693. In memoriam

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Hace unas semanas me encontré con la historia, recobrada del olvido, de una familia que vivió en un nido de ametralladoras entre dunas y frente al mar, en uno de los pocos espacios naturales sin urbanizar que hoy quedan en la Costa Dorada. En el búnker del humedal de las Madrigueres, hoy rescatado y convertido en homenaje y memoria de una familia que lo habitó durante cuatro años de la posguerra, un mural del Guernica y unos versos de una de las hijas, que ha escrito algún poemario y un libro relatando su experiencia, y cuyas palabras expresan muy bien lo que les tocó vivir: “Perdedores de una guerra, el 16 de julio del 49 llegamos al búnker de les Madrigueres, construido por los republicanos en 1937. Aquí vivimos mis padres, Eduardo Casas Pastor y María Perín Moreno, y los cinco hermanos (Olga, Manuela, Trinidad, Eduardo y José Matías) durante los años duros de postguerra. José Matías nació en el búnker en 1950. Veníamos desde Marmolejo (Jaén) en busca de un futuro mejor, pero los primeros años no fueron fáciles. Habíamos perdido la guerra y aún quedaban muchas batallas que ganar a la vida. Al llegar, el búnker estaba lleno de arena. Mis padres lo limpiaron, blanquearon por dentro y por fuera y lo dejaron como los chorros del oro. Al lado del búnker no había ninguna casa, era como una isla, como un barco varado en medio de la arena. Recuerdo un espacio vacío, sin nada. Una sala con tres troneras. No recuerdo muebles, aunque sí una mesa en la entrada, la máquina de coser de mi madre, con la que trabajaba, y para iluminarnos teníamos una lámpara de carburo y un candil. Afuera, en el rincón de la entrada, mi padre hizo una cocina con paredes y techo de cañas. El fuego se hacía en el suelo y utilizábamos unas trébedes de hierro para poner la cazuela y hacer la comida. Mientras vivimos en el nido de ametralladoras, sufrimos el incendio de la cocina de cañas y también una riada el día 13 de septiembre de 1952, de la que fuimos rescatados con barcas por los vecinos de Sant Salvador. En 1953 dejamos el búnker para ir a vivir de alquiler a una casa a pie de playa llamada Cal Blau, que a mí me parecía un palacio.”

Foto: Lola Fernández

Poco se puede añadir que diga mucho más, pero conmueve conocer la historia, una más de aquel tiempo negro, de esta familia andaluza, no emigrante, sino perseguida por ser perdedores de la guerra, tras pasar el padre cuatro años en prisión por sus ideas republicanas, heridas sus dos piernas en batalla, y cuyo mayor delito fue enseñar a leer y escribir a los trabajadores de su pueblo. Como llega igualmente al alma ver la estructura de hormigón armado, durante años abandonado y maltratado por el incivismo, rehabilitado y dignificado, recuperando la memoria histórica de la Guerra Civil española. No deja de ser contradictorio que una fortificación de la guerra se convirtiera en un espacio de vida, donde unos padres ejemplares y valientes, supervivientes al fin, dieron a sus hijos un futuro con lo poco que tenían, él arreglando jardines para las familias ricas que poseían no demasiado lejos segundas viviendas frente al mar, y ella cosiendo para esas mismas familias. Me emociona también que una de las hijas, Trinidad, lograra cursar la carrera de Psicología y que hoy podamos conocer la historia de los Casas Perín por su libro, aparte de leer versos suyos en una de las fachadas del búnker (Desposeída de todo,/ pasó su infancia en un nido de ametralladoras,/ refugio en otro tiempo/ de estrellas envenenadas/ que caían desde un cielo/ sin piedad.), junto a la pintura de Picasso en otra: una obra pictórica convertida en un alegato universal contra la guerra, y unos versos de una de sus víctimas.  La guerra es mala para todos, puesto que saca lo peor de los seres humanos, precisamente lo más inhumano, pero, cuando acaba, siempre hay dos bandos muy reconocibles: el de los vencedores, los mismos que hostigaron al pobre Eduardo haciéndole la vida imposible hasta que tuvo que escapar de su pueblo; y el de los vencidos, que, como apunta Trinidad, se han de enfrentar a muchas más batallas una vez que la guerra finaliza. No hay equidistancia alguna posible, y quien la vea está muy ciego; nunca hemos de cansarnos de gritar ¡No a la guerra!, porque no podemos olvidar que las contiendas bélicas no se acaban cuando se callan las armas, y se necesitan muchos años para que desaparezcan sus nefastas consecuencias, tal y como ilustra la historia particular de esta familia jiennense refugiada que, huyendo del franquismo, terminó viviendo en un fortín abandonado en un punto perdido de la costa.

692. Abril

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Cuando llega abril, me siento bien, porque huele a flores y me sabe a ventanas abiertas y aire renovado. Abril, lluvia, inicio, el primer mes auténticamente primaveral del año, como una promesa de que no enraizará el odio, porque es como la mala hierba, que molesta para el desarrollo sano de las plantas. No hay que descuidarse, pues lo malo se suele esconder para coger fuerza y manifestarse cuando no se espera; a veces, por increíble que parezca, no siente rubor de expresarse, y ni siquiera recurre al enmascaramiento, presentándose a cara descubierta frente a todos. Ahí es cuando más me desconcierta que se permita su auge, porque el desprecio nunca ha de encontrar espacio para respirar, y mucho menos se entiende cuando llega haciendo mucho ruido, y no arrastrándose oculto entre un silencio que lo difumina. El fascismo avanza con toques de trompetas, a modo de una proclamación que deberíamos tomar, sin embargo, como una seria advertencia: por mucha indignación que pueda sentirse, con razón o por simple ideología, hay que diferenciar con precisión de cirujano los límites entre la democracia y el totalitarismo. Puede que los jóvenes, que no la vivieron, sientan que una dictadura no es peligrosa, pero somos muchísimos más los que sabemos la pobreza que implica todo autoritarismo: controlar lo público y lo privado, censurar, uso de una violencia que aterroriza, pisotear la cultura y la libertad de expresión, monopolizar el poder con un caudillo castrador, una policía salvaje al servicio de jefes que buscan aplastar toda diversidad que se aparte del credo único, información que miente más que informar, propaganda, adoctrinamiento; y miedo, mucho miedo, tanto como provoca constatar, entre parte de la juventud, la ignorancia sobre lo que realmente pasó en España  tras el golpe de Estado franquista de 1936.

Foto: Lola Fernández

Gracias a Franco llegó a nuestro país la guerra civil, que tintó en negro décadas de una Historia que vio detenerse el progreso y trajo muerte, hambre, rencor, miedo (siempre el miedo), involución, aislamiento internacional; amén de poderío para los vencedores, y todo lo peor para los derrotados, muchos de los cuales aún pueblan las cunetas que los herederos de los que ganaron quieren seguir manteniendo cerradas para siempre. No, con Franco no se vivió bien, y quien diga eso no tiene ni idea, o es parte interesada que chupó del bote durante el franquismo. Muchas personas, entre quienes sufrieron ese periodo, hoy ya no pueden explicar en qué consistió, y cuánto les arrebató; pero somos multitud los hijos, y los nietos, que escuchamos sus quejas y lamentos, o entendimos que su silencio era motivado por el terror, nunca por cobardía. Los aspirantes a volver a instaurar el fascismo son muy mediocres, pero cuentan con la ventaja de tener adeptos ignorantes y ciegos, que parece que no se dan cuenta de las absurdas incoherencias de sus mensajes: cómo, si no, se entiende que Vox tenga tantos votantes entre los agricultores, cuando no pasan de ser unos señoritos de los de toda la vida, sin dar palo al agua y rodeados de sirvientes, aspirantes a terratenientes a base de robar; y cómo creerse su rechazo a los inmigrantes y las patrañas que cuentan sobre ellos, cuando son los que más apellidos extranjeros tienen, y no titubean al llamarse españoles de siete generaciones; que hablan de libertad, cuando anhelan esclavitud, y tienen la desfachatez de tachar de corruptos a políticos de manos blancas, mientras son capaces de convertir en botín las donaciones hechas por los españoles a Valencia tras el desastre natural de la DANA… No, no puedo creer que en España se vaya a permitir otro oscuro tiempo de dictadura, por eso me gusta imaginar que se abrirán todas las ventanas, para que entre aire puro y entre todos combatir el viciado, hasta extinguirlo y poder respirar, renovados y sin amenazas.

691. Camino de Ítaca

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Junto a la escultura cuya imagen ilustra este artículo, una placa con sus datos contiene unos versos del poema Ítaca, de Kavafis: Ten siempre a Ítaca en tu mente. /Llegar allí es tu destino. /Mas no apresures nunca el viaje. /Mejor que dure muchos años /y atracar, viejo ya, en la isla, /enriquecido de cuanto ganaste en el camino /sin esperar a que Ítaca te enriquezca. /Ítaca te ha dado ya tan hermoso viaje. Ítaca puede simbolizar aquí el destino final después de toda una vida, y el poeta griego incidía en la importancia de disfrutar el camino sin centrarse en la meta, aunque se tenga presente. Bellos versos para acompañar una escultura que trata de homenajear a la vejez. Creo que es común entre los mortales querer llegar a viejos, en plenas facultades mentales, más allá del lógico deterioro asociado a la edad, disfrutando de los últimos años de la vida, para morir sin sufrir; y ojalá el destino tenga reservado algo así para nosotros. Claro que, frente a lo que nos depare la vida, está lo que obtenemos en esta sociedad nuestra, tan absurda a veces, como cuando no cae en la cuenta de que todos aspiramos a envejecer, y hacerlo no tiene nada de malo, por lo que no se entiende el edadismo, esa actitud negativa hacia las personas en función de su edad, a base de prejuicios y estereotipos, que discrimina a los mayores, con conductas de incomprensión hacia el envejecimiento, sin verlo como una etapa más, que viviremos la inmensa mayoría. En otras culturas, como en las orientales, en las indígenas, o en las africanas, el respeto a los ancianos es esencial, considerándoles guías, líderes, poseedores de la sabiduría que se ha de transmitir a través de las tradiciones; mientras que, desde la óptica occidental, hay una generalizada idealización de la juventud y un rechazo hacia los mayores. Aunque no se reconozca, lo cierto es que socialmente se infravaloran sus capacidades de aprendizaje, por ejemplo, en lo relativo a lo digital; excluyéndoles laboralmente desde edades en las que aún se tienen muchos años por delante para trabajar; no es raro que sean ridiculizados en los medios de comunicación, sólo hay que pensar en lo que se dice de sus ganas de viajar en programas de turismo social, o de encontrar nuevas parejas al quedarse solos; cuando no se cuestiona su derecho a una pensión, ganada con el sacrificio de toda una vida, etcétera.

Foto: Lola Fernández

Y si hablamos de las residencias geriátricas, eso ya es un punto y aparte, el colmo de los colmos; en estas últimas semanas, he visto y leído noticias sobre huelgas y malestar entre los mayores que viven en ellas, por tener que compartir habitación, por ejemplo. Sin embargo, eso es simplemente la punta del iceberg, puesto que estamos ante una muy compleja problemática, como refleja el que salten a los medios de comunicación con tanta frecuencia casos que describen situaciones de pesadilla: de maltrato; de negligencias; de abandono; de la mala calidad de vida, por no cubrir bien los cuidados que requieren muchos por su dependencia física y/o psíquica; de ataques, a veces mortales, entre residentes con problemas cognitivos; de hacinamiento, incendios, mala alimentación… Pero algo que nunca entenderé es que se olvide tan a la ligera que, quien más quien menos, muchos acabaremos nuestros días en una residencia de mayores, y que urge resolver problemas como falta de plazas, con la consiguiente dificultad de acceso; de precios abusivos poco asequibles; de deficientes recursos y asistencia; de poco personal y ratios excesivas; de polimedicación y descuido en la higiene, y tantos otros que nuestra sociedad conoce suficientemente bien como para ponerles remedio. Y hacerlo no con parches, sino con toda una reforma estructural, guiada por la sagrada idea de que los viejos no son trastos que aparcar y que no molesten, sino valiosísimas personas con un trascendental rol para nuestra identidad cultural. No puede ser que, después de haber recorrido todo el camino, nos espere un estercolero, en lugar de la prometedora isla de Ítaca.

690. Acto de resistencia

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Podríamos decir que marzo es un mes feminista, porque en él se hace hincapié, más especialmente que durante el resto del año, en la importancia de la lucha por la igualdad de derechos y la dignidad humana, sin distinción de género o de cualquier otra índole. Y en la militancia feminista, imposible no hablar de Malala, la activista afgana que a los 11 años se enfrentó a los talibanes a través de un blog secreto para la BBC, en el que defendía el derecho de las niñas a recibir educación, obteniendo, una vez desvelada su identidad, importantes premios nacionales e internacionales. Ello no impidió que a los 15 años le pegaran un tiro en la cabeza cuando volvía en el bus escolar, sobreviviendo al atentado talibán y convirtiéndose en la persona más joven en recibir el Premio Nobel de la Paz, a los 17 años. Ello ocurrió en el 2014, y hoy continúa con su lucha, por desgracia totalmente vigente, dada la lamentable situación de niñas y mujeres en Afganistán, con respecto a la educación y a los derechos fundamentales en general. Acaba de visitar España y en uno de los actos a los que ha asistido dijo que leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana, frase que me parece impactante emocionalmente, y que corrobora la importancia que tiene la lectura, en el caso de niñas y mujeres invisibilizadas sistemáticamente por el régimen talibán, y en general.

Foto: Lola Fernández

Incluso yendo más allá, leer es resistir. La resistencia implica fuerza, potencia, aguante, rebeldía, contestación, oposición para contrarrestar otras fuerzas; si se le añade la comprensión, la información, el análisis, la cognición, el aprendizaje, el entretenimiento y la capacidad de interpretar y comunicar, cada vez que cogemos un libro estamos realizando un acto que combina evolución y revolución. No tiene nada de raro que los regímenes totalitarios hayan censurado, prohibido y quemado los libros, puesto que son poderosísimas herramientas para amueblar la cabeza, y fue la gran escritora Virginia Woolf quien dijo: no hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente, ni siquiera con un disparo en la cabeza, como demuestra el caso de Malala. A veces, cuando viajo me encuentro por aquí y por allá microbibliotecas gratuitas de intercambio de libros, sea en antiguas cabinas de teléfonos reconvertidas, sea en pequeñas bibliotecas libres para fomentar la lectura, pudiendo quedarte libros, o tomarlos prestados, así como dejar tus propios ejemplares, en un intercambio gratuito de cultura en espacios públicos, que por cierto echo mucho de menos en mi ciudad. No hay nada parecido en ella, y la verdad es que no es algo caro o difícil, teniendo plazas y parques suficientes para instalar estos elementos urbanos de intercambio de conocimientos a través de libros libres que pueden seguir cumpliendo su importante función, sin verse abandonados en cualquier estantería, cuando no en los contenedores de reciclado, pues la mayoría de las bibliotecas municipales ya usan más libros digitales, ebooks o libros electrónicos que obras escritas en papel. Creo que es una magnífica idea para fomentar la lectura a través del libre acceso a interesantes obras, como, por ejemplo, las tres que cogí la última vez: El mágico aprendiz, de Luis Landero; Ripley en peligro, de Patricia Highsmith; y Grandes Biografías: Ludwig van Beethoven. A ver si cuando acabe de leerlos cuento con un lugar en Baza para acercarme y dejarlos, posibilitando que otros amantes de la lectura los disfruten; es una propuesta que le hago directamente a la persona responsable del área de Cultura de nuestro Ayuntamiento, que podría hacerla realidad ahora que ya mismo llega el Día del Libro

689. No a la guerra

Foto Lola Fernández

Por Lola Fernández.

De repente, como si de una pesadilla se tratara, los noticiarios vuelven a convertirse, principalmente, en partes de guerra y en un insufrible conteo de víctimas: por el interesado capricho del genocida Netanyahu y su cómplice de correrías bélicas, Trump el tarado, se vuelve a jugar con la estabilidad económica y la paz mundiales, sin el más mínimo apoyo en la legalidad internacional, y saltándose a la torera cualquier tipo de control de los establecidos para que no impere en nuestro mundo la ley de la selva. Curiosamente, una vez más, estos dos dirigentes, que pasarán a la Historia por sus fechorías más que por cualquier otra cosa, se vuelven a encontrar con el petróleo en los campos de batalla, cuidadosamente elegidos con premeditación y alevosía. Si contra Irak se habló de falsas armas de destrucción masiva, contra Irán no se han tomado ni la molestia de cambiar de excusa, siendo lo único coincidente la mentira. Si nos asqueaba Sadam Husein al frente de Irak, igualmente nos repugnan los ayatolás de turno en Irán, pero eso no es motivo para ninguna guerra ilegal que viole la Carta de las Naciones Unidas; toda guerra me parece inmoral e injusta, pero las hay que en un momento dado pueden proceder, por contar con la autorización del Consejo de Seguridad o por ser en legítima defensa. No es el caso, porque aquí Israel Y EE.UU. han atacado Irán sin más, y ésta ha devuelto sin titubear los ataques a los Estados árabes en el golfo Pérsico, que intentaron en vano que los iraníes no fuera el blanco de israelíes y estadounidenses, y ahora ven sus propios territorios bajo el fuego. A todo ello, Putin avisa que este caos en Irán y Oriente Medio es la antesala para una tercera guerra mundial; ante esto, por supuesto que hay que estar por el no a la guerra, y es falsear la realidad culpar de las nefastas consecuencias económicas, que pagarán nuestros bolsillos, a cualquier otro que no sea Trump y Netanyahu. No se puede estar con los matones, por muy malos que puedan ser los impunemente acosados, y hay muchos más medios antes que abrir fuego y matar cientos y miles de víctimas civiles inocentes, que padecen también el horror de regímenes totalitarios; para eso están el derecho internacional y las instancias y organizaciones intergubernamentales de ámbito universal por la paz y los derechos humanos, así como las mesas de diálogo y la diplomacia mundial contra los conflictos interestatales.

Foto Lola Fernández

Subirán la gasolina, el gas, la luz, y todo subirá, que ya se sabe cómo las lógicas subidas sirven en España para las injustificadas, y después, cuando se trata de poner tope a estos incrementos asociados (me basta recordar cómo subieron todos los medios de transporte tras el accidente ferroviario de Adamuz, por poner un ejemplo), la oposición política vota en contra, porque las medidas y ayudas del llamado escudo social van unidas en batería, como si eso les hiciera perder eficacia a la hora de su aplicación. Son así de irresponsables las derechas y la ultraderecha de nuestro país, que después justifican todo con los insultos acostumbrados al Gobierno, y pare usted de contar. Pero, precisamente por contar con este Gobierno progresista que en términos económicos es un referente en toda la Europa comunitaria, yo me siento aliviada en los momentos difíciles que nos toca vivir; pienso en la pandemia, en la posterior crisis, en los problemas y carestías asociados a hechos internacionales a los que somos ajenos, pero hemos de costear, como la guerra de Ucrania, y sólo puedo sentirme agradecida porque no nos gobiernen  partidos ineptos sin programa alguno y nulos en la gestión de todo tipo, que sólo hablan de destruir lo creado y acabar con los derechos que tanto costó conseguir históricamente. Tengo muy claro en qué lado de la Historia estar, y, desde luego, no quiero que España ayude a matar, ni que financie el sonido de los tambores de guerra; prefiero, con mucho, disfrutar de la paz y de las flores, antes que ser cómplice del terror de las bombas.

688. 8M

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Iniciamos este 2026 poniendo los contadores a cero, entre ellos los relativos a las víctimas de la violencia machista y de la vicaria. Por desgracia, a estas alturas van más mujeres muertas que semanas vividas este año, y seguramente la cifra será mayor cuando lean este artículo, tras un 8M más, ese que, de ser el día de la mujer trabajadora, pasó a Día Internacional de la Mujer, por razones tan obvias como que es casi imposible encontrar alguna mujer que no trabaje, puesto que estructuralmente le han tocado desde siempre las tareas más duras, empezando por parir, criar y cuidar, que no es moco de pavo; pero es que, además, las reivindicaciones de esta fecha no pueden quedarse circunscritas a las demandas laborales obreras propias de principios del siglo XX, habiendo tenido que incorporar todo lo relativo a la igualdad de género y los derechos civiles, políticos y sociales de todas las mujeres, trabajen o no remuneradamente, y en todos los ámbitos de la vida social. No sé qué pasa en esta sociedad nuestra, que ve cómo se asesina a las mujeres sin hacer demasiado por evitarlo, mientras cualquier mujer que mate a un hombre, generalmente para que él no acabe antes con su vida, se convierte en protagonista de la prensa escrita y demás medios masivos de información y entretenimiento; no entiendo qué tipo de inconsciente colectivo impera para no cortar de raíz los feminicidios, aunque no dudo de que si las víctimas fueran los hombres y sus asesinas las mujeres, hace muy mucho que se habría acabado con esta violencia. Porque de poco sirven reivindicaciones, homenajes, recordatorios, minutos de silencio…, si no van acompañados de una aplicación firme de la ley y del compromiso desde todos los estamentos para que ni una sola muerte o agresión queden impunes.

Foto: Lola Fernández

El 8M no es una fiesta, sino el momento de recordar que con la violencia machista y sexual se acaba, entre otros medios, con la escrupulosa aplicación de leyes como la del sólo sí es sí, esa que se termina de aprobar en Europa sin mayores problemas, incluso con el apoyo del PP europeo, sin que haya habido excarcelaciones de violadores y demás medidas que desde el ámbito judicial español se dieron para boicotear una ley tan necesaria, porque no les gustaba la ministra; mientras, en España crece la violencia sexual y digital, especialmente entre mujeres jóvenes. Es también momento de denunciar que persiste la brecha salarial y de pensiones, por lo que hay que seguir luchando por la igualdad laboral, aún muy lejana; a lo que hay que unir la precariedad laboral, con una mayor tasa de contratación a tiempo parcial entre las mujeres, siempre las últimas de la fila. Por supuesto que tampoco ayuda la división que vive el movimiento feminista, por si no tenía bastante con ser demonizado desde innumerables frentes, ahí está el cambio del término feminista por el de feminazi, asqueroso invento facha, porque es lo que da, mucho asco. Como asquea una ultraderecha que niega la misma violencia machista, y que impide el libre ejercicio de algo tan sencillo como un respetuoso silencio por unas víctimas inocentes a manos de unos machos machistas que se creen dueños de sus parejas, actuales o anteriores, y prefieren verlas muertas antes que libres de su control, ejercido en múltiples manifestaciones, a cuál más repugnante. El 8M sigue siendo necesario, como una lucha, de hombres y de mujeres, por una igualdad real y efectiva, y hay que mantenerla mientras no se neutralice a quienes, llamándose hombres, no pasan de ser machos violentos, peligrosos y asesinos.

687. Mentiras e inventos

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Nunca va a dejar de sorprenderme la capacidad de inventiva de ciertos políticos, que, lejos de una vertiente positiva, como la que podemos encontrar, por ejemplo, en el escritor del momento, David Uclés, con el realismo mágico de sus libros, especialmente recomendables La península de las casas vacías y La ciudad de las luces muertas, se circunscribe al aspecto más negativo de la imaginación, ese que se mueve entre la mentira y el puro invento. Y no me quiero ir por los cerros de Úbeda, precisamente la ciudad natal del autor en cuestión, sino que me refiero muy en concreto al consejero de Sanidad, Presidencia y Emergencias, Antonio Sanz, y su informe en comisión parlamentaria sobre el Hospital de Baza. Ocurre con él exactamente lo mismo que con el presidente de la Junta de Andalucía, Moreno Bonilla, que no se cansa de afirmar que el sistema sanitario andaluz funciona mejor que nunca, mientras oposición y sindicatos denuncian que, pese a contar con muchos más recursos que anteriormente, está destrozando la sanidad pública, atacando algo tan esencial como es la igualdad de acceso a la atención médica en Andalucía. Da el consejero unos datos que, de ser ciertos, ya denotarían un abandono de nuestro Hospital, porque las cifras de incrementos y de ampliación hay que relativizarlas por los años que lleva en funcionamiento, quedándose en nada, la tónica destinada a nuestra tierra, una nada curiosamente siempre amplificada desde la capital de nuestra comunidad; lo que deja, una vez más, en evidencia, la aparentemente insalvable distancia entre Sevilla y Granada, no digamos ya Baza.

Foto: Lola Fernández

A ver, mucho más allá de los datos reales, los que no se cansan de dar los sindicatos del ramo, ampliamente reflejados igualmente en el Noticiario de esta web, está nuestra propia experiencia como usuarios. Lo primero y primordial son esas listas de espera, que cantan, y contra las que se estrella la desfachatez de los responsables políticos. A veces no es posible esperar tanto como nos obligan a hacerlo, convertida en práctica habitual la reclamación, tras meses de desesperar, a la que sigue una carta con acuse de recibo que avisa de otro periodo de espera. La sanidad pública no es exactamente gratuita, la financiamos entre todos, y por ello hay que exigir una impecable y rápida atención médica; porque lo contrario es robarnos, a lo que hay que añadir el atraco que supone verse en la obligación de tener que pagar operaciones o pruebas privadas cuando la gravedad o la urgencia lo hacen absolutamente imprescindible. Nadie quiere nada que no le corresponda, y lo que menos necesitamos son patrañas, que lo que no es verdad no lo va a ser, por mucho que se tenga la caradura y la desvergüenza de repetir e inventar milongas tratando de encubrir una mala gestión, cuando no una corrupción, actualmente investigada, en lo relativo a contratos de emergencia y a la adjudicación directa de servicios a la sanidad privada. Faltan camas, personal, unidades, especialistas, investigadores, medios…, y sobra vender como nuevas cosas que siempre ha habido, por lo que no suponen mejora alguna. No se puede afirmar que ya no hay que ir a la capital, y doy fe, como usuaria, de que no sólo he tenido que trasladarme a Granada, sino también a Guadix, para unas simples pruebas respiratorias. A veces, en la misma consulta, el especialista se ha quejado de ser sólo uno, cuando antes eran cuatro; como médicos y médicas que han llegado a trabajar al Hospital, han salido huyendo en cuanto han podido, por las difíciles condiciones de trabajo que se han encontrado. Así que no es verdad que el Hospital de Baza esté siendo reforzado, porque es más que evidente todo lo contrario, y ocurre a la vista de todos los bastetanos y del resto de la ciudadanía que, procedente de la comarca, lo visitan: a nuestro Hospital lo están desmantelando paulatinamente, lentos, pero sin pausa, con un descaro y un cinismo que se unen al coro de las listas de espera a la hora de dar el cante. Eso sin olvidar que la situación de la Atención Primaria no es, por desgracia, mucho mejor, y ahí están los sindicatos denunciando la falta de recursos y la preocupante desprotección.

686. Qué desilusión

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Supongo que casi todos estaremos de acuerdo en lo de que se hace camino al andar, y creo que será también mayoritario el sentir de que se avanza y se aprende a base de desilusiones, dejando a un lado por hoy el tema de los errores y las decisiones. Si miro hacia atrás, la primera gran desilusión, gracias a una hermana mayor poco sensible al respecto, fue descubrir, a los seis años, el regalo que me iban a traer los Reyes Magos escondido en un armario; aquello fue mucho más que desilusionarse, podría definirse, sin exagerar, como la pérdida de la inocencia: se esfuma instantáneamente cierta magia que no recuperas, y tropiezas con la mentira, que te regala como añadido la desconfianza. Después es un suma y sigue, dilatado en el transcurso de los años, que se va adentrando en diferentes aspectos de nuestra vida, tales como la amistad, el amor, el trabajo… De desilusiones sentimentales mejor no hablar, porque dejan heridas en el corazón que a veces nunca llegan a cerrarse, aunque suelen tener la compensación de que te ayudan a encontrar la persona más adecuada para compartir contigo tu proyecto vital. Y de las relacionadas con esa gran ilusión, tal vez espejismo, a la que llamamos amistad, cuántas traiciones y decepciones nos regala a lo largo, y ancho, de los años. Respecto al trabajo, unamos expectativas no alcanzadas, con envidias y zancadillas, y tendremos una buena definición del aspecto laboral que desilusiona, dejando aparte muchas cosas buenas, como en todo.

Foto: Lola Fernández

Digamos que lo anterior se circunscribe al mundo más personal e individual, aunque a veces sea un compartir; aparte está lo relativo a la sociedad, a lo comunitario, a lo que nos atañe como seres sociales. Ahí aparece además la impotencia, porque respecto a amigos, amores o compañeros de trabajo, somos generalmente libres para dar carpetazo a las diferentes relaciones, dejando atrás a personas que no nos merecen la pena en ningún sentido; pero con lo social suele ser muy distinto. Tengo algunas capturas de prensa de estos días, que me sirven como ejemplo de la desilusión con respecto a la Justicia: una jueza de Sevilla que da la custodia de una niña de seis años a su padre, investigado por abusar de ella; la Audiencia de Lleida, que absuelve al acusado de agredir sexualmente durante 13 años a su hija discapacitada; la Justicia confirmando la absolución del hombre que amenazó con hacer heterosexual a hostias a un joven durante el Orgullo… O con respecto a la gente en general: los casos de sarampión se duplican en España, con un 80% de contagiados por no vacunarse, mientras se reducen un 78% en Europa; indignantes insultos machistas desde un programa televisivo de gran audiencia contra una tertuliana de otra cadena y diferente ideología…; por no hablar de la Política, que eso es punto y aparte desde que la ultraderecha entró en el Parlamento, y la derecha se radicaliza día a día, desnortada y vergonzosa, compitiendo y casi sin diferenciarse de ella. Hago una pequeña pausa y miro una foto de días pasados de la sierra, bonita y nevada, mientras automáticamente me digo eso de año de nieves, año de bienes, para de inmediato sentir que esta nieve también es pura desilusión, porque el año no ha podido empezar con peores perspectivas para las cosechas; en fin, no me negarán que las cosas están más que propicias para pronunciar un qué desilusión que nazca del alma.

685. Desembalsar

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Tema delicado es esperar cuando no hay más opción que desesperar, y el colmo de los colmos es que aquí no nos llegue más tren que el de unas borrascas que no dan tregua: Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta… Qué barbaridad, qué hartura, y eso que Baza no las ha sufrido especialmente, más allá de un impenitente viento que se pasa noches y días aullando, algo de lluvia, no demasiada, y ver la sierra y las montañas más altas de un bonito blanco níveo. Aunque hemos recibido avisos amarillos y naranjas, por nieve, por lluvia, por viento, el rojo no nos alertó, y conociendo el panorama tan difícil en algunas zonas de Andalucía, y del resto de España, la verdad es que no nos podemos quejar; sin embargo, descorazona profundamente ver en otros lugares las aguas anegando calles y campos, los ríos desbordados, los embalses hasta arriba, los pueblos desalojados, esas auténticas riadas bajando calle abajo sin visos de parar incluso cuando no llueve… Estamos ante un auténtico desastre, no sólo a nivel económico, y tardaremos mucho en olvidarnos, especialmente quienes se ven obligados a empezar de cero por haberlo perdido todo. Una vez más, la fuerza de la naturaleza nos hace conscientes de nuestra insignificancia, y es lo que invariablemente pienso cuando veo a los humanos tratar de parar el empuje del mar con barreras de sacos de arena, o el de la lluvia torrencial con unos tablones en las puertas. Cuando el nivel de las aguas costeras crece no hay muro que lo detenga, porque el mar siempre recupera lo que le roban por cualquier parte, y de qué puede servir cerrar el portal de una vivienda si el agua se abre paso desde el interior y no queda otra salida que escapar lejos.

Foto: Lola Fernández

Quedan pocos idiotas ignorantes, aunque más de los deseables, que a estas alturas nieguen el cambio climático, porque nos hallamos absolutamente inmersos en él, y sus signos son tan evidentes que asusta siquiera ver su listado, a saber: aumento de la temperatura, ese calentamiento global que derrite glaciares y los hielos de los polos, subida del nivel de los mares, y una alternancia cada vez más frecuente de fenómenos extremos tales como sequías, olas de calor, feroces incendios forestales, lluvias torrenciales, inundaciones… ¿nos suena o es un invento? Estamos bajo una serie de patrones climáticos que nadie puede negar, porque los vivimos y, sobre todo, los padecemos. Todo esto es algo que me hace reflexionar acerca de los propios cambios que los humanos experimentamos, sobrepasados entre tantas transformaciones: me gustaría pensar que somos capaces de aprender y de poner en práctica las directrices que desde hace décadas nos vienen dando los científicos para evitar, o al menos reducir, los efectos del clima al cambiar, y que pasan por acciones políticas, pero también por variar nuestros hábitos diarios. Aunque la verdad es que desconfío bastante, especialmente de nosotros a nivel individual, porque de qué van a valer las recomendaciones externas si no asumimos interiormente que hemos de procurar no deteriorar más el planeta y, por el contrario, hacer todo lo posible por mejorarlo. No es que sea desconfiada sin más, sino que me lleva a ello escuchar a diario tantas y tantas tonterías, entre ellas los negacionismos en general, hasta el punto de cuestionarme si los humanos contamos también con mecanismos como el de desembalsar los pantanos por motivos de seguridad, porque no estaría nada mal poder abrir compuertas personales con el pretexto de controlar y limpiar, en evitación de llegar a superar la cota máxima permitida por acumulación de hartazgo.

684. Protocolos de actuación

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Un protocolo de actuación es el procedimiento a seguir ante situaciones de riesgo, emergencia o acoso; se trata de una herramienta normativa que regula lo que se hace, a la vez que trata de evitar improvisaciones, delimitando la responsabilidad de quienes han de ejecutarlo. Definido así, es fácil entender y visualizar las distintas situaciones ante las que hay que aplicarlo: incendios, inundaciones, accidentes, violencia de género, acoso laboral o sexual o escolar, emergencias sanitarias, etcétera. En estos últimos años, por desgracia, nos ha tocado padecer graves vivencias necesitadas de estos planes de acción que han proporcionado las directrices a seguir para evitar generalizadas nefastas consecuencias. Se me vienen a la cabeza, así por encima y quedándome con casos recientes, la pandemia, la erupción volcánica activa durante 85 días en La Palma, la DANA, los grandes incendios forestales del norte de España en verano, el accidente ferroviario en Adamuz, las borrascas que actualmente azotan el país, especialmente Andalucía… Podemos tener la tranquilidad de que existen estas hojas de ruta normativas para atajar las consecuencias con respuestas eficientes, y, sin embargo, conociendo la realidad, cuántas veces no se ha hecho lo que había que hacer, y sin responsabilidad alguna para con las personas que incumplieron los pasos a dar. Es también bastante desesperante que por políticas partidistas se hayan cometido incoherentes denuncias de, por ejemplo, un confinamiento que sólo buscó, lográndolo, salvar vidas en la COVID-19, causante de más de 7 millones de muertes confirmadas a nivel mundial, que se dice pronto; o, por apuntar otro dato de la pandemia, esos protocolos de la vergüenza en la Comunidad de Madrid: documentos con criterios de exclusión que prohibían el traslado a hospitales de ancianos de residencias geriátricas si presentaban cierto grado de dependencia funcional o deterioro cognitivo, independientemente  de la gravedad del COVID-19. Como consecuencia, unas 7291 personas mayores murieron en las residencias madrileñas sin recibir atención hospitalaria, y en condiciones indignas, como denuncian sus familiares, sin que hasta ahora nadie responda por ello, ni política ni judicialmente.

Foto: Lola Fernández

Hay que señalar que un protocolo de actuación no implica que los que han de activarlo actúen correctamente y con la celeridad precisa; no tengo más que recordar cómo en la DANA, que provocó sólo en Valencia 230 víctimas, el máximo responsable se pasó toda la tarde de picos pardos en el reservado de un restaurante, sin preocuparse siquiera de ordenar mandar masivamente una alerta a los móviles ante un evento meteorológico extremo, del que estaba previamente más que avisado; todos sabemos que cuando finalmente se hizo, la inmensa mayoría de los alertados ya estaban muertos. Y ese político continúa aforado, cobrando una pasta gansa y con una serie de privilegios que dan vergüenza ajena, porque propia es impensable ante la catadura moral de semejante personaje. Algo tan incomprensible como el hecho de que en el funeral por las víctimas de Adamuz estuviera presente un cura pederasta, acusado por abusar sexualmente de dos menores en Alicante, y supuestamente apartado de cualquier responsabilidad pastoral, lo que no impidió que acudiera al homenaje ofrecido a los fallecidos. Vamos a ver, si los abusos sexuales en la Iglesia católica, o la dejación de funciones políticas con el resultado de cientos de muertes, no tienen consecuencias, ni siquiera aparentes, cómo pretender que la ciudadanía no se sienta asqueada y muestre signos de desapego hacia la política y la religión, tales como escepticismo, desinterés o poca participación activa cuando llega el momento; lo raro sería, precisamente, lo contrario.

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