517. Esta implacable soledad

Por Lola Fernández

Que son tiempos muy duros, lo sabemos, y que hay que sacar lo mejor de nuestro interior, también. Creo que lo estamos haciendo bastante bien en general, y que los que están fallando son una minoría, aunque a veces hagan mucho ruido. Ya se sabe que el necio gusta de amplificarse, creyéndose único y genial; pero ello no implica que su voz, o su vocerío, se torne más interesante que su silencio. Ciudadanía y gobernantes, cada quien con su papel, dando la talla, o no. Al final, será el tiempo el que ponga a cada uno en su lugar, como suele ocurrir. Perspectiva, lo repito convencida, hace falta perspectiva para ver las cosas correctamente. Es como esas esculturas colosales, que si las miramos desde la distancia o el ángulo incorrectos nos parecerán desproporcionadas, sin estarlo realmente. Sólo más adelante sabremos quién acertó, y quién erró; y mientras, esperemos que los errores no tengan nefastas consecuencias, porque hay cosas en las que no se puede dar marcha atrás, y estamos con ellas ahora mismo. Decía que considero que en general estamos actuando bastante bien ante esta desmedida adversidad; lo cual no quita que nos falte el consuelo de la recompensa, y que nos sobre desesperanza y soledad. No queremos premios, pero es difícil sentir la satisfacción de saber que vamos por buen camino, cuando la realidad es tan fea y demoledora. Sólo se tiene la certeza, o algo similar a ella, de que no hay que desfallecer ni mirar atrás; por mucho que mirar hacia adelante es siempre, ahora, un paisaje sin horizonte, lo que nos resta bastante de entusiasmo. Descubrir, al otear, el lugar hacia el que nos dirigimos, suele procurarnos olvidar el cansancio y un impagable estímulo para seguir; y desde luego, no es el caso, así que hay que reinventarse día a día.

Ante este panorama, cómo no íbamos a pagar un peaje insoportable, y más de uno, de eso no cabe la menor duda. Al miedo, se unen el cansancio, la falta de poder desconectar, la incertidumbre, el desespero, una infinita tristeza cuya causa desconocemos (con lo que es muy difícil de espantar); pero especialmente, ay, la soledad. Creo que no me equivoco al decir que nunca jamás estuvimos y nos sentimos tan solos, ni con tantos deseos de dejar de estarlo. La soledad es muy mala compañera, y no se calla ni cuando no se la escucha; sin apenas darnos cuenta, se instala en nuestras vidas y en nuestros corazones y de pronto sentimos algo parecido a ese frío que de repente notamos cuando sin querer hemos estado expuestos a él sin poner remedio, y que es un frío que te cala los huesos y no se va de ninguna manera. No me extraña nada que se haya inventado algo para darnos abrazos sin temor a contagiarnos: puede parecer surrealista, pero de pesadilla, esas mangas desechables de plástico, para abrazarse con ellas, con una pantalla también de plástico transparente; y, sin embargo, qué gran consuelo puede procurar ese abrazo, aunque sea con tal protección. Es evidente que acariciar con un guante no será igual de placentero que sentir la piel contra la piel; pero ese achuchón que es abrazarse, ese sentir el cuerpo amado entre los brazos, y que te estreche entre los suyos, eso es reconfortante, aunque haya una frontera plástica entre los seres amados. Ya ven el grado de soledad al que hemos llegado, cuando alguien ha ideado algo así. Ciertamente es para llorar, pero también se llora por no poder abrazar y ser abrazado; así que bienvenido el invento, y ojalá pase pronto al olvido. Será señal de que habremos recobrado la normalidad, aunque sea una nueva normalidad, y por fin hayamos podido mandar al destierro esta angustiosa e implacable soledad.

516. Vivamos, que la vida va

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Salgo a pasear y disfruto con los primeros almendros en flor, porque el campo está ahora presto a llenarse de árboles floridos en bellos colores que engalanan las tierras. El almendro es siempre el mismo, pero sus flores se renuevan año tras año, dando vida y color a un tronco que no difería mucho del de un árbol muerto; y, sin embargo, está absolutamente lleno de vida, y después de las flores, se llenará de hojas verdes y frutos; primero allozas, después almendras. Y nada haría presagiar que volverá a quedarse como muerto, excepto porque tenemos la experiencia y sabemos de los ciclos, y de las diferentes fases según van pasando las estaciones. Adoro el campo y la montaña, como amo el mar, y siento que después del cierre perimetral por la pandemia, estoy deseando acercarme a la playa en cuanto pueda. Por pasear por sus orillas, y ensimismarme en la contemplación del oleaje y su espuma, llenándome los oídos con su música. Puede parecer casi nada, y es tanto…; pues gracias a esos deseos se tiene ilusión y se va una despojando del hastío que imperceptiblemente se sienta en nuestras mesas y se acuesta en nuestras camas, como un invitado al que nadie nunca abrió la puerta, pero que está ahí y tiene la desfachatez de darnos la mano y caminar junto a nosotros.

Foto: Lola Fernández

Y me pregunto si nuestras vidas no serán como las flores del almendro, bellas y únicas cada una de ellas, pero absolutamente sustituibles. No creo que las ramas diferencien unas de otras, ni sepan siquiera que esa flor nueva no es aquella del año pasado. Es más, no es que no lo sospechen, es que no les importa nada, porque se limitan a sostener su peso y a escuchar el zumbido de los insectos que liban el polen y el néctar de una en otra, sin percatarse de su identidad. Y más tarde se llenan de almendrucos que al madurar serán las almendras que los humanos recogen desde tiempos inmemoriales, para incorporarlas a la repostería y gastronomía en general. Y el árbol no distingue entre unos u otros frutos. Como les ocurre al mar y al océano, que son una sucesión de mareas que suben y bajas, y de oleajes con olas que rompen y desaparecen para dar paso a otras nuevas. Y me pongo a cuestionarme si nosotros y nuestras vidas no serán como el espacio entre la marea que sube y que baja; o como el recorrido de una ola desde que arranca, forma la cresta y rompe en espuma, sobre la arena de la orilla o sobre otras olas mar adentro. Igual los árboles y los mares son la historia y la vida; y las flores, hojas y frutos, como las olas individuales en el oleaje, son las historias y las vidas concretas y diferenciadas… Somos una insignificancia, una ola que sucede a otra, y a la que otra nueva sucederá. Nuestra huella es la espuma mientras blanquea, antes de desaparecer entre el vaivén de las aguas. Somos flores, preciosas y valiosas, por necesarias para que el ciclo continúe, pero absolutamente sustituibles. Con lo que, llegado a este punto de reflexión, me limito a pasear, sintiendo y disfrutando conscientemente de la belleza que la naturaleza pone ante nuestros sentidos, por si somos capaces de captarla y deleitarnos en y con ella. Y me digo que no hay que dar muchas vueltas al cerebro, tan sólo saber que en cuanto pueda, me iré sin falta al mar, para sentir su brisa y respirar el salitre del aire y de la arena. Si somos perecederos y nuestra existencia es un suspiro de tiempo, vivamos, que la vida va, y no espera.

515. El lobo del hombre

Por Lola Fernández.

Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro.

Plauto

Mira que el Universo es grande, que se nos escapan las magnitudes del Cosmos, que sólo en una galaxia hay centenas de miles de millones de estrellas, que en nuestra Vía Láctea se estima que pueda haber miles de millones de sistemas solares…; y que la Tierra es uno más de los planetas que giran alrededor de una misma estrella, en este caso llamada Sol, en el sistema planetario de nuestro sistema solar. Son conceptos que difícilmente caben en nuestro razonamiento, porque es difícil siquiera imaginarlos. Y lo más asombroso es que entre tanta y tanta y tanta inmensidad, no hemos sido capaces de hallar, al menos con nuestros medios, señales de vida humana más que en nuestro planeta azul, tan insignificante él. Es un milagro, un prodigio, algo inexplicable, un misterio, pura fascinación, llamémoslo como queramos, pero parece increíble que estemos solos en algo tan casi infinito. Y somos muchos, sí, los habitantes terrícolas: más de siete mil quinientos en este mundo nuestro; con estimaciones de un crecimiento muy significativo, pues nos dicen los que saben de ello, que en el 2100 podemos doblar la población mundial actual. Así que ni enfermedades incurables, ni devastadoras pandemias, ni cruentas guerras interminables parecen poner en peligro nuestra supervivencia como especie. Otra cosa es cómo estamos tratando a la Tierra, y cómo influimos hasta en algo tan importante como es el clima; porque igual puede ocurrir que subsistamos, sí, pero sin tener dónde vivir; aunque ese es otro tema diferente al que hoy quiero tratar.

Ocurre que este planeta llamado Tierra surgió y se formó con una serie de características físicas que hacen que algunos lugares sean más inhóspitos que otros para vivir, por la temperatura mismamente; y con continentes e islas, que comparten extensión con el agua, dulce o salada, de lagos, ríos, mares y océanos. Y con estas condiciones nos repartimos por aquí y por allá los seres humanos. Pero lo que no nació con el mundo son las fronteras, las patrias, las banderas; y por desgracia, todas ellas son inventos humanos para mantenernos enfrentados. Porque es razonable y lógico que, ante la corriente de un río, por poner un ejemplo de frontera natural, los humanos idearan un puente para salvar tal depresión física y comunicar ambas orillas; es lo que corresponde si pensamos que somos una misma especie animal en un mismo medio. Lo ilógico es que entre dos territorios se trace una línea imaginaria que delimite, y separe, dos culturas, dos regiones, dos naciones, dos lo queramos llamar como lo queramos llamar. Cierto que han de existir límites, que la soberanía ha de delimitarse, que el mundo nada tiene que ver con un supuesto primigenio paraíso terrenal. Pero hablo de fronteras, de patrias, de banderas, de ideologías, de religiones, de lenguas, etc., que, en lugar de hermanarnos, nos convierten en enemigos unos de otros. Lo que sirve para ordenar y organizar administrativamente, abre generalmente insalvables brechas en nuestra humanidad, esa que se define como capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas. No me da la gana de ver al otro como enemigo, me niego a sentir que somos adversarios en guerras que yo no inventé, ni quiero alimentar. Hay demasiados enemigos comunes y ajenos, como para que el hombre sea, como dijera Plauto, el lobo del hombre.

 

514. Un cuento de la Alhambra

Por Lola Fernández.

Tiembla la tierra en Granada y por la noche una gran bola de fuego surca los cielos a una velocidad escalofriante. Cuando hay casi cien terremotos al día, y así durante una semana, por ahora, muchos de ellos perceptibles y que asustan, la gente no sólo se echa a la calle, sino que se siente impotente y el miedo le paraliza. Un enjambre sísmico, dicen los científicos, y el ser humano se siente más pequeño que un insecto, y como bailando sobre una superficie que más que sólida es como gelatina. El miedo es feo, y llevamos tanto tiempo con él como un invitado al que nunca quisimos tener cerca, que llega un momento en que desespera. No es nada nuevo eso de un terremoto en Granada, incluso recuerdo el anterior enjambre sísmico allí, coincidiendo con mis años de facultad. No se me ha olvidado el susto, y ese irnos a la calle en plena noche, incluso subir en coche a los jardines de la Alhambra, para compartir horas y miedo en grupo, en donde no pasaría nada aunque Granada sucumbiera bajo los temblores, según decían. Ay, qué cosas, entonces era un argumento perfecto: el palacio nazarí estaba a salvo, y mientras la mano de la Puerta de la Justicia no alcanzara la llave de la misma, no corríamos peligro alguno, porque de ocurrir eso, sería el fin del mundo… Ahora leo que la Alhambra ha sido dañada y que está indefensa ante la ola de terremotos en serie, de tal manera que se ha procedido a su inspección por daños en las almenas de alguna de sus muchas torres. Saber que algunas de dichas almenas han debido ser apuntaladas en prevención de peores resultados, me la ha convertido de fortaleza inexpugnable en donde hallar refugio en caso de peligro, tal y como hice en varias ocasiones hace ya demasiados años, en joya arquitectónica tan frágil como el resto de la ciudad.

Tiembla la tierra, y todo lo que hay sobre ella, y salir a la calle tiene ahora un grave problema: el coronavirus nos tiene confinados, y las medidas preventivas son casi contrarias al consuelo que se necesita en circunstancias así. Cómo no abrazar a nuestros hijos, o a nuestros padres, si tienen o tenemos miedo; como mantener la distancia de grupo, si el instinto de supervivencia nos llama a acercarnos y estar juntos y unidos frente a lo desconocido… Es algo muy fuerte lo que estamos viviendo, y es muy cierto que no estamos preparados ni nadie nos avisó nunca de que podríamos vivir algo así. Y pienso en todo ello, y me doy cuenta de que las medidas de defensa que dependen de nuestra voluntad pueden ser molestas, pero ahí están y nos mantienen a salvo. Pero ¿y lo que se escapa a nuestro control? ¿Qué hacer cuando las paredes de nuestra casa se mueven y todo se balancea, y hay unos segundos que son eternos y no sabemos qué hacer, mientras un sordo rugido nos dice que podría ser un golpe definitivo que no dejara ni rastro de nuestras pobres existencias, y de los habitáculos en los que nos sentimos a salvo de todo? A qué aferrarse cuando no hay una leyenda que nos haga sentir protegidos e invencibles; cuando no hay una mano y una llave que estén en distintos planos y sean la garantía de que nada nos va a pasar, mientras no ocurra algo tan impensable e improbable como que la una coja a la otra. Entonces escuchamos a los geólogos decir que muchos terremotos más leves evitan uno de mayor magnitud, y queremos creerlo, aunque ellos mismos nos dicen que no es una certeza científica; y que el enjambre sísmico puede durar días, semanas o incluso meses, y pensamos interiormente que el miedo se nos puede convertir en terror; y anhelamos algo a lo que asirnos, aunque sea un cuento de la Alhambra, y que todo deje de temblar bajo nuestros pies.

513. Soñar la belleza

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández

Cuando las cosas no van bien, nada como cerrar los ojos y evocar intensamente una cosa bella.

André Maurois

Creo que estamos de acuerdo en que vivimos tiempos muy difíciles, y que la pandemia los tiñe de una profunda fealdad. Tiempos pandémicos; estados de ánimo pandémicos; actualidad y comunicación pandémicas; restricciones pandémicas; cuerpos pandémicos; limitación pandémica de la capacidad de hacer lo que se quiera, cuando se quiera, como se quiera y con quien se quiera…; etcétera. Sólo con el paso de los meses vamos adquiriendo la suficiente perspectiva temporal que va posibilitando que poco a poco vayamos viendo la magnitud real de a qué nos enfrentamos. Es muy fácil caer en la desesperanza, impacientarnos, sentirnos con una confusión que no nos deja ni ser, ni querer ser, ni saber muy bien si queremos o no queremos, y qué. Ser conscientes, aunque sea muy poquito a poco, de lo que está ocurriendo, y empezar a comprender que esto no es cosa de días o semanas, ni siquiera meses, no lo hace más ligero; antes al contrario, parece como si los días pesaran cada vez un poco más. Y cuando lo feo empieza a ser como un líquido derramado que todo lo impregna si no lo recogemos pronto, creo que no nos queda otra que tratar de contrarrestarlo, y eso se puede lograr sólo buscando un equilibrio en el que el contrapeso sea ni más ni menos que la belleza.

Foto: Lola Fernández

Nos faltan los besos y los abrazos; y no sólo recibirlos, sino también darlos. Quién no añora los días en que podías comerte a besos a tus padres, a tus abuelos, a tus nietos: ahora hasta te sientes rara si alguien se te acerca más de la cuenta, y no digamos si hace ademán de tocarte o darte un beso. Nos faltan las salidas con las amistades, el sentarnos donde nos apetezca, el poder juntar unas mesas y disfrutar en grupo: ahora ni se nos ocurre quedar, y si lo hacemos y hay algo abierto, esperamos que desinfecten mesas y sillas, y nos sentamos en donde se nos diga, sin osar mover una mesa porque se nos llamará la atención de inmediato. Nos faltan esos días de levantarte y decir vámonos a la capital, o a la playa, o a la sierra; por el puente, por el fin de semana, por el día, por unas horas; a comprar, a comer, a un concierto, a pasear por la orilla del mar o por los senderos en la montaña: ahora sales a tirar la basura, a comprar lo necesario, a pasear si tienes ganas y son horas de hacerlo; y no dices nada, porque apenas nada puedes decir. Nos faltan los viajes, coger el coche, coger un avión, patear las ciudades, visitar los museos, gastar las noches sin prisas y con risas y carcajadas: ahora no se tienen ni ganas de reír, y de viajar qué vamos a decir, si no podemos salir del perímetro de nuestra localidad, de cruzar fronteras ni pensarlo siquiera.

No nos queda otra que soñar la belleza, y al hacerlo convertirla en realidad, porque el poder de nuestras mentes es mucho más intenso de lo que imaginamos. Aunque todo esté complicado, hay que hacer un ejercicio de ilusión por estar vivos, que ya es importante; y por seguir aquí cuando todo pase, que sólo podemos tener la seguridad de que todo lo malo acaba. Cada quien ha de aferrarse a lo que le impida derrumbarse, sea lo que sea, que, si le sirve para ello, ya es bueno. Y no hemos de olvidar la importancia de soñar, y de tener sueños, sean los que sean, pero tenerlos. Es como la lotería, que si no juegas, nunca toca; pues igual, si no se sueña, jamás de los jamases podrán convertirse nuestros sueños en realidad. Soñemos, pues, que seguro que llega un momento en que despertamos de la pesadilla que vivimos, y todo queda atrás.

512. Córdoba

Por Lola Fernández. 

Que Córdoba fue romana, lo vemos con sólo cruzar el puente Viejo sobre el Guadalquivir, con sus 16 arcos, de los 17 que tenía en su origen; que fue judía, nos lo dice el barrio de la Judería, con su típico laberinto de callejas; y que musulmana, lo atestigua su Mezquita, protagonista de la que fuera capital del califato omeya, y que resume el estilo hispanomusulmán en tiempos de su mayor apogeo. De sus bellas mujeres, contemplamos algunas en los cuadros de Romero de Torres, quien, como dice la copla popular, pintó a la mujer morena; y de la convivencia de culturas tan diversas como árabe, judía, cristiana y gitana, tenemos el flamenco, un arte andaluz por excelencia, aquí muy arraigado. En tierras cordobesas hace un intenso calor durante muchos meses, lo que propicia sus patios: ya en tiempos romanos y después adoptado por los musulmanes, lograban que la vida doméstica girara en torno a ellos; con una fuente en el centro, y con frecuencia un pozo para recoger el agua de lluvia, siempre bienvenida en climas tan secos y calurosos. El llenar los patios de flores es, pues, una costumbre de siglos, aunque es desde 1921 que el ayuntamiento de Córdoba organiza en la primera quincena de mayo un concurso conocido como Fiesta de los Patios de Córdoba, declarado por la UNESCO hace casi una década como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad.

Al norte de la provincia de Córdoba, las comarcas del Guadiato y de Los Pedroches, que durante siglos abastecieron con sus numerosos yacimientos mineros al imperio romano, y cuya explotación convirtió a la Corduba romana, capital de la Bética, en una metrópolis tan importante y monumental que trataba de emular a la mismísima Roma. Aunque en la actualidad es muy diferente, Córdoba es una bella capital, de hermosos monumentos, y con un centro histórico de preciosos rincones con plazuelas, fuentes, jardines, patios, y un entramado callejero que es Patrimonio de la Humanidad. No puedes visitarla sin recorrer sus tabernas, con unos magníficos vinos que, como los de Montilla-Moriles, emplean desde el siglo XVII el curioso sistema de criaderas y solera, unido a las peculiaridades de las variedades de uvas autóctonas y levaduras propias; o sin saborear una rica gastronomía famosa por su excelencia. Recorriendo las tierras andaluzas está claro que en todas ellas se come y se bebe de maravilla; y Córdoba contribuye muy mucho a ello, aportando con su historia y sus tradiciones una riqueza cultural que suma en una Andalucía que rebosa arte por doquier. Y qué mejor para disfrutarlo, que deleitarse en las delicadezas de unos platos y unos vinos que maridan perfectamente con la pasión y el sentimiento de todas las expresiones artísticas que atesora Andalucía; desde las nacidas en la misma tierra, hasta las más espirituales, y todo ello siguiendo el compás y el ritmo propios de nuestra tierra. Sin olvidar nunca que para ser andaluz o andaluza no es necesario haber nacido aquí, porque basta con amar Andalucía y compartir ese sentimiento andaluz, para serlo.

511. Sevilla

Por Lola Fernández.

Sevilla no tiene mar, pero tiene río, y desde hace siglos se ha servido de él para llegar hasta el océano, y sentirse marinera sin serlo. Para mí, Sevilla tiene música, y cuando recorro sus calles, o sus plazuelas, o cualquiera de sus rincones, siempre lo hago cantando, y no cualquier melodía, sino con letras específicas para los lugares en los que me encuentre. Desde el Sevilla tuvo que ser con su lunita de plata, si estoy en el Barrio de Santa Cruz, hasta el Voy soñando con tus besos por el Callejón del Agua, sin salirme de él; y ay si repican las campanas, porque entonces sigo con lo de No despertadme del sueño, campanas de la Giralda. Si me acerco hasta las orillas del Guadalquivir, me escucho cantar aquello de Sevilla, tú no hagas caso de las caricias del río, que el río es galán de paso… Y si me muevo por las calles de Triana, lo hago cantando Me tengo que decidir entre Sevilla y Triana, y yo no sé cómo elegir… y así me mueva por donde me mueva, porque dudo que haya una ciudad más cantada que Sevilla. Eso sin meterme en las letras de las sevillanas, que aparte de baile, son unos maravillosos cantos que sirven para expresar el amor a una ciudad, o, si son las sevillanas rocieras, a una fiesta como es la romería almonteña. Porque Sevilla es ella más Sanlúcar de Barrameda, con permiso de los gaditanos; y más la aldea del Rocío, con permiso de los onubenses. Y ni Cádiz ni Huelva se oponen a ello, porque es amor más que invasión, enamoramiento más que intromisión. Y eso hay que vivirlo para entenderlo. Sevilla es tan bonita, que no se puede una callar ante semejante belleza; la misma que te embarga cuando vas paseando entre tantos monumentos maravillosos, tantos parques fascinantes, tantas plazas que te dejan sin habla. Ciudad de puentes, de arboledas y flores, de luz reflejada en el albero de sus paseos y jardines; Sevilla es una de las ciudades más hermosas del planeta; y, si recordamos la película My Fair Lady, con la encantadora Audrey Hepburn, de ella procede, adaptado al español, lo de la lluvia en Sevilla es una maravilla. No tiene nada de extraño que los sevillanos adoren su capital, como tampoco lo tiene que exista también cierto rechazo por los no sevillanos ante la decisión política de convertirla en la capital de todos. Pero eso es materia política, y no quiero que se mezcle aquí y ahora.

Si Sevilla tiene un clima caluroso, para qué hablar de Écija, conocida como la sartén de Andalucía, porque te sientes derretir si vas allí en verano. Mucho menos bochorno hace en Estepa, el balcón de Andalucía, pues desde allí se pueden divisar Málaga, Córdoba, Sevilla, y las alturas de Sierra Nevada; claro que es casi más conocida por su industria de dulces navideños: quién no ha comido en estas fiestas sus polvorones y mantecados, sus mazapanes y tantos y tantos dulces sabrosos, que son, junto al aceite estepeño, la base de su economía. Recomiendo recorrer sus calles en los meses previos a la temporada de la Navidad, si cierran sus ojos se creerán en alguna ciudad marroquí, por un decir, tal es la explosión de aromas a especias. Y no muy lejos, Osuna, ciudad señorial donde las haya; tanto que su calle más céntrica, San Pedro, está declarada como lugar que concentra más palacios por metro cuadrado en todo el mundo; si la misma Unesco la considera la segunda calle más hermosa de Europa, cómo van a considerarla los sevillanos… Es Sevilla una provincia llena de contrastes y con localidades preciosas; aunque me voy a quedar con sus artistas mundialmente famosos. Porque no puedo dejar de citar a pintores como Velázquez o Murillo; poetas como Antonio Machado o Gustavo Adolfo Bécquer; músicos como Joaquín Turina, o León y Quiroga; flamencos como la Niña de los Peines, o Antonio Mairena; etc. Y me van a perdonar por todos los que me dejé, que son muchos; pero no me olvidaré de Triana y de Lole y Manuel, cuyas músicas son la banda sonora de muchos años de mi vida, y cuyas letras son algunas de las que me acompañan cuando tengo la suerte de estar en Sevilla, y olé, mi arma.

510. Annus horribilis

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

A la hora de titular el último artículo de 2020, iba a llamarlo El peor año de nuestras vidas; pero me ha parecido, aparte de algo cinematográfico, cargado de presunción sobre lo general. En todo caso, y a nivel particular, este ha sido el peor año de mi vida; y me queda ante ello la casi plena seguridad de que sólo cabe mejorar, porque peor, imposible. Nada hacía presagiar, allá por el mes de diciembre anterior a este, que un maldito virus iba a trastocar todo y de una manera tan radical. Hoy, nada es igual. Por supuesto que lo peor son los miles y miles y miles de muertos: casi dos millones a nivel mundial, que se dice pronto. Lo malo de las cifras es que detrás de ellas hay mucho sufrimiento, dolor y llanto; personas que han muerto solas, por ni hablar de aquellas a quienes se ha dejado morir. Es que ni me quiero detener en algo que me provoca vergüenza, cuando he descubierto lo inhumano que es el llamado ser humano. Junto a la grandeza de quien se juega la vida por salvar otras, la bajeza de los negacionistas, que no dudan en tirar por tierra la labor de tanta gente buena, arriesgándose y sembrando riesgos para todos. No puedo imaginar nadie más despreciable ahora mismo, que quienes se niegan a algo tan sencillo como guardar la distancia social, usar mascarilla y lavarse las manos. Algo tan asequible, y, sin embargo, tan despreciado por quien sólo me parece gentuza.

Foto: Lola Fernández

Por la Alameda es una sección llamada así para referirse a un paseo virtual, porque pasear tiene algo de recreo. Y cuando todo es tan feo, una siente la necesidad de salir de casa, ahora que ya se puede, o que se puede todavía. Así que me voy a dar un paseo de verdad, real, por los alrededores de la ciudad, o del pueblo, o de lo que quiera que sea esta Baza nuestra. Y lo que me encuentro cuando salgo es la vida y la naturaleza, con las actividades cotidianas que dan un sentido a tanto sinsentido. Juegan los pájaros piando de rama en rama, detienen su vuelo en los árboles desnudos con las pocas frutas secas que ahí quedan, o con los frutos que les sirven para alimentarse mientras pasan las horas de estos días más cortos y fríos. Gorriones, mirlos, urracas, palomas, se les ve felices volando de los árboles a las tierras sembradas no hace mucho, que ya verdean. Hay higos secos, o nueces más secas todavía, como notas olvidadas; y las ramas sin hojas se visten de colores, con manzanas, o caquis, o membrillos que nadie cogerá. Y entre el regocijo de las aves, el ruido de los jornaleros recogiendo la aceituna, aprovechando que brilla el sol, aunque hace bastante frío. Vuelvo la curva del camino y me encuentro una escena que parece directamente sacada de un cuadro de Jules Breton: es el momento de descansar en la labor de recogida y unas muchachas con pañuelos en la cabeza reposan recostadas sobre mantas tendidas en la tierra en medio del campo, entre charlas y risas. Bajo los olivos, un mar de mallas negras para recoger el preciado fruto: esas aceitunas negras que caen al ser sacudidas las ramas por las varas. Tan sólo una nota discordante me hace ver que no es el pasado, que estamos en el aquí y ahora: un vareador eléctrico, que se complementa con una vara natural, como toda la vida. Después queda recoger la oliva y limpiarla. Hay métodos mecanizados de recolección, pero yo me encuentro con los grupos familiares que repiten lo que se viene haciendo en el campo desde hace siglos. Sigo mi camino y me cruzo con algún tractor cargado de aceitunas, seguramente camino de la almazara para cambiarlas por aceite; no sé si de las propias aceitunas o de otras, porque hasta en esto las tradiciones están cambiando. Y de repente me veo abstraída en el paseo, sin recordar nada que me perturbe en ningún sentido; y me doy cuenta de que aún hay muchas cosas maravillosas, que hacen que lo malo y lo feo se olvide, y que sigamos teniendo ganas de seguir, y de hacerlo con ilusión. No sé qué nos deparará la vida en este nuevo año que vamos a empezar; pero sea como sea, les deseo lo mejor, junto a los suyos. Y que no nos robe nada ni nadie la poca inocencia que nos va quedando.

509. ¡Felices Fiestas!

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

 

“El camino también desaparece mientras lo pienso, mientras lo digo. La sabiduría no está ni en la fijeza, ni en el cambio, sino en la dialéctica entre ellos. Constante ir y venir: la sabiduría está en lo instantáneo. Es el tránsito. El tránsito no es sabiduría sino un simple ir hacia… El tránsito se desvanece: sólo así es tránsito.”

                                                      Octavio Paz, poeta

 

Mañana empieza el invierno en el hemisferio norte; y, lógicamente, el verano en el hemisferio sur. Diciembre es mucho más que las fiestas navideñas. Este año, fiestas porque haremos un esfuerzo, porque no hay mucho que festejar tal y como está el mundo.

Se han ido muchos, demasiados; las perspectivas económicas son terribles, y no es política, que se quedó allá lejos, es la certeza de una pandemia y lo que conlleva.

Diciembre es un mes de tránsito: se nos va una estación para entrar en otra; cambiamos de año, cada vez con más nostalgias y más ausencias. Pero todo tránsito es renovador, y la oportunidad de cambio.

Podemos mudar la piel, metafóricamente hablando; dejar a un lado lo que no funciona, desechar lo que es innecesario y no nos compensa. Podemos abrir ventanas y puertas. O cerrarlas y cambiar de aires. Incluso sin posibilidad real, nuestros potenciales son tan inmensos, que nada ni nadie nos puede robar la libertad de volar donde nuestra imaginación desee.

Foto: Lola Fernández

 

La vida es una lucha constante, y aunque nos veamos obligados a detenernos, aunque nos creamos vencidos o perdidos, somos tan fuertes, que somos invencibles. Nosotros, nosotras, somos el poder. Nadie ha de decidir, sino nuestra voluntad y nuestro deseo. De acuerdo, a veces no coinciden ambos, pero con ellos somos poderosos.

La vida es muy perra, pero también maravillosa, más allá de tópicos y prejuicios. Estamos viviendo malos tiempos, y ya no sólo para la lírica, como decía la canción; porque son malos tiempos para la vida misma. Pero por ello, hoy más que nunca hay que levantar el ánimo, pensar en quienes nos faltan, disfrutar de quienes tenemos, y aun haciendo un poco de tripas corazón, dejar lo feo a un lado y quedarnos sólo con lo bueno. Será la mejor forma de decir, de corazón:

¡Felices Fiestas!

508. Cádiz

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

De entre todas las provincias andaluzas, Cádiz me parece la más alegre y jaranera. Entre fiestas, ferias, romerías, carnavales; celebraciones con motivos mil: sea el vino, los toros, los caballos, la democracia, la primavera, el invierno, la independencia, las cruces, el olivo, las hogueras, la sal, el mar, el flamenco, el verano, los moros y cristianos, la almadraba, el otoño, la vendimia, el aceite, las tapas, las zambombas, los belenes vivientes, la Semana Santa, la hípica, más los patrones y vírgenes más señalados, no es difícil colegir que Cádiz es una amante de festejar. Lo que sea, pero en clave de diversión y bullicio. Creo que incluso en la tristeza, los gaditanos te hacen una fiesta y acabas tocando las palmas y bailando sin recordar pena ninguna. Cádiz, la más antigua ciudad de la Europa occidental, la que enamoró con su privilegiado enclave, abrazada por el Atlántico y el Mediterráneo, a fenicios, romanos, visigodos, árabes y cristianos; y de todas las culturas se quedó con algo. Cádiz, que lo mismo te evoca la magia de Venecia que el son de Cuba; la tacita de plata, con su red subterránea de túneles construidos por los romanos; y sus murallas, garitas, cañones y fosos, que nos hablan de la necesidad de defenderse de los ataques sufridos a lo largo de su historia, como por ejemplo, los de las tropas napoleónicas… Piedra y coplas contra el enemigo: Con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones… Imposible describir la gracia gaditana, si no tuviste la suerte de disfrutarla, quillo, quilla!

Foto: Lola Fernández

Cádiz, la de los pueblos encalados que reflejan toda la luz, absolutamente recomendable la ruta de los pueblos blancos; la de las sierras enamoradas de la lluvia, donde sobrevive, majestuoso y milenario, el pinsapo, un abeto prehistórico que lucha contra su extinción. La marinera, pues con sus 250 km. de costa, el mar es una constante que ofrece su azul, su verde, todos sus matices y olores, amén de sus sabores, a sus gentes. Imposible no caer enamorada de estas tierras y todo lo suyo. Ese marisco, ese pescaíto frito en cartuchos, la manzanilla de Sanlúcar de Barrameda, los vinos de Jerez, el río Guadalete descendiendo desde la Sierra de Grazalema, donde más llueve al año en España, para morir en el Puerto de Santa María, en la bellísima Bahía de Cádiz. Siempre digo que el triángulo más mágico no es el de las Bermudas, sino el que conforman Sanlúcar, Jerez y el Puerto, la ciudad de los 100 palacios: entre sus parámetros físicos y sociales, se puede comprender perfecta y profundamente la esencia del alma andaluza, que por supuesto existe, y late en cada uno de los casi ocho millones y medio de andaluces.

Cádiz, la de los vientos y los deportes asociados a ellos y el mar; la de los atunes y la almadraba; la de las vistas de África, a sólo un puñado de Km., con el Estrecho de Gibraltar fundiendo océano y mar; la de carreras de caballos a la orilla del mar, frente al Coto de Doñana, casi ná; la del patrimonio histórico rico y variado como pocos; la de playas maravillosas que atraen a un turismo fiel y enamorado; con esa gastronomía, que si es para resaltar en toda Andalucía, aquí ya es para hablar de delicadezas y manjares dignos de los dioses más exigentes. No cabe en un artículo la fascinante realidad de una provincia, pero sí la invitación a visitarla, admirarla, saborearla y disfrutarla despacito; y hacerlo, además, desde la certeza de que quien a ella se acerque por primera vez, jamás se habrá de sentir defraudado; y de que, si ya la conoce, no dejará pasar la oportunidad de volver a verla. Hay cosas tan bonitas que nunca cansan, y Cádiz y toda su provincia es una de ellas.

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