687. Mentiras e inventos

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Nunca va a dejar de sorprenderme la capacidad de inventiva de ciertos políticos, que, lejos de una vertiente positiva, como la que podemos encontrar, por ejemplo, en el escritor del momento, David Uclés, con el realismo mágico de sus libros, especialmente recomendables La península de las casas vacías y La ciudad de las luces muertas, se circunscribe al aspecto más negativo de la imaginación, ese que se mueve entre la mentira y el puro invento. Y no me quiero ir por los cerros de Úbeda, precisamente la ciudad natal del autor en cuestión, sino que me refiero muy en concreto al consejero de Sanidad, Presidencia y Emergencias, Antonio Sanz, y su informe en comisión parlamentaria sobre el Hospital de Baza. Ocurre con él exactamente lo mismo que con el presidente de la Junta de Andalucía, Moreno Bonilla, que no se cansa de afirmar que el sistema sanitario andaluz funciona mejor que nunca, mientras oposición y sindicatos denuncian que, pese a contar con muchos más recursos que anteriormente, está destrozando la sanidad pública, atacando algo tan esencial como es la igualdad de acceso a la atención médica en Andalucía. Da el consejero unos datos que, de ser ciertos, ya denotarían un abandono de nuestro Hospital, porque las cifras de incrementos y de ampliación hay que relativizarlas por los años que lleva en funcionamiento, quedándose en nada, la tónica destinada a nuestra tierra, una nada curiosamente siempre amplificada desde la capital de nuestra comunidad; lo que deja, una vez más, en evidencia, la aparentemente insalvable distancia entre Sevilla y Granada, no digamos ya Baza.

Foto: Lola Fernández

A ver, mucho más allá de los datos reales, los que no se cansan de dar los sindicatos del ramo, ampliamente reflejados igualmente en el Noticiario de esta web, está nuestra propia experiencia como usuarios. Lo primero y primordial son esas listas de espera, que cantan, y contra las que se estrella la desfachatez de los responsables políticos. A veces no es posible esperar tanto como nos obligan a hacerlo, convertida en práctica habitual la reclamación, tras meses de desesperar, a la que sigue una carta con acuse de recibo que avisa de otro periodo de espera. La sanidad pública no es exactamente gratuita, la financiamos entre todos, y por ello hay que exigir una impecable y rápida atención médica; porque lo contrario es robarnos, a lo que hay que añadir el atraco que supone verse en la obligación de tener que pagar operaciones o pruebas privadas cuando la gravedad o la urgencia lo hacen absolutamente imprescindible. Nadie quiere nada que no le corresponda, y lo que menos necesitamos son patrañas, que lo que no es verdad no lo va a ser, por mucho que se tenga la caradura y la desvergüenza de repetir e inventar milongas tratando de encubrir una mala gestión, cuando no una corrupción, actualmente investigada, en lo relativo a contratos de emergencia y a la adjudicación directa de servicios a la sanidad privada. Faltan camas, personal, unidades, especialistas, investigadores, medios…, y sobra vender como nuevas cosas que siempre ha habido, por lo que no suponen mejora alguna. No se puede afirmar que ya no hay que ir a la capital, y doy fe, como usuaria, de que no sólo he tenido que trasladarme a Granada, sino también a Guadix, para unas simples pruebas respiratorias. A veces, en la misma consulta, el especialista se ha quejado de ser sólo uno, cuando antes eran cuatro; como médicos y médicas que han llegado a trabajar al Hospital, han salido huyendo en cuanto han podido, por las difíciles condiciones de trabajo que se han encontrado. Así que no es verdad que el Hospital de Baza esté siendo reforzado, porque es más que evidente todo lo contrario, y ocurre a la vista de todos los bastetanos y del resto de la ciudadanía que, procedente de la comarca, lo visitan: a nuestro Hospital lo están desmantelando paulatinamente, lentos, pero sin pausa, con un descaro y un cinismo que se unen al coro de las listas de espera a la hora de dar el cante. Eso sin olvidar que la situación de la Atención Primaria no es, por desgracia, mucho mejor, y ahí están los sindicatos denunciando la falta de recursos y la preocupante desprotección.

686. Qué desilusión

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Supongo que casi todos estaremos de acuerdo en lo de que se hace camino al andar, y creo que será también mayoritario el sentir de que se avanza y se aprende a base de desilusiones, dejando a un lado por hoy el tema de los errores y las decisiones. Si miro hacia atrás, la primera gran desilusión, gracias a una hermana mayor poco sensible al respecto, fue descubrir, a los seis años, el regalo que me iban a traer los Reyes Magos escondido en un armario; aquello fue mucho más que desilusionarse, podría definirse, sin exagerar, como la pérdida de la inocencia: se esfuma instantáneamente cierta magia que no recuperas, y tropiezas con la mentira, que te regala como añadido la desconfianza. Después es un suma y sigue, dilatado en el transcurso de los años, que se va adentrando en diferentes aspectos de nuestra vida, tales como la amistad, el amor, el trabajo… De desilusiones sentimentales mejor no hablar, porque dejan heridas en el corazón que a veces nunca llegan a cerrarse, aunque suelen tener la compensación de que te ayudan a encontrar la persona más adecuada para compartir contigo tu proyecto vital. Y de las relacionadas con esa gran ilusión, tal vez espejismo, a la que llamamos amistad, cuántas traiciones y decepciones nos regala a lo largo, y ancho, de los años. Respecto al trabajo, unamos expectativas no alcanzadas, con envidias y zancadillas, y tendremos una buena definición del aspecto laboral que desilusiona, dejando aparte muchas cosas buenas, como en todo.

Foto: Lola Fernández

Digamos que lo anterior se circunscribe al mundo más personal e individual, aunque a veces sea un compartir; aparte está lo relativo a la sociedad, a lo comunitario, a lo que nos atañe como seres sociales. Ahí aparece además la impotencia, porque respecto a amigos, amores o compañeros de trabajo, somos generalmente libres para dar carpetazo a las diferentes relaciones, dejando atrás a personas que no nos merecen la pena en ningún sentido; pero con lo social suele ser muy distinto. Tengo algunas capturas de prensa de estos días, que me sirven como ejemplo de la desilusión con respecto a la Justicia: una jueza de Sevilla que da la custodia de una niña de seis años a su padre, investigado por abusar de ella; la Audiencia de Lleida, que absuelve al acusado de agredir sexualmente durante 13 años a su hija discapacitada; la Justicia confirmando la absolución del hombre que amenazó con hacer heterosexual a hostias a un joven durante el Orgullo… O con respecto a la gente en general: los casos de sarampión se duplican en España, con un 80% de contagiados por no vacunarse, mientras se reducen un 78% en Europa; indignantes insultos machistas desde un programa televisivo de gran audiencia contra una tertuliana de otra cadena y diferente ideología…; por no hablar de la Política, que eso es punto y aparte desde que la ultraderecha entró en el Parlamento, y la derecha se radicaliza día a día, desnortada y vergonzosa, compitiendo y casi sin diferenciarse de ella. Hago una pequeña pausa y miro una foto de días pasados de la sierra, bonita y nevada, mientras automáticamente me digo eso de año de nieves, año de bienes, para de inmediato sentir que esta nieve también es pura desilusión, porque el año no ha podido empezar con peores perspectivas para las cosechas; en fin, no me negarán que las cosas están más que propicias para pronunciar un qué desilusión que nazca del alma.

685. Desembalsar

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Tema delicado es esperar cuando no hay más opción que desesperar, y el colmo de los colmos es que aquí no nos llegue más tren que el de unas borrascas que no dan tregua: Harry, Ingrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta… Qué barbaridad, qué hartura, y eso que Baza no las ha sufrido especialmente, más allá de un impenitente viento que se pasa noches y días aullando, algo de lluvia, no demasiada, y ver la sierra y las montañas más altas de un bonito blanco níveo. Aunque hemos recibido avisos amarillos y naranjas, por nieve, por lluvia, por viento, el rojo no nos alertó, y conociendo el panorama tan difícil en algunas zonas de Andalucía, y del resto de España, la verdad es que no nos podemos quejar; sin embargo, descorazona profundamente ver en otros lugares las aguas anegando calles y campos, los ríos desbordados, los embalses hasta arriba, los pueblos desalojados, esas auténticas riadas bajando calle abajo sin visos de parar incluso cuando no llueve… Estamos ante un auténtico desastre, no sólo a nivel económico, y tardaremos mucho en olvidarnos, especialmente quienes se ven obligados a empezar de cero por haberlo perdido todo. Una vez más, la fuerza de la naturaleza nos hace conscientes de nuestra insignificancia, y es lo que invariablemente pienso cuando veo a los humanos tratar de parar el empuje del mar con barreras de sacos de arena, o el de la lluvia torrencial con unos tablones en las puertas. Cuando el nivel de las aguas costeras crece no hay muro que lo detenga, porque el mar siempre recupera lo que le roban por cualquier parte, y de qué puede servir cerrar el portal de una vivienda si el agua se abre paso desde el interior y no queda otra salida que escapar lejos.

Foto: Lola Fernández

Quedan pocos idiotas ignorantes, aunque más de los deseables, que a estas alturas nieguen el cambio climático, porque nos hallamos absolutamente inmersos en él, y sus signos son tan evidentes que asusta siquiera ver su listado, a saber: aumento de la temperatura, ese calentamiento global que derrite glaciares y los hielos de los polos, subida del nivel de los mares, y una alternancia cada vez más frecuente de fenómenos extremos tales como sequías, olas de calor, feroces incendios forestales, lluvias torrenciales, inundaciones… ¿nos suena o es un invento? Estamos bajo una serie de patrones climáticos que nadie puede negar, porque los vivimos y, sobre todo, los padecemos. Todo esto es algo que me hace reflexionar acerca de los propios cambios que los humanos experimentamos, sobrepasados entre tantas transformaciones: me gustaría pensar que somos capaces de aprender y de poner en práctica las directrices que desde hace décadas nos vienen dando los científicos para evitar, o al menos reducir, los efectos del clima al cambiar, y que pasan por acciones políticas, pero también por variar nuestros hábitos diarios. Aunque la verdad es que desconfío bastante, especialmente de nosotros a nivel individual, porque de qué van a valer las recomendaciones externas si no asumimos interiormente que hemos de procurar no deteriorar más el planeta y, por el contrario, hacer todo lo posible por mejorarlo. No es que sea desconfiada sin más, sino que me lleva a ello escuchar a diario tantas y tantas tonterías, entre ellas los negacionismos en general, hasta el punto de cuestionarme si los humanos contamos también con mecanismos como el de desembalsar los pantanos por motivos de seguridad, porque no estaría nada mal poder abrir compuertas personales con el pretexto de controlar y limpiar, en evitación de llegar a superar la cota máxima permitida por acumulación de hartazgo.

684. Protocolos de actuación

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Un protocolo de actuación es el procedimiento a seguir ante situaciones de riesgo, emergencia o acoso; se trata de una herramienta normativa que regula lo que se hace, a la vez que trata de evitar improvisaciones, delimitando la responsabilidad de quienes han de ejecutarlo. Definido así, es fácil entender y visualizar las distintas situaciones ante las que hay que aplicarlo: incendios, inundaciones, accidentes, violencia de género, acoso laboral o sexual o escolar, emergencias sanitarias, etcétera. En estos últimos años, por desgracia, nos ha tocado padecer graves vivencias necesitadas de estos planes de acción que han proporcionado las directrices a seguir para evitar generalizadas nefastas consecuencias. Se me vienen a la cabeza, así por encima y quedándome con casos recientes, la pandemia, la erupción volcánica activa durante 85 días en La Palma, la DANA, los grandes incendios forestales del norte de España en verano, el accidente ferroviario en Adamuz, las borrascas que actualmente azotan el país, especialmente Andalucía… Podemos tener la tranquilidad de que existen estas hojas de ruta normativas para atajar las consecuencias con respuestas eficientes, y, sin embargo, conociendo la realidad, cuántas veces no se ha hecho lo que había que hacer, y sin responsabilidad alguna para con las personas que incumplieron los pasos a dar. Es también bastante desesperante que por políticas partidistas se hayan cometido incoherentes denuncias de, por ejemplo, un confinamiento que sólo buscó, lográndolo, salvar vidas en la COVID-19, causante de más de 7 millones de muertes confirmadas a nivel mundial, que se dice pronto; o, por apuntar otro dato de la pandemia, esos protocolos de la vergüenza en la Comunidad de Madrid: documentos con criterios de exclusión que prohibían el traslado a hospitales de ancianos de residencias geriátricas si presentaban cierto grado de dependencia funcional o deterioro cognitivo, independientemente  de la gravedad del COVID-19. Como consecuencia, unas 7291 personas mayores murieron en las residencias madrileñas sin recibir atención hospitalaria, y en condiciones indignas, como denuncian sus familiares, sin que hasta ahora nadie responda por ello, ni política ni judicialmente.

Foto: Lola Fernández

Hay que señalar que un protocolo de actuación no implica que los que han de activarlo actúen correctamente y con la celeridad precisa; no tengo más que recordar cómo en la DANA, que provocó sólo en Valencia 230 víctimas, el máximo responsable se pasó toda la tarde de picos pardos en el reservado de un restaurante, sin preocuparse siquiera de ordenar mandar masivamente una alerta a los móviles ante un evento meteorológico extremo, del que estaba previamente más que avisado; todos sabemos que cuando finalmente se hizo, la inmensa mayoría de los alertados ya estaban muertos. Y ese político continúa aforado, cobrando una pasta gansa y con una serie de privilegios que dan vergüenza ajena, porque propia es impensable ante la catadura moral de semejante personaje. Algo tan incomprensible como el hecho de que en el funeral por las víctimas de Adamuz estuviera presente un cura pederasta, acusado por abusar sexualmente de dos menores en Alicante, y supuestamente apartado de cualquier responsabilidad pastoral, lo que no impidió que acudiera al homenaje ofrecido a los fallecidos. Vamos a ver, si los abusos sexuales en la Iglesia católica, o la dejación de funciones políticas con el resultado de cientos de muertes, no tienen consecuencias, ni siquiera aparentes, cómo pretender que la ciudadanía no se sienta asqueada y muestre signos de desapego hacia la política y la religión, tales como escepticismo, desinterés o poca participación activa cuando llega el momento; lo raro sería, precisamente, lo contrario.

683. Los sueños de los niños

Por Lola Fernández. 

Entre la democracia y el fascismo existe un continuo de degradación moral tan evidente que hay que estar muy ciego para no verlo, y es imposible quedarse callado ante tanto despropósito. Después de la Revolución Industrial, con una dura explotación laboral de la infancia, no tardaron demasiado en aparecer las presiones sociales y de los primeros sindicatos para que surgieran leyes protectoras de los niños y niñas, buscando sacarlos de las fábricas y que tuvieran acceso a su escolarización. Ha llovido mucho desde entonces y poco a poco se acabó, a base de regulación legislativa, con tan cruel y peligroso abuso infantil, pasando los menores a dejar de ser mano de obra barata para convertirse en sujetos de derechos que velaban por su seguridad y educación. Nadie debería robar los sueños de los niños, forjados a base de fantasía, risas e ilusión, ni emborronar los colores de sus vidas para pintar en blanco y negro sus días. Por eso me parece cruel e insoportable la imagen de esos policías americanos, armados y enmascarados, arrestando a un niño de 5 años para usarlo de cebo con sus familiares. No sé qué edad tendremos cada cual, pero quien lea esto, sin excepción, tuvimos 5 años, y quien más, quien menos, seguro que recordamos qué indefensos éramos entonces y cuánto amábamos a nuestros padres. Podemos ponernos un momento en lugar del pequeño, y seguro que sabremos el horror que le tocó vivir, con la excusa policial de atraer a su padre, un inmigrante legal que está tramitando su petición de asilo. No cabe mayor pérdida de valores y decencia ética y social, como es difícil encontrar un comportamiento más inaceptable e improcedente, y no deberíamos nunca jamás normalizar tal degradación y pérdida de la integridad que se le presupone a los humanos. Qué herramientas emocionales proporcionamos a la niñez, si se rompen sus sueños y se acaba con sus juegos; ninguna persona honesta puede ser cómplice de semejante degenerada decadencia.

Eso es precisamente lo que busca el totalitarismo implícito en distanciarse de los sistemas democráticos, hacernos comulgar con ruedas de molino, que lleguemos a ver bondad en las mayores vilezas, con un deterioro conductual que va buscando hacernos peores cada día. Ya no se conversa, más bien se insulta; no se habla, se grita; no se escucha, se busca el intervalo para hablar, hablar y hablar… Pero ¿se dice algo en ese parloteo, se busca el entendimiento, se crea comunicación? Necesitamos perspectiva, y pasarán años hasta que puedan calificarse estos tiempos y describir sus rasgos más significativos; sin embargo, ese arrestar a un pequeño inocente, sin más carga que la de su mochila escolar, es tan sucio como el trato dado a los críos y crías en las alienantes fábricas de la Revolución Industrial, que fue como un infierno para aquellos pequeños aprendices, a quienes se trataba con una brutalidad tal que hasta en sus esqueletos pueden verla hoy los científicos al analizar tales restos biológicos. No nos callemos nunca si alguien hace daño a cualquier persona, pero seamos aún más firmes ante los ataques a los más desvalidos, sean los niños, sean nuestros mayores: todos fuimos pequeños, y todos aspiramos a llegar a viejos, aunque no lo parezca, viendo el tratamiento que da, demasiadas veces, nuestra sociedad a unos y a otros.

682. La eternidad del instante

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Cuando la actualidad no te inspira, porque los hechos que ocurren te duelen, ves que, por más que no lo comprendas, la vida sigue como si nada, ajena a duelos, preguntas y todo lo que cabe a su sombra. Tú, yo, todos, no somos nadie cuando la vida te dice a la cara lo poco que le importan tus sentimientos y los problemas de cada cual. Parece que la muerte es la mala, pero no se pueden desgajar las dos caras de una moneda, y el ser y el no ser es mucho más que una cuestión existencial shakesperiana, pues frente a la fugacidad del tiempo existe la eternidad del instante, cuando se queda atrapado en la memoria, a modo de fotografía o de dibujo, y, lejos de difuminarse y perecer como las ondas de una piedra arrojada al agua, se transforma en un latido perenne en el corazón. Somos como somos porque albergamos en nuestro interior una fuente de instantes eternos que detuvieron el engranaje del vivir y se quedaron con nosotros para poder subsistir, a modo de cicatrices que nos recuerdan que, a veces, permanecer es sobre todo una mera cuestión de supervivencia, al menos provisionalmente. Hay momentos en que necesitamos aferrarnos a esa eternidad de los instantes, como si cogiéramos un bastón para ayudarnos a caminar, hasta que llega el día en que ya no nos acordamos de su ayuda, sencillamente porque volvemos a poder caminar solos y sin apoyo.

Foto: Lola Fernández

Salgo a pasear hasta el lugar en el que hace ya mucho, años incluso, hice un dibujo para detener y contener el tiempo en él; es curioso que casi todo es diferente y, sin embargo, poco parece haber cambiado: de entrada, no hay nubes amenazantes presagiando una pronta tormenta, y el bancal no tiene nada que ver, debido especialmente a las diferentes estaciones y fases del cultivo. Pero el camino y el horizonte son los mismos, como la perspectiva y los árboles de hoja perenne, y, si miro lo dibujado a través de la memoria, puedo activar el recuerdo de los sentidos, y entonces evoco un día ventoso en el que el ladrido de algunos perros era el único compañero del molesto sonido del viento, en el que hacía algo de frío y apetecía seguir caminando más que estar con el papel y los colores, antes de que empezaran a caer las primeras gotas de una lluvia que me iba a pillar sin paraguas y aún lejos de casa. Por supuesto que sin dibujo alguno podría perfectamente recordar los momentos de un paseo muchas veces recorrido, pero él inmortaliza un instante que en realidad es la suma de bastantes minutos, fundidos en la imagen plasmada una vez la das por concluida. Y de igual manera ocurre con muchos acontecimientos vitales que, por distintos motivos, se nos quedan grabados para siempre: unos, para proporcionarnos alegría con su mera evocación; y otros, que quisiéramos olvidar para siempre, porque nos causan dolor, y ahí están, aunque no nos apetezca, como incómodos compañeros. De nada sirve pretender luchar contra el curso de los días y sus sucesos, por mucho que no nos gusten y aunque nos desagraden en demasía. Los episodios que nos toca vivir, aunque sea como meros espectadores, marcan sus propios ritmo y permanencia, quedándose con nosotros a modo de instantáneas que, paradójicamente, duran muchísimo más que un instante, haciendo que éste se transforme en eterno. Dicen que el tiempo todo lo cura, por algo tan simple como que todo lo borra, y entonces, y sólo entonces, aprendemos el significado consolador y balsámico del olvido.

681. Cuestión de empatía

Clicar en la imagen para agrandarla

Por Lola Fernández.

Aparte de la España vaciada, está la abandonada: patrimonios que se caen por pura desprotección; una cosa son esos pueblos que van despareciendo poco a poco, dada una despoblación progresiva y fatal, y otra es que estés durmiendo y te caiga el techo encima matándote, que es lo que ha ocurrido en estos días pasados por esos lugares de nuestro país. En ambas realidades subyace un terrible abandono que provoca tanta tristeza como pasear por las calles de un pueblo muerto, o como ver qué poco se hace por preservar la herencia material e inmaterial que conforma nuestra identidad. Si no protegemos lo nuestro, que nos hace ser lo que somos y cómo somos, no sé muy bien cuál puede ser una motivación más importante. Como andaluces, españoles y europeos, hay un acervo común con otros muchos pueblos, comunidades, países, que nos permite sentirnos identificados no sólo con lo endémico, sino ir más allá de empobrecedores localismos que se traducen en una negativa exclusión de los más variopintos tipos: si sólo te gustan tus fiestas, te perderás todas las demás, y no está el mundo para evitar distracciones y diversión. Lo que nos pertenece adquiere más valor si se une a todo lo que nos es ajeno, pero que podría ser muy nuestro por el simple detalle de haber nacido en otro lugar y en una familia diferente. A quienes rechazan, por ejemplo, a los inmigrantes que llegan a nuestro entorno huyendo de la miseria o de la guerra, les preguntaría qué harían ellos de estar en su lugar, si afrontarían sin más el miedo a morir de hambre o de violencia, o se arriesgarían a buscar horizontes más prometedores, aunque al final se dejaran la vida en el intento… Es una sencilla y madura cuestión de empatía, que destierra egoísmos y egocentrismos, para abrazar una generosidad que nos hace mejores personas.

Clicar en la imagen para agrandarla

Groenlandia, Venezuela, Trump ataca, ¿Europa ha muerto?… Diferentes velocidades en todo lo relativo a lo judicial: Fiscales Generales que caen sin delinquir, presuntos delincuentes confesos que nadie juzga (y no hablo de jamones portugueses, sino de chorizos españoles, que abundan una barbaridad). El panorama internacional es desolador, y el patrio da vergüenza ajena, con una oposición ultraderechista que adolece de pura y repugnante mala educación; o sea, que está impregnada de malas formas y modales, no que carezca de ella, que ya se sabe que el verbo adolecer a veces se usa incorrectamente. No sé por qué matarían a Kennedy cuando era el 35º Presidente de los Estados Unidos, y me intriga saber si el actual, ese loco descerebrado que protege a pedófilos y a policías asesinos, mientras vulnera el Derecho Internacional con la pasmosa facilidad con la que luce y peina ese pelo rubio de flequillo que sueña con ser tupé, morirá finalmente de viejo, con alguna demencia senil que explique su desvarío, que a día de hoy no tiene aparente razón alguna. Lo que sí tengo muy claro es que este mundo está muy loco cuando permite que un demente cualquiera, por mucho poder que se arrogue, ponga en peligro el bienestar y la seguridad mundiales, tensionando la paz hasta límites inaceptables. ¿Interesa realmente mantener a este tipejo al frente de la que se supone principal potencia económica, militar, cultural y política a nivel global en el orden internacional? Sus acciones van en contra de la protección medioambiental, y le importa un bledo todo lo relativo a la prevención y reducción de la contaminación, el ahorro energético y del agua, el empleo de energías limpias, la gestión de los residuos, etcétera. Vamos, lo suyo no será nunca la empatía, sino un absurdo narcisismo, cuando no directamente egolatría, y una clara antipatía hacia el mundo que habitamos y la vida en general.

680. Sensación térmica

Por Lola Fernández.

Hay que ver, con lo mal que se pasa la noche cuando no se entra en calor y qué triste pensar en esas personas sintecho que duermen en las calles y parques de nuestras ciudades, que en esta última ola de frío polar han muerto algunas de ellas, en sus sacos, con un colchón de cartón, o sobre la tierra o el suelo o la helada piedra de algún banco. Es demasiado doloroso conocer esta realidad, y todos nos topamos de frente con ella cuando vemos a alguien durmiendo en algún portal, en cualquier mínimo abrigo que se encuentre entre fachadas, escaparates, algún tipo de techado que pueda servir de refugio contra las bajas temperaturas, la lluvia, el viento, y la indiferencia general del que pasa junto a estos hombres y mujeres que no tienen nada, ni siquiera ganas de salir de su pesarosa cotidianidad de soledad y desesperanza. Cierto que muchos rechazan un centro de acogida, y también que no tienen demasiado equilibrio emocional y salud mental como para discernir entre lo que quieren y lo que les conviene, pero nadie debería morirse de frío y que la vida a su alrededor siga como si nada, con los que pasan a su lado evitando siquiera mirar los bultos de sus cuerpos escondidos bajo capas de mantas y cartones en una vana pretensión de dar calor a unos cuerpos ateridos. A veces sabemos que están vivos porque se escuchan ronquidos en su sopor etílico, o frases inconexas que siempre suenan a lamento y a queja; pero estoy segura de que más de una vez habremos pasado sin saberlo por delante de alguien sin vida, rodeado por todas esas pertenencias que arrastran tras de sí, como a ellos los arrastra la vida.

Seguramente, los sintecho que mueren de frío no lo percibían realmente como tal, igual el alcohol les hizo incluso sentir calor; es la sensación térmica que percibe nuestros cuerpos, con independencia de la temperatura real que haya en ese momento, e influyen el viento, la falta de sol, la humedad, conjugándose para que nuestros organismos sean incapaces de regular adecuadamente su propia temperatura. Una especie de distorsión entre la realidad tal y como es, y la realidad tal y como la percibimos, y esto se puede hacer extensivo a muchos más elementos de nuestra vida diaria, más allá de lo relativo al frío o al calor. Ya el simple reflejo de nuestros cuerpos en el espejo es un engaño a los sentidos y a lo que hay a un lado y al otro del cristal: la izquierda es derecha y el volumen es plano, por ejemplo, y quien más quien menos habremos comprobado lo difícil que es hacer determinados movimientos si hemos de guiarnos por las imágenes especulares. No en vano un espejo es todo un mundo cuando es descubierto por primera vez por los bebés o los animales, no siendo raro que busquen por detrás a quienes aparecen en él, que no son sino ellos mismos… Hay muchas alteraciones a nuestro alrededor, y no sólo a nivel sensorial, también mentalmente demasiadas veces creemos que algo es como no es, o que no es como es, que no es lo mismo, pero es igual, como dice una canción de Silvio Rodríguez. Lo conveniente es que sepamos darnos cuenta de esa relatividad, que es lo que marca la distancia entre lo que hay y lo que nosotros creemos hallar. Y cuando de noche nos levantemos a poner más abrigo sobre nuestras camas, no se nos olvide que ese frío que sentimos es el alimento de los cuerpos y almas de muchos seres humanos abandonados a su triste destino y sin posibilidad de ponerse otra manta sobre sus congelados huesos.

679. Con el dolor no se juega

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Amanece Año Nuevo con el relato de una tragedia en Suiza, con muchas víctimas por un fuego declarado en un local durante la celebración de Nochevieja, y, aparte de sentirme sobrecogida, lamento que el ser humano no aprenda nunca de sus errores, porque es bastante fácil comprender que con el fuego no se juega, y menos en espacios cerrados. A la vez leo que en la Franja de Gaza siguen muriendo de frío menores, víctimas que hay que añadir a las causadas por el fuego enemigo, que vaya armisticio de pacotilla, y por él casi le dan un Nobel de la Paz al sátrapa americano que se divierte poniendo patas arriba la economía global con sus jueguecitos bélicos, ignorando algo tan elemental como que con la guerra no se juega. Queda abierto el contador para numerar la lista de mujeres asesinadas por violencia machista en este año que empieza, que en el anterior fueron 46, cifra a la que añadir 3 víctimas de violencia vicaria y 35 niños y niñas que quedaron huérfanos: hay que dar muchos puñetazos y patadas a una mujer para matarla de una paliza, como hay que clavar muchas veces un cuchillo en el caso de ensañarse con un arma; sin olvidar que la muerte es un acto final precedido de conductas de control, humillación y abuso físico, psíquico y emocional de modo constante del maltratador sobre su víctima particular, que a veces busca escapar a través del suicidio. Y qué decir de los errores, en la sanidad andaluza, de los cribados en los cánceres de mama y colon, con los falsos positivos y negativos, y los retrasos en el diagnóstico, cuando precisamente se trata de una detección precoz para salvar vidas; escuchando cómo los responsables ningunean y criminalizan a las víctimas, algunas ya muertas, hablando de que son casos insignificantes, cuando la verdad es que una sola muerte evitable es absolutamente significativa, o que pregunten entre sus familiares… Esta sociedad olvida con demasiada frecuencia que con el dolor no se juega.

Foto: Lola Fernández

Por más ilusión que nos haga que los años lleguen cargados de tranquilidad y bienestar, lo cierto es que las noticias nos hablarán, si no lo hacen ya, de desastres naturales, de dramas propiciados por los hombres, de guerras, inundaciones, naufragios, y todos los eventos que escuchamos en los telediarios, esos que no es extraño que acaben con unas referencias culturales que llenan por un momento la luctuosa narración con artísticas alusiones; pues es la música, o las exposiciones de pintura y escultura, o las diversas fiestas de los pueblos de nuestra España…, las que van a hacernos olvidar, aunque sea por unos preciados instantes, el estruendo de los misiles, o el llanto de quienes no pueden soportar tanto daño como el que son capaces de causarse los seres humanos entre sí. Paz, amor, salud, dinero…, entre dichas coordenadas se mueven nuestras peticiones de deseos que queremos nos colmen de dicha, pero si nos fijamos por un segundo, ninguno de estos anhelos depende exclusivamente de nosotros, pues nos llega externamente o es algo a compartir, así que igual deberíamos concentrarnos un poco más en las pequeñas cosas que conforman al final toda una vida y que podemos ir realizando y construyendo poco a poco con nuestro esfuerzo y una dedicación personal propia. Al final, salir a dar un paseo nos animará tanto como evitará que seamos víctimas del sedentarismo; y regar las plantas nos llenará de felicidad cuando estén vivas y sanas y nos regalen sus preciosas flores de colores o sus diversas hojas llenas también de belleza y olor; como una enriquecedora conversación sobre música o libros con los amigos nos alejará de la polarización de una discusión sobre política o religión, temas delicados donde los haya entre diferentes puntos de vista y distintas ideologías; etcétera. Inventemos personalmente un año y una vida que nos hagan felices, sin esperar que la consecución de las eternas aspiraciones humanas nos llegue del cielo, cual divino maná.

678. El valor de la memoria

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

En estos días, plenamente navideños, muchas mujeres cocinan platos especiales para celebrar las fechas más señaladas en familia. Y se cuela en ellos la tradición, que, aunque imperceptiblemente, lleva muchas veces el sello de las madres y de las abuelas. Es ley natural que los padres se vayan antes que sus hijos, y maldita la gracia para quienes nos quedamos huérfanos, acompañados para nuestro consuelo por algunas cosas que poseen un valor incalculable. Entre ellas, como un auténtico tesoro, las recetas que un día copiamos en un cuaderno al dictado de una madre que sabía que no teníamos ni idea, por lo que añadía en ellas algunos datos aclaratorios por si de verdad nos atrevíamos a cocinar y necesitábamos una guía suplementaria. Ese es mi caso, porque cuando estudiaba en la facultad no sabía nada relativo a lo culinario, y, aunque comía generalmente fuera de casa, añorar las comidas preferidas de entre las que mi madre solía preparar hizo que apuntara en varios y desordenados cuadernos el modo de realizar mis platos favoritos, con un listado de ingredientes de los que desconocía totalmente cómo enfrentarme a ellos, tal era mi ignorancia en la materia. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que me sintiera atraída por entrar en la cocina, recordando en ocasiones lo que decía mi madre: con lo que se tarda en preparar, y lo rápido que se come… A partir de entonces supe que atesoraba algo precioso en esos cuadernos, hoy perfectamente ordenados y bien guardados, para cuando me apetecen mis manjares predilectos. Y como muchos de ellos los cocinaba mi madre siguiendo las recetas de mi abuela, no es difícil adivinar cuánto amor me acompaña cuando los hago yo. Eso es para mí una verdadera y valiosísima tradición familiar, como entonar los villancicos que cada Navidad se cantaban en casa, con mi padre tocando la guitarra y mi madre y todos los hermanos entusiasmados, llenando los recuerdos de imborrables notas musicales.

Foto: Lola Fernández

Mucho mejor que tierras e inmuebles, que joyas y ajuares, esas hojas con los pasos a seguir para obrar el milagro de una comida con el mismo gusto y sabor que las que comías en casa de los abuelos, y en la tuya propia. Podría decir que son instrucciones para ser feliz, exactamente iguales a las que se siguen en el caso de la jardinería. Si una receta es un tesoro, no digo ya lo preciado de plantas que eran de tu madre y hoy las mantienes tú vivas y bonitas, por específico deseo suyo, porque a ti se te dan muy bien las plantas y no quiero que se pierdan cuando yo ya no esté… Verlas vivas y creciendo, cuando no multiplicándose, es como rendirle un homenaje, aparte de una hermosa manera de mantener con vida un legado, y de recordar momentos, bellos ya simplemente por acontecer cuando tus seres más queridos estaban vivos y a tu lado. Es el valor de la memoria, que surge en detalles, desapercibidos para los demás, pero que tú reconoces y guardas primorosamente. Va mucho más allá de lo material, y surge al hacer cualquier arreglo doméstico, tal y como aprendiste de un padre apañado y cariñoso, o en algo tan sencillo como cuando te dicen que hay que ver cómo te pareces a tu madre. No se necesitan dinero ni objetos suntuosos para llevar contigo un precioso legado personal e intransferible que no suele aparecer en herencias al uso, pues ningún notario dará fe nunca de las maravillosas transmisiones que nos dejaron quienes nos querían, para ayudarnos un poquito en el desconsuelo de su pérdida.

Utilizamos cookies propias y de terceros. Si continuas navegando, entendemos que aceptas su uso. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar