puede imaginarse y realizarse al modo personal que se prefiera. Pocos meses más controvertidos, me digo mientras miro la fotografía que he elegido para este artículo de una planta llamada stipa tenuissima, que no tiene flores y cobra toda su vida cuando el viento la mece, pues se transforma en un mar vegetal de movimientos hipnóticos, casi como si fuera una danza. Llamada también hierba pluma o hierba pelo de ángel, de florecer podría hacerlo con auténticas rosas de los vientos, por el dominio acerca del aire y el movimiento que se le presupone. Mirando sus finas y flexibles hojas, se puede ver lo acostumbradas que están a moverse de aquí para allá, con una apariencia que recuerda a vórtices y remolinos, aunque mostrando una firmeza que se traduce en pura adaptabilidad: es tal y como yo veo el mes doce del año, que, sin embargo, toma su nombre del décimo que fue en el antiguo calendario romano. Desde el mismo detalle etimológico ya notamos que estamos ante un mes muy especial, que nunca pasa desapercibido, y que da para hablar mucho de él y sus circunstancias; tanto, que cada vez se busca iniciarlo antes, como si ni siquiera pudiéramos respetar su esencia de medida de tiempo que nace un 1 y muere un 31.

Foto: Lola Fernández.

Y es que diciembre le debe casi toda su especialidad a contener la mayor parte de las navidades, que no es moco de pavo; y ahí mismo tenemos un serio debate para muchos: cuándo es oportuno vestir la vida de Navidad, dando el pistoletazo a los anuncios pertinentes relativos a regalos, mayormente juguetes pero sin olvidar joyas y perfumes, y a costumbres, como volver a casa o comprar décimos de lotería con los que soñar una vida mejor. Las muñecas de Famosa se dirigen al portal…, vuelve por Navidad…, vamos, que hay anuncios cuyas musiquillas son ya casi como auténticos villancicos, con permiso de éstos, claro. A ver quién es el guapo que se despierta un 22 de diciembre y no vuelve al pasado escuchando cantar la lotería a los niños y niñas de San Ildefonso, o que se come algún dulce navideño y no se retrotrae a su infancia. Diciembre es un mes por el que no se puede pasar de puntillas, porque en cualquier momento tendrás que decir si te gusta o no, y además el porqué; y porque si su inicio se desdibuja en el día 1, por su acelerado presagio, qué decir de su final el 31, cuando a las 00:00 horas empieza, nada más y nada menos, que un año nuevo. Está claro que no es un mes como los demás, y me pregunto si podrá ir más allá de contener el periodo navideño, dado a excesos de todo tipo; o de estar adornado de luces, músicas populares, guirnaldas y toda suerte de materiales, brillos y colores; o de zonas comunes, con tradiciones compartidas, para transformarse en una verdadera tierra de nadie, indefinida y sin generalidades. Por eso me es más fácil verlo como puente o intervalo, que como alfa u omega, y no me cuesta nada imaginarlo como stipa tenuissima desmelenada por completo tras un soplo iracundo de céfiros. Sea como fuere, les deseo a ustedes la mejor de las navidades posibles, ajustadas cual guante a sus gustos personales; y que disfruten, aparte de ellas, de un bonito mes de diciembre.

675. Fantasmadas

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Si un fantasmón es quien presume de algo, exagerando o mintiendo, y los fantasmas se ven pero no están, o están pero no se ven, que lo mismo da, Baza no es ajena a las fantasmadas, créanme, y hay algunos asuntos en concreto sobre los que se miente más que hablar, periódicamente a lo largo de los años, sin sonrojarse, así, por toda la cara, que es tan dura que no parece que pase nada de nada. A saber, así por encima, cuántas veces se nos ha dicho que el tren volverá, cuando la única certeza es que se lo llevaron y desmantelaron paulatinamente toda la infraestructura asociada y necesaria. Cierto que la esperanza es positiva, y el deseo nunca se pierde, el del regreso y el de creer su promesa, por más que ya huela a puro cuento; pero también es verdadera la desconfianza y real el pesimismo, para qué decir lo contrario. Y en cuántas ocasiones hemos escuchado que la Alcazaba se va a restaurar, con concursos internacionales incluidos, que no sé qué pasaría con el proyecto italiano ganador hace ya unos lustros, cuando la auténtica verdad es que hay poco que renovar, no nos engañemos. Y algo muy parecido podemos apuntar sobre la reforma del Palacio de los Enríquez, que no llevo ya ni la cuenta de los futuros usos, de las partidas para esto o lo otro, de los sueños de una noche de verano, que se desvanecen al despertar, y todo lo que gusten ustedes mismos añadir, que seguro que se les ocurren muchas cosas.

Foto: Lola Fernández

Ya sabemos que las promesas políticas son más baratas que la carne de cerdo actualmente, con la peste porcina: vamos, que son absolutamente gratuitas, porque nunca se responde por su incumplimiento; pero lo más curioso es que a veces lo prometido surge de portavocías de cargos diferentes pero de las mismas personas, que está claro que hay quien entra en política para no irse ni de broma, aunque no lleguen nunca a donde imaginaron. Sin embargo, me pregunto si no se les cae la cara de vergüenza, porque yo misma siento sonrojo al escuchar mil veces lo mismo, sabiendo, quien habla y quien escucha, que da igual si se aportan partidas económicas, porque no se irá más lejos de un simple blanqueo y un marear la perdiz. Propongo que, si hay dinero para nuestra ciudad, se invierta en cosas reales que se presentaron como el no va más, y ahí andan medio en el olvido, con ocasionales visitas de grupos escolares, colectivos de mujeres o de personas mayores, turistas despistados, no sé, pero sin demasiada vida, programaciones y actividades. Pienso, por ejemplo, en los Baños Árabes, en el Centro de Interpretación de la Cultura Íbera, o incluso en el mismo Museo Arqueológico; estoy segura de que les vendría de perlas más ayudas, para tener mayor protagonismo cultural en Baza, que no basta con existir, sino que se precisa estar vivos y coleando. La imaginación al poder, incluso aplicada al día a día de nuestra cultura, que no puede quedarse limitada a la Semana Santa y al Cascamorras, por importantes que sean. Ya hace mucho tiempo que habría que haber hecho jardines en la Alcazaba, integrando los escasos elementos arqueológicos originales que quedan, y animando a los bastetanos a visitarlos; y del mismo modo, los jardines del Palacio de los Enríquez hace décadas deberían haberse unido a la aledaña Alameda. En cuanto al tren, qué quieren que les diga, me habría bastado, en tanto llega, una buena comunicación de autobuses con la estación ferroviaria de Guadix. Y es que cuando el panorama se torna sombrío, nada como abrir una ventana por la que entre la luz y se pueda ver el cielo, que es casi tan importante como ir más allá de compromisos repetidos que saben a mentiras, y pelear por realidades tangibles.

674. Si me dan a elegir

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Podríamos decir sin equivocarnos que son malos tiempos para los principios que guían las conductas sociales por el camino correcto y adecuado, pero no por ello vamos a dejar de ser, a nivel individual, portadores de valores que nos diferencien y conviertan en una buena persona, faltaría más. Precisamente, ante las dificultades y cuando más ruido haya, hemos de abrir cauces de singularidad, emprendiendo rutas personales que nos hagan sentirnos bien con nosotros mismos, teniendo siempre la claridad de ideas y convencimientos para, en caso de conflicto, elegir. No se trata de ganarse el cielo, pero hay cosas que no sólo son feas y están mal, tal como la mentira, sino que además son pecado, por lo que, si se es creyente, hay como un plus de exigencia; aunque si quieres arroz, Catalina, estoy harta de ver cómo muchos que hacen frecuentemente actos de contrición, después no tienen ningún problema en mentir cual bellacos. Si me dan a elegir, me quedo con la verdad, que siempre irá asociada a la honestidad y la responsabilidad, valores hoy más bien escasos, cuando quien hace algo mal no sólo no lo reconoce, sino que siempre aprovecha para echar balones fuera y acusar falsamente a cualquiera antes que dar la cara.

Foto: Lola Fernández

Siempre apostaré por la tolerancia y la flexibilidad, frente a la intransigencia, y por la pluralidad antes que por el pensamiento único y el adoctrinamiento sesgado; igual que prefiero la paz a la guerra y ser agradecida antes que mostrar ingratitud, es cuestión de elegir y de estar en el lugar que entendamos como el lado bueno de la vida. A mi modo de ver, hay demasiado egoísmo, del peor, del que se traduce en rechazo hacia el otro, sólo por ser diferente, cuando la vigente realidad nos exige ser generosos y compasivos, mostrando siempre empatía. Porque la ineficacia chirría, hay que buscar capacidad, y si el insulto es la norma general, mejor quedarnos con el respeto, que es bastante más gratificante, dónde va a parar. Me gusta mucho más la aplicación de una justicia que se apoye en pruebas y hechos ciertos, que una desoladora injusticia basada en opiniones y creencias de los que tienen en sus manos la aplicación de las reglas del juego. Creo firmemente en que todos debiéramos ser iguales para según qué asuntos, con independencia de tener o no tener, ya sean medios, ya sean relaciones adecuadas y propicias; y, desde luego, si me dan a elegir entre lo taciturno y agorero, y la alegría de vivir, sé muy bien de qué parte estoy y cuáles son los incentivos que me impulsan a actuar, sentir y pensar: es casi tanto como optar por el mar y un jardín, antes que por un cauce seco atravesando tristes eriales. Que sí, que hay muchos gustos y predilecciones diferentes, que no tiene nada de extraño la divergencia y no concordar en muchas cosas de esta vida nuestra de cada día, pero no me digan que no es más bonita la música que el ruido y el embrollo ensordecedores, o que no es preferible la autenticidad a los bulos, esa plaga de nuestra actualidad. Cómo no nos van a parecer más hermosos los frutos y las flores, que la triste visión de las tierras anegadas tras una inundación que deja devastado e infértil el suelo y pudre las raíces. Hay dimensiones tan evidentes y contrastes tan acentuados, que no es difícil posicionarse, que es tanto como encontrar la brújula que nos oriente en nuestro plan de viaje vital, lo cual, convendrán conmigo, no es nada baladí.

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