690. Acto de resistencia
Por Lola Fernández.
Podríamos decir que marzo es un mes feminista, porque en él se hace hincapié, más especialmente que durante el resto del año, en la importancia de la lucha por la igualdad de derechos y la dignidad humana, sin distinción de género o de cualquier otra índole. Y en la militancia feminista, imposible no hablar de Malala, la activista afgana que a los 11 años se enfrentó a los talibanes a través de un blog secreto para la BBC, en el que defendía el derecho de las niñas a recibir educación, obteniendo, una vez desvelada su identidad, importantes premios nacionales e internacionales. Ello no impidió que a los 15 años le pegaran un tiro en la cabeza cuando volvía en el bus escolar, sobreviviendo al atentado talibán y convirtiéndose en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz, a los 17 años. Ello ocurrió en el 2014, y hoy continúa con su lucha, por desgracia totalmente vigente, dada la lamentable situación de niñas y mujeres en Afganistán, con respecto a la educación y a los derechos fundamentales en general. Acaba de visitar España y en uno de los actos a los que ha asistido dijo que leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana, frase que me parece impactante emocionalmente, y que corrobora la importancia que tiene la lectura, en el caso de niñas y mujeres invisibilizadas sistemáticamente por el régimen talibán, y en general.

Incluso yendo más allá, leer es resistir. La resistencia implica fuerza, potencia, aguante, rebeldía, contestación, oposición para contrarrestar otras fuerzas; si se le añade la comprensión, la información, el análisis, la cognición, el aprendizaje, el entretenimiento y la capacidad de interpretar y comunicar, cada vez que cogemos un libro estamos realizando un acto que combina evolución y revolución. No tiene nada de raro que los regímenes totalitarios hayan censurado, prohibido y quemado los libros, puesto que son poderosísimas herramientas para amueblar la cabeza, y fue la gran escritora Virginia Woolf quien dijo: no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente, ni siquiera con un disparo en la cabeza, como demuestra el caso de Malala. A veces, cuando viajo me encuentro por aquí y por allá microbibliotecas gratuitas de intercambio de libros, sea en antiguas cabinas de teléfonos reconvertidas, sea en pequeñas bibliotecas libres para fomentar la lectura, pudiendo quedarte libros, o tomarlos prestados, así como dejar tus propios ejemplares, en un intercambio gratuito de cultura en espacios públicos, que por cierto echo mucho de menos en mi ciudad. No hay nada parecido en ella, y la verdad es que no es algo caro o difícil, teniendo plazas y parques suficientes para instalar estos elementos urbanos de intercambio de conocimientos a través de libros libres que pueden seguir cumpliendo su importante función, sin verse abandonados en cualquier estantería, cuando no en los contenedores de reciclado, pues la mayoría de las bibliotecas municipales ya usan más libros digitales, ebooks o libros electrónicos que obras escritas en papel. Creo que es una magnífica idea para fomentar la lectura a través del libre acceso a interesantes obras, como, por ejemplo, las tres que cogí la última vez: El mágico aprendiz, de Luis Landero; Ripley en peligro, de Patricia Highsmith; y Grandes Biografías: Ludwig van Beethoven. A ver si cuando acabe de leerlos cuento con un lugar en Baza para acercarme y dejarlos, posibilitando que otros amantes de la lectura los disfruten; es una propuesta que le hago directamente a la persona responsable del área de Cultura de nuestro Ayuntamiento, que podría hacerla realidad ahora que ya mismo llega el Día del Libro

















