498. El dictado de las urnas funerarias

Por Lola Fernández Burgos. 

Abro el documento en blanco y pienso que me encantaría por un momento poder tener también la mente en blanco; eso que se llama poner los contadores a cero, y empezar de nuevo, sin que existiera esta pandemia tan cansina, sin tener que leer y hablar siempre de lo mismo. Es lógico que ahora toque esto, el coronavirus y todo lo relacionado, pero les juro que estoy muy cansada de reflexionar sobre lo mismo una y otra vez, o uno y otro artículo. Aunque me pregunto, al mismo tiempo, de qué podría escribir sin sentir que estoy haciendo algo que no está bien. En una época como esta, de duelo real para tantas y tantas familias de todo el país, se hace difícil hasta escuchar música sin sentirse agobiada. Imposible incluso concentrarse y leer, porque las experiencias vividas son muy fuertes. Cómo olvidar por un segundo que hay tantos mayores solos en sus casas, o en una residencia, y que a su miedo de contagiarse habrán de añadir el terror de que tal vez no los quieran aceptar en los hospitales, amparándose para ello en ese asqueroso concepto de techo terapéutico, que de modo explícito o implícito se ha desarrollado, y, mucho peor, ejecutado en estos meses de epidemia y muerte. Una sociedad que no cuida a sus mayores, para mí es indigna y no se merece el más mínimo respeto. Sólo pensar en los abuelos y abuelas, solos en sus casas, o solos en una residencia, y ya es motivo más que suficiente para sentirse mal y avergonzada de la especie humana, que se atreve a llamarse superior, y no deja de demostrar una y otra vez que puede ser capaz de lo peor entre todo lo malo de las peores bestias.

Me es imposible entender que mientras el personal sanitario lleva meses jugándose la vida por salvar a los infectados, hay gentuza que se salta todas las normas para evitar el contagio y se atreven a hablar de libertad de expresión en sus vergonzosos teatros baratos de falso patriotismo y demás patrañas de gente que no se merece el más mínimo respeto haciendo lo que hacen, y que ensucian palabras como libertad cuando las pronuncian. No se puede ser más indigno y más desvergonzado, y ello yendo mucho más allá de diferencias ideológicas. Hay cosas y momentos en los que la ideología y la afinidad políticas devienen insignificantes, carecen de la mínima importancia ante lo realmente importante. Si de verdad somos seres inteligentes, la supervivencia y la unión de especie frente al peligro de extinción están muy por encima de cualquier consideración que nos separe. Así que me parece increíble que hasta para prorrogar un estado de alarma, que es lo que ha frenado la suma incesante de muertos, haya que luchar denodadamente para conseguir un consenso, con un forcejeo entre oferta y demanda de exigencias que no vienen a cuento. Habría que darse una unanimidad sin fisuras entre los reprentantes de la ciudadanía, cuando se trata de evitarle a esta los peores efectos de una pandemia nefasta. Porque si estos son momentos para dar la talla, qué pocos la están dando. Qué pena más grande ver que se utilizan, una vez más, los muertos para politiquear y tratar de conseguir fuera de las urnas lo que en ellas se decidió. Hay partidos que boicotean cualquier acción de gobierno, tratando de imponer el dictado de otras urnas, las funerarias. Y lo hacen sin el mínimo rubor; claro que para sentir vergüenza, hay que tenerla, y nada más lejos.

497. Cuanto antes, mejor

Por Lola Fernández Burgos. 

La palabra palabro no existe, así que hay que optar mejor por palabrota, aunque su definición como palabra soez, grosera o malsonante no se ciñe demasiado a lo que se quiere decir con palabro. Suele referirse cuando se usa, que el que no la recoja la Real Academia no implica que no se use y mucho, a palabras que no se escuchan demasiado y que suenan un poco no sé cómo decirles, con una rancia solemnidad novedosa, si es que lo rancio y lo novedoso casan de alguna manera. Que es como eso de nueva normalidad, por poner un ejemplo de tantos términos como nos han traído estos tiempos. A ver, de repente nos rodean vocablos que, de apenas usarlos, cuando no es de nunca usarlos, ahora inundan cualquier texto escrito para darnos cuenta de los sucesos que estamos viviendo, o desviviendo, o qué sé yo. Así de pronto y sin pensar mucho: pandemia, epidemia, confinamiento, desescalada, techo terapéutico, distancia social, estado de alarma, cuarentena, mando único, cogobernanza, picos, curvas, picos de curvas, infectados sintomáticos y asintomáticos, hidrogeles… Ay, hay casi tantas palabras con las que nos bombardean, como tipos de mascarillas, que esa es otra.

Recuerdo cuando, allá por enero, empezaron a hablar del coronavirus, el COVID-19, en China, y cómo llegó un momento en que estaba más que harta de que sólo se hablara de aquel tema… Pobre de mí, no sabía, nadie podía ni adivinarlo, lo que nos esperaba, esta especie de pesadilla en plena vigilia. Pero lo peor es que tampoco podemos saber qué nos espera en tanto no den con una vacuna efectiva, y los científicos dicen que eso es cuestión de bastantes años: que si es un lustro, es pronto. Lo que sé es que poco a poco van decreciendo las cifras de víctimas mortales, gracias al confinamiento. Y que ahora que vamos a avanzar progresivamente en el desconfinamiento, me parece que seremos muchas las personas que tengamos miedo y no nos atrevamos, al menos de entrada, a hacer las cosas que antes hacíamos, por mucho que según las fases de desescalada se nos permita hacerlas. Una cosa es poder, y otra querer, o simplemente atreverse. De todos modos, no hay que pecar del síndrome de la cabaña, más palabros, y cogerle el gusto a quedarse en casa. No se puede vivir eternamente con miedo. Hay que cumplir con todas las prevenciones de seguridad y empezar a volar otra vez, como quien dice. Claro que habida cuenta de que la distancia social es la mejor manera de evitar el contagio de este maldito virus, ya me dirán ustedes cómo vamos a conseguir volver a vivir como antes. Que sí, que no ha de ser ese nuestro objetivo, que la normalidad no se dará igual, de ahí lo de nueva normalidad, pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Siempre he sido muy escéptica cuando escuchaba que esto que estamos padeciendo nos iba a cambiar como sociedad, que íbamos a valorar más las pequeñas cosas, y a aprender a respetar más la naturaleza y nuestro entorno, que empezaríamos a priorizar lo realmente importante, etc. Me ha bastado salir a la calle y ver cómo hay tanta gente que hace lo que le da la gana, sin respetar norma alguna, que es tanto como no respetar a los demás, en unos momentos en que todos dependemos de todos en el tema salud, para comprender que mi desconfianza no era insensata. En fin, habrá que confiar en que son muchos más los que están por la labor de salir de esto de la mejor manera y seguir viviendo, y además hacerlo sin miedos. Que ustedes, y yo, y todos, lo veamos… y cuanto antes, mejor.

496. Sin prisas

Por Lola Fernández Burgos. 

Seguimos confinados, que no confitados, que es algo que a veces decimos, buscando ese punto de humor necesario para relativizar. Son ya demasiados días de encierro y hay ocasiones en que no es difícil desesperar. Y sin embargo, siento que las prisas son malas, que si no se hacen las cosas bien, de poco va a servir lo que llevamos haciendo desde hace casi dos meses. Que sí, que podemos agobiarnos ante lo que parece una pesadilla de la que por desgracia no se despierta, pero es lo que hay. Continuar en casa no es caprichoso, y porque se acerque el buen tiempo y se eche en falta ir a la playa y estar más tiempo en la calle que encerrados, mientras sea necesario hay que tener paciencia. Mientras sea preciso según criterios sanitarios, porque la economía no puede ser guía ninguna en esta lucha contra la muerte. El paro es terrible, pero es mucho peor morir. Los políticos irresponsables que juegan con esto y empiezan a cuestionar lo imprescindible del encierro, sólo son unos indecentes que están jugando con algo tan importante como son las vidas humanas. En política, como en la no política, no todo vale, y una cosa es quejarnos porque esto se hace tedioso, y otra muy diferente es empezar a poner nerviosa a la ciudadanía, cuestionando las consignas emitidas por un Gobierno que, nos sea afín o no, está muy claro que sólo quiere lo mejor para todos. Y las Comunidades Autónomas que hacen lo mismo que esos indecentes políticos, son semejantes en tal indecencia.

Aquí en Granada no hemos pasado de la fase 0 a la 1, y eso es así porque hay unos marcadores que sirven para tomar decisiones, y los nuestros han recomendado seguir en vez de avanzar en la desescalada. No es para empezar a decir idioteces, antes al contrario, se trata de tener más cuidado en que no se incrementen las personas infectadas por el virus. Y la verdad, visto lo visto desde que se permite salir a la calle, no me extraña demasiado no haber podido avanzar… Es muy desalentador, amén de indignante, ver que mientras la mayoría cumplimos con nuestra responsabilidad ciudadana, hay otros muchos que pasan de todo. Puro egoísmo frente a solidaridad, y en esto no vale la acción policial, sino la educación. Ya hace días que no me apetece ni salir a pasear, porque no tengo ninguna gana de infectarme por la gente que tiene esa actitud no sólo egoísta y peligrosa, sino además chulesca y de provocación. Eso de ver grupos numerosos charlando tan felices, sin mascarillas, sin distancias, con los niños, fuera de horarios prescritos, como si no pasara nada, la verdad me pone enferma, así que me quedo en casa y sigo andando por el pasillo.

No son buenas las prisas, ni lo son las conductas picarescas de hacer cada quien lo que le apetezca. No son buenos los malos políticos que crean malestar contra quienes sólo desean lo mejor. No es buena la comunidad que quiere acabar con el estado de alarma sólo para sentirse reina en sus confines. No es bueno el que da muchos aplausos y después acosa a los que se arriesgan por obligación, y todos conocemos casos de acoso y derribo contra gente que sólo cumple en sus respectivos trabajos porque no le queda otra. Si todos y todas nos comportáramos como debemos, estoy segura de que los resultados serían mejores, y podríamos avanzar en el desconfinamiento sin mayores problemas. Porque lo que está claro es que da exactamente igual que se levanten las prohibiciones; si no está garantizada la seguridad de algo tan esencial como la vida, para qué correr en nada, no tiene sentido. A mí desde luego me va a dar exactamente igual lo que me diga un mal político: aunque me den permiso, no pienso hacer nada en lo que haya un peligro de infectarme. Porque yo no sé ustedes, pero desde luego yo no tengo ninguna prisa.

495. Con la hierba muy alta

Foto: Lola Fernández Burgos

Por Lola Fernández Burgos.

Con la hierba muy alta y mares de amapolas bañando de rojo su verdor, así he iniciado mi primer paseo permitido en tiempos de confinamiento. Me gusta andar, y suelo hacerlo por la ruta de Fuentezuelas, que es un circuito sencillo y que no se tarda en hacer más de una hora. La vez anterior, y sin tener ni idea de que pasarían semanas hasta poder repetir, fue a primeros de marzo, que aún era invierno. Así que, a pesar de ciertos temores, me decido y vuelvo a andar en contacto con la naturaleza. A la sorpresa por encontrar la hierba tan alta, he de añadir la de ver bastante más gente que antes, que a veces completaba la ruta cruzándome sólo con unas pocas personas, muy pocas y espaciadas. Ahora hay mucha gente, y he de ir sorteándola para guardar la preceptiva distancia social, porque nadie se aparta, y si no lo hace una, se te echan encima. A los muchos que van andando, o corriendo, o en bici, hay que añadir grupos de menores fuera de horario y saltándose todas las obligaciones en tiempo de cuarentena. Bueno, siempre me digo que ya hay policía para vigilar el cumplimiento de las normas, y padres que sean responsables. Pero es descorazonador ver tanta ignorancia, porque aquí y ahora todos dependemos de todos en esta lucha contra el coronavirus. En fin, me digo, será cosa de que pase la novedad y no se salga a andar o a hacer deporte como quien sube a la feria.

Foto: Lola Fernández Burgos

Por encima de esta preocupación, mi paseo fue muy bonito. Primero, porque hacía mucho tiempo que lo anhelaba; y después, porque lo que dejé en invierno, aunque fuera postrero ya, ahora está en primavera, y en unos campos a los que no se ha podido ir, se nota bastante. Aparte, como ya es mayo, las flores están exuberantes y por doquier, silvestres y llenas de colorido. Incluso las matas de las orillas del camino, al no pasar apenas coches, cuyas ruedas las pisan, parecen poco menos que selváticas y prestas a seguir avanzando más allá de los confines de tales orillas. Los almendros, que dejé floridos, los encuentro cuajados de allozas. Los cerezos ya tienen racimos verdes. Los granados, que, en su desnudez, no se sabía qué árboles eran, ya lucen los primeros capullos de flores, alargados y rojos entre el brillo de las hojas. La higuera, que era un abanico abierto de varas verdes, ahora está cubierta de esas hojas que llenan el aire de un olor que hasta el perfume más delicado envidiaría. Y los olivos, antes llenos de aceitunas que iban cayendo sin ser recogidas, ya empiezan a lucir sus primeras flores. La naturaleza y su metamorfosis, que, si no la vas viendo día a día, es aún más sorprendente que de costumbre.

Otra cosa que me ha llamado mucho la atención es el silencio de los perros. Los mismos que antes de repente se ponían a ladrar sin saber ni ellos mismos por qué, en una competición de finca en finca por ver cuál era más pesado e insistente, ahora estaban callados y sin perder detalle. Algunos jugaban contentos entre sí, ignorando el trasiego de viandantes. Y otros, sentados y atentos, mostraban en sus ojos sorpresa, y tal vez emoción o agradecimiento por vernos, después de mucho tiempo sin hacerlo. Porque ellos no saben de actualidad y noticias, y debe de haberles parecido extraño que de repente dejáramos de pasar, personas y coches, ante sus aburridas miradas. Seguramente sintieron nostalgia de los paseantes, así que no sé qué pensarían al ver de pronto más bullicio humano que nunca, pero no ladraban. Y los pájaros, ay los pájaros, a ellos les pasa lo contrario, creo, porque nunca estuvieron más a gusto y tranquilos por los suelos, y de nuevo han tenido que huir a las alturas. Su extrañeza y la de los perros, así como la mía, por todo un poco, hay que añadirlas al resto de rarezas percibidas en este mi primer paseo en tiempo de confinamiento.

 

494. 2020

Por Lola Fernández Burgos.

Se me viene a la cabeza esta última navidad, cuando se hace balance de lo vivido el año transcurrido y se propone una vivir el siguiente con todas las ganas y deseando nos sea propicio. 2020, y era como una puerta abierta a una vida nueva llena de promesas. Era el inicio de una década y todo parecía como un lienzo o un folio en blanco, prestos para crear algo nuevo. Y nuevo es, desde luego, lo vivido hasta hoy, en este año que parece que ha detenido el tiempo en el peor momento, para impedirnos avanzar. Nadie hubiera podido imaginar este presente, y nadie estaba preparado para vivirlo sin sentir que es algo irreal y como un mal sueño, del que da igual despertar, porque de cualquier forma sigue, y nosotros dentro de él, y sin poder escapar. No, no era posible imaginar algo que no habíamos vivido jamás. Pero aquí estamos, inmersos en esta nueva realidad de encierro y miedo, que para nada es una guerra, pero que es una batalla día sí y al otro también. No hay armas ni explosiones, ni bandos ni trincheras, pero hay un enemigo invisible que mata día a día, y que al sembrar el terror nos ha obligado a encerrarnos en casa, huyendo de algo tan terrible como es esta muerte que nunca se sintió tan cercana. Cada día nos hablan de cifras de muertos, y la tragedia es de tales dimensiones, que si nos dicen que un día sólo mueren 300 personas, por poner una cifra que nos parece más esperanzadora, respiramos aliviados porque parece que la pandemia va a menos. Y una recuerda los escalofriantes atentados de Atocha, aquel horrible 11M, y sus 193 víctimas mortales y sus casi dos mil heridos adquieren otra dimensión ante las estadísticas que nos golpean a diario desde hace dos meses. Es verdad que todo es relativo, que lo que un día es muchísimo, al siguiente es un apenas, y eso nos lo enseña la vida, queramos o no aprenderlo. A los humanos no nos gusta mucho que se hable de la muerte, seguramente por ser los únicos seres vivos que sabemos que vamos a morir, y creo que ninguno de nosotros hemos olvidado esa primera vez en que fuimos conscientes de ello, y nuestros mayores no pudieron negarnos tal evidencia. Creo que saber que somos mortales es la primera gran verdad de nuestra infancia, y no es una mera decepción como pueda ser descubrir quiénes son realmente los Reyes Magos; esto es algo mucho más serio, y nunca se vuelve a ser el niño o la niña de antes de conocerlo. Pero aunque no nos guste, ahora es lo que hay, y es imposible evadirnos, pues de ello depende que finalmente se acabe el obligatorio confinamiento.

Hoy domingo es la primera vez que los pequeños pueden salir a la calle, los menores de 14 años, hasta un número de tres, acompañados de un adulto. Por un tiempo máximo de una hora y guardando la distancia social, de metro y medio a dos, aparte de sin ir a los parques infantiles y sin juntarse con los amigos. La consigna es clara e impuesta por la necesidad de no volver para atrás en esta lucha continua contra el coronavirus, pero no me negarán que parece salida de un cuento de miedo. Y sin embargo, esa hora de libertad al día es un motivo de alegría y alborozo; como lo será cuando se nos permita a los mayores de 14 salir para hacer deporte individual o pasear con quienes convivimos, con la misma obligatoria distancia social y durante una hora igualmente. Creo que hasta que no haya una vacuna, y para contar con ella se necesita tiempo, nada será como antes de esta asfixiante epidemia. Por mucho que lo deseemos, esa distancia marcará la diferencia y nos mantendrá inmersos en esta realidad que a veces parece de ciencia ficción. Nadie imaginó jamás que el año 2020 sería de encierro general en casa; de comercios cerrados, con escasas excepciones; de mascarillas, guantes y geles desinfectantes; de salir sólo para lo imprescindible, que a la postre es para ir a la farmacia, al súper o al banco, amén de para tirar la basura, y pare usted de contar. Quién hubiera adivinado que nos pasaríamos meses sin ver a nuestros padres y demás familia si no es por videollamadas; o que de poderlo hacer en vivo y en directo, no podríamos besarles o darles ese fuerte abrazo que tanto necesitan y necesitamos. No, nadie imaginó un año 2020 como el que estamos viviendo, si es que esto es realmente vivir, y no sólo un sinvivir.

493. De balcones y pandemia

Por Lola Fernández Burgos. 

Llevamos un mes largo confinados, y la cosa durará, aunque por fortuna la situación es mucho mejor que al principio, y va menguando el número de víctimas y contagiados, al tiempo que aumenta el de recuperados. Es evidente que mientras no haya una vacuna contra el coronavirus, nada volverá a ser como antes de la pandemia, aunque poco a poco podamos salir de este encierro y recuperando alguna de esas cosas que antes hacíamos sin saber que a día de hoy las valoraríamos muy mucho. Siempre se ha dicho que uno no se da cuenta de la auténtica importancia de las cosas, hechos y personas hasta que las pierde; y sabemos que los dichos suelen acertar. El caso es que aquí seguimos, en casa, experimentando la vivencia más extraña que nunca pudimos imaginar siquiera, porque simplemente jamás nos había tocado enfrentarnos a nada igual, y tener que hacerlo nos hace mostrar el valor que se saca ante la dificultad, o su ausencia, que de todo hay entre nosotros, pobres humanos asustados por un virus que ha hecho tambalear la normalidad de nuestras vidas. Aquí estamos, en casa. Con el privilegio de jardines, terrazas o balcones; o sin nada de ello, encerrados en unos pocos metros cuadrados con sólo algunas ventanas, y agradecidos si son exteriores, porque muchas dan a patios interiores donde no entra o apenas entra el sol. La cosa es que desde el principio alguien tuvo la idea de salir a los balcones a aplaudir a quienes estaban ayudando a salvarnos de este horror, y los convirtió en inesperados protagonistas de esta epidemia. Todos los días, a las 8 de la tarde, como un ritual, quienes pueden y quieren aplauden por todas las ciudades de nuestro país, como un ejercicio inconsciente para exorcizar el miedo, el temor de quien nadie escapa. Y en esos balcones se expresa la grandeza del ser humano, que se sabe insignificante y da las gracias a quien le ayuda a tener esperanza; y se expresa también, por fortuna con menos frecuencia, casi como la excepción a la generalidad, la maldad que tiene alguna gente.

La bautizada como policía de balcón responde a personalidades autoritarias que se creen con el poder de ordenar la vida de los demás, y ejercen un despotismo que dirigen contra las personas que no actúan como a ellas les gustaría que lo hicieran. Es ese abuso de un poder que ni tienen ni les corresponde, pero que hace daño. Tener, por ejemplo, que idear un brazalete azul para que personas que pueden salir a la calle por diversos motivos, lo hagan sin ser atacados desde los balcones, dice mucho en contra de quienes se ocultan en su anonimato para agredir a quienes según sus criterios no cumplen con el confinamiento. Creo yo que ya existe una auténtica policía para hacer cumplir las prescripciones, como para que aparezcan matones de balcón. Y a ellos hay que sumar esos vecinos incivilizados que amenazan con notas en los portales a quienes tienen que trabajar, para que se vayan de allí porque pueden contagiarles; o los que agreden con pintadas en los coches del parking vecinal por el mismo motivo, etc. Siempre habrá gente buena, y gentuza. Ciudadanos responsables que cumplen las normas, y sinvergüenzas que se las saltan a la torera, pensando que con ellos no va el sacrificio común que ahora es tan necesario. Y personas que respetan que las opciones, como la de aplaudir, son voluntarias, y no una exigencia general. En esos balcones hay quien aplaude, para después amenazar con notas anónimas a cajeras de supermercado, a personal sanitario, y a gente que se la está jugando y para nada son héroes, sino fieles cumplidores de su deber, a quien les gustaría menos palmas y más respeto; y también, a veces, un poquito de silencio para dormir después de guardias nocturnas, sin tener que encontrarse múltiples verbenas de balcón a lo largo del día. En fin, con lo que ocurre y deja de ocurrir en los balcones de esta España nuestra, en estos tiempos de pandemia en que las calles han sido sustituidas por ellos, cuando se tienen, se podría escribir un tratado sobre la naturaleza humana, que, una vez más, puede ser grande, o ínfima; bondadosa, o maligna; modélica o para olvidar, por poco edificante y nada ejemplar. Y qué les voy a contar, que ustedes no sepan ya… Ojalá este tiempo pase deprisa y pronto recuperemos una normalidad nunca tan añorada; y que los balcones dejen de ser sustitutos de las calles, y podamos recorrer estas sin miedo alguno. No cabe duda de que pronto todo esto será sólo una pesadilla a olvidar.

Vivencias de confinamiento, 2

Por Lola Fernández Burgos.

Dicen que es preferible reír que llorar, y así parece que lo entendemos en esta situación de encierro, cuarentena o confinamiento, que podemos llamarla de una u otra manera según nos encontremos; dejando que el humor nos haga compañía, casi como una protección contra el desespero. En algo solemos coincidir cuando comentamos cómo estamos viviendo dicha situación: parece como si estuviéramos montados en una gran noria, de esas que ahora suelen estar en las grandes ciudades, como atracción turística más que local, para disfrutar de unas buenas vistas mayormente. Y lo que tienen las norias es que cuando estás arriba tu visión es magnífica, cosa que no ocurre cuando estás abajo, sin olvidar el vértigo que se siente mientras bajas, o también cuando subes. Y no me negarán que no fluctúan ustedes entre el optimismo, el pesimismo, y una sensación de irrealidad que a veces marea. Somos seres sociables obligados por las circunstancias a vivir sin relacionarnos socialmente, y eso produce inquietud, temor e incertidumbre, que nos hace recurrir a la risa para no caer en el llanto. Cierto que lo que estamos viviendo no tiene nada de gracia, pero el instinto de supervivencia nos hace buscar algo que nos libere de lo feo y al menos nos haga sentir las ventajas del humor, que siempre se ha asociado con la inteligencia. Si somos seres superiores, lo seremos gracias a que no nos hundimos en los malos momentos, y a que podemos inventar una apariencia amable para la realidad cuando se torna desagradable. Pienso, por ejemplo, en ese padre de La vida es bella, evitando que su hijo sufra conociendo lo que ocurre a su alrededor; algo que no es sólo un guion cinematográfico, pues es muy cierto que la realidad supera la ficción.

Así que no tiene nada de extraño que durante estas semanas de preceptivo confinamiento, nos acompañen las risas. Por lo que nos llega a los móviles, que verdaderamente son el invento más preciado ahora mismo, y por cómo compartimos nuestras vivencias con los demás, restándoles el dramatismo que a veces encierran, y quedándonos con lo cómico que sólo los humanos somos capaces de ver en los duelos y el dolor. En el simple hecho de salir a tirar la basura y a comprar al súper más cercano, podemos ponernos a llorar por la confusión de sensaciones y sentimientos que nos embargan, en un tiempo que parece detenerse y absorbernos hasta el mismo momento en que volvemos a casa y nos sentimos a salvo, literalmente; o partirnos de la risa contando lo que hemos vivido desde el mismo momento de salir por la puerta. Seguro que están ustedes de acuerdo en que es mucho mejor reírnos, reír un montón y exageradamente, porque en el fondo sabemos que estamos haciendo un alarde de ingenio e imaginación por salir adelante sin que nos hundan las circunstancias. Tratando a la vez de quitar los miedos a quienes nos rodean y a quienes más queremos, estén cerca o lejos, acompañados o a solas. Cómo no vamos a reírnos, aunque nos martilleen cifras que nos aterran, de contagiados y de muertos, en un continuo insoportable que va sumando, sumando y sumando. Nos quedamos sí o sí con la esperanza, y con la certeza de que esto pasará y será algo que por supuesto nunca olvidaremos, pero de lo que seguro que como especie aprenderemos, si es que en verdad somos seres inteligentes. Estoy convencida de que cuando podamos salir y relacionarnos con normalidad otra vez, ya nada será igual, porque sencillamente seremos personas nuevas. Las experiencias tan inesperadas y fuertes como las que nos vemos obligados a vivir, lo queramos o no, lo aceptemos o no, lo asimilemos o no, no pasan sin huella. De nosotros y de nuestra inteligencia como sociedad avanzada depende que sepamos quedarnos con lo positivo y aprender de lo negativo, en evitación de que se repitan los errores que se hayan podido cometer. Será tan importante como que ahora optemos por la risa y el quitarle capas de fealdad a lo que nos rodea, en lugar de despeñarnos por abismos de dolor y pesimismo. Siempre nos quedará la posibilidad de la alegría y la esperanza, para no dejarnos llevar por las penas y la tristeza sin salida.

491. Vivencias de confinamiento

Por Lola Fernández Burgos.

En este difícil tiempo que nos está tocando vivir, podemos decir que cada día nuevo es uno más y uno menos, como la vida misma, por otra parte. Cada vez que salgo por necesidad a la calle, tengo la sensación de que fuera uno de esos domingos o días de fiesta en que madrugas y te encuentras las calles desiertas, sin coches ni personas, porque aún no se levantaron tras una noche de salir hasta tarde o de simplemente acostarse después de lo habitual. Aunque ahora hay un componente nuevo y diferente, el miedo. Miedo ni se sabe a qué, pero miedo al fin y al cabo; una sensación desalentadora que espero se vaya tan pronto se levante este obligado encierro, que empieza a dar los objetivos deseados referentes a esta pandemia. Cuarentena, confinamiento, encierro, llamémoslo como gustemos; pero quedarnos en casa sí o sí, y sentirnos privilegiados si contamos con balcones, o terrazas, o jardines. Y no dejo de pensar en vivir esto con críos y crías, que entenderán más difícilmente que los adultos todos los cambios a los que se ven sometidos: sin ir a clase, sin salir al parque, sin poder estar con los amigos, etc. Aunque lo cierto es que ahora los niños y los adolescentes pasan mucho menos tiempo en la calle que lo hacíamos nosotros. Escuchaba a una madre decir que le costaba retener a los hijos en la terraza tomando el sol cada vez que se puede, porque antes de los veinte minutos que ella los quería allí, siempre se quejaban de que fuera no tenían buena cobertura. Y es que el móvil y la tablet son elementos y compañeros de ahora, que nosotros desconocíamos, y que sustituyen hoy en día a muchas de nuestras horas fuera de casa y nuestras relaciones infantiles y de adolescencia y primera juventud.

Sin embargo, qué magníficos inventos están siendo el smartphone y la tablet en esta delicada y difícil situación que nos vemos obligados a pasar como mejor podemos y sabemos. Cuando se tiene lejos a los seres queridos, y además se sabe que algunos están pasando esto a solas, qué maravilloso es poder hacer una videollamada y encontrarte de repente sus rostros en la pantalla y poder compartir un rato con ellos cada día. Hay funciones de estos inventos nuevos que antes nos parecían bobadas y que ahora adquieren una nueva dimensión y nos parecen auténticas bocanadas de aire fresco, que a día de hoy es un bien muy preciado. Por ejemplo, cuando los bares están cerrados y no puedes reunirte con las amistades con que acostumbras salir a tomarte unas cervezas, ya hay mucha gente que realiza videoconferencias grupales y comparten birras y risas a través de las pantallas. Y es que cuando lo presencial nos está vedado, lo virtual adquiere su auténtica dimensión relacional. Por eso mismo creo que muchas de las cosas nuevas que ahora estamos experimentando, harán que cambiemos algunos conceptos para incorporar una serie de novedades a un futuro no muy lejano en que podamos salir con normalidad y relacionarnos y viajar como siempre. Aunque esto va a durar todavía un tiempo, y cambiaremos despacio y progresivamente, de eso no me cabe ninguna duda. Hay que estar preparados y ser fuertes y no desanimarnos; inventar día a día una alegría que necesitamos como el aire que respiramos, y quedarnos con las cosas buenas y positivas,

490. De cuervos y ratas

Por Lola Fernández Burgos. 

Ni llevo la cuenta del tiempo que llevamos de confinamiento, ni del que nos queda por delante. Lo cierto es que yo soy una persona muy de mi casa, de salir poco, como no sea a caminar, o a desconectar el fin de semana; pero casera al fin. Y sin embargo, eso de tener que quedarme encerrada sí o sí, pues es realmente difícil, para qué engañarnos. Pero lo cumplo a rajatabla, y cuando salgo lo hago pertrechada de mascarilla, guantes y todo el miedo del mundo. Porque no me tengo por cobarde, mas suelo mirar a los ojos al enemigo, siempre que no sea un traidor que vaya por la espalda. Pero, ay, este virus tan letal e invisible es otra cosa: me asusta por mí, y por la gente que quiero, especialmente la familia. Seguro que nada que no le ocurra a todo el mundo, que yo suelo decir que soy bastante masa y poco singular en el sentir general. Y en este encierro obligado voy oscilando entre querer saber todo de lo que ocurre ahí afuera, y entre pasar de todo y vivir en la ignorancia más absoluta, salvo lo básico, no vaya a ser que esta situación pase y yo siga confinada ad eternum… Lo que más me sorprende es saber que hay gente, o gentuza, que ignora las prohibiciones y sale tranquilamente una, dos, tres y las veces que les apetezca. Y lo que más me aterra es ver que la estadística es implacable y funesta, ante un panorama desolador de carencias sanitarias lógicas tras una década de recortes. Si sólo se aprende la lección y cuando esto acabe se deja de desfavorecer lo que es bueno para todos, en beneficio de lo que les sirve a unos pocos… Pero a estas alturas desconfío de que se llegue a aplicar la inteligencia que eso presupone. La avaricia no sólo rompe el saco, sino que es propia de mentes miserables que sólo piensan en ellas mismas. Y para tener como guía el bienestar general, hay que tener generosidad y pensar en los demás.

Después está ver lo que ocurre en este país, frente al resto. En los otros parece que el enemigo común es este coronavirus, y contra él se aúnan esfuerzos y medios. Aquí el enemigo desde el principio parece que ha sido el Gobierno, con una utilización partidista del tema, que ya no sólo asusta, sino que directamente asquea. Eso sin contar a los idiotas dirigentes de algunas autonomías que se han convertido en los sabios que podrían haber evitado hasta una sola víctima, si se les hubiera hecho caso… Claro que allí donde han hecho lo que querían, hay más víctimas en términos relativos que en ningún otro lugar. Me apena y repugna que se haga política con los muertos, y en esta crisis del coronavirus hay demasiados cuervos. Así es mucho más difícil, teniendo en cuenta que ya es insoportablemente complicado. Desde el principio he tenido claro que ahora tocaba dar la talla, a todos, y lo que veo es que hay quien no la daría ni con las escaleras más altas. Así que a seguir confinados y con paciencia; además de con la decente responsabilidad de no saltarse las consignas de las autoridades, que no son caprichosas. Y si fuera posible, un poco de unión y a demostrar que no se trata de este o aquel territorio, y de este o aquel listillo de turno. Aunque me parece que eso es ya mucho pedir, tanto como esperar peras del olmo, o lealtad de los traidores, y de sus séquitos. Porque en estos días de cuervos y seres menguantes, precisamente cuando hay que crecerse, no sólo encontramos determinados gobernantes que tocan la flauta sintiéndose líderes, sino toda una legión de ratas que les siguen bailando al compás. En fin, la historia los pondrá en su lugar, y respecto a Hamelín ya sabemos el mal final que tuvieron.

489. Ángeles y demonios

Por Lola Fernández Burgos. 

Conforme he ido creciendo y entendiendo algo mejor esto del vivir, he tenido numerosas ocasiones para descubrir que el ser humano es capaz de lo mejor, y de lo peor también, generalmente por parte de gente diferente, pero sin que ello excluya que una misma persona pueda ser ángel o demonio según el momento y la ocasión. Es en momentos difíciles donde se da de sí lo bueno y lo malo, que seguramente todos llevemos dentro, salga o no al exterior. Y para momentos difíciles, estos que estamos viviendo ahora mismo, a causa de la lucha contra el coronavirus, con una semana ya de confinamiento en casa, y con la obligación de otras tres más, en principio. Así que es la oportunidad de observar las conductas humanas en un punto de estrés y angustia, que obviamente se convierten en unas pésimas coordenadas para sentirnos bien, pero que al mismo tiempo son las causas de la excelencia humana en muchas más ocasiones, lo cual es un alivio.

Foto: Lola Fernández

De lo bueno que tenemos y expresamos hay tantos ejemplos, que es emotivo. En lo más alto de la escala, quienes se juegan la vida por los demás en esta lucha contra este virus letal: personal sanitario, fuerzas de seguridad, quienes permanecen en sus puestos de trabajo para ofrecer la satisfacción de nuestras necesidades básicas (farmacias, supermercados, negocios y empresas obligados a permanecer activos para que se pueda tirar para adelante, etc.), y todo el personal que está ahí posibilitando que esto no se convierta en un caos sin salida. Puede ser que sea su obligación, pero son auténticos héroes, unas veces más reconocidos, y otras injustamente atacados. Y la ciudadanía, en general y salvando las inevitables excepciones que siempre se darán, somos conscientes de ello y nos sentimos agradecidos de corazón, tal y como se expresa en esos aplausos anónimos desde los balcones y ventanas, cada día a las 8 de la tarde. Y desde lo más alto, a lo más bajo: esa gente irresponsable que no duda en saltarse sin motivo el confinamiento en casa, olvidando, parece ser, que pueden infectarse y/o infectar. Con unos ejemplos que son para escribir tratados de la imbecilidad humana: bares clandestinos, sacar a pasear a peluches, o aprovechar que se tiene una mascota real que pasear para hacerlo varios familiares sucesivamente, echarse a las carreteras para acudir a las segundas residencias como si estuviéramos en vacaciones, etcétera. Y en ese etcétera, todo el despropósito imaginable. A ello hay que añadir el desconocimiento de mucha gente, que no entiende una muy bien cómo es que a estas alturas aún no se han enterado de que las zonas comunes de las viviendas vecinales son auténticos focos de infección, pero que ahí están jugando en los portales, o de reuniones en las azoteas comunes, y demás conductas de riesgo, con una tranquilidad pasmosa. En fin, confiemos en que esos riesgos no tengan consecuencias, porque es muy triste ver cómo hay quien se arriesga y hace que sus mismos hijos se arriesguen.

Por ahí escuché algo muy razonable: no se puede estar aplaudiendo a la gente que está haciendo las cosas más difíciles, y a la vez dejar de hacer lo más fácil, que es sencillamente quedarnos en casa y lavarnos las manos. Cierto es que se puede convertir en un gran sacrificio eso de no salir a la calle y pasar horas mirando los cielos, si se tiene la oportunidad de ello, pero concederán ustedes que hay sacrificios mucho más complicados, incluso mortales. Y sí, sé muy bien que no es momento de alarmismo, de bulos, de morbos, es verdad. Pero tampoco lo es de ignorar una realidad que por mucho que no nos guste es terrible. Esto es una lucha contra la muerte en cifras masivas que verdaderamente asustan, al menos como para ser conscientes y responsables. Si no somos ángeles, por lo menos no nos convirtamos en demonios, aunque sólo sea para no perjudicar a quienes son buenos y se están jugando sus vidas por proteger las nuestras.

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