521. No falta de nada, aunque no haya playa

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Que existe un cansancio pandémico es algo con lo que seguro estamos casi todos de acuerdo; por lo que dura ya esta situación de peligro que nos acecha y contra el que es difícil luchar, pues no sólo depende de nosotros; por los resultados en contagios y muertes, con cifras que nos hacen querer desconectar, y al mismo tiempo, nos pone mal comprobar cierta indiferencia ante un desastre de tal magnitud; por algunas, o muchas, decisiones políticas que claramente nos parecen incomprensibles, cuando no nos indignan directamente. Esa presidenta de la comunidad de la capital de España, yendo por sistema en contra del Gobierno nacional, jugando con algo con lo que no se puede jugar; ese hacer política con cuestiones tan graves que hacerla es indecente; ese comprobar que los franceses pueden venir en masa a Madrid, y no precisamente a visitar las pinacotecas, de las mejores del mundo, por otra parte; esos alemanes que llegan a mansalva a las Baleares, como siempre hicieron, aunque ahora la situación es bien diferente; que nos digan que en las playas estaremos también con mascarilla, etcétera. Son demasiados asuntos importantes que a veces ayudan a desquiciarnos un poco más si cabe, y que nos hace sentirnos más solos todavía en este presente que vivimos deseando que no sea real, que sólo sea una mala pesadilla a olvidar tras despertar. Pero, por desgracia, no nos despertamos, y si hay un elemento como las vacunas para esperanzarnos, todo se está haciendo tan de aquella manera, que la esperanza se ha tornado en miedo añadido, en ocasiones.

Foto: Lola Fernández

Se cansa una de la dicotomía economía y salud para basar en ella algunos disparates que es increíble que puedan cometerse sin que se corten en seco. Se harta una de ver cómo la policía ha de intervenir para exigir que se cumpla con la responsabilidad social. Está, claro que sí, la libertad personal, pero somos animales grupales, no anacoretas en cuevas apartadas; así que nuestra libertad está absolutamente mediatizada por la de los demás. Claro que a ver quién le explica eso a tanto incívico como ha aflorado en estos tiempos. Es desalentador ver cuánto cafre anda suelto, poniendo en peligro la salud del resto, empezando por sus propias familias. Que sí, que están muy cansados, agotados incluso…; pero ese cansancio y agotamiento es general, lo tenemos todos a estas alturas. Así que, entre el coronavirus, los problemas relacionados con las diferentes vacunas, el panorama económico desolador, los agravios comparativos entre nacionales y extranjeros (por no citar entre habitantes de diferentes Comunidades Autonómicas), el buen tiempo que ya está aquí y le pide al cuerpo salir, la falta de responsabilidad grupal por parte de demasiados como para pensar que es algo puntual y excepcional, y todo lo demás, a ver quién es el guapo o la guapa que aguanta el tipo sin desfallecer por momentos.

Yo me conformaba para estas vacaciones de Semana Santa, con poder acercarme a mis playas favoritas, pero tengo la desgracia de que están en otra provincia, así que por el momento me he quedado sin playa que valga. Aunque como somos animales con conductas adaptativas, pues mi deseo de mar se ha visto satisfecho disfrutando de los bosques y las sierras, muy a la mano aquí en la altiplanicie granadina. Sólo con las comarcas de Baza y de Huéscar, y con los 14 municipios que las conforman, ya nos da para ser muy felices en su maravillosa y variada geografía; con el Calar de Santa Bárbara, y la Sagra como alturas referentes, aquí donde estamos más cerca del cielo que en el resto de la provincia granadina. Bosques, nieve, agua de embalses, y de ríos: como el río Raigadas, o Barbata, o Huéscar, que así lo llaman según por dónde pase. No falta de nada, aunque no haya playa, y mientras esperamos la llegada de días mejores, no se me ocurre mejor modo de hacerlo que pasando el tiempo libre en esta privilegiada naturaleza.

520. Hay cosas mucho más importantes

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Como cada año, y en dos ocasiones, nos cambian el horario, sin recordar que la Comisión Europea consultó a la ciudadanía y quedó muy claro que ésta no estaba de acuerdo. Pero se conforman con hablar de que hay que decidirse entre el horario estival o de invierno, y siguen con lo mismo. Esta madrugada toca robarnos una hora; nada grave, porque después nos la devuelven en el próximo cambio, pero que nos trastorna y nos influye durante días, a unos más que a otros, aunque en mayor o menor medida, surte un efecto negativo. El caso es que perdemos una hora hasta finales de octubre, y me pregunto qué será de ella, dónde irá a parar; por pensar, me la imagino sola y desamparada, apartada sin más de la duración del día, o de la noche, sin saber muy bien por qué, si es un castigo por algo que no hizo bien, o que dejó de hacer. A nosotros nos la quitan, pero a ella la condenan a la nada, porque de repente a las 2 son las 3, así que nace y muere al mismo tiempo. Otra cosa ocurre, empero, en los relojes que no se cambian solos, y que han de esperar a la mañana siguiente para ser actualizados. No sé si es mejor, o peor, pues resulta entonces que la hora que está viviendo, en realidad no existe; es como un fantasma, está, pero no, es una mera percepción errónea. Igual las agujas marcan las 2.37, por un poner, pero son las 3.37, y si alguien que se aburre suma los dígitos se encontrará con un 12 que en verdad es un 13, para mayor desgracia de la hora inexistente. Ay qué cosas provoca el ser humano con sus decisiones más o menos arbitrarias. Porque más parece un capricho que una necesidad, y las razones de economía energética no son demasiado lógicas, puesto que lo que se gana en luz al atardecer, se pierde en oscuridad al amanecer, ya ven qué rarezas, extravagancias incluso.

Foto: Lola Fernández

Junto a estas pérdidas, mayor o menormente evitables, las hay mucho más serias y que despiertan igualmente mi curiosidad, porque a ver: dónde van los pétalos de las flores cuando el viento las arranca de las ramas y las mece a su antojo, dispersándolas de aquí para allá. ¿Acaso el viento, o la misma brisa, se pararon a pensar que hay hojas que se formaron juntas y nacieron unidas, y seguramente el vértigo que sienten al ser apartadas de la flor, se acrecienta al caer solas o con pétalos desconocidos, sin saber qué les deparará el destino vegetal? Y qué ocurre con las horas de insomnio, que son horas robadas al sueño: no es tan difícil imaginar que quisieran estar formando parte del sueño reparador, en lugar de poner nervioso a quien las sufre, y no quiere sino dormir. Y qué me dicen de todo el tiempo perdido sin hacer lo que es obligación, ya sea pensando en las musarañas, ya sea ni pensando, que es incluso mucho peor.

Se pierden objetos inexplicablemente, que nunca más volverán a ser vistos, y que desaparecen sin dejar rastro; como se pierden amistades, compromisos, trabajos, pertenencias familiares que se transmitieron de generación en generación. Se deteriora la salud, hasta esfumarse del todo, y por perder, hasta se pierde la vida, que es un asunto mucho más serio. Así que bien pensado no tiene demasiada relevancia que mientras escribo este artículo, pasé de mirar y que en la pantalla apareciera la 1.40, para de repente encontrar que marca las 3.07; y les puedo asegurar que no llevo casi una hora y media escribiendo, sino apenas media. Hay cosas mucho más importantes, qué duda cabe; pero no seríamos humanos si no nos quejáramos de que nos han cambiado el horario y al hacerlo nos han quitado una hora, amén de ignorar a la recién estrenada primavera para otorgarle un horario de verano. Porque es que además nos queda el consuelo de que antes de noviembre volverá como un regalo y los relojes irán para atrás, sin entrar en detalles sobre qué piensan ellos de estos trasiegos con su funcionamiento; igual entonces podamos descubrir dónde se ha ido la hora que acaba de desaparecer… ¡mira que si es la misma que el 31 de octubre recuperaremos!

519. Vergüenza ajena

Por Lola Fernández.

La otra noche sentí vergüenza cuando una amiga del norte me avisó de que en la televisión estaba hablando un hombre que era de Baza, con afirmaciones increíbles… Resultó ser un concejal de mi ciudad, de la ultraderecha, diciendo unas cosas que por mi edad yo ya había escuchado en idénticos términos hace muchos, pero muchos años. Me resultó alucinante que aún haya gente tan arcaica, desfasada y rancia a estas alturas del siglo XXI; y, como digo, sentí vergüenza, ajena, por supuesto. Y también mucha rabia de que el nombre de Baza se asocie a personajes de tal calaña. Cómo serían sus declaraciones, en las que no voy a entrar ni de coña, que hasta su partido, de la más extrema derecha, lo ha desautorizado y ha afirmado que sus palabras no están en consonancia con su ideario político. Será porque este señor se convirtió en el hazmerreír de España y los dirigentes de ese grupo político no querían ser blanco de las mofas generales, pero por supuesto que están en consonancia. Absolutamente. Aunque ya digo, entrar a rebatir las falacias salidas por la boca de ese hombre, es como si me entretengo ahora en contradecir a alguien que diga que la Tierra es plana. Son conceptos tan superados, que no se puede perder ni un segundo en discutir. No hay nivel, Maribel.

El caso es que este hecho me hizo lamentar que Baza salga poco en los medios de comunicación. No sé si habrá periodistas locales que se preocupen por ello; y los institucionales, si los hubiere, que tampoco lo sé, pido perdón por mi ignorancia, estarían tan sesgados políticamente que cualquiera se los cree… No sé, una vez fui concejala y había premios para quienes conseguían que Baza brillara por aquí y por allá; pero con la crisis de entonces, y con la pandemia de ahora, desconozco si eso siguió siendo algo importante para nuestros representantes políticos. Creo que, respecto a los galardones, son muy importante las afinidades políticas, y el amiguismo, ese hoy por ti y mañana por mí; de tal manera que a la postre resulta un honor y una certeza de independencia el no haber recibido nunca premio alguno. Pero no debería ser así: precisamente cuando yo era parte del Equipo de Gobierno del Ayuntamiento, mi propuesta era que, en lo referente a eventos populares, fuera la ciudadanía quien los premiara. Por ejemplo, en las carrozas de la Cabalgata en la Feria, o en las Casetas de la misma, o en las Cruces. No entiendo por qué han de decidir políticos, que muchas veces tampoco lo van a hacer libremente, pudiendo decir la gente lo que más le gusta y lo que menos. Vamos, digo yo; porque, además, la razón que se me daba por aquel entonces era que es difícil, cuando lo difícil es quedarse con esa razón. La gente suele coincidir en lo que le gusta más y menos, y en lo que no le gusta; no siendo infrecuente que los políticos premien sin tener para nada en cuenta dichos gustos. Pero bueno, ya se sabe lo que es la política, y lo que es valorar objetivamente, algo que muchas veces no está ni mínimamente recompensado. Lo cual tampoco tiene mucha importancia, aunque sería deseable que Baza saliera más en los medios por algo relacionado con las personas que la aman y la sienten de corazón, además de por cosas buenas y bonitas de ella misma. Nunca por alguien que se convierta en el centro lógico de la burla nacional y te provoque vergüenza ajena.

518. Relatividades de andar por casa

Por Lola Fernández.

La relatividad es que algo cambie al hacerlo un referente, y por la ciencia sabemos que no hay un sistema de referencia absoluto. Luego, está más que claro que podemos decir que todo es relativo; o sea, que cualquier cosa depende del cristal con que se mire. Y me parece que ese cristal cambia más aún que lo que nos sirve de referencia para conceptuar algo, o incluso, para percibir a alguien de un modo u otro. Aunque la teoría de la relatividad fue formulada por Einstein, no es preciso ser sabio para comprender lo relativo que puede ser todo, y estoy segura de que quien más, quien menos, todos somos conscientes de ello. Así, cuando conocemos a alguien que nos atrae, qué fácil es ver los puntos en común, los espacios mentales compartidos, las coincidencias…, digamos que todos son puentes; pero ay, después no es infrecuente empezar a descubrir las diferencias, las incompatibilidades, lo que separa más que une…, aquello que rompe cualquier puente, por sólido que pareciera. Y no sé por qué, pero en tiempos como estos, en los que hacemos más lo que podemos, que lo que queremos, las relatividades se convierten en protagonistas, aunque no lo deseemos. Si antes me quejaba, por ejemplo, de viajar mucho a la mínima oportunidad, porque al final me sentía cansada y no veía el momento de pasarme mis días de descanso metida en casa, ahora eso me parece cuasi una aberración: ¡Quiero cansarme de viajar y de no perdonar un fin de semana o un puente para irme fuera y lejos! Algo en que también siento que todo cambió, es en lo de salir a caminar. Lo que siempre me pareció un placer y la oportunidad de oxigenarme y disfrutar con todos los sentidos, ha pasado a ser casi una obligación, y apenas lo único que me queda por hacer cuando digo qué hago, al alcanzar la cima del aburrimiento existencial, nada extraño aquí y ahora, y lo que te rondará. Y entonces es prácticamente imposible disfrutar el camino, y una se descubre andando por andar: sin mirar, sin escuchar, sin oler, sin sentir. Un paso, dos, diez minutos, veinte, una hora y a casa; la monotonía del ejercicio cuando se siente impuesto más que deseado.

Cuando llegó la pandemia nuestra de cada día, estaba viviendo un momento en que no me apetecía salir de bares, después de un hartazgo de ellos, todo sea dicho. Y ahora sueño con barear, y no solo con coger una mesa libre en una terraza, que a veces es ya toda una odisea; sino también con sentarme en la barra con los amigos y dejar pasar las horas… Y me río recordando un meme con una joven desesperada diciendo que no quiere salir a andar, que ella quiere bares… Ay, qué tiempos, qué cosas, y qué relatividades de andar por casa. Tengo que ilusionarme y no perder la esperanza de que todo esto tan feísimo pasará, que llegará un día en que no tenga que llevar mascarilla y distancia adosadas. Dicen los que saben que empezamos a estar agotados de esto, que empieza a pasarnos factura, que llega un momento en que de controlar la situación pasamos a ser controlados por ella. No sé, no sé nada, a no ser que me descubro muchas veces, más de las que me gustaría, reprimiendo las ganas de decir que qué harta estoy, que a ver cuándo se acaba todo esto, y me canso otra vez de viajar, y de disfrutar de todas las cosas que hoy no puedo hacer por culpa de un virus que nos ha cambiado la vida de una manera radical. Espero con máximo anhelo que desaparezca de la faz de la tierra, y que deje las mínimas secuelas.

517. Esta implacable soledad

Por Lola Fernández

Que son tiempos muy duros, lo sabemos, y que hay que sacar lo mejor de nuestro interior, también. Creo que lo estamos haciendo bastante bien en general, y que los que están fallando son una minoría, aunque a veces hagan mucho ruido. Ya se sabe que el necio gusta de amplificarse, creyéndose único y genial; pero ello no implica que su voz, o su vocerío, se torne más interesante que su silencio. Ciudadanía y gobernantes, cada quien con su papel, dando la talla, o no. Al final, será el tiempo el que ponga a cada uno en su lugar, como suele ocurrir. Perspectiva, lo repito convencida, hace falta perspectiva para ver las cosas correctamente. Es como esas esculturas colosales, que si las miramos desde la distancia o el ángulo incorrectos nos parecerán desproporcionadas, sin estarlo realmente. Sólo más adelante sabremos quién acertó, y quién erró; y mientras, esperemos que los errores no tengan nefastas consecuencias, porque hay cosas en las que no se puede dar marcha atrás, y estamos con ellas ahora mismo. Decía que considero que en general estamos actuando bastante bien ante esta desmedida adversidad; lo cual no quita que nos falte el consuelo de la recompensa, y que nos sobre desesperanza y soledad. No queremos premios, pero es difícil sentir la satisfacción de saber que vamos por buen camino, cuando la realidad es tan fea y demoledora. Sólo se tiene la certeza, o algo similar a ella, de que no hay que desfallecer ni mirar atrás; por mucho que mirar hacia adelante es siempre, ahora, un paisaje sin horizonte, lo que nos resta bastante de entusiasmo. Descubrir, al otear, el lugar hacia el que nos dirigimos, suele procurarnos olvidar el cansancio y un impagable estímulo para seguir; y desde luego, no es el caso, así que hay que reinventarse día a día.

Ante este panorama, cómo no íbamos a pagar un peaje insoportable, y más de uno, de eso no cabe la menor duda. Al miedo, se unen el cansancio, la falta de poder desconectar, la incertidumbre, el desespero, una infinita tristeza cuya causa desconocemos (con lo que es muy difícil de espantar); pero especialmente, ay, la soledad. Creo que no me equivoco al decir que nunca jamás estuvimos y nos sentimos tan solos, ni con tantos deseos de dejar de estarlo. La soledad es muy mala compañera, y no se calla ni cuando no se la escucha; sin apenas darnos cuenta, se instala en nuestras vidas y en nuestros corazones y de pronto sentimos algo parecido a ese frío que de repente notamos cuando sin querer hemos estado expuestos a él sin poner remedio, y que es un frío que te cala los huesos y no se va de ninguna manera. No me extraña nada que se haya inventado algo para darnos abrazos sin temor a contagiarnos: puede parecer surrealista, pero de pesadilla, esas mangas desechables de plástico, para abrazarse con ellas, con una pantalla también de plástico transparente; y, sin embargo, qué gran consuelo puede procurar ese abrazo, aunque sea con tal protección. Es evidente que acariciar con un guante no será igual de placentero que sentir la piel contra la piel; pero ese achuchón que es abrazarse, ese sentir el cuerpo amado entre los brazos, y que te estreche entre los suyos, eso es reconfortante, aunque haya una frontera plástica entre los seres amados. Ya ven el grado de soledad al que hemos llegado, cuando alguien ha ideado algo así. Ciertamente es para llorar, pero también se llora por no poder abrazar y ser abrazado; así que bienvenido el invento, y ojalá pase pronto al olvido. Será señal de que habremos recobrado la normalidad, aunque sea una nueva normalidad, y por fin hayamos podido mandar al destierro esta angustiosa e implacable soledad.

516. Vivamos, que la vida va

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Salgo a pasear y disfruto con los primeros almendros en flor, porque el campo está ahora presto a llenarse de árboles floridos en bellos colores que engalanan las tierras. El almendro es siempre el mismo, pero sus flores se renuevan año tras año, dando vida y color a un tronco que no difería mucho del de un árbol muerto; y, sin embargo, está absolutamente lleno de vida, y después de las flores, se llenará de hojas verdes y frutos; primero allozas, después almendras. Y nada haría presagiar que volverá a quedarse como muerto, excepto porque tenemos la experiencia y sabemos de los ciclos, y de las diferentes fases según van pasando las estaciones. Adoro el campo y la montaña, como amo el mar, y siento que después del cierre perimetral por la pandemia, estoy deseando acercarme a la playa en cuanto pueda. Por pasear por sus orillas, y ensimismarme en la contemplación del oleaje y su espuma, llenándome los oídos con su música. Puede parecer casi nada, y es tanto…; pues gracias a esos deseos se tiene ilusión y se va una despojando del hastío que imperceptiblemente se sienta en nuestras mesas y se acuesta en nuestras camas, como un invitado al que nadie nunca abrió la puerta, pero que está ahí y tiene la desfachatez de darnos la mano y caminar junto a nosotros.

Foto: Lola Fernández

Y me pregunto si nuestras vidas no serán como las flores del almendro, bellas y únicas cada una de ellas, pero absolutamente sustituibles. No creo que las ramas diferencien unas de otras, ni sepan siquiera que esa flor nueva no es aquella del año pasado. Es más, no es que no lo sospechen, es que no les importa nada, porque se limitan a sostener su peso y a escuchar el zumbido de los insectos que liban el polen y el néctar de una en otra, sin percatarse de su identidad. Y más tarde se llenan de almendrucos que al madurar serán las almendras que los humanos recogen desde tiempos inmemoriales, para incorporarlas a la repostería y gastronomía en general. Y el árbol no distingue entre unos u otros frutos. Como les ocurre al mar y al océano, que son una sucesión de mareas que suben y bajas, y de oleajes con olas que rompen y desaparecen para dar paso a otras nuevas. Y me pongo a cuestionarme si nosotros y nuestras vidas no serán como el espacio entre la marea que sube y que baja; o como el recorrido de una ola desde que arranca, forma la cresta y rompe en espuma, sobre la arena de la orilla o sobre otras olas mar adentro. Igual los árboles y los mares son la historia y la vida; y las flores, hojas y frutos, como las olas individuales en el oleaje, son las historias y las vidas concretas y diferenciadas… Somos una insignificancia, una ola que sucede a otra, y a la que otra nueva sucederá. Nuestra huella es la espuma mientras blanquea, antes de desaparecer entre el vaivén de las aguas. Somos flores, preciosas y valiosas, por necesarias para que el ciclo continúe, pero absolutamente sustituibles. Con lo que, llegado a este punto de reflexión, me limito a pasear, sintiendo y disfrutando conscientemente de la belleza que la naturaleza pone ante nuestros sentidos, por si somos capaces de captarla y deleitarnos en y con ella. Y me digo que no hay que dar muchas vueltas al cerebro, tan sólo saber que en cuanto pueda, me iré sin falta al mar, para sentir su brisa y respirar el salitre del aire y de la arena. Si somos perecederos y nuestra existencia es un suspiro de tiempo, vivamos, que la vida va, y no espera.

515. El lobo del hombre

Por Lola Fernández.

Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.

Plauto

Mira que el Universo es grande, que se nos escapan las magnitudes del Cosmos, que sólo en una galaxia hay centenas de miles de millones de estrellas, que en nuestra Vía Láctea se estima que pueda haber miles de millones de sistemas solares…; y que la Tierra es uno más de los planetas que giran alrededor de una misma estrella, en este caso llamada Sol, en el sistema planetario de nuestro sistema solar. Son conceptos que difícilmente caben en nuestro razonamiento, porque es difícil siquiera imaginarlos. Y lo más asombroso es que entre tanta y tanta y tanta inmensidad, no hemos sido capaces de hallar, al menos con nuestros medios, señales de vida humana más que en nuestro planeta azul, tan insignificante él. Es un milagro, un prodigio, algo inexplicable, un misterio, pura fascinación, llamémoslo como queramos, pero parece increíble que estemos solos en algo tan casi infinito. Y somos muchos, sí, los habitantes terrícolas: más de siete mil quinientos en este mundo nuestro; con estimaciones de un crecimiento muy significativo, pues nos dicen los que saben de ello, que en el 2100 podemos doblar la población mundial actual. Así que ni enfermedades incurables, ni devastadoras pandemias, ni cruentas guerras interminables parecen poner en peligro nuestra supervivencia como especie. Otra cosa es cómo estamos tratando a la Tierra, y cómo influimos hasta en algo tan importante como es el clima; porque igual puede ocurrir que subsistamos, sí, pero sin tener dónde vivir; aunque ese es otro tema diferente al que hoy quiero tratar.

Ocurre que este planeta llamado Tierra surgió y se formó con una serie de características físicas que hacen que algunos lugares sean más inhóspitos que otros para vivir, por la temperatura mismamente; y con continentes e islas, que comparten extensión con el agua, dulce o salada, de lagos, ríos, mares y océanos. Y con estas condiciones nos repartimos por aquí y por allá los seres humanos. Pero lo que no nació con el mundo son las fronteras, las patrias, las banderas; y por desgracia, todas ellas son inventos humanos para mantenernos enfrentados. Porque es razonable y lógico que, ante la corriente de un río, por poner un ejemplo de frontera natural, los humanos idearan un puente para salvar tal depresión física y comunicar ambas orillas; es lo que corresponde si pensamos que somos una misma especie animal en un mismo medio. Lo ilógico es que entre dos territorios se trace una línea imaginaria que delimite, y separe, dos culturas, dos regiones, dos naciones, dos lo queramos llamar como lo queramos llamar. Cierto que han de existir límites, que la soberanía ha de delimitarse, que el mundo nada tiene que ver con un supuesto primigenio paraíso terrenal. Pero hablo de fronteras, de patrias, de banderas, de ideologías, de religiones, de lenguas, etc., que, en lugar de hermanarnos, nos convierten en enemigos unos de otros. Lo que sirve para ordenar y organizar administrativamente, abre generalmente insalvables brechas en nuestra humanidad, esa que se define como capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas. No me da la gana de ver al otro como enemigo, me niego a sentir que somos adversarios en guerras que yo no inventé, ni quiero alimentar. Hay demasiados enemigos comunes y ajenos, como para que el hombre sea, como dijera Plauto, el lobo del hombre.

 

514. Un cuento de la Alhambra

Por Lola Fernández.

Tiembla la tierra en Granada y por la noche una gran bola de fuego surca los cielos a una velocidad escalofriante. Cuando hay casi cien terremotos al día, y así durante una semana, por ahora, muchos de ellos perceptibles y que asustan, la gente no sólo se echa a la calle, sino que se siente impotente y el miedo le paraliza. Un enjambre sísmico, dicen los científicos, y el ser humano se siente más pequeño que un insecto, y como bailando sobre una superficie que más que sólida es como gelatina. El miedo es feo, y llevamos tanto tiempo con él como un invitado al que nunca quisimos tener cerca, que llega un momento en que desespera. No es nada nuevo eso de un terremoto en Granada, incluso recuerdo el anterior enjambre sísmico allí, coincidiendo con mis años de facultad. No se me ha olvidado el susto, y ese irnos a la calle en plena noche, incluso subir en coche a los jardines de la Alhambra, para compartir horas y miedo en grupo, en donde no pasaría nada aunque Granada sucumbiera bajo los temblores, según decían. Ay, qué cosas, entonces era un argumento perfecto: el palacio nazarí estaba a salvo, y mientras la mano de la Puerta de la Justicia no alcanzara la llave de la misma, no corríamos peligro alguno, porque de ocurrir eso, sería el fin del mundo… Ahora leo que la Alhambra ha sido dañada y que está indefensa ante la ola de terremotos en serie, de tal manera que se ha procedido a su inspección por daños en las almenas de alguna de sus muchas torres. Saber que algunas de dichas almenas han debido ser apuntaladas en prevención de peores resultados, me la ha convertido de fortaleza inexpugnable en donde hallar refugio en caso de peligro, tal y como hice en varias ocasiones hace ya demasiados años, en joya arquitectónica tan frágil como el resto de la ciudad.

Tiembla la tierra, y todo lo que hay sobre ella, y salir a la calle tiene ahora un grave problema: el coronavirus nos tiene confinados, y las medidas preventivas son casi contrarias al consuelo que se necesita en circunstancias así. Cómo no abrazar a nuestros hijos, o a nuestros padres, si tienen o tenemos miedo; como mantener la distancia de grupo, si el instinto de supervivencia nos llama a acercarnos y estar juntos y unidos frente a lo desconocido… Es algo muy fuerte lo que estamos viviendo, y es muy cierto que no estamos preparados ni nadie nos avisó nunca de que podríamos vivir algo así. Y pienso en todo ello, y me doy cuenta de que las medidas de defensa que dependen de nuestra voluntad pueden ser molestas, pero ahí están y nos mantienen a salvo. Pero ¿y lo que se escapa a nuestro control? ¿Qué hacer cuando las paredes de nuestra casa se mueven y todo se balancea, y hay unos segundos que son eternos y no sabemos qué hacer, mientras un sordo rugido nos dice que podría ser un golpe definitivo que no dejara ni rastro de nuestras pobres existencias, y de los habitáculos en los que nos sentimos a salvo de todo? A qué aferrarse cuando no hay una leyenda que nos haga sentir protegidos e invencibles; cuando no hay una mano y una llave que estén en distintos planos y sean la garantía de que nada nos va a pasar, mientras no ocurra algo tan impensable e improbable como que la una coja a la otra. Entonces escuchamos a los geólogos decir que muchos terremotos más leves evitan uno de mayor magnitud, y queremos creerlo, aunque ellos mismos nos dicen que no es una certeza científica; y que el enjambre sísmico puede durar días, semanas o incluso meses, y pensamos interiormente que el miedo se nos puede convertir en terror; y anhelamos algo a lo que asirnos, aunque sea un cuento de la Alhambra, y que todo deje de temblar bajo nuestros pies.

513. Soñar la belleza

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández

Cuando las cosas no van bien, nada como cerrar los ojos y evocar intensamente una cosa bella.

André Maurois

Creo que estamos de acuerdo en que vivimos tiempos muy difíciles, y que la pandemia los tiñe de una profunda fealdad. Tiempos pandémicos; estados de ánimo pandémicos; actualidad y comunicación pandémicas; restricciones pandémicas; cuerpos pandémicos; limitación pandémica de la capacidad de hacer lo que se quiera, cuando se quiera, como se quiera y con quien se quiera…; etcétera. Sólo con el paso de los meses vamos adquiriendo la suficiente perspectiva temporal que va posibilitando que poco a poco vayamos viendo la magnitud real de a qué nos enfrentamos. Es muy fácil caer en la desesperanza, impacientarnos, sentirnos con una confusión que no nos deja ni ser, ni querer ser, ni saber muy bien si queremos o no queremos, y qué. Ser conscientes, aunque sea muy poquito a poco, de lo que está ocurriendo, y empezar a comprender que esto no es cosa de días o semanas, ni siquiera meses, no lo hace más ligero; antes al contrario, parece como si los días pesaran cada vez un poco más. Y cuando lo feo empieza a ser como un líquido derramado que todo lo impregna si no lo recogemos pronto, creo que no nos queda otra que tratar de contrarrestarlo, y eso se puede lograr sólo buscando un equilibrio en el que el contrapeso sea ni más ni menos que la belleza.

Foto: Lola Fernández

Nos faltan los besos y los abrazos; y no sólo recibirlos, sino también darlos. Quién no añora los días en que podías comerte a besos a tus padres, a tus abuelos, a tus nietos: ahora hasta te sientes rara si alguien se te acerca más de la cuenta, y no digamos si hace ademán de tocarte o darte un beso. Nos faltan las salidas con las amistades, el sentarnos donde nos apetezca, el poder juntar unas mesas y disfrutar en grupo: ahora ni se nos ocurre quedar, y si lo hacemos y hay algo abierto, esperamos que desinfecten mesas y sillas, y nos sentamos en donde se nos diga, sin osar mover una mesa porque se nos llamará la atención de inmediato. Nos faltan esos días de levantarte y decir vámonos a la capital, o a la playa, o a la sierra; por el puente, por el fin de semana, por el día, por unas horas; a comprar, a comer, a un concierto, a pasear por la orilla del mar o por los senderos en la montaña: ahora sales a tirar la basura, a comprar lo necesario, a pasear si tienes ganas y son horas de hacerlo; y no dices nada, porque apenas nada puedes decir. Nos faltan los viajes, coger el coche, coger un avión, patear las ciudades, visitar los museos, gastar las noches sin prisas y con risas y carcajadas: ahora no se tienen ni ganas de reír, y de viajar qué vamos a decir, si no podemos salir del perímetro de nuestra localidad, de cruzar fronteras ni pensarlo siquiera.

No nos queda otra que soñar la belleza, y al hacerlo convertirla en realidad, porque el poder de nuestras mentes es mucho más intenso de lo que imaginamos. Aunque todo esté complicado, hay que hacer un ejercicio de ilusión por estar vivos, que ya es importante; y por seguir aquí cuando todo pase, que sólo podemos tener la seguridad de que todo lo malo acaba. Cada quien ha de aferrarse a lo que le impida derrumbarse, sea lo que sea, que, si le sirve para ello, ya es bueno. Y no hemos de olvidar la importancia de soñar, y de tener sueños, sean los que sean, pero tenerlos. Es como la lotería, que si no juegas, nunca toca; pues igual, si no se sueña, jamás de los jamases podrán convertirse nuestros sueños en realidad. Soñemos, pues, que seguro que llega un momento en que despertamos de la pesadilla que vivimos, y todo queda atrás.

512. Córdoba

Por Lola Fernández. 

Que Córdoba fue romana, lo vemos con sólo cruzar el puente Viejo sobre el Guadalquivir, con sus 16 arcos, de los 17 que tenía en su origen; que fue judía, nos lo dice el barrio de la Judería, con su típico laberinto de callejas; y que musulmana, lo atestigua su Mezquita, protagonista de la que fuera capital del califato omeya, y que resume el estilo hispanomusulmán en tiempos de su mayor apogeo. De sus bellas mujeres, contemplamos algunas en los cuadros de Romero de Torres, quien, como dice la copla popular, pintó a la mujer morena; y de la convivencia de culturas tan diversas como árabe, judía, cristiana y gitana, tenemos el flamenco, un arte andaluz por excelencia, aquí muy arraigado. En tierras cordobesas hace un intenso calor durante muchos meses, lo que propicia sus patios: ya en tiempos romanos y después adoptado por los musulmanes, lograban que la vida doméstica girara en torno a ellos; con una fuente en el centro, y con frecuencia un pozo para recoger el agua de lluvia, siempre bienvenida en climas tan secos y calurosos. El llenar los patios de flores es, pues, una costumbre de siglos, aunque es desde 1921 que el ayuntamiento de Córdoba organiza en la primera quincena de mayo un concurso conocido como Fiesta de los Patios de Córdoba, declarado por la UNESCO hace casi una década como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Al norte de la provincia de Córdoba, las comarcas del Guadiato y de Los Pedroches, que durante siglos abastecieron con sus numerosos yacimientos mineros al imperio romano, y cuya explotación convirtió a la Corduba romana, capital de la Bética, en una metrópolis tan importante y monumental que trataba de emular a la mismísima Roma. Aunque en la actualidad es muy diferente, Córdoba es una bella capital, de hermosos monumentos, y con un centro histórico de preciosos rincones con plazuelas, fuentes, jardines, patios, y un entramado callejero que es Patrimonio de la Humanidad. No puedes visitarla sin recorrer sus tabernas, con unos magníficos vinos que, como los de Montilla-Moriles, emplean desde el siglo XVII el curioso sistema de criaderas y solera, unido a las peculiaridades de las variedades de uvas autóctonas y levaduras propias; o sin saborear una rica gastronomía famosa por su excelencia. Recorriendo las tierras andaluzas está claro que en todas ellas se come y se bebe de maravilla; y Córdoba contribuye muy mucho a ello, aportando con su historia y sus tradiciones una riqueza cultural que suma en una Andalucía que rebosa arte por doquier. Y qué mejor para disfrutarlo, que deleitarse en las delicadezas de unos platos y unos vinos que maridan perfectamente con la pasión y el sentimiento de todas las expresiones artísticas que atesora Andalucía; desde las nacidas en la misma tierra, hasta las más espirituales, y todo ello siguiendo el compás y el ritmo propios de nuestra tierra. Sin olvidar nunca que para ser andaluz o andaluza no es necesario haber nacido aquí, porque basta con amar Andalucía y compartir ese sentimiento andaluz, para serlo.

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