530. Como una promesa de verano

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

En estos días postreros de primavera he retomado el caminar por las afueras, por esos campos que tanto me enamoran y que me quitan preocupaciones o penas. Siempre he valorado las pequeñas cosas, pero en este segundo año de pandemia, es casi lo más importante. Voy andando y los árboles se asoman a las orillas del camino, con sus nuevos frutos, aún inmaduros, casi como una promesa de verano. Aquí el olor de la higuera, maravillosa fragancia, con sus pequeños y verdes higos; allí el nogal, con sus preciosos frutos inmaduros, prestos a toda una metamorfosis; enseguida los granados con su renovado y fresco verdor, cuajaditos de flores e incipientes frutos. Andar sin detenerse es muy difícil, porque la naturaleza es, siempre, pero ahora incluso más, un espectáculo de una belleza indescriptible: no hay palabras para expresar la embriaguez de tanto y de tantas maneras. Manzanas, peras, membrillos, ciruelas, racimos de uvas como esbozos de prontas realidades que cuelgan de las parras o se asoman por encima de los muros…; se diría que el campo es una huerta, y los dioses fueran campesinos.

Foto: Lola Fernández

Recuerdo los versos del poeta, se hace camino al andar, y sigo adelante, sin prisas, pero sin pausa. La brisa mueve las ramas, y esparce los olores, que son un perfume ancestral de tierra y agua; no se necesita mucho más para sentirse feliz, especial y única, ante tanto regalo. Y de repente llego hasta una sencilla y asilvestrada planta que me trae la infancia directamente, hasta verme sentada junto a ella siendo una niña. Tiene muchos nombres: mirabilis jalapa, pero comúnmente se la llama dompedro, o dondiego de noche. No se la suele ver mucho en los jardines, porque se reproduce demasiado y se la considera invasiva; pero me parece fascinante, y no es raro verla en las riberas de los caminos. A mis ojos, desde siempre, me parece algo mágico que, en la misma planta, las flores tengan distintos y variados colores; e incluso una misma flor pueda ser multicolor, a la vez, o ir cambiando poco a poco, del amarillo al rosa oscuro, por ejemplo. Pero lo que más me gustaba de pequeña era jugar con sus flores con forma de trompetas, que yo transformaba en paracaídas de colores dándoles la vuelta y haciéndolas girar, colgadas de los hilos de sus estambres. Adoro el perfume de esta planta, que en América llaman maravilla, y me fascina igualmente que sus flores se abran cuando se va el sol, y permanezcan así hasta el amanecer, o también durante el día si está nublado. Hoy domingo nos acostaremos primaverales y de madrugada llegará el verano, con ganas de desplegar todos sus encantos; y en los campos estarán los dompedros para recibirlo como se merece, con aromas y colores de pétalos… ¡No se me ocurre mejor bienvenida!

 

P.D. Feliz verano de espumas y brisa, de flores y frutas, de sol y risas. Nos vemos cuando llegue el otoño…

529. Hasta cuándo

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

La definición de terror nos remite a miedo muy intenso que se vive como una perturbación angustiosa ante un riesgo, real o imaginario. A su vez, el machismo se entiende como una ideología que incluye actitudes, conductas, creencias y prácticas sociales a favor de la superioridad del hombre sobre la mujer. Así que, si los términos terror y machista ya asustan, juntos son para temblar y conmocionarse. Hay temas que duelen tanto que cuesta hasta escribir sobre ellos, pero cómo no hacerlo sin sentir que es una vergonzosa dejación. Me siento en la necesidad de no mirar a otro lado, de no querer desconectar, de reflexionar sin perder la tranquilidad; porque esa es otra: hay cosas que indignan tanto, que no es fácil mantener la compostura. No voy a dar datos, porque la estadística es tan fría como la indiferencia, esa que es la norma, año tras año, ante los resultados del terror machista, totalmente real y nada imaginario. Para empezar, una indiferencia judicial, que cuando se trata de juzgar a mujeres se convierte en fijación. Ejemplo: Juana Rivas, que ya cumple prisión, y a la que le deseo un inmediato indulto. Que cumple prisión por huir con sus hijos ante el terror de que un padre maltratador hiciera con ellos lo mismo que José Bretón, o Tomás Gimeno, y tantos más que, ejecutando una violencia vicaria, asesinan fríamente a sus hijos, para que la madre sufra de por vida. Que una madre que tenga pánico y no quiera entregar los hijos a un maltratador acabe en la cárcel, es complicidad con el maltrato machista, ni más ni menos. No mató a sus hijos, sólo los protegió, y se la envía a la cárcel. Si eso es justicia y solidaridad feminista, qué será injusticia, por favor.

Foto: Lola Fernández

Estas sentencias, y tantas y tantas otras que culpabilizan a las víctimas de la violencia machista, siempre en descargo de los culpables, son sencillamente complicidad. Complicidad judicial y social, incluyendo por desgracia muchas veces a mujeres, que eso es absolutamente incongruente, y no voy a detenerme siquiera a explicar por qué. Las criminales no son las mujeres que se defienden y tratan de defender, desesperadas, a sus hijos; sino los machistas desgraciados que hacen desgraciadas a las mujeres que se cruzan en sus vidas, y cuentan con todo un sistema judicial y social a favor, dándoles alas. Cómo puede permitirse en un sistema democrático, en un Estado de Derecho, que existan grupos parlamentarios que nieguen la violencia de género, la violencia machista, que boicoteen incluso algo tan simbólico como es un minuto de silencio a favor de las víctimas; mientras tratan de amedrentar, institucionalmente, oigan, a quienes dedican su profesión a ayudar a las mujeres maltratadas, física y psíquicamente; porque a las muertas, muchas veces después de no hacerles ni caso cuando han pedido ayuda desesperadamente, a ellas ya no se les puede ayudar. Cómo es posible que a un tipo que ha sido acusado de abuso de poder para acosar sexualmente a muchas mujeres, que lo han denunciado públicamente, y él reconocido que ha sido así, cómo es posible que todo se quede en un pedir perdón, y que un público entregado y en pie le regale ocho minutos de aplausos en su regreso a los escenarios. Da igual si es Plácido Domingo o quien sea; hechos así no pueden quedar sin castigo, y que baste un lo siento. Cómplice ese público de todos sus años de abusos, y cada aplauso es una bofetada en la cara de las víctimas de ellos. No sé, no me quiero indignar más de lo que ya me siento, porque no es un estado pasajero. Estas cosas provocan un sentimiento de terror, un miedo y una impotencia ante un machismo que no solamente anida en la mente desquiciada de estos criminales que no están locos en absoluto, solo trastornados por un odio a la mujer, que esta sociedad no hace nada por desterrarlo para siempre jamás. Unos son los cómplices, y otros somos los aterrorizados; y me pregunto que hasta cuándo.

528. Duelos

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Se conceptúa el duelo como respuesta emocional ante una pérdida, y lo más sencillo y directo es equipararlo al dolor: un duelo, duele. No se me ocurre peor duelo que el luto, porque la muerte es la única pérdida definitiva, o al menos la más definitiva. Se van nuestros seres queridos, y sólo nos queda el recuerdo, la memoria; pero, en un primer momento, ellos, recuerdos y memoria, nos duelen más todavía, siendo necesario evitar pensar siquiera. Si algo nos ayuda a aprender qué es la eternidad, eso es la muerte cercana y que nos hiere directamente, a veces tiñendo nuestra existencia de muerte en vida. Pero ay, es del aprendizaje que nos sobra: hay cosas que no quisiéramos haber aprendido, que no queremos aprender. Porque nunca jamás se revierte la pérdida que nos hunde en el duelo, y, peor aún, en el luto. Sin embargo, hay muchas más pérdidas que las que ocasiona la muerte. Se pierde a nuestros ojos la belleza de un paisaje, de un lugar; se quedan nuestros sentidos todos sin unas sensaciones que los embriagaban; desaparece el placer cerebral de unas emociones directamente nacidas del corazón, como una fuente de placer que inundaba nuestros días. Se podría decir que la vida es duelo, porque todo lo que nos hace felices se va quedando en el camino.

Foto: Lola Fernández

Decimos siempre que solo se vive una vez…, pero me encuentro con una viñeta de Snoopy, y su autor, a través de su personaje, esboza una interesante idea: lo que ocurre es que solo se muere una vez, porque vivir, lo que se dice vivir, es algo que hacemos todos los días. Es verdad, cada nuevo día es una oportunidad para espantar dolores y duelos, y dedicarnos, conscientes o inconscientes, a la maravillosa tarea de vivir. Y eso es lo que debiera ocuparnos, reinventar la vida cada nuevo despertar, y dejarnos de tristezas y penas. Lo irremediable no tiene solución. No se puede una dejar vencer por bucles de pérdidas para siempre. Ese concepto, siempre, es bastante malévolo, y araña por dentro. Porque resulta que lo bueno y bonito, nunca es para siempre; pero lo malo, ay… Así que menos conceptos, menos ideas, menos elucubraciones. A veces es preferible dejarse de pensamientos profundos y reflexiones, y dejarse arrastrar por la vida, como si fuera un río y la corriente nos llevara sin tener que cansarnos en nadar; y mucho menos, contracorriente.  Porque si la vida es duelo, que lo es, por algo tan simple y elemental como que cada día vivido es un día menos que nos queda por vivir, mejor olvidarnos de eso. Ahora que empieza a hacer calor, vamos a bañarnos en un río, o en el mar, y no pensemos en nada que no sea gratificante. Si total, son cuatro días…

527. Aquellas palmas olvidadas

Por Lola Fernández. 

Cuando empezó la pandemia y con el toque de alarma nos tocó quedarnos encerrados en casa, muchos analistas coincidieron en que, tras vivir tal experiencia, todos mejoraríamos en cuanto a conductas sociales se refiere. Aquellas palmas de cada tarde en ventanas y balcones, qué olvidadas quedaron enseguida. Ha pasado suficiente tiempo para tener perspectiva y ver mejor, y lo que se ve no me parece nada halagüeño, para qué decir otra cosa. De entrada, siempre me pregunté qué significaban aquellas palmas; y sí, sé que era para el personal sanitario que estaba ahí ayudando y trabajando sin descanso, y tragándose el miedo, en los momentos más difíciles, cuando las cifras de fallecidos eran un horror, y las instalaciones y los medios, materiales y personales, no eran suficientes. Se les aplaudía a ellos, los sanitarios, y a todos los que de un modo u otro se jugaban la vida por el resto. Y muchos se quedaron en el camino, pero las palmas dejaron de sonar, y no se tradujeron en realidades que las sustituyeran. No se dotó a la sanidad pública de más medios, materiales y personales de nuevo. No se incrementaron los sueldos, ni se dotó su empleo de estabilidad, a tanta gente que cobra nada y menos, y además trabaja sin garantía alguna de continuidad. A quienes se les contrató en lo malo, con bonitas promesas, en lo menos malo se les desechó. Y llegadas las vacunas, se olvidaron de mucha gente que está en primera línea, y siempre lo estuvo. Pienso, por ejemplo, en las cajeras de supermercado, y recuerdo que en algunos edificios las molestaban y pedían que se fueran a infectar a otro lado…; y entonces aún sonaban aquellas palmas, hoy ya tan en el olvido.

Reflexionaban y creían que seríamos mejores personas después de aquel encierro de meses, con miedo, y restricciones que entonces sí reconocíamos como necesarias para salvar vidas. Y por supuesto que las salvaron y las salvan, pero ahora, ay, hay miles y miles, millones incluso, que se revuelven contra tales restricciones y medidas de seguridad. Y se las saltan sin contemplaciones, ante el desespero de quienes seguimos pensando que es absolutamente preciso no bajar la guardia ante un virus que para nada se ha ido; y que ahí sigue, matando, y muchos jugándose la vida propia por seguir salvando otras muchas ajenas. Qué decir de los negacionistas, sino que son los más tontos del grupo, además de egoístas e insolidarios; pero ello no es óbice para que infecten y provoquen muertos. Cuando he visto las concentraciones de miles de personas por plazas y calles de las ciudades de toda España, coincidiendo con el fin del último toque de queda, por ahora, me han dado mucha vergüenza ajena, además de provocarme indignación y asco. Qué pena que se pueda actuar así, con esa falta de respeto por el personal sanitario, por los propios familiares, por los conciudadanos. Se puede ser muy cortito, pero es también muy difícil comprobar que hay tanto tonto suelto; y si sólo fueran víctimas de falta de entendimiento, pero no, la cosa debería ser de juzgado de guardia: esas conductas irresponsables de miles de personas, por llamarlas así, congregadas sin mascarillas y sin guardar la distancia de seguridad, provocan muertes. Aunque parece que éstas, mientras no les toque de lleno, les afectan muy poco, o nada. Ya digo, un panorama desalentador, mientras aún resuenan en la memoria aquellas palmas olvidadas.

526. Incongruencias varias

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Me despierto, que no es poco en estos tiempos locos, después de finalizado el toque de queda, celebrado por aquí y por allí como si supusiera el fin del coronavirus, con congregaciones de miles de irresponsables que lo que menos hacen es respetar la distancia de seguridad o llevar mascarillas; o sea, lo contrario de las recomendaciones sanitarias. Conductas temerarias personales, que tendrán consecuencias de futuro colectivas, y que son tan imperdonables como evitables. Las autoridades centrales sugirieron de entrada un toque de queda que se alargara hasta el verano, y al no contar con el apoyo parlamentario mayoritario necesario, se fijó hasta mayo, hasta ahora. Insuficiente límite, pues la vacunación queda muy lejos de estar a la altura de la inmunidad de grupo, y porque hay demasiada gente que ante el buen tiempo olvida que las restricciones que empezaron en marzo del 2020 no son un capricho, ni un error de un partido político. Con el negacionismo y el populismo impregnados de política, en algo que debería regirse por el bien general más que nunca, se obtienen resultados contrarios a la lógica y el razonamiento, pero es lo que hay; y ciertamente es muy preocupante, porque a cualquier virus le viene de perlas que el ser humano muestre su lado menos inteligente. Y lo siento, pero la inteligencia brilla por su ausencia, tanto y de tal modo, que parece haber cegado a una gran mayoría; y este caso, la cantidad no va pareja a la calidad. Lo más terrible es que se juega con la vida, y no ya solo propia, sino ajena.

Foto: Lola Fernández

De cualquier manera, me despierto, y no me ha caído encima ninguna pieza de las 18 toneladas del cohete chino sin control, que puso en órbita el primer módulo de la Estación Espacial de China a finales de abril. Según nos indican, retransmisión televisiva en directo incluida, la mayor parte del segmento se desintegró al entrar en la atmósfera, y los restos han caído en el Océano Índico, cerca de las Maldivas. Las autoridades chinas minimizaron el peligro, porque, como el planeta está formado por un 70% de agua, era mucho más probable que el cohete se estrellara en el mar sin provocar daños a construcciones humanas o a las personas… Qué cosas, madre mía, si al final hay que dar las gracias, y olvidar que el mar también forma parte de nuestro planeta, no es un basurero, y además alberga mucha vida submarina, que se ve que tampoco importa nada de nada. No puedo dejar de pensar en la cantidad de basura espacial que está orbitando la tierra, compuesta por artefactos artificiales, como componentes de cohetes, satélites inhabilitados, pintura, piezas metálicas, etc. No son fantasías de ciencia ficción, pues en las últimas tres décadas se han registrado hasta tres colisiones por basura sideral, poniendo en peligro incluso a los tripulantes de la Estación Espacial Internacional. Otro ejemplo más de cómo no actuar con inteligencia puede malograr proyectos importantes para la humanidad en su conjunto, en los que se invierte mucho trabajo de mentes muy brillante.

A todo esto, estoy recién salida de un castigo de Facebook de tres días, en un alarde de incoherente censura, que se aplica en las redes sociales día tras día sin pies ni cabeza. Porque muy lógico y razonable no es que no se censure a quien desea la muerte ajena, y sí a quien contesta. Es como aquella América de otros tiempos, que retransmitía en directo por televisión las ejecuciones por la pena de muerte, a la vez que censuraba escenas de amor subidas de tono. Ahora, se censura el insulto, pero no las amenazas que lo provocan. Es tan absurdo como la anterior vez en que fui castigada: resulta que en la publicación en que se informaba de que Facebook cerraba la cuenta de Trump por fascista, yo tuve la osadía de comentar que era un fascista. Si esto no es incongruencia, no sé ya por dónde cogerlo todo; así que, ante tanta sinrazón general, me voy al campo, que allí es la naturaleza la que habla, y siempre lo hace con mucha más inteligencia que la que veo por doquier.

525. Orfandades y otros desconsuelos

Por Lola Fernández.

“Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.”

Heráclito

Foto: Lola Fernández

Hoy, primer domingo de mayo, es el día de la madre, y por primera vez en mi vida me he encontrado en él sin tenerla. Dicen que los padres no están preparados para perder a sus hijos, y sin saber quién lo dijo, son de esas cosas que todos repetimos, como elemento del acervo cultural humano. Que la pérdida de los hijos es antinatural, y que los padres que la sufren nunca se recuperan. Y pienso que no hay pérdida que sea natural, y que cuando nos quedamos sin padres, hay una reorganización de todos nuestros sentimientos y emociones: es como si, sin llegar a perder los cimientos, toda nuestra estructura interior se modificara. Parece que mientras nuestros padres viven, la muerte es algo que nos planteamos vestida de ajenidad; pero, ay, al quedarnos sin ellos, es como si nos colocáramos en el punto de salida, y sintiéramos por primera vez, que después de ellos ya nos toca a nosotros. Es ese descubrimiento de que los siguientes seremos nosotros, y entender lo que significa realmente la orfandad. De repente nos invade un desamparo que es también soledad; y la necesidad de una protección que ya no hallaremos nunca más en nuestros progenitores, por mucho que pensemos y creamos que nos siguen cuidando, aunque no estén físicamente. Es verdad que mientras no muramos, ellos seguirán vivos en nuestros corazones, pero ello no impide que los añoremos y echemos de menos cada instante de nuestras vidas. Y más un día como hoy, en que a estas alturas ya habría telefoneado a mi madre para decirle ¡madre no hay más que una!… imposible describir con palabras qué se siente al ser consciente de que nunca más podré levantar ese teléfono.

Orfandades, desvalimientos, situaciones que te hunden, o te hacen más fuerte. Y una se encuentra con la difícil tarea de ir buscando algo que le quite lo feo a lo menos hermoso, para irlo reconvirtiendo en poco menos que un privilegio. Es sólo entonces cuando empiezas a pensar que tus padres murieron muy mayores, y después de haber vivido también muy bien; que tuvieron la suerte de morir rodeados de todos sus hijos y asistidos para no sufrir más de lo necesario en ese fatal tránsito; que no estuvieron postrados enfermos en una cama, y todas esas cosas que nos decimos, para convencernos; pero que no logran consuelo para nuestro dolor egoísta de hijos huérfanos: Sí, nos quedamos solos, pero vivos; porque quienes se nos han muerto son ellos. Después de ello, nada vuelve a ser igual; y de repente, mientras te aferras emocionalmente a esas cosas materiales que fueron suyas, algunas de las cuales quisieras que te acompañaran para siempre, como si fueran un fragmento de sus almas, de repente un día descubres algo en lo que nunca habías reparado: somos nosotros mismos su mejor legado. Mis padres me dejaron a mí misma como el mayor regalo que podían hacerme: me dieron la vida; me educaron con sus principios y valores personales; me enseñaron oraciones, canciones, recuerdos de sus padres y sus abuelos. Con ellos aprendí a comer, a vestirme, a andar; estuvieron a mi lado durante mis estudios; me consolaron en mis llantos y acompañaron mis risas. Después de enseñarme a ser hija, me animaron a buscar mi propia familia, y a dejar de ser una niña para convertirme en adulta. Y, por desgracia, la muerte es ley de vida; pero mis padres viven en mí, y no solo en mi corazón mientras no llegue el olvido, sino que yo misma soy parte de ellos; por lo que al final he de sentir el consuelo de que, mientras yo viva, realmente ellos nunca se habrán ido. La vida es como una corriente de agua, como ese río que nunca es el mismo, pero siempre está vivo.

524. Mañana me vacunan

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Mañana me vacunan, y he de reconocer que he sido tan mudable, con respecto a la vacunación, como lo hemos sido todos, o casi todos, según han reflejado las encuestas a lo largo del tiempo, desde que se habló de empezar a vacunar hasta el día de hoy. Pero es que antes siquiera de tal inconstancia, he de señalar mi desconfianza previa a la misma posibilidad de tener una vacuna tan pronto, y tan eficaz en términos de inmunidad frente al coronavirus. En un principio leí a diferentes virólogos que afirmaban que no podría haber una vacuna antes de un lustro; y es evidente que no han sido necesarios, ni mucho menos, cinco años, pues ya a finales del año de la covid-19, en diciembre del 2020, se empezaron a administrar las primeras dosis a los afortunados, y valientes, que todos conocimos, pues era motivo para abrir los noticiarios mundiales. Recuerdo muy bien el comentario casi general de yo no me vacunaré hasta que no lo hagan otros, y a ver qué tal va… Era ignorar que una vacuna no se aprueba hasta estar ya probada, pero en aquellos primeros momentos esa era la tónica. El temor a ser cobayas con las que las diferentes farmacéuticas experimentaran, creo que cesó tan pronto como trascendió que había políticos y gente con poder que se saltaban el orden preestablecido y se vacunaban. Ni ellos mismos hubieran podido imaginar una campaña más efectiva y rápida, mas lo cierto es que en las encuestas se vio un instantáneo salto cualitativo a favor de ser vacunados. La explicación va más allá de la sola sociología, y habría mucho que hablar sobre ello; pero no aquí y ahora.

Foto: Lola Fernández

Y después de un estar a favor o en contra de ser vacunados, pasamos a otra etapa en esto de la vacunación: por un lado, estar atentos a qué grupos serían prioritarios, y tener más opiniones que las emitidas para conformar una ideal selección nacional de futbol; y por otro, expresar nuestras preferencias acerca de una u otra vacuna, entre las cuatro que, a día de hoy disponen de autorización en España en esta lucha contra el virus. Está claro que no solo los ciudadanos hemos ido cambiando en estos asuntos, porque lo hicimos en paralelo a lo que decidían las autoridades en la materia; que también han tenido las lógicas dudas ante cómo se iba desarrollando todo, por aquí y por allí, pues se trata de una pandemia, y España no fue nunca por libre, sino de acuerdo a la Comunidad Europea. Así que mientras se decidían, y deciden, porque los cambios son la norma, los grupos más necesitados, hasta llegar a que sean por periodos de edades, hemos visto bastantes dudas, incoherencias, y desaciertos. No es raro, pero es así; y respecto a la vacuna específica a administrar, más lio todavía. Ahora mismo hay mucha gente a la que se administró una dosis y la segunda está en el aire por suspensiones sobrevenidas; gente a la que no se le administró, por el mismo motivo, y está a la espera y sin saber nada. Hay grupos de edades que se quedaron como en el limbo y a la espera siguen. Y grupos de riesgo que se solapan con el factor edad, para mayor jaleo. Pero el calendario de vacunación prosigue persiguiendo la inmunidad grupal, que es un término que me gusta mucho más que el de inmunidad de rebaño; y al final, lo que ha pasado es que, más allá de dudas y temores, quien más quien menos está deseando ser vacunado, y ser llamado para ello es un motivo de gran alegría. Eso es al menos lo que me ha ocurrido a mí, que estoy tan feliz y sin miedo ninguno; contenta de ser vacunada en primavera, tiempo de lirios y demás preciosas flores, a la espera de que sin pausa caminemos entre todos a la llamada nueva normalidad, que será diferente a la normalidad a secas, pero mucho más relajada y tranquila que estos tiempos de pandemia sin vacuna. Ah, y sin olvidar que estas vacunas son estacionales; o sea, que el año que viene, vuelta a empezar. Pero será mucho más fácil y rápido que ahora, de eso no me cabe la menor duda.

523. A estas alturas de pandemia

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Siempre le he dado mucha importancia a la palabra libertad, y son muchas las ocasiones en que me han llamado inmadura y eterna adolescente por hablar de conceptos que se supone que se abandonan al llegar a la madurez; tales como rebeldía, independencia, o, mismamente, la citada libertad. Tengo muy claro que libertad a estas alturas de historia, poca; es más, si miro para atrás, hasta nuestros antepasados, los primeros humanos que habitaban la Tierra, sin un sistema social al uso, más allá de la pertenencia a un grupo que les proporcionara seguridad física a cambio de una contribución al trabajo común, creo que aún tenían menos libertad que sus sucesores a día de hoy. Así que no se me olvida que estamos sometidos, todos y todas, a responsabilidades, obligaciones, voluntades ajenas, disciplinas mil, deberes de todo tipo, y cuantas tantas constricciones y limitaciones más seamos capaces de reconocer en nuestra manera de proceder día a día. Sin embargo, también sé distinguir la maravillosa autonomía que supone la capacidad de elegir en todo un mar de posibilidades. Poder escoger entre varias opciones, ya es, en cierto modo, una forma de sentirnos libres; por más que el abanico de alternativas sea finito, a veces enclenque; y aunque con frecuencia haya más obstáculos que peldaños hacia la satisfacción de nuestros deseos. La capacidad de elección es la que se ha visto truncada fatalmente en estos tiempos del coronavirus, escribiendo esto en el segundo año de pandemia; y ello implica directamente haber perdido la sensación de libertad que podía tener, o si no, inventar, antes de ella.

Foto: Lola Fernández

A estas alturas de pandemia echo de menos cosas que antes me gustaban mucho y ante las que tenía la opción de tenerlas, o no. A lo que se suman un montón de cosas nuevas, en el sentido de que no las valoraba de la misma manera que lo hago actualmente; con lo que la sensación de pérdida es mayor, si cabe. Es esa merma en la capacidad de elegir la que me hace sentir desdichada; y más conforme pasan las horas, los días, las semanas, los meses, los años ya. Aunque sea para no hacer absolutamente nada, quiero que sea una elección, no una necesaria obligación. Porque sé que las limitaciones a mi libertad, y a la de todos, no son caprichosas, y salvan vidas, que personalmente me parece lo más importante; pero ello no quita para que a veces me asfixien. Estoy desenado poder vivir como si la pandemia no hubiera sido más que una horrible pesadilla. Quiero levantarme un día y no saber lo que es llevar mascarilla un montón de horas, a salvo de ella sólo en el hogar. Abrazar, tocar, tener todo el contacto físico que desee y necesite, con mis seres queridos, sin miedo a contagiarnos. Que llegue el viernes y poder irme hasta el domingo a donde me dé la gana, sin tener problemas de cierres de ningún tipo: perimetrales, hoteleros, de temporada. Que la maravillosa Naturaleza que me rodea, a salvo de restricciones, no sea mi única opción. Llamar a mis amistades y quedar en un bar para echar un rato de compañía y risas sin temor a que esté el aforo completo, o a que seamos más de los permitidos para estar en el exterior, o que antes de darnos cuenta nos digan que van a cerrar. Estoy muy cansada de tanto y tanto cierre, porque no es bueno para el enriquecimiento interior. Sobreviviremos, al virus, y a sus consecuencias, pero la verdad es que hay que ser muy fuerte para salir indemne de tantas dificultades a estas alturas de pandemia.

522. Es muy difícil

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Para quien escribe y opina, siguiendo el curso de los días, y en función de la actualidad, que va dirigiendo el sentido y la oportunidad, o no, de los temas sobre los que escribir, no cabe duda ninguna de que es muy difícil hacerlo sin caer en la monotonía y la repetición; cuando la realidad que estamos viviendo, con esa omnipresente pandemia, se torna monótona y repetitiva muchas veces, tanto como una lluvia cansina. Es que resulta que llevamos 15 meses en que el tema del día es el mismo, con escasas excepciones: el coronavirus, la COVID 19, la pandemia, y, ahora, las vacunas y la vacunación. Realidad monotemática que centra, marca y empapa la actualidad y cualquier tipo de reflexión o análisis, desde los más diversos puntos de vista. Como pegamento que amalgama todo, la política, que seguramente no escapa a la misma dificultad; porque no me dirán que tiene que ser muy sencillo gobernar en esta época, donde hasta la misma vanidad de los políticos ha de quedar tras una mascarilla que esconde sus rostros. Con lo que les gusta una foto a los representantes políticos, y darse baños de masas, no es mucho imaginar saberlos contrariados, más allá del plus de trabajo que una pandemia conlleva; ello al menos en algunos de los ámbitos, pues en otros deja las áreas vacías de contenidos, a causa de las restricciones impuestas por sanidad.

Foto: Lola Fernández

Para escribir, además de muchas cosas más, hay que tener vivencias; y en ellas, son esenciales las relaciones sociales, y el viajar y conocer nuevos horizontes, por poner solo dos ejemplos. Y creo que está muy claro que estos son tiempos nefastos para ambos. Relacionarse socialmente a día de hoy es algo que ha de ceñirse a las normas de las autoridades pertinentes en la lucha contra el coronavirus, en modos y en cantidad; con lo que no veo cómo va a ser un factor de enriquecimiento personal e interior, que vaya aportando un material, llamémosle así, que le sirva al escritor, o al mismo periodista, a la hora de realizar su función. Y respecto al viajar, otro tanto de lo mismo: cierres perimetrales, fronterizos, espaciales, geométricos… Cierres, a fin de cuentas, que son como fronteras invisibles, por si ya no tuviéramos bastantes fronteras y barreras entre los humanos. Un asco, la verdad; demasiados obstáculos para inspirarse mínimamente sin caer en lo mismo cada vez. Enciendo la radio y escucho las noticias, a ver: Datos COVID-19 en España, incidencia acumulada, contagiados y fallecidos en el último día, y en total. Afirmaciones de que esta semana habrá más vacunados que contagiados en nuestro país. La vacunación reduce a casi 0 los muertos en las residencias. Un poco, o más bien un mucho, de fútbol. Estrategias electorales de los partidos en Madrid con la gestión de la pandemia del coronavirus de por medio. Comercios empobrecidos en una economía en crisis. Manifestación nazi por la División Azul, que acabó con proclamas antisemitas. Opinión de una periodista acerca de que el papel de Felipe VI en los escándalos de su padre está por determinar. Consideraciones sobre la Ley de Cambio Climático. Relación riesgo-beneficio de la vacuna de AstraZeneca. Posibles efectos secundarios de cada vacuna. Peligra el levantamiento del estado de alarma. Transferencias del Gobierno a las comunidades para subvencionar la vivienda. Estudio de casos de trombos, esta vez en personas vacunadas con Janssen… Ay, madre mía, no me vayan a decir que no es muy difícil todo, y ya no solo inspirarse para escribir, sino incluso para vivir.

521. No falta de nada, aunque no haya playa

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Que existe un cansancio pandémico es algo con lo que seguro estamos casi todos de acuerdo; por lo que dura ya esta situación de peligro que nos acecha y contra el que es difícil luchar, pues no sólo depende de nosotros; por los resultados en contagios y muertes, con cifras que nos hacen querer desconectar, y al mismo tiempo, nos pone mal comprobar cierta indiferencia ante un desastre de tal magnitud; por algunas, o muchas, decisiones políticas que claramente nos parecen incomprensibles, cuando no nos indignan directamente. Esa presidenta de la comunidad de la capital de España, yendo por sistema en contra del Gobierno nacional, jugando con algo con lo que no se puede jugar; ese hacer política con cuestiones tan graves que hacerla es indecente; ese comprobar que los franceses pueden venir en masa a Madrid, y no precisamente a visitar las pinacotecas, de las mejores del mundo, por otra parte; esos alemanes que llegan a mansalva a las Baleares, como siempre hicieron, aunque ahora la situación es bien diferente; que nos digan que en las playas estaremos también con mascarilla, etcétera. Son demasiados asuntos importantes que a veces ayudan a desquiciarnos un poco más si cabe, y que nos hace sentirnos más solos todavía en este presente que vivimos deseando que no sea real, que sólo sea una mala pesadilla a olvidar tras despertar. Pero, por desgracia, no nos despertamos, y si hay un elemento como las vacunas para esperanzarnos, todo se está haciendo tan de aquella manera, que la esperanza se ha tornado en miedo añadido, en ocasiones.

Foto: Lola Fernández

Se cansa una de la dicotomía economía y salud para basar en ella algunos disparates que es increíble que puedan cometerse sin que se corten en seco. Se harta una de ver cómo la policía ha de intervenir para exigir que se cumpla con la responsabilidad social. Está, claro que sí, la libertad personal, pero somos animales grupales, no anacoretas en cuevas apartadas; así que nuestra libertad está absolutamente mediatizada por la de los demás. Claro que a ver quién le explica eso a tanto incívico como ha aflorado en estos tiempos. Es desalentador ver cuánto cafre anda suelto, poniendo en peligro la salud del resto, empezando por sus propias familias. Que sí, que están muy cansados, agotados incluso…; pero ese cansancio y agotamiento es general, lo tenemos todos a estas alturas. Así que, entre el coronavirus, los problemas relacionados con las diferentes vacunas, el panorama económico desolador, los agravios comparativos entre nacionales y extranjeros (por no citar entre habitantes de diferentes Comunidades Autonómicas), el buen tiempo que ya está aquí y le pide al cuerpo salir, la falta de responsabilidad grupal por parte de demasiados como para pensar que es algo puntual y excepcional, y todo lo demás, a ver quién es el guapo o la guapa que aguanta el tipo sin desfallecer por momentos.

Yo me conformaba para estas vacaciones de Semana Santa, con poder acercarme a mis playas favoritas, pero tengo la desgracia de que están en otra provincia, así que por el momento me he quedado sin playa que valga. Aunque como somos animales con conductas adaptativas, pues mi deseo de mar se ha visto satisfecho disfrutando de los bosques y las sierras, muy a la mano aquí en la altiplanicie granadina. Sólo con las comarcas de Baza y de Huéscar, y con los 14 municipios que las conforman, ya nos da para ser muy felices en su maravillosa y variada geografía; con el Calar de Santa Bárbara, y la Sagra como alturas referentes, aquí donde estamos más cerca del cielo que en el resto de la provincia granadina. Bosques, nieve, agua de embalses, y de ríos: como el río Raigadas, o Barbata, o Huéscar, que así lo llaman según por dónde pase. No falta de nada, aunque no haya playa, y mientras esperamos la llegada de días mejores, no se me ocurre mejor modo de hacerlo que pasando el tiempo libre en esta privilegiada naturaleza.

 

Baza rendirá un cálido recibimiento al bronce olímpico, David Valero, en su retorno a nuestra ciudad procedente de Tokio 2021

 

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