478. El dorado de los membrillos

Foto: Lola Fernández

Estoy segura de que, entre ustedes, muchos recuerdan el acto de ir a comprar un sobre y un sello, sentarse en algún lugar para escribir la dirección y el remite, y correr al buzón más próximo para enviar una carta. Quién va a olvidar la alegría que se sentía al escuchar al cartero que llegaba y traía algo para ti, eso era la felicidad: abrir el sobre y anticipar lo escrito, que a veces llevaba en el lateral un atención, contiene fotos. Aquello ya prácticamente no existe, pues ahora en el buzón suele haber de todo excepto una misiva personal, y el cartero llama para que le abras la puerta del portal, o para subirte un certificado o un envío, pero nada que ver con la alegría de antaño. Hoy en día no necesitas ir al estanco para enviar al instante por móvil un mensaje escrito, o un audio, una o un montón de fotos; como tampoco has de ir a una cabina y esperar turno para llamar, pudiendo hablar en cualquier momento y en cualquier lugar, y todo ello viendo en la pantalla a con quien hablamos, mientras te ven a ti a la vez. No se puede negar que es un adelanto increíble, un salto cualitativo que a nuestros abuelos les puede hacer alucinar en colores. Pero es una comunicación absolutamente diferente. Y para ella contamos con muchas más herramientas, las mismas que de pequeña yo sólo pude imaginar, sin saber que algún día serían totalmente reales. Podemos enviar, aparte de mensajes, nuestra imagen en directo, canciones, fotos guardadas o tomadas en ese mismo momento; y, además, recibir respuesta igualmente inmediata. Es posible establecer conversaciones en directo, por llamarlo de alguna manera, o simplemente dejar mensajes y recibir respuesta más tarde, sin necesidad de estar los dos interlocutores conectados al mismo tiempo.

Foto: Lola Fernández

Aparte de todo ese mar de posibilidades, un simple móvil nos permite recibir las noticias casi al tiempo en que se desarrollan, pues pasarán algunos días para que los noticiarios de la televisión nos hablen de cosas que ya sabemos desde hace demasiado. Y esas noticias nos tendrán al tanto de la actualidad sin tener que ir a un kiosco y comprar un periódico o una revista. Tampoco necesitaremos de libros para leer las novedades en literatura, o los clásicos de toda la historia. La mejor música, nuestros temas preferidos, nos acompañarán a pasear, a comprar, a descansar, con simplemente ponerle al móvil unos auriculares y elegir la lista de temas que deseas escuchar. Es más, si tienes alguna duda sobre una música que suena, puedes descubrir de qué tema se trata y todos los detalles con sólo acercar el móvil con la aplicación adecuada. Estamos interrelacionados a través de las llamadas redes sociales, y de repente resulta que tenemos tropecientos amigos y amigas, vaya, que saben qué hacemos, por dónde viajamos, qué tomamos al salir, nuestros gustos en tantas y tantas cosas, que, a veces, saben más que nuestra familia, a no ser que esta esté también en dichas redes. Ya ven, un mundo casi mágico y lleno de poderes, que, sin embargo, no ha logrado en modo alguno que nos sintamos menos solos, o evitado que estemos incomunicados, o deprimidos. En estos tiempos de conexión casi total, los psicólogos nos dicen que no es nada extraño que las personas encuentren más soledad que nunca, y con una tristeza casi insalvable, entre tanta amistad más cuantitativa que cualitativa, con todo o casi todo al alcance de la mano, sin necesidad de hacer prácticamente nada, a no ser tener las aplicaciones adecuadas y saber manejar algo como un móvil. Y esto, puede que a los mayores les cueste más de entrada, que después ya se sabe que todo se aprende y nadie nace enseñado, pero hasta los bebés y las mascotas están tan familiarizados, que parecen dominarlos sin mayores problemas. Todo ha cambiado muchísimo sin habernos dado cuenta, eso es innegable, y hay cosas que antes eran cotidianas y se han esfumado en la nada sin apenas dejar rastro. Por eso hay que valorar y aferrarse a lo que sigue ahí, inmutable con el paso del tiempo, al menos por ahora. Seguimos contando con la sucesión de ciclos estacionales a lo largo del año, o con el simple dorado de los membrillos, un ejemplo que nos regala el persistente e imperturbable milagro de la vida en todo lo que no se ha llevado el progreso. Disfrutemos de todo aquello que persiste hoy exactamente igual que hace un puñado de siglos, y dejemos que nos sorprenda como lo hizo con nuestros antepasados desde su mismo origen.

477. Seguimos sin puente

Quienes me sigan a través de estos artículos, que llevo ya escribiendo para ustedes desde hace más de doce años, sabrán que no me gustan nada de nada los políticos, con alguna excepción, que sólo sirve para confirmar la regla. Seguro que es porque antes de fraile fui cocinera, porque pasé por ese mundo y le dediqué unos cuantos años de mi vida, de los que tengo tan mal recuerdo que no me gusta ni hablar de ellos. Pero hablando de excepciones, hoy haré una y les confesaré que terminé muy escarmentada de aquellos años en que entregué mi tiempo y mi trabajo a eso de la política, primero a nivel orgánico y después en el equipo de gobierno. Han pasado ya años y aún me parece increíble que haya tanta mentira, traición, envidia, deslealtad, desagradecimiento, un usar y tirar que da asco, un no reconocer tu esfuerzo y entrega, y una competitividad vergonzosa. Es un mundo en el que hay poca oferta y mucha demanda; en el que quienes entran ya no quieren salir, en el que los hay que quieren subir a base de pisar y de impedir que nadie más suba. De verdad, una puede haber entrado con toda la ilusión por trabajar por su ciudad, con una importante parcela de poder, y terminar absolutamente defraudada y teniendo muy claro que jamás repetiría semejante experiencia. Si al poco compañerismo entre colegas, le unes que estás rodeada, además, puf, por trabajadores que dicen aborrecer a los políticos, pero que juegan a ser como ellos y sueñan con serlo realmente, el panorama es ciertamente para ponerte los pelos de punta. Claro que hay quienes se salvan entre compañeros y demás trabajadores, por supuesto, pero mi experiencia fue que eran muy poquitos comparados con el resto. En fin, que no me gustan los políticos y la política con minúsculas, porque si es con mayúsculas, todo mi respeto para unos y otra.

Y en el caso del puente de Benamaurel, cuya destrucción por la gota fría ha afectado, tanto a dicha localidad, como a Baza, Castilléjar, Castril y Cortes, especialmente, la política ejercida para resolver el problema que incide tan negativamente en tanta población, ha sido menos que minúscula. Aquí además ha aparecido el juego de las distintas administraciones responsables, que a la postre se traduce en un pasarse la pelota de unos a otros, sin hacer nadie nada. A la ciudadanía le importa un bledo, francamente, si es la administración nacional, la local, la autonómica, la provincial o la que quiera ser, quien resuelva el marronazo que lleva padeciendo desde hace ya casi dos meses, sin que nadie haya hecho nada. Resulta que el Ejército podría haber levantado un puente provisional en unos diez días, pero no. Resulta que se podría haber adecentado un camino provisional para no dar la vuelta por Cúllar, pero no. Y la opción actual es una mala carretera que no sólo no está preparada para el tráfico actual, sino que es peligrosa por los muchos camiones, y a la que sólo se le ha hecho una limpieza de cunetas… De verdad, nos llamamos desarrollados, pero hay países tercermundistas que están más adelantados que nuestro norte granadino, el último de la fila por lo general. Resulta que la Junta se niega a hacer algo más que la reconstrucción del puente, lo que implica bastantes meses. De la carretera, que sería mala hasta en las zonas llamadas tercermundistas, no quiere saber nada, se ve que Granada pilla muy lejos de Sevilla, y aquí no hay playa en la que se bañen los políticos sevillanos. Y resulta que un camino alternativo es muy caro, y más si va a ser provisional. Pero lo curioso es que empezaron hablando de que había un millón de euros para el puente, y al final la adjudicación ha sido por un cuarto de millón menos… Y digo yo, ¿es que el sobrante no puede servir para resolver un problema de la ciudadanía, real y grave? A ver qué van a hacer entonces, porque si el dinero es mucho para los problemas, será igualmente mucho para nada, creo yo. El caso es que seguimos sin puente, y lo que te rondaré, morena.

476. Relatividades

Foto: Lola Fernández

Si algo se va aprendiendo conforme crecemos y vamos haciéndonos adultos, eso es a relativizar, a no quedarnos con lo absoluto o lo definitivo, que es tanto como decir a mantener posturas de flexibilidad, ejerciendo como seres inteligentes que nos llamamos. Puede parecer sencillo, pero hay a quien se le va la vida y al final no consigue logro tan importante; esencial a nivel personal e intrapersonal. Cuanto antes nos abracemos a las relatividades, más pronto dejaremos caer el lastre del peso de los totalitarismos. Porque nos evitaremos muchos sufrimientos y encontronazos, si somos capaces de entender que eso de que hay más que el negro y el blanco, es mucho más que una frase hecha. Y si del gris pasamos a toda la gama, visible e invisible, de colores, nada nos dará mayor capacidad de reflexionar y encarar la vida desde la tolerancia y la apertura de mente. Pues no es tan fácil avanzar y hacerlo con las herramientas cognitivas adecuadas. Cierto que cada quien tiene una capacidad mental otorgada genéticamente en el mismo momento de ser concebido, mucho antes de nacer. Pero igualmente es verdad que para algo nos sirve la educación y el medio en el que nos desenvolvemos; no obviando en modo alguno que, aparte del bagaje educacional y cultural que nos proporcionan, es también esencial la propia educación que nos damos a nosotros mismos. Ya no es sólo que nos enseñen, es estar abiertos a aprender, y no esperar a que las enseñanzas nos lleguen de fuera solamente, porque estamos más que capacitados para buscarlas personalmente.

Foto: Street Art

Relatividades, no quedarse en lo que a simple vista parezca, huir de las sentencias definitivas, encarar algo sabiendo que cabe nuestro punto de vista sólo como uno más entre muchos otros. Porque además el mantener una actitud flexible permite un enriquecimiento evidente: se abre la puerta a otras posturas, que no implica que hayamos de adoptarlas finalmente, pero que aportan variedad y riqueza a la hora de sopesar cualquier cosa antes de tomar decisiones. Porque la vida es un continuo elegir, un optar por una u otra posibilidad; y si nadamos en un mar de posibilidades, es más difícil ahogarnos que si nos aferramos a una única certeza. Es que, para más complejidad, nos movemos entre variables que son puros convencionalismos. Por ejemplo, imposible descartar algo como el tiempo y el espacio, pues es un continuo en el que vivimos, más allá de que no lleguemos a comprender qué son, excepto si contamos con cerebros privilegiados. Pero, por ejemplo, si nos quedamos con el concepto de tiempo: no cabe de ninguna manera en nuestros inventos para medirlo y, de algún modo, abarcarlo y entenderlo… ¿Qué sabe el tiempo de relojes, de siglos, décadas, lustros, años, días, horas, minutos, segundos, instantes, navidades, vacaciones, estaciones anuales, fin de año, etc.? Pero sin estos inventos no podríamos hablar siquiera de nada temporal. Es justamente lo que ocurre con tantas y tantas cosas, que existen y somos tan insignificantes que nos es casi imposible abarcarlas, aprehenderlas, saber exactamente qué son y cómo se desenvuelven. Y hablo no ya sólo de magnitudes físicas externas, o de químicas que facilitan la existencia misma. Es también todo lo concerniente, por ejemplo, al mundo de los sentimientos: ¿qué saben estos de nuestros conceptos de amor, amistad, odio, atracción, rechazo, y así hasta donde podamos imaginar? Relativicemos, pues, porque nos irá mucho mejor si comprendemos, mejor antes que después, que nada es forzosamente de una u otra manera absoluta. Que si nos movemos entre relatividades, seremos muchos más felices…, sin olvidar, por supuesto, que la felicidad absoluta no existe. Pero, ¿acaso no son maravillosas las pequeñas felicidades relativas?

475. Deterioros

Foto: Lola Fernández

En esto de los deterioros, del desgaste y del estropearse algo, se empieza por los simples desperfectos, y, si no se ataja, se acaba con la destrucción total. Podemos pensar en múltiples aspectos de la vida: de las macro y de las microeconomías; de las relaciones, sociales o personales; de los diferentes sectores que hacen que un país avance, etc. Más allá de lo personal, aunque incluyéndolo, hay una crisis generalizada. Crisis de principios. Crisis de valores. Crisis de cualquier aspecto en que quepa una crisis. Cuando todo va a peor, con independencia de los pasos encaminados a que mejore, sólo podemos constatar el estropicio. Se rompe todo, aunque uno no quiera, cuando no depende de ese uno. Y son tan pocas las ocasiones en que se puede decidir y controlar el curso de la vida, que no es difícil entender que vivamos una época en que la depresión hace acto de presencia, aunque no se la llame. Es un problema del que apenas se habla, pero la tristeza y la desesperanza se agarran imperceptiblemente a los seres humanos que se sienten desvalidos, y se cobran demasiadas víctimas. Es una desgracia que la alegría sea mucho menos frecuente y más ocasional que las penas nuestras de cada día. Pero de estas cosas no se hablan en los noticiarios, demasiado enfrascados con las campañas electorales permanentes, pues tal es el sino de los tiempos actuales. Se nos tiene entretenidos y a ver si cuela, que ya se sabe que pensar y tratar de ser alguien más esencial que un borrego al uso, eso está muy mal visto.

Foto: Lola Fernández

Deterioros, pueblos que se van despoblando, economías rurales que se van abandonando, y que desaparecerán si no se ponen medios para evitarlo, como van despareciendo los gorriones y las pequeñas aves de nuestras ciudades, como cada vez se ven menos abejas con su modélico sistema de trabajo y su imprescindible contribución a la polinización. Si un sabio como Einstein ya nos avisó de que será un desastre global la extinción de las abejas, no me quiero ni imaginar el futuro de este mundo deteriorado y en crisis. No escuchamos a los que nos avisan de los peligros, y no nos damos cuenta de que llegará un momento en que ya sea tarde. Por poner un ejemplo que contribuye al abandono creciente de campos y pueblos, la crisis del sector olivarero, de los más cruciales en España a nivel medioambiental, económico y social. Es evidente que entramos en la Europa comunitaria para sentir que nos arropa y cuida en las dificultades, pero es aún más evidente que Europa está en una situación aún más crítica. Para nada ayuda, para nada impide que los grandes inversores pasen de cumplir la ley de la oferta y la demanda, provocando una especulación que conlleva una bajada del precio del aceite insoportable para los trabajadores del sector. Es fácil colegir que si se pierde dinero con lo que se hace, uno va a dejar de hacerlo. Es imposible que nuestros olivareros aguanten que dichos grandes inversores compren en las almazaras para simplemente bajar artificialmente el precio del aceite. O que nuestra compañera europea Italia compre el aceite español a menos de dos euros el litro y lo venda como suyo a seis. Eso acaba con cualquier economía, sin necesidad de entender demasiado de sus parámetros; y no les digo nada si a ello se le suma el tema de los aranceles que la América de Trump quiere aplicar a nuestros productos, incluido el aceite de oliva. Es que si resulta más caro recoger la aceituna que empieza a colmar las ramas de nuestros olivos, es fácil que se acabe por no recogerla, y a otra cosa, mariposa. Ante esto, no se ve que España o Europa haga nada, a no ser aparentar que hacen algo, que en eso ya son maestras. Mientras, el deterioro avanza, y como no se le ponga remedio, pronto estaremos en un estado de ruina y de siniestro total, todo ello en un marco terrible de pueblos que empiezan a quedarse vacíos, en una España ayuna de principios, valores, metas y objetivos, de algo tan grande como es el bienestar general.

474. Nos merecemos algo mejor

Foto: Lola Fernández
Foto: Lola Fernández

Creo que estaremos de acuerdo en que como ciudadanía nos merecemos algo mejor. Con independencia de la ideología de cada quién, no es difícil concordar acerca de que no es de recibo estos tiempos que vivimos. Políticamente es casi demencial que estemos hablando de cuatro elecciones en cuatro años, máxime cuando nuestro país necesita urgentemente renovarse, reinventarse casi, después de una crisis económica brutal por sus consecuencias entre los más débiles de la sociedad, aún no recuperados. Es increíble comprobar la irresponsabilidad de los dirigentes políticos de los diferentes partidos, tanto como la de los poderes fácticos, aquellos que mueven los hilos del cotarro; porque tanto unos como otros están demostrando una incapacidad vergonzosa y una desvergüenza temeraria. Parecieran kamikazes de la historia presente, si no fuera porque ellos nos estrellan, pero sin ser suicidas. Al contrario, cuando hacen lo que están haciendo, es simple y llanamente porque les interesa; con independencia de los nefastos resultados a nivel político, social y económico. Parecemos ser invisibles para ellos, pero es más que evidente que mueven sus resortes apoyándose en nosotros, pues mal que les pese nos necesitan, aunque el desprecio hacia nuestras necesidades es escandaloso. ¿Para qué nos llaman a las urnas, si no hacen caso de lo que hablamos en ellas, sólo porque no es lo que esperaban escuchar? Esto no tiene ningún sentido, pero desde luego es absolutamente injusto y no podemos sino sentir que nos merecemos algo muchísimo mejor.

Foto: Lola Fernández

Se podría decir que todavía somos una planta viva con bellas flores, aunque empezamos a secarnos y, si nada cambia, podríamos ser irrecuperables. Sin embargo, son muy malos tiempos para la lírica, y no sólo para ella, sino para todo. Porque si las riendas de España se llevan provisionalmente y en modo en espera, no digamos nada de las interrelaciones sociales, de las realidades y sueños de la juventud, de la continua violencia de género que crece y asesina exponencialmente, del suicidio como salida para tanta desesperanza, de esas manadas que crecieron viendo pornografía y ahora juegan a protagonizar sus propias películas de violaciones y vejaciones en grupo, etcétera. Conocer la realidad nuestra de cada día es para estómagos fuertes que no sienten náuseas ante tanta noticia, a cuál más terrible. Mientras los que se supone deberían estar peleando por el bienestar social, se dedican a no hacer otra cosa que no  sea inventar mentiras y pronunciar promesas falsas, aquí en nuestra maltratada España se asesina a mujeres y a sus hijos, se suicidan con muchos más muertos al año que los resultantes de los accidentes de tráfico, se viola a las mujeres entre pandillas de asquerosos que se sienten hombres con ello, se pasa hambre y frío, se malvive sin futuro, se duerme en las calles con miedo a ser agredidos por quienes tienen techo y comida, y así podría seguir enunciando un inventario de horrores que sólo son los síntomas de una sociedad no ya sólo enferma, sino, además de todo, abandonada a su (mala) suerte, y sin visos de que alguien vaya a coger el timón y encauzar tanto desvarío. Así que ya me dirán si no nos merecemos algo mejor…

473. De puentes y estercoleros

Foto: Lola Fernández

Pasó la gota fría por nuestra provincia con resultados nefastos, dejando más de 70 localidades afectadas y necesitadas de ayuda económica para paliar los daños provocados por las aguas caídas del cielo en cantidades exageradas y en muy poco tiempo.  Desde luego, nada tan grave como la pérdida de una vida humana, y por desgracia tuvimos que incluir una de nuestra tierra en el cómputo general de las víctimas en nuestro país. Siempre son frías las estadísticas y los datos; porque nunca incluyen el miedo, el dolor, la desesperación, y todo lo malo que surge cuando la Naturaleza nos recuerda que no somos nada si demuestra su poderío. Y esta vez lo demostró de muy malas maneras y verdaderamente daba miedo. Los resultados están, muchos, a la vista de todos, y con consecuencias impensables unas horas antes de que ocurrieran los desastres; tal y como, por ejemplo, la destrucción del puente que permitía el acceso a Benamaurel. Parece increíble que de repente un pueblo, y varios más, de la comarca de Baza, se queden aislados y haya de dar un buen rodeo, por malas carreteras, para llegar hasta ellos. Ya se sabe que un puente no se hace de la noche a la mañana, y que no habrá una solución rápida, aun contando con dinero para ello.

Foto: Lola Fernández

Cuestión aparte es la de años que se lleva solicitando el arreglo de unas carreteras que no es que sean malas, sino lo siguiente: peores imposible. Pero la cosa es que no se hicieron caso a las demandas de las diferentes localidades afectadas por las malas comunicaciones, y ahora hay un problema, y grande. Una viaja por algunas provincias, como mismamente la de Jaén, que nos pilla a la vuelta de la esquina, como quien dice, y se extraña de las magníficas carreteras construidas para apenas tráfico. Y en unos pueblos como los de nuestra comarca, y la de Huéscar, con un tráfico diario muy abundante, es verdaderamente vergonzoso el estado de sus vías para la circulación y la intercomunicación. Lo del puente de Benamaurel no es en absoluto una complicación para sus habitantes, y pare usted de contar. Es un grave problema para toda la comarca. Hay bastetanos que trabajan allí, y benamaurelenses que lo hacen en Baza, y eso es una ida y una vuelta a diario. Pero es que son muchos más los pueblos que han de acceder a nuestra ciudad: para comprar, con las negativas consecuencias económicas para nuestro ya delicado comercio, si dejan de venir como antes; o, lo que es mucho más preocupante, para llegar al Hospital. En fin, que, desde luego, no debería dejarse solo al alcalde de Benamaurel, y la petición de prontas soluciones debiera ser una prioridad y una demanda unánimes de todos los representantes políticos de tantísima población afectada. Es algo que va mucho más allá de obtener los ayuntamientos unas partidas económicas para paliar los efectos más visibles.

Otra terrible consecuencia que nos dejó la gota fría es ver de repente inundados los campos y caminos por la muchísima basura que se deja abandonada en la Naturaleza. Se habla de que nuestros mares son auténticos basureros, de que comemos plástico en cantidades alarmantes, de que los desechos que nos rodean, y que nos sobrevivirán, nos van a terminar matando. Pero no es sólo en el mar donde se dan los problemas que en él provocan los vidrios, plásticos, latas, etc.; siendo un gravísimo atentado contra el medio ambiente y su fauna y flora, amén de contra el mismo ser humano, que es el culpable y responsable directo. No hay más que salir a pasear por los alrededores para ver desechos de todo tipo que nos van comiendo, y es desalentador comprobar que nadie hace nada. No se puede tirar la basura si no es a los contenedores; pero tampoco puede dejarse, cuando es más evidente que está por todas partes. No sé a quién le corresponderá, pero desde aquí ruego que se haga algo para que, por calles, caminos y campos, la basura no sea la desagradable protagonista principal. Queremos lugares limpios y bellos, no estercoleros; además de poder trasladarnos entre ellos sin necesidad de heroicidades y empeños dignos del medievo.

472. De regreso

Foto: Lola Fernández

Todo se acaba, pero no sólo lo bueno. Concluye lo malo, tanto como lo feo, porque es la vida misma la que se extingue poco a poco. Y si somos perecederos, me pregunto cómo no iban a serlo asimismo cualquier cualidad y rasgo que nos defina. Termina el verano, y de nuevo me encuentro escribiendo estos artículos de Por la Alameda, a través de los cuales me siento conectada con personas que me son invisibles y desconocidas; con las que seguramente me cruce por las calles de nuestra ciudad, con las que coincida en algún lugar sin saberlo. Es extraño, una le abre su corazón a ni se sabe quién, reflexionando sobre sus pensamientos y sentimientos, sensaciones incluso, más íntimos… Esas personas que me suelen leer, precisamente por eso me conocen bastante, a través de mis palabras, y, sin embargo, yo no sé nada de ellas. Curioso canal unilateral, donde no se da para nada un feed-back que te vaya enviando lo que van recibiendo, para saber si te entienden, o simplemente para conocer qué les suscita lo que escribo y leen.

Foto: Lola Fernández

Así que estoy de regreso, pero una no es nunca la misma cuando vuelve, aquí o a cualquier parte. Nos vamos, a descansar se supone, y ciertamente la escritura con el formato de unos textos semanales sobre la actualidad, social o personal, es algo que te va cansando, y te hace sentir que precisas descansar para volver con más ganas y sin tener la sensación, a veces, de que puedes repetirte. Y descansas, pero esto es como cuando te vas de vacaciones. Una se marcha y deja huérfanos su casa, sus plantas, sus asuntos domésticos; y esa orfandad te acompaña, se hace un sitio en tus maletas, se te cuela en los sueños. Podríamos decir que a veces te hace sentirte culpable por querer desconectar y olvidarte por un tiempo, más o menos largo, de la cotidianidad habitual. Es como si de repente comprendiéramos que no es posible escapar, ni siquiera transitoriamente, que llevamos todo, y más, con nosotros, aunque cerremos la puerta de casa y nos vayamos sin mirar atrás y con el propósito de no pensar en nada que no sea lo nuevo. Pero ay, no existe la novedad si no la contraponemos a lo permanente. Así que una cosa son nuestros propósitos, y otra muy diferente el curso de nuestros días, sea lejos, muy lejos, o lejísimos. No importa si nuestros ojos se llenan de paisajes desconocidos, y por nuestros oídos se cuelan idiomas que no dominamos; porque al final, en cuanto nos dormimos, se cuelan en nuestros sueños nuestras coordenadas habituales, y todo pasa a ser conocido y viejo, si se me permite la palabra. Y una concluye que no hay orfandad que valga, que nos llevamos siempre con nosotros los hijos que tuvimos, y los que no tuvimos, tan bien acompañada te sientes. Y hete aquí que, de repente, ves a un gato profundamente dormido, moviendo los ojos y bigotes como señal de que no se enteraría si llegara el fin del mundo, y te preguntas si estos animales tan únicos como los gatos, aunque con conductas tan similares entre sí, pueden desconectar tan de verdad como parece, y si eso es sólo debido a que realmente tienen siete vidas y no han de preocuparse por la futilidad de las cosas circundantes, ni por la insignificancia de nuestra existencia ante el dictado poderoso y tirano que a veces muestra la Naturaleza. No lo sé, la verdad, pero creo que sería todo mucho más fácil y relajado si en verdad, como dicen de los gatos, tuviéramos siete vidas…

471. La música de los días

Foto: Lola Fernández

Que somos capaces de lo mejor y de lo peor, es algo que ya sabemos desde que nos paramos a analizar las conductas humanas, sin necesidad de cursar Psicología, que es la ciencia que se encarga de su estudio. Basta echar un vistazo a las noticias nuestras de cada día, casi como una penitencia por nuestros pecados, más o menos originales, y lo mismo nos emocionamos ante la grandeza de ciertas personas, como lloramos al ver lo mala que puede llegar a ser alguna gente. A veces pienso que más nos valdría proceder de animales más nobles que de los monos, bastante salvajes en sus comportamientos cuando menos te lo esperas. No sé si todos albergamos dentro un poco de bestialidad no superada, por mucha evolución que el tiempo nos ha regalado. No ocultaré que me sorprende que algunos aún piensen que procedemos de un paraíso perdido por haber sido malos; pero bueno, tampoco es tan raro que se niegue la ciencia en mor de la fe. Cada quien es libre de encarar la vida como más le plazca, lo bueno es que nadie te puede obligar a ser un necio. Y en estas disertaciones me hallo tras haber tenido la osadía de enfrentarme a la prensa en esta mañana de domingo. Pienso que es una tarea para gente muy fuerte, o muy insensible, o amante de las emociones fuertes, o qué sé yo… Les juro que a veces desearía estar desinformada pero feliz, antes que con un terrible desasosiego y presta para comentar la actualidad con conocimiento de causa. Porque hay veces en que una quisiera escapar de tanta cosa fea como nos rodea: maltrato para con los más débiles; cobardes crímenes impunes; necesidades insalvables para algunos, mientras otros no saben en qué derrochar, y etc…, que no me apetece ponerme mala. No sé cómo es posible que nos diéramos una sociedad para protegernos, y haya tantísima víctima de ella y en ella. Cómo pudimos inventar un poder judicial que comete tantísimas injusticias. Cómo tenemos lo que no nos merecemos; ¿o será que realmente tenemos lo que verdaderamente merecemos, y todo lo demás son pamplinas?

Foto: Lola Fernández

De qué sirve protestar, si nadie hace caso nunca. Para qué quejarse, si hasta resulta que eso se considera de mala educación. Por qué preocuparse siquiera de nada, con lo bien que se está mirando el paisaje natural, que ese sí que suele ser bonito y reconfortante. En qué encontramos consuelo los humanos para tanto dolor, eso quisiera saber en algunas ocasiones; las mismas en que olvido que cada uno es un mundo aparte, que no por llamarnos sociales lo somos, que no es raro que seamos depredadores los unos para los otros, cada quien a su mal estilo. Lo cierto es que unos se refugian en las religiones y hacen de las oraciones su bálsamo, mientras otros prefieren las artes y buscan en la belleza cura para sus males; por no hablar de quienes simplemente pasan de todo, y andan por la vida como quien silba y disimula. Quién sigue el camino correcto, es algo que nunca podremos saber; y si tenemos alguna certeza, esa es que todos dejaremos este mundo un día cualquiera, permítanme decirlo con eufemismo, que es una preciosa mañana de domingo y no quiero vestirla de negro. Todos nos iremos, tal y como todos llegamos, sin que nadie nos pidiera permiso ni opinión. Ese es nuestro sino, y bienaventurados los que lo abracen sin mayores problemas y sin demasiadas preguntas. Y es que cuando no hay respuestas, para qué preguntar. Mejor vivamos, que son cuatro días, o cinco, o seis, pero no muchos más. Tomemos de la vida lo bello que nos regala, si es que somos capaces de verlo y saber aprehenderlo. Y escuchemos los sonidos del curso del tiempo, o los del silencio si estamos sordos para la vida. Mejor sentir la música de los días, que escuchar su llanto.

 

PD: ¡Feliz verano y hasta después de la Feria!

470. Dando el cante

Foto: Lola Fernández

Hay cosas de esta mi Baza que me duelen, porque no las comprendo, porque son algo absurdas, y, sobre todo, porque son muy fáciles de solucionar; sin necesidad de que nadie llame la atención sobre ellas, por la sencilla razón de que por sí mismas se hacen notar suficientemente. A ver, si nos acercamos al Parque de la Constitución, hay una parte de él que contiene unos elementos urbanos expresamente colocados allí para dar sombra, y que por desgracia sólo dan el cante. Creo recordar que este lugar fue inaugurado hace más de ocho años ya, con una inversión de cuatro millones de euros, lo cual implicaba una profunda transformación urbana en este lugar de nuestra ciudad. Se quitaron muchos árboles que propiciaban sombra, muy necesaria en los meses de asfixiante calor, y se sustituyeron por otros, que, al eliminar barreras para sus raíces, han crecido deprisa y cumpliendo con creces con su principal misión de proporcionar fresquito contra el insoportable calor. Otra cosa es su ubicación, porque es un poco desolador ver tanto banco para sentarse sin apenas sombra. Pero el lugar al que me refiero no consta de arboleda ninguna, aunque se nos vendió que los parasoles metálicos allí colocados proporcionarían una importante zona umbría, con estupendos bancos para descansar sin miedo a coger una insolación. Ni qué decir que en esos bancos, espaciosos y bonitos, no se sienta nadie cuando suben las temperaturas.

Foto: Lola Fernández

Por supuesto que unas pérgolas tradicionales hubieran sido mucho más económicas que estos elementos metálicos a modo de sombrillas. Sombrillas que llevan aparejadas unas jardineras a sus pies, igualmente caras y más si no sirven para nada. Sé que hay magníficos jardineros para embellecer nuestros parques y plazas, y estoy segura de que no tienen ellos ninguna culpa de que las plantas elegidas se hayan quedado en un aborto de trepar, tapizar y proporcionar la sombra deseada y prometida. Porque no me cabe duda alguna de que deben de conocer muchas trepadoras rápidas y efectivas. Entonces no sé cuál será el problema, para acercarnos ya a la década en este rincón que, si no fuera porque es mejor reír, nos haría llorar. Por la ineptitud de no sé quién, y por la oportunidad perdida, amén del dinero tirado y el desperdicio de una zona bastante grande de dicho parque, el mismo que más de una vez me ha traído a la mente aquella canción que decía hay un parque aquí en mi barrio, que esto no es parque ni es ná… ¿De verdad es imposible arrancar las plantas de esas jardineras, visto lo visto de que no cumplen con su función de dar sombra; cambiar la tierra, por si el problema está en ella; y colocar plantas trepadoras que trepen de verdad? Hay rosales trepadores, jazmines, clematis, pasifloras, madreselvas, buganvillas, glicinias, hiedra, lúpulo, y un larguísimo etcétera que sirven como enredaderas para sombrear. Todo menos la tristeza vegetal que hoy podemos contemplar, que estaría bien en cualquier otra zona, como adorno, pero que, después de tantos años, está muy claro que no tiene la menor intención de subir a los soportes que esperan allí arriba dejando pasar el calor, y sin más sombra que unas líneas en el suelo que no son ni mucho menos lo que se espera de ellos.

469. Espíritus decadentes

No sé qué tienen estos tiempos, pero creo que la decadencia es una nota muy significativa para describirlos. Tenemos una Europa que parece más desconcertada que otra cosa; un país que parece no saber muy bien qué quiere; autonomías que igual siguen un curso que el contrario, tan poco claras están las cosas, etc. Hay gente que es apática hasta para votar, cuando es su mayor poder; personas que viven al margen de todo y no parece que les vaya tan mal, mientras otras están tan integradas y son desgraciadas sin más… Es difícil analizar el estado de las diferentes cuestiones, especialmente porque tal análisis es uno u otro antagónico en función del cristal con que se miren los distintos temas. La ciudadanía a veces está muy indiferente, pero otras tantas ocasiones muestra un grado de implicación máximo. Así las cosas, mejor vivir sin tanto comerse el coco, porque lo que haya de ser, será. Y no es resignación, sino instinto de supervivencia, muy necesario si no queremos que lo ajeno nos amargue…

Instinto de supervivencia es lo que parece faltarles a quienes han hecho colas de hasta doscientas personas para pisar la cumbre del Everest. Y claro, el resultado es un número de muertes tan absurdo que dan ganas, más que de llorar, de insultar a quien permite que esto suceda. Esto ya no es decadencia de espíritu, sino ausencia total de esa vocación aventurera que, desde que tenemos memoria de especie, el hombre ha tenido siempre, lo cual le ha permitido abrir caminos. Es muy absurdo pagar millones para que te lleven a la antesala del techo del mundo y hacerte una foto que certifique tu idiotez supina. Dónde estarán el logro, la superación, el objetivo cumplido… Es sólo un pasatiempo de ricos, que dejan la montaña llena de basura; a lo que hemos de unir la ambición de gobiernos corruptos que ni siquiera dedican parte de los muchos ingresos recibidos a limpiar la porquería que los niñatos que juegan a ser escaladores van dejando tras de sí. Es demencial, pero un signo más de la decadencia actual. Ciertamente que lo mejor es no sufrir por la imbecilidad ajena, que ya tenemos bastante con lo que nos rodea. No puedo comprender que nos estemos cargando el planeta y no se haga nada, a no ser decir tonterías como, por poner un solo ejemplo, que, si desaparecen las abejas, la polinización puede ser llevada a cabo con microdrones. Está muy bien buscar soluciones para problemas sobrevenidos e inevitables, pero decir idioteces sin poner remedio a los grandes males, eso ya me parece inconcebible. Pero bueno, hay que saber entender que todo ello es propio de la desolación del tiempo que vivimos, más para espíritus decrépitos que para actitudes de cambiar lo caduco por energías positivas que nos permitan avanzar, más que ir para atrás. Somos responsables de nuestros actos, no de la tontería de los demás, lo que es sin duda un gran alivio, porque nos permite seguir sin tener que acarrear con cargas que no nos corresponden.

Utilizamos cookies propias y de terceros. Si continuas navegando, entendemos que aceptas su uso. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar