622. La ley de la frontera

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Día sí y el otro también las noticias nos hablan de problemas fronterizos que el Derecho Internacional no resuelve, bien porque no puede, bien porque no se le hace ni caso. Y no todo está tan lejos como Rusia o Israel, que ahí tenemos a Gibraltar, que por avatares históricos y cesión española pertenece a los británicos, a pesar de su ubicación en la costa andaluza. Tampoco ha de darse el conflicto fronterizo entre dos naciones, y como ejemplo ahí estaba el muro de Berlín, separando a familias alemanas, y resultando en unas 140 víctimas hasta que las revueltas populares de un modo pacífico y sin muertos acabaron derrumbando ese fatal invento para separar, que estuvo casi tres décadas creando dolor y frustración entre alemanes. Por lo general, llegar a una frontera en la que hay que parar y enseñar el pasaporte, suele asustar un poco, igual es por la presencia policial y el tener que declarar si se lleva algo no permitido sin pagar. De ahí que cuando España se adhirió a la Unión Europea y entró en vigor el espacio Schengen, gracias al que más de 400 millones de ciudadanos pueden moverse entre sus Estados miembros sin mayores controles de fronteras, fue una maravillosa oportunidad para no sentirnos extranjeros, al menos los europeos entre sí. No, no me gustan las fronteras, y es perfecto poder viajar por la Europa comunitaria sin tener que cambiar dinero a las diferentes monedas, sin renovar el pasaporte, sintiéndonos una única ciudadanía, y no sólo para hacer viajes de vacaciones, sino también para trabajar, que a veces olvidamos lo importantes que son ciertas creaciones políticas; e incluso hay mucha juventud que no ha conocido más realidad que la actual, por lo que casi es imposible que lo valoren en su justa medida.

Foto: Lola Fernández

España tiene fronteras con Portugal, Francia, Andorra y Marruecos (desde Ceuta y Melilla), con bastantes diferencias entre ellas, pero mis preferidas siempre serán las naturales, como las cordilleras o los ríos. Las separaciones geográficas están ahí desde siempre, mucho antes de que se inventaran los países y las nacionalidades, así que desde el origen de la humanidad han servido como reto para superarlas. Allí donde ha habido un río lo suficientemente caudaloso y ancho, el ser humano ha ideado cruzarlo en barco, y con el desarrollo de las ciencias ha levantado puentes; es lo más lógico y positivo, crecer rompiendo obstáculos y barreras; lo de levantarlos, estilo muro berlinés, no puede ser catalogado sino de absurdo y empobrecedor. En la fotografía de hoy, una imagen del río Guadiana, separando como frontera natural, España y Portugal a la altura de Ayamonte y Vila Real de Santo Antonio, con unas barquitas en sus orillas, varadas en tierra cuando baja la marea, y mecidas por unas aguas que, según sople el viento, bajan sumisas hacia el mar, o ascienden tierra adentro rebeldes e ilógicas, retardando un momento la hora de fundirse con el océano, tal vez soñándose peces que ascienden río arriba buscando su lugar de nacimiento, siguiendo un mapa secreto en su memoria. Y sobre las aguas del río, un cielo cuajado de nubes que se deslizan tranquilas, dejándose llevar por los vientos, sin saber de ninguna ley de la frontera, lusas a veces, andaluzas otras, y siempre celestes, que para eso son parte esencial de los cielos, blanco sobre azul, mirándose presumidas en el espejo fluvial.

621. Incomprensible

Por Lola Fernández.

¿De qué sirve que el poder institucional afín se distribuya en los distintos niveles de la Administración del Estado si sus logros son estériles? En Baza se ha dado el caso de que el PSOE, primero, y el PP, actualmente, fuera el partido en el poder local, a la vez que a nivel provincial y autonómico; en el caso de los socialistas, se incluía, además, el estrato nacional. Tanta afinidad, para conseguir qué, me pregunto; porque llevamos décadas pidiendo que se materialicen proyectos tan concretos y razonables como son la vuelta del tren y acceso a la autovía del Almanzora, y Baza parece ser una isla perdida en medio del territorio, viendo pasar logros y resultados ajenos, y quedándonos con el triste papel de pedir sin ser escuchados. En España hay casos, contados, pero los hay, de alcaldes que han gobernado desde inicios de la democracia sin solución de continuidad, más allá de enfrentamientos partidistas y demás tonterías, y la clave siempre ha estado en que se han preocupado por sus ciudades respectivas y han conseguido lo que sus vecinos anhelaban. Estoy segura de que un Alcalde y un Equipo de Gobierno son más que suficientes para traer a su pueblo soluciones a unas necesidades imperativas para no quedarse atrasado económicamente, viendo cómo el censo mengua y los jóvenes no regresan después de cursar sus estudios en la capital. Me parece incomprensible que la Autovía del Almanzora haya detenido su conexión con la Autovía del Mediterráneo en Cantoria, dejando sin ejecutar los 47 kilómetros entre Purchena y Baza para un futuro tan incierto como las promesas de los políticos. ¿Acaso es más importante Almería que Granada, o pesa mucho el poderío económico de Cosentino? Pero esto es el cuento de nunca acabar: sin comunicaciones no hay grandes empresas, las que traen trabajo y ayudan al progreso territorial; pero no vamos a exigir que las haya para sentar las bases del desarrollo y el despegue económico de zonas que necesitan ayuda urgentemente si no quieren verlas morir poco a poco.

Está muy bien que haya grupos y organizaciones reivindicativas, pero, a la postre, le corresponde al poder local, y un Alcalde tiene mucho poder, obtener logros importantes para su localidad, y me vuelve a parecer incomprensible que siendo el de Baza del mismo partido que gobierna la Diputación de Granada y la Junta de Andalucía, no se vean resultados menos insatisfactorios. Aquel político que llegue a atisbar que la autovía y el tren son imprescindibles para nuestro futuro, y ponga todo su empeño en hacer realidad tales proyectos demandados desde hace más de 30 años, ese será un buen político, de esos que dejan su impronta y su huella en el recuerdo de generaciones, y en el bienestar general, que se supone es su máxima aspiración. Es todo tan incomprensible, que da tristeza que la aparente aspiración de ciertos políticos sea verse en la foto o usar su situación como trampolín para saltar a niveles más altos de poder. La misma dificultad encuentro para comprender las decisiones políticas respecto al Hospital Comarcal, que parecen buscar más desmantelarlo progresivamente que potenciar su crecimiento humano y material. Y si hablamos de su cafetería, a ver, si el problema son las deudas a asumir por quien se quede con él para su puesta en marcha, grave problema, ciertamente, porque quién lo va a querer si lo cogería ya endeudado hasta las cejas, me puede alguien explicar, entonces, el tiempo y el presupuesto dedicados a su reforma. Incomprensible otra vez, sin pies ni cabeza, y así va pasando la vida, y hay lugares que se quedan atrapados sin avanzar, como si esa vida se hubiera transformado en una fotografía estática.

620. En tierra de nadie

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

No hay que tener vocación de eremita, ni abrazarse a la misantropía para entender el nacimiento de las tarifas de acceso a algunas ciudades en determinadas fechas, o los impuestos turísticos, aunque no creo que sean muy disuasorios: quien desee ir a algún lugar en cierto momento, irá, no caben muchas dudas. Entre la soledad física y el tumulto hay un continuo de gradación, y tantos puntos de distancia como gustos personales, pero creo que será general el rechazo a pasear por ciudades abarrotadas, como si entráramos en la calle principal de un recinto ferial en el día más importante de las fiestas. Mejor playas semidesiertas que museos en los que, más que ver obras de arte, nos enfrentamos a un muro de coronillas y un mareante olor a humanidad. Es el cambio más significativo postpandemia: la masificación por aquí y por allá, por tierra, mar y aire; somos así, no queremos quedarnos encerrados, aunque fuera nos pasemos añorando la mayoría de las veces el encierro.

Foto: Lola Fernández

Nos movemos en un continuo oscilar entre esto y lo contrario, aunque no deseemos que sea así, es como si nos empujaran a ello. Despiertas nuevo y descansado, con suerte, y ya el mismo subir las persianas y mirar qué día hace te mediatiza: que si lluvia, que si sol, que si nublo. Eternos insatisfechos, ahora que empieza a descubrirse por la generalidad la importancia de la salud mental, somos como máquinas, algo imperfectos, pero poderosos, como aquellos primeros electrodomésticos que parecían imperecederos. Entre la tradición y el amor a los animales, ahora que se renueva el conflicto entre tauromaquia sí o no; entre la ilusión y la estafa, en un juego de confianza y desconfianza. Entre el consumismo y la moderación, ese consumismo que te lleva en ocasiones a tener tanto, que ni sabes cuánto tienes: llamadas para recordarte que has de cambiar de móvil, o de coche, o de préstamo, cuando tú estás más que satisfecho sin tanto cambio; y esa especie de ascetismo que te lleva a soñar con no salir, no viajar, no comprar, no empezar otra serie nueva, no nada más. Entre la risa y el llanto, la superficialidad y lo profundo; entre la espada y la pared, sin ganas de contiendas, de guerras y conflictos, de opciones y decisiones; sin tener que elegir y rápido, que se te pasa la vez.

A veces sólo nos apetece dejar de estar en medio de dos frentes de batalla, y nos queremos en tierra de nadie, por el puro placer de descansar de choques y enfrentamientos que ni buscamos ni podemos evitar. Aspiramos a sentirnos islas perdidas en ultramar, sin temor a que la elevación del nivel de las aguas, por efecto del calentamiento global, nos lleve a convertirnos en islas inundadas y sumergidas bajo el mar. Ni blanco ni negro, ni este o el otro color; ni fuerte ni débil, ni más ni menos; ni con prisas ni despacio, a solas o en compañía; ni fácil ni difícil, ni accesible ni impenetrable. Moviéndonos en un terreno libre de presiones y condicionantes, con la tranquilidad que dar hacer lo que sea que hagas, pero porque quieres, no porque tienes que hacerlo aunque no quieras; todo ello más allá, por supuesto, de las obligaciones sociales y personales más elementales, como las relativas, por ejemplo, a la familia y el trabajo. Hay cosas que hay que hacer, sí o sí, pero a partir de ellas empieza el mundo de la autodeterminación y la voluntad propia; es cuestión de saberlo, o de quererlo, o de atreverse a saberlo y quererlo.

619. La luz del faro

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

A quién no le gustan los faros, con esa inconfundible estructura arquitectónica y alegres colores, ubicados junto al mar o tierra adentro, con el destello de su luz allá en lo alto de la torre. No es difícil imaginar cómo surgieron en paralelo a las grandes exploraciones marítimas, y cómo el uso de las primeras   fogatas en puntos altos del litoral se fue sustituyendo hasta las modernas linternas con sus lámparas y lentes, siempre con la función de orientar y ayudar al navegante, marítimo y aéreo, a través del giro de sus haces de luz, de los intervalos entre destello y destello, de los colores de dicha luz, e incluso del sonido de sirenas en algunos casos, para los días de densa niebla. Es evidente que, con los satélites, el faro ha dejado de ser tan imprescindible como antes, pero para la navegación nocturna sigue siendo importante, aunque sólo sea para confirmar la información del GPS. En España hay casi doscientos faros en activo, siendo el más antiguo en funcionamiento del mundo el de La Coruña, La Torre de Hércules, que aún conserva sus cimientos romanos, y estando en la gaditana Chipiona el más alto. De todos modos, los fareros, quienes se encargan del cuidado del faro, cada día son menos numerosos, y torres habitadas no llegan ya ni a la media centena, por lo que un oficio con siglos de historia está condenado a extinguirse. No por ello dejarán de existir los faros, con sus haces de luz, seguidos de un intervalo de oscuridad, perdiéndose en el mar nocturno, y haciendo soñar a los más románticos en tierra firme, contando los segundos entre destellos e imaginando historias de altamar.

Foto: Lola Fernández

He pensado en la función de los faros en estos días en que el Presidente de Gobierno de España se ha dado unos días de reflexión para decidir si seguía o no en su cargo, al que se añade también el de Secretario General del PSOE, uno de los partidos obreros más antiguos de Europa. De repente fue como ese intervalo de oscuridad, en el que te encuentras algo desorientado y confuso, sin saber muy bien qué va a pasar. Es evidente que los hay que se frotaban las manos, felices y con la esperanza de que dimitiera; pero otros deseábamos que no lo hiciera, porque eso supondría que hacer trampas y no seguir las reglas del juego democrático es suficiente para acabar con la legitimidad de los designios de las urnas, que no me cansaré de repetir que son sagrados. Cinco días para pensar, él y nosotros todos, con la carta que escribió a la ciudadanía como única guía para entender los motivos de tal retirada. De repente, la sensación de una falta de liderazgo y una gran incertidumbre, las críticas de sus enemigos, porque no tienen la dignidad del adversario político, y el desconcierto y la confianza de sus votantes. Confieso que no tenía ni idea de lo que iba a pasar, lo cual me llenaba de desasosiego, pero cuando Pedro Sánchez pronunció las palabras He decidido seguir, con más fuerza si cabe, de repente sentí como si volviera a brillar la luz de un faro que hubiera dejado de funcionar de repente e inesperadamente. Es cierto eso de que no es la luz, lo que importa en verdad son los doce segundos de oscuridad, que canta Drexler. Han sido esos días de reflexión los que a mí me han servido para valorar en su justa medida la valía de un gran político, que ha tenido la desdicha de gobernar desde el primer momento contracorriente y sin el apoyo de una oposición responsable y que diera la talla en los tiempos difíciles. Estoy de acuerdo con él en que a veces hay que detenerse para seguir avanzando a continuación, así que celebro su decisión y comprobar que su liderazgo está a salvo de trampas, mentiras, bulos y zancadillas.

618. La tonta del bote

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Allá donde la ultraderecha tiene poder institucional, gracias a la más reaccionaria derecha que yo haya conocido desde la transición de la dictadura franquista a la democracia, la censura es una protagonista tan importante como indeseable. Nada nuevo bajo el sol, por cierto, pues en España ya se vio ese empeño en censurar política y culturalmente todo lo que no fuera acatar el franquismo tras la Guerra Civil, e incluso durante ella; y así, tras el golpe de Estado de 1936, el empeño del aparato político, con la fervorosa ayuda de la Iglesia, fue censurar aquello que no siguiera fielmente la ideología y la moral totalitarias. Se buscaba, sin más, aniquilar de cuajo la libertad de expresión y de opinión, y porque no podían controlar el pensamiento, aunque ya se encargaban de inocular sus credos y proclamas desde la escuela hasta el último rincón del país. Los censores eran un gremio de personas con escasa cultura, aunque también los hubo más preparados académicamente, y ojo avizor de vigilantes que, como perros guardianes, se esforzaban por clasificar, cortar, vetar, elaborar listas, y todo lo que se pueda imaginar que hace un inculto tratando de cercenar la cultura. Aunque fue una época desolada y triste para la creatividad, también es cierto que algunos artistas se las ingeniaban muy bien para saltarse sutilmente los límites impuestos, y aunque la autocensura era lo más frecuente, antes de que los extraños metieran mano en las obras propias, también se engañaba a mentes tan oscuras y cerradas como las de los encargados de velar por la pureza ideológica. Pienso, por ejemplo, en Berlanga, y no hay más que ver algunas de sus películas de por aquel entonces para comprender que su intelecto e ingenio eran muy superiores a la mediocridad censora de la época. Junto a obras que brillaban, por más que trataran de apagarlas, las irrelevancias propias de aquellos días, en las que se fijaban los ideales y principios a seguir, retratando una sociedad que era para llorar, por mucha risa que provocaran ciertas películas y libelos, muy populares, sí, pero que a día de hoy sólo provocan vergüenza ajena. Qué decir si no de películas como La tonta del bote, en la que los personajes clasistas, sexistas, misóginos y absurdos, eran dignos precursores de los vergonzosos protagonistas del cine de destape que tuvimos que sufrir en la transición.

Foto: Lola Fernández

Sin embargo, la auténtica tonta del bote es la censura actual en las redes sociales, a base de algoritmos de rastreo, que tratan de luchar contra los discursos de odio a partir de un conjunto de palabras que les lleva a distinguir casos graves de incitación a ese odio que fluye mezquino en dichas redes. Si de eso se encarga la Inteligencia Artificial, que le cambien el nombre por Imbecilidad Supina, por ejemplo, porque es un auténtico fracaso. Lo último que me ha pasado en Facebook es que me censuraran compartir una noticia del Ideal en la que, textualmente, decía: “No es Noruega, es Güéjar Sierra”, la imagen viral de Granada tras las lluvias… Resulta que estaba siendo agresiva y violenta, por colgar una preciosa imagen del Embalse de Canales, que había visto casi en las últimas a finales de enero, y que ahora resplandecía lleno de agua; y no sólo me borraban lo compartido, sino que me avisaban de las más serias y graves medidas que tomarían conmigo de volver a repetir algo así. No tengo que explicar que me quedé estupefacta, hasta que vi la palabra Sierra y entendí que me habrían confundido con una descuartizadora; lógicamente pedí una revisión y al instante dieron marcha atrás en tan estúpida y absurda censura, una vez que un ser humano miró y leyó sin los mecanismos algorítmicos. Estoy segura de que ustedes tendrán más ejemplos parecidos, y es que no se le pueden pedir peras al olmo, porque esto es como ir a conocer el mar, y quedarse anclado en la arena sin llegar a la orilla.

617. Guerra y arte

Por Lola Fernández.

La sensibilidad del artista no se ha quedado ajena a lo largo de la Historia a la guerra y sus consecuencias, generalmente para denunciar sus estragos y tratar de concienciar sobre lo terrible del enfrentamiento armado y la consiguiente violación de los derechos humanos. Así, a bote pronto, se me viene a la cabeza la obra de Goya El 3 de mayo en Madrid, de 1814, que podemos ver en el Museo del Prado, y con la que el artista de Fuendetodos quiso dejar constancia de la lucha de los españoles contra la dominación francesa a comienzos de la Guerra de Independencia española. Tan famosa como ella, la pintura Guernica, del malagueño Picasso, de 1937, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que se refiere en este caso al bombardeo en ese municipio vizcaíno durante la Guerra Civil española. Dos obras pictóricas universalmente conocidas, dos obras maestras de la pintura de nuestro país, en las que no hay que añadir nada a lo que vemos en ellas: un fusilamiento múltiple, en la primera; el desesperado horror y el sufrimiento y la muerte tras un bombardeo, en la segunda. La obra de Goya se considera, además, precursora de los reportajes de guerra, que, a día de hoy, con la fotografía, nos son cotidianos: la presencia de fotógrafos en los frentes bélicos nos acerca la cara auténtica de los conflictos, sin más requerimiento que un momento de nuestro tiempo para mirar con atención las imágenes tomadas por mujeres y hombres que, realmente, en muchas ocasiones, se juegan la vida por hacer su trabajo.

No tiene nada de raro, pues, que se premie esta labor: así, el premio World Press Photo of the Year 2024 ha sido para el fotógrafo de Reuters Mohammed Salem por la imagen de una mujer palestina acunando el cadáver de su sobrina en la Franja de Gaza. Por no quedarme en los fríos datos, copio: La fotografía, tomada el 17 de octubre de 2023 en el hospital Nasser de Jan Yunis, en el sur de Gaza, muestra a Inas Abu Maamar, de 36 años, sosteniendo en brazos a Saly, de cinco años, que murió junto a su madre y su hermana cuando un misil israelí impactó contra su casa. Después se añade que es una conmovedora instantánea, que recuerda a la Piedad de Miguel Ángel, y esas cosas que se dicen en la crítica artística; pero al fotógrafo le basta con nuestra atención, y con que pensemos, por ejemplo, que esa niña muerta es una, solamente una, de los 14.000 niños inocentes asesinados en Gaza en la indiscriminada matanza llevada a cabo por Israel en los últimos seis meses. Impagable la valentía de estas personas, los fotoperiodistas, que se alejan de la comodidad de la paz, para enfrentarse a la muerte cara a cara, mirando a través de los visores de sus cámaras, a veces recibiendo un balazo en ese preciso momento. Trabajan siempre con la pretensión de acercarnos el horror de las guerras, tal vez con la esperanza de que a este otro lado algún día se lleguen a conmover quienes pueden firmar el armisticio y acabar con los enfrentamientos, aunque seguro que bastante decepcionados en esa ilusión, que acaba siendo más desesperanza que otra cosa. Guerra y arte, una conjunción que quizás no sea la más deseable, pero que, seguramente, es absolutamente necesaria, para que en los entornos menos estéticos, por decirlo de alguna manera, se puedan expresar las muchas emociones y sentimientos que sin duda existen y hay que plasmar; es eso de que por muy desagradable que sea algo, no se puede mirar a otro lado e ignorarlo, pues hacerlo es tanto como condenarlo al olvido.

616. Las cosas hechas con cariño

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Hay fechas que, por su asociación a algún hecho significativo, tienen un valor especial; así, el 14 de abril, tal día como hoy, para muchos rememora la proclamación e instauración en 1931 de la II República Española, que se extendió hasta el 1 de abril de 1939, en que dio paso a la dictadura franquista, después de un golpe de Estado y la subsiguiente Guerra Civil desde 1936. La Historia, por muy difíciles que fueran los acontecimientos, y muchos los muertos en el camino, se resume en pocos renglones; pero incluso así, las manipulaciones ideológicas tratan de enredar con versiones diferentes de una misma realidad. Siempre me ha parecido todo un ejercicio de incoherencia el querer transmutar algo de lo que existen inequívocas evidencias; vale que la fantasía impregne las mentiras que no puedan ser comprobadas, pero de qué sirve tratar de cambiar lo que fue, más allá de lo que a cada quien le hubiera gustado que fuera. Manipulaciones ideológicas, sí, como hablar de ataques bélicos injustificables, como si las muertes se pudieran justificar así de fácil según quién las cause: si ataca Hamas, terrorismo; si lo hace Israel, respuesta justificada; si hay una destrucción de parte del consulado de Irán en Damasco, atribuida a Israel, no pasa nada; si Irán responde con un ataque masivo de drones y misiles contra Israel, algo terrible que suscita el inmediato apoyo de los países supuestamente civilizados. Mientras los señores de la guerra llenan las arcas que alimentarán a generaciones de familias ricas y poderosas, los pringados pagan con su vida, mientras los que somos meros espectadores estamos hastiados de guerra y muertos. Entre éstos, muchos niños, víctimas débiles y desarmadas, como las que engordan las estadísticas de la violencia vicaria; y todavía existen indecentes controversias sobre las nomenclaturas de todo tipo de agresiones: matar es matar, así de simple; y abuso de poder, de autoridad o de la fuerza es un obvio y excesivo atropello, aunque se quiera maquillar, no se sabe muy bien con qué intención. Quien niega la violencia, es cómplice de ella, y una sociedad progresista y de futuro no debería permitir tan nauseabundo negacionismo.

Foto: Lola Fernández

Con este terrible telón de fondo bélico, como un añadido de pesadilla, otro puñado de campañas electorales: por si no habíamos tenido bastante con la convocatoria de elecciones locales, autonómicas y generales el año pasado, y sus posteriores consecuencias tras unos resultados sin cómodas mayorías; por si no nos bastaba con este clima de perpetuo enfrentamiento partidista que avergüenza al más pintado, excepto a quienes lo propician, tanto en el Congreso como en el Senado; por si todo esto fuera poco irritante e insoportable, aquí estamos de nuevo, con tres nuevas elecciones en España, dos autonómicas, y una comunitaria, y todo ello en sólo siete semanas. ¿No quieres caldo? ¡Pues toma dos tazas! Como una luz que se cuela por los resquicios, el caso de las señoras suizas que han ganado en Estrasburgo en su lucha por el clima, después de estar ocho largos años de tribunal en tribunal: se trata de una asociación de mujeres con una edad media de 73 años, que ha conseguido que se le dé la razón en que su país no hace lo suficiente, en esta emergencia climática, para luchar contra las olas de calor, a las que se es más vulnerable en edades más avanzadas. Casi una década de lucha, en las que se les ridiculizaba y se les decía que se fueran a tejer… Esta Suiza que tanto presume, no se sabe de qué, y que trata mal a los suyos, como ha quedado demostrado por la justicia comunitaria, cuando tiene tanto dinero que ha de inventar maneras de gastarlo, y pasa de algo tan importante como la salud de una gran parte de su población; pero es que, encima, tiene la poca vergüenza de tratar de dejar en ridículo a sus mujeres mayores con lo de tejer. Las cosas hechas con cariño valen mucho más, y es preferible trabajar con telas e hilos, con agujas y lanas, y todo lo relacionado, que atraer grandes fortunas para engordar la propia, muchas veces de modo oscuro e ilegal. Es la primera vez que el poderoso Tribunal Europeo de Derechos Humanos se pronuncia sobre el calentamiento global, afirmando que los esfuerzos de Suiza para cumplir sus objetivos de reducción de emisiones no han sido los adecuados. Las mujeres dijeron que su edad y género las hacían particularmente vulnerables a los efectos de las olas de calor relacionadas con el cambio climático, y es evidente que su victoria, al dársele la razón, no es sólo suya. Ojalá los gobiernos aprendan de esta histórica decisión judicial, y se apliquen en seguir los pasos correctos en la lucha climática, mientras cesa el letal ruido de muerte y destrucción de todas las guerras. Seguro que no faltan promesas electorales en este sentido, ahora sólo resta que lo prometido en campaña se cumpla alguna vez en la ejecución de los programas electorales.

615. Unos versos de Federico

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Siempre es buen momento para acercarse hasta la Alpujarra granadina, sin necesidad de excusas o pretextos. Una vez que llegamos a Granada, cogemos la autovía para Motril, y, cuando ya nos saluda el valle de Lecrín, nos desviamos hacia Lanjarón, que nos dará la bienvenida al Parque Natural de Sierra Nevada. Siguiendo camino, una vez estemos en Órgiva, inconfundible gracias a las dos torres gemelas de su Iglesia, nos dirigimos hacia los pueblos altos del Barranco de Poqueira. Estas tierras siempre han enamorado a los artistas, y no es difícil leer anécdotas del paso de Falla, de Lorca, de Pedro Antonio de Alarcón, entre muchos más, por los diversos lugares alpujarreños. Me gusta imaginar a Federico, con amigos, o con su madre, que ambos gustaban de alojarse en el balneario de Lanjarón, y pienso allí en lo feliz que sería recorriendo el paseo poético que le dedica Pampaneira, en donde sus versos se mezclan con el trino de los pájaros, la visión de las nieves y el olor de las flores y las frutas que cuelgan de los árboles en las huertas junto a las aguas del río: no me imagino mejor lugar para los versos lorquianos, que estos parajes en los que la poesía natural despliega su belleza en innumerables detalles e indescriptibles destellos. Siguiendo con nuestro ascenso hasta las cumbres más altas de la península, nunca paso por Bubión sin detenerme a mirar al fondo del barranco, y no deja de sorprenderme ver el mar cuando no hay niebla y el aire está tan transparente que hasta vislumbramos las cumbres de Marruecos. Cuando se habla de esta preciosa tierra de la provincia de Granada, se suele emplear el término de paraíso de contrastes, y nunca mejor dicho, porque si se busca un edén terrenal, allí hay tantos elementos deliciosos que las personas más diferentes pueden sentir que tocan el cielo con las manos; y por disparidad no será, algo que es notable y significativo nada más te pierdes por sus carreteras, senderos y arboledas.

Foto: Lola Fernández

Esta vez llegué a Capileira bajo una copiosa nevada, con copos tan grandes que se dirían de algodón, como el cuerpo del pequeño Platero soñado por Juan Ramón Jiménez. Era muy curioso ver la gris launa de los terraos, tan blanca como los encalados techos de los tinaos, todo ello con el fondo blanquísimo de la nieve en las montañas, terrazas agrícolas y bancales. Cierto que la espesa niebla ocultaba la visión de las más altas cimas de Sierra Nevada, pero cuando amaneció el nuevo día, allí estaba el majestuoso Veleta, y todo el perfil montañoso hasta el Mulhacén, bajo un sol que, aunque aún no calentaba, sí que se había llevado la nieve de tejados y calles. Sol y nieve, fuego y frío, como perfectas coordenadas del contraste que siempre se señala como característico de estas tierras. Pasear, sin más, por el entramado de calles, muchas con un surco abierto para dirigir las aguas, cuidando siempre de recordar que no se le ponen barreras, es el más sencillo de los privilegios y un auténtico recreo para los sentidos. Todo bajo la presencia de las inconfundibles chimeneas, que siempre me recuerdan a guerreros que velaran desde tan bella arquitectura a lo largo de los siglos. En este preciso momento, primavera recién estrenada, sin rastro de la preocupante sequía de hace escasas semanas, el río y sus saltos de agua se escuchan al fondo de las cuidadas huertas, con los cerezos en flor y las higueras empezando a cubrirse de hojas y frutos, dando color a la hierba y la piedra. Los castaños, los sauces, los almendros, los innumerables tonos de verdes, entre los que algunas ovejas y caballos se entretienen pisando la húmeda tierra a esas alturas, convergen en el barranco; mientras en el aire los pájaros se afanan alegres arrancando cortezas de las parras, que empiezan a despertar de su letargo invernal, y bañándose en las aguas que corretean calle abajo, disponiéndose ya a construir sus nidos, muchos de ellos escondidos en los huecos de las techumbres de los cuidados tinaos, de vigas y pizarra encaladas perfectamente colocadas en su original entramado. Si a todo ello unimos unos versos de Federico, en planchas de cerámica incrustadas en las paredes del pasaje abierto a la naturaleza, ustedes me dirán si no hay que dirigirse a la menor oportunidad hasta estos bellísimos lugares granadinos.

614. Emociones invisibles

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Después del cálido invierno ha llegado una primavera de esas que llaman locas, porque sopla el viento, llueve y nieva en las alturas, lo cual no me parece locura ninguna, con la falta que hace el agua. Sin hacer caso del clima de estos días, el jardín y la casa se llenan de flores, o de promesas de floración, igualmente ilusionantes. Dentro de nada se abrirán los capullos del lirio amarillo, y florecerán las varas de la orquídea blanca, mientras las caléndulas brillan con su naranja dorado que alegra cualquier rincón y que despiertan y se abren en cuanto sienten los rayos de sol sobre sus hojas. Los diferentes geranios florecen incansables como una paleta multicolor, mientras los ramilletes de echeverías son un reclamo irresistible para los insectos polinizadores, entre las preciosas florecillas de las diversas suculentas. En conjunto, las plantas son como un tesoro, pero cada una de ellas son una joya única, con su propia historia y su devenir específico. No hay que nombrarlas ni llamarlas por su nombre, pero hay una química especial entre ellas y quien las cuida y se preocupa de que tiren adelante desde el primer momento, y duren los máximos años posibles a continuación. Imposible explicar la satisfacción que da coger unas hojas de laurel para algún guiso, o ver las flores del peral, después de un largo invierno sin hojas, cuando miras el fino tronco y las ramas, y te parece increíble que después se vista de verde y eche esos bonitos ramilletes de flores que, con suerte, se convertirán en frutos. Cualquiera que guste de la jardinería sabe que, cuando una planta se pierde, duele; al igual que cada brote es un regalo de la naturaleza que compensa con creces los cuidados, riegos, mantenimiento y todo tipo de esfuerzos que requiere mantener vivo y bonito un jardín.

Foto: Lola Fernández

Puertas adentro, las plantas de interior parecen embellecerse únicamente para nosotros, sin ningún interés en atraer insectos, y sin preocupación alguna por los fríos o el molesto viento. Siempre recordaré cuando se me ocurrió sacar fuera una dracena marginata que crecía con tal vehemencia que me hizo temer que no tendría sitio para seguir creciendo: parecía estar a gusto en su nueva ubicación, pero me bastaron unas semanas para comprobar que la cosa no andaba bien, que no había sido una buena idea, y aunque hace años que volví a meterla dentro, su crecimiento se frenó, y al mirarla se puede ver que sufrió y no se le ha olvidado. La verdad es que hay que ir aprendiendo sobre la marcha, y, aunque se tenga buena mano, no es nada fácil lo de la jardinería, pues sólo centrándonos en el riego, por ejemplo, es todo un mundo de aprendizaje en el que la teoría está muy bien, pero es en la práctica del día a día donde se aprende de verdad. Aparte del valor de unas plantas sanas y bellas, cómo ignorar el especial significado que algunas de ellas tienen para nosotros…; es el caso de la begonia grandis cuya imagen ilustra este artículo, que formaba parte del jardín de mi madre, y que ella tuvo especial interés en que yo me la quedara cuando faltara, junto con otras más que siguen vivas y preciosas. No sé describir mis sentimientos cuando la veo florecer, tan delicada y bonita, tan sana como cuando eran sus manos quienes la cuidaban, aunque seguro que si alguno de ustedes tienen plantas de sus padres, o incluso de sus abuelos, me entenderá perfectamente. Son esas emociones que nadie ve, porque son invisibles, y que se adhieren a unas flores, a una joya, a un libro, a un mueble, a una receta, y a tantas cosas que nos rodean, o no, y que nos recuerdan a los seres queridos que ya se fueron, pero que están vivos y eternos en nuestros corazones.

 

613. Mascarada

Por Lola Fernández.

Qué difícil y complejo es el mundo de los sentimientos y sus emociones, cómo cuesta explicar algunas conductas de los a veces mal llamados seres humanos, dado su grado de inhumanidad, cuánto pueden llegar a asustar ciertos comportamientos a todas luces crueles y desalmados. En qué balanza o péndulo se mueven el amor y el odio para que un padre sea capaz de asesinar fríamente y con alevosía a sus hijas de 4 y 2 años, sólo para matar indirectamente a la madre, en un caso más de esa violencia llamada vicaria, que es un modo como otro cualquiera de señalar un hecho monstruoso. Todo monstruo se esconde bajo una máscara para no provocar el espanto propio de su condición, pero cuando actúa se caen las caretas y cualquier persona que no sea igual se sobrecoge. Hay acciones que dan miedo incluso desde fuera y sin nada que ver, así que no me imagino cómo será convivir con este tipo de bestias. Qué nivel de egoísmo se puede llegar a acumular para que un niñato despreciable sea capaz de abandonar a su abuela a las puertas de un hospital, como quien deja un trasto viejo junto a los contenedores de basura y se aleja sin mirar atrás; igual se siente un ser sensible por haber elegido un hospital, comparado con otro caso que me viene a la mente en que el anciano fue abandonado por su familia en una gasolinera. No es normal tanto disparate, por mucho que cada vez sea más frecuente, y la desesperanza a veces es demasiado intensa con sólo una mínima implicación en estos tiempos que nos toca vivir.

Hasta qué punto puede extenderse la venganza para usar el hambre, y ahora también la sed, como arma de guerra, junto a los bombardeos y demás ataques bélicos; cuántos muertos necesita el odio para sentirse satisfecho y dejar las matanzas de gente indefensa. Contra cuántas personas han de abrir fuego los terroristas para consumar una masacre que les parezca adecuada a sus deseos de muerte inocente. No, no estamos locos, solamente estamos aterrorizados y espantados; los locos son ellos, los que no dudan en atentar y en dejar un reguero de sangre y destrucción tras de sí. Matanzas con todos los medios al alcance de unos perturbados fanáticos que en ocasiones usan trajes de camuflaje, pero otras veces esbozan sus mejores sonrisas de jóvenes chicas haciéndose selfies con un fondo de aniquilamiento. Puedes ver imágenes de estos dementes y parecerte gente normal y corriente, como si fueran al mercado a comprar en lugar de a provocar fieras barbaries que dejan una huella de muertos; o de supervivientes que, a lo peor, no tienen nada que comer, pero que empiezan de inmediato a alimentarse de odio y sed de revancha. Fusiles, ametralladoras, cañones, misiles, drones de combate, tanques, granadas de mano, ataques por tierra, mar y aire; me dan igual los medios y las fuerzas de operaciones, se les llame como se les llame, porque carecen de la principal fuerza, la de la razón: matar a los semejantes es siempre irracional, excepto acaso cuando no queda otro remedio. Pero no me creo en absoluto que no haya más alternativa que los atentados, las matanzas, las guerras; o el envenenar, quemar o matar a los hijos propios, cuando no directamente a sus madres; o el abandonar a los padres o abuelos, por ser un incordio insoportable para malnacidos. Miedo da pensar que, por desagradables que lleguen a ser algunas máscaras, más repulsiva es la realidad que se esconde bajo ellas, en esta farsa de encubrimiento y engaño.

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