534. Una especie de resurrección

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Si te gusta reflexionar sobre las cosas y no dejar que las vivencias pasen sobre ti, y a través tuyo, como aire que mueve desde las ramas de los árboles hasta tu pelo, te encontrarás a veces con descubrimientos que pueden ser básicos en sí mismos, pero que de repente son como avistar tierra tras largas horas navegando en alta mar. Como la oportunidad de detenerte en ellos cual un puerto por el que pasear antes de seguir viaje; que ya se sabe que pensar es ir de aquí para allá, sin rumbo fijo, y desconociendo la mayoría de las veces en dónde te detendrás, adonde llegarás y dirás aquí me quedo; y te quedarás, aunque solo sea por un ratito, pero suficiente para ver cosas que nunca ante las miraste con esa nueva mirada, aunque ellas estuvieran ahí iguales siempre. De repente llegué a una conclusión: la vida está llena de muertos, y sentí la necesidad de detenerme, como si me sentara virtualmente a descansar en mitad de un largo paseo. La vida está llena de muertos, sí, no de muertes; y más conforme nos vamos haciendo viejos, que eso es vivir si nada se trunca: nacer, crecer, y llegar a viejos. Porque nuestros recuerdos son lo contrario que la vida, pues están llenos de vivos. Pero ay, recordar es un momento, y vivir es otra realidad muy distinta. Dicen, y parece cierto, que conforme vamos cumpliendo años, es más el tiempo que se recuerda que el que nos queda por vivir; así que poco a poco, igual que la vida se nos llena de muertos, los recuerdos nos regalan una especie de resurrección.

Foto: Lola Fernández

La vida está llena de muertos, y es una verdad absoluta que se nos reafirma, entre otros muchos casos, al pasar por los lugares en donde se estuvo con quien ya no te podrá acompañar nunca más. Pasé la otra mañana por el precioso parque de Huéscar, recién acabadas las obras de restauración, que han ido haciendo por partes, y que al final lo han dejado presto para disfrutarlo otro montón de años. Le tengo mucho amor a ese lugar, porque mi madre me contaba que recién casada con mi padre, estuvieron allí de paseo; y porque después he estado con ellos bastantes veces, deleitándonos con su belleza. Y la otra mañana llegué, paseando por sus remozados caminos, hasta una preciosa fuente de piedra, de las dos iguales que hay en un extremo del parque, en diferentes glorietas, alejadas entre sí, pero enfrente una de la otra, como hermanas separadas. Y allí estaba la fuente, sola, entre el quedo bullicio de la mañana, con bancos nuevos de mármol blanco. Completamente sola, como yo mirándola, y recordando una foto que acabo de poner frente a mí en su marco: en ella, mis padres y yo, sonriendo los tres; ellos sentados en la piedra, yo con un pie sobre el borde, juntos los tres con un fondo vegetal de sol y sombra. Una fotografía llena de vida y que captura un instante de mis recuerdos. No me pude resistir y, más allá de mi tristeza, hice una foto de la fuente, la misma que hoy acompaña estas palabras. En ella, la vida se llena de muertos, los que más me duelen, sin duda; y voy de inmediato a la de hace unos años, y en ella me quedo, con la alegría de mis recuerdos. Dicen que nuestros seres queridos siguen vivos mientras los recordamos y los queremos, y así es. Perdón si hoy les hablé de la muerte, porque es un tema que a muchos no les gusta nada de nada; pero sin ella no hay vida, como antónimos que se necesitaran. Sé que me podrán disculpar.

533. El tiempo de la piedra

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Me parece increíble, pero hace poco más de un año lo veía todo negro y de muy difícil solución. No sé en qué ola estábamos, pero pasaron varias hasta llegar a cinco, y las cifras de infectados y de fallecidos por la Covid 19 no dejaban de crecer, como en una pesadilla de la que fuera imposible escapar. Reconozco que dudaba de que llegara una vacuna eficaz tan pronto, pero llegó; y entonces lo que me es difícil de creer es que haya seres tan ni sé cómo llamarlos que no se vacunen, que a estas alturas en que se discute científicamente la oportunidad de una tercera dosis y para qué colectivos, ellos aún no se hayan puesto la primera. Lo repito: de qué sirve toda una evolución de cientos y miles de siglos, si a la postre estamos rodeados de idiotas… Y lo peor no es su inferioridad mental, que después de todo les pertenece, sino su falta de generosidad para con el resto del grupo, y su irresponsabilidad. Una lee la cantidad de muertes que provocaba la viruela, por poner un ejemplo, hasta que fue erradicada con la vacunación, y se le hace imposible creer que haya quien no corra a vacunarse en medio de esta terrible pandemia que ha resultado por ahora en casi cinco millones de muertos a nivel mundial, más de 86.000 en España. Cierto es que somos mortales y de algo hay de morir, pero se me antoja un desprecio absoluto a la vida no protegerla.

Foto: Lola Fernández

El caso es que se empieza a ver la luz, y por primera vez confío, desde hace muchos y muchos meses, en que todo puede volver a ser como antes de esta pandemia, medianamente igual, porque hay cosas que nunca volverán a parecerse ni siquiera un poquito. Las pérdidas en seres amados, en personas abandonadas, en cosas aprendidas con horror, esas serán absolutamente irrecuperables. La gente que murió infectada y sola, los ancianos y ancianas que fueron abandonados a su mala suerte, la falta de empatía y de sensibilidad en proporciones excesivas, eso no puede olvidarse ni queriendo. Ver que la sanidad pública estaba siendo saqueada y todos lo padecimos; comprobar que nada se hizo para resolverlo cuando pasó lo peor; descubrir que hay tanto gilipollas que antepone una juerga a la prevención de riesgos comunes; todas esas cosas, y muchas más que no voy a traer aquí porque me ponen de muy mal humor, me hacen sentir que mi alegría a día de hoy no puede verse ensombrecida por tanta imbecilidad ajena. Una no es culpable por lo que hagan mal los demás, así que con tal de poner distancia, todo perfecto.

En esto que estuve el otro día por uno de mis rincones favoritos del centro de Granada, el Real Monasterio de San Jerónimo. Se accede por dos calles diferentes, muy céntricas ambas, y lo que más me gusta es su exterior, unos jardines absolutamente tranquilos, casi siempre desiertos, con verde y piedra que habla del paso del tiempo sin importar lo más mínimo el bullicio exterior. Estamos en pleno centro de la ciudad, y se respira silencio y tranquilidad, con dos puertas que en cuanto se cierran conforman una barrera imaginaria a todo lo que no sea paz y quietud. Así quisiera yo poder vivir, sin estar aislada, pero como en un remanso a salvo de todo lo que no es importante en modo alguno, por mucho ruido que produzca. No sé si podré conseguirlo, pero les juro que es mi mayor aspiración: vivir a salvo de todo lo que disturbe la vida, dejando que solamente transcurra por mí el tiempo de la piedra, que es tanto como aspirar a la eternidad.

532. Aquí está el otoño

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Canta Santiago Auserón, en A cara o cruz, con su profundidad habitual: Nunca se puede saber lo que va a ocurrir mañana, salvo que al fin de semana sigue un lunes otra vez… y es así, para qué engañarse. Por eso se dice que el hombre propone y Dios dispone, como una asunción de que será lo que haya de ser, no lo que nosotros, pobres humanos, queramos. Somos individualidades pensantes que decidimos, que actuamos en el sentido de nuestras decisiones, que interactuamos con los demás; los demás, que a veces nos gustan, y otras nos disgustan. Por mucho reflexionar, en ocasiones la vida nos deja muy claro que es bastante elemental todo, por lo que lo más inteligente sea tal vez dejarnos llevar. Como se deja llevar la vida misma, a través del tiempo y de sus estaciones. Después del verano y antes del invierno, aquí está el otoño, entre equinoccio y solsticio; y es tan poético y hermoso como sus tan inestables colores. Todas las estaciones anuales son cambiantes, pero la otoñal es especialmente mudable, y sus variaciones se evidencian en colores y tonalidades diferentes, componiendo una sinfonía cromática que difícilmente nos deja indiferentes.

Foto: Lola Fernández

Y si los colores del otoño componen una muy cálida paleta, tal vez para compensarnos por la pérdida del verano y la certeza de que no muy lejos nos aguarda el frío invierno, qué decir de sus frutas y frutos. El campo y las huertas son especialmente atractivos; pero si no se puede una escapar a ellos, siempre quedan los mercados y sus puestos, ofreciéndonos los productos otoñales: las manzanas, las uvas, las granadas, los membrillos, los higos, las mandarinas, las calabazas, las berenjenas… Mmmmm, olores, colores, sabores, otra vez un festín para los sentidos; aunque durante todo el año, la naturaleza es generosa y nos propicia placer del mejor. Incluso es una oportunidad para olvidarnos por completo de los asuntos cotidianos, esos que nos hacen infelices, generalmente por motivos ajenos a nuestra propia existencia. Hay demasiados elementos de recreo como para perder demasiado tiempo en cosas que escapan a nuestro control y que distorsionan la armonía precisa para avanzar con bienestar. Es mucho más recomendable dar un paseo que oxigene nuestros pulmones y fortalezca los corazones, que asistir a la dinámica de desencuentro de quienes han de gobernarnos y hacer que nuestras vidas mejoren, con ese lenguaje sin diálogo, como no sea el de los besugos. Disfrutemos pues de los días, que uno tras otro dibujan la vida, esa que en un instante se acaba sin avisar; y hagámoslo de una manera sana y equilibrada, porque todo redunda en nuestra salud, física y mental; y ya sabemos a estas edades, que lo más esencial, sin lo que nada importa, es precisamente la salud. Tiempo de soltar lastres, de cambios y transformaciones, de no mirar atrás, ni siquiera adelante; tiempo de saborear que no hace el sofocante calor estival, y que aún no hemos de abrigarnos para no enfriarnos. Tiempo de entretiempo, como un puente, como una mano tendida, como un vínculo. Otoño, como un sendero sin dificultades, una estación suave que nos abraza y nos ahuyenta las penas; tiempo de estar al aire libre y de relacionarse. Una buena ocasión para la alegría, así que no se nos ocurra desperdiciarla: la vida que se pierde no regresa jamás, por mucho que después lo lamentemos.

531. Si me dan a elegir

Por Lola Fernández

Si realmente amas la naturaleza, encontrarás belleza en todas partes.  Vincent Van Gogh

No ganamos para sobrecogimientos: pandemia, terremotos, erupciones volcánicas… Por mucho que nos sintamos los amos del mundo, la Naturaleza nos pone en nuestro justo lugar a cada momento en que dice de manifestar su inmenso poder, siempre a salvo del control humano. Mi corazón está ahora con la Isla Bonita, La Palma, que está sufriendo como todos sabemos. Con el plus añadido de desconocer cuándo acabará la pesadilla que está viviendo desde hace unos días. Los científicos expertos hablan de meses, lo que es sencillamente una multiplicación de tal tragedia. Me pongo en el lugar de los isleños víctimas de la aparición del nuevo volcán activo, con apenas unas horas para recoger algunos pocos enseres de sus casas antes de ser devoradas por las lenguas de lava ardiente, y no puedo ni siquiera pensar qué haría yo en un caso tal; creo que prefiero no hacerlo, porque es demasiado fuerte. Puede parecer ciertamente un espectáculo natural maravilloso, de una belleza sin igual, pero para quienes pierden todo, excepto la vida, es solo una pesadilla, un infierno en la tierra; que aflora fuera para engullir sus sueños y llenarles de humos, gases y cenizas sus perspectivas de futuro. A lo que hay que añadir la presencia de los buitres humanos que no dudan en especular y enriquecerse aprovechándose de tan funesta realidad.

Foto: Lola Fernández

Dónde queda la solidaridad entre iguales; cómo no se dan cuenta de que lo que hoy les pasa a algunos, en otra ocasión puede sucederles a ellos. No concibo que las personas puedan ser tan malas, porque eso es pura maldad; pero resulta que lo inconcebible es la cruda y dura realidad, para qué vamos a engañarnos.

Así que no puedo sino renegar de estas conductas humanas tan inhumanas, tan carentes de piedad ante la inesperada desesperación de quienes vivían bien, y hoy no saben cómo sobrevivir. Es verdad que lo más importante es seguir vivos, pero qué triste ver que no es tan solo el volcán el que les hace daño. Un futuro incierto es más llevadero con un presente en el que te sientes acompañado en la desgracia; y es insoportable cuando el sentimiento es el contrario. Si me dan a elegir, tengo muy claro que me quedo con la Naturaleza antes que con la gente que se olvida de ayudarse en las dificultades y adversidades. Por supuesto que ella puede ser un enemigo implacable, pero nunca es voluntario. Las leyes naturales no saben de damnificados ni de perjuicios, no sacan provecho de sus consecuencias, sean buenas o malas para los seres vivos. Es verdad que amando la vida natural vas a sentirte rodeado de una belleza incomparable que brilla por su ausencia en unas relaciones sociales que olvidan con demasiada y excesiva frecuencia el concepto de grupo. He visto cómo animales que llamamos irracionales se ayudan entre sí sin necesidad siquiera de conocerse, mientras que esta sociedad nuestra da muestras de ser muy poco generosa y racional. Puede que una flor no dé muestras de poseer facultad de pensamiento alguna; sin embargo, si me dan a elegir, me quedo con ella.

530. Como una promesa de verano

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

En estos días postreros de primavera he retomado el caminar por las afueras, por esos campos que tanto me enamoran y que me quitan preocupaciones o penas. Siempre he valorado las pequeñas cosas, pero en este segundo año de pandemia, es casi lo más importante. Voy andando y los árboles se asoman a las orillas del camino, con sus nuevos frutos, aún inmaduros, casi como una promesa de verano. Aquí el olor de la higuera, maravillosa fragancia, con sus pequeños y verdes higos; allí el nogal, con sus preciosos frutos inmaduros, prestos a toda una metamorfosis; enseguida los granados con su renovado y fresco verdor, cuajaditos de flores e incipientes frutos. Andar sin detenerse es muy difícil, porque la naturaleza es, siempre, pero ahora incluso más, un espectáculo de una belleza indescriptible: no hay palabras para expresar la embriaguez de tanto y de tantas maneras. Manzanas, peras, membrillos, ciruelas, racimos de uvas como esbozos de prontas realidades que cuelgan de las parras o se asoman por encima de los muros…; se diría que el campo es una huerta, y los dioses fueran campesinos.

Foto: Lola Fernández

Recuerdo los versos del poeta, se hace camino al andar, y sigo adelante, sin prisas, pero sin pausa. La brisa mueve las ramas, y esparce los olores, que son un perfume ancestral de tierra y agua; no se necesita mucho más para sentirse feliz, especial y única, ante tanto regalo. Y de repente llego hasta una sencilla y asilvestrada planta que me trae la infancia directamente, hasta verme sentada junto a ella siendo una niña. Tiene muchos nombres: mirabilis jalapa, pero comúnmente se la llama dompedro, o dondiego de noche. No se la suele ver mucho en los jardines, porque se reproduce demasiado y se la considera invasiva; pero me parece fascinante, y no es raro verla en las riberas de los caminos. A mis ojos, desde siempre, me parece algo mágico que, en la misma planta, las flores tengan distintos y variados colores; e incluso una misma flor pueda ser multicolor, a la vez, o ir cambiando poco a poco, del amarillo al rosa oscuro, por ejemplo. Pero lo que más me gustaba de pequeña era jugar con sus flores con forma de trompetas, que yo transformaba en paracaídas de colores dándoles la vuelta y haciéndolas girar, colgadas de los hilos de sus estambres. Adoro el perfume de esta planta, que en América llaman maravilla, y me fascina igualmente que sus flores se abran cuando se va el sol, y permanezcan así hasta el amanecer, o también durante el día si está nublado. Hoy domingo nos acostaremos primaverales y de madrugada llegará el verano, con ganas de desplegar todos sus encantos; y en los campos estarán los dompedros para recibirlo como se merece, con aromas y colores de pétalos… ¡No se me ocurre mejor bienvenida!

 

P.D. Feliz verano de espumas y brisa, de flores y frutas, de sol y risas. Nos vemos cuando llegue el otoño…

529. Hasta cuándo

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

La definición de terror nos remite a miedo muy intenso que se vive como una perturbación angustiosa ante un riesgo, real o imaginario. A su vez, el machismo se entiende como una ideología que incluye actitudes, conductas, creencias y prácticas sociales a favor de la superioridad del hombre sobre la mujer. Así que, si los términos terror y machista ya asustan, juntos son para temblar y conmocionarse. Hay temas que duelen tanto que cuesta hasta escribir sobre ellos, pero cómo no hacerlo sin sentir que es una vergonzosa dejación. Me siento en la necesidad de no mirar a otro lado, de no querer desconectar, de reflexionar sin perder la tranquilidad; porque esa es otra: hay cosas que indignan tanto, que no es fácil mantener la compostura. No voy a dar datos, porque la estadística es tan fría como la indiferencia, esa que es la norma, año tras año, ante los resultados del terror machista, totalmente real y nada imaginario. Para empezar, una indiferencia judicial, que cuando se trata de juzgar a mujeres se convierte en fijación. Ejemplo: Juana Rivas, que ya cumple prisión, y a la que le deseo un inmediato indulto. Que cumple prisión por huir con sus hijos ante el terror de que un padre maltratador hiciera con ellos lo mismo que José Bretón, o Tomás Gimeno, y tantos más que, ejecutando una violencia vicaria, asesinan fríamente a sus hijos, para que la madre sufra de por vida. Que una madre que tenga pánico y no quiera entregar los hijos a un maltratador acabe en la cárcel, es complicidad con el maltrato machista, ni más ni menos. No mató a sus hijos, sólo los protegió, y se la envía a la cárcel. Si eso es justicia y solidaridad feminista, qué será injusticia, por favor.

Foto: Lola Fernández

Estas sentencias, y tantas y tantas otras que culpabilizan a las víctimas de la violencia machista, siempre en descargo de los culpables, son sencillamente complicidad. Complicidad judicial y social, incluyendo por desgracia muchas veces a mujeres, que eso es absolutamente incongruente, y no voy a detenerme siquiera a explicar por qué. Las criminales no son las mujeres que se defienden y tratan de defender, desesperadas, a sus hijos; sino los machistas desgraciados que hacen desgraciadas a las mujeres que se cruzan en sus vidas, y cuentan con todo un sistema judicial y social a favor, dándoles alas. Cómo puede permitirse en un sistema democrático, en un Estado de Derecho, que existan grupos parlamentarios que nieguen la violencia de género, la violencia machista, que boicoteen incluso algo tan simbólico como es un minuto de silencio a favor de las víctimas; mientras tratan de amedrentar, institucionalmente, oigan, a quienes dedican su profesión a ayudar a las mujeres maltratadas, física y psíquicamente; porque a las muertas, muchas veces después de no hacerles ni caso cuando han pedido ayuda desesperadamente, a ellas ya no se les puede ayudar. Cómo es posible que a un tipo que ha sido acusado de abuso de poder para acosar sexualmente a muchas mujeres, que lo han denunciado públicamente, y él reconocido que ha sido así, cómo es posible que todo se quede en un pedir perdón, y que un público entregado y en pie le regale ocho minutos de aplausos en su regreso a los escenarios. Da igual si es Plácido Domingo o quien sea; hechos así no pueden quedar sin castigo, y que baste un lo siento. Cómplice ese público de todos sus años de abusos, y cada aplauso es una bofetada en la cara de las víctimas de ellos. No sé, no me quiero indignar más de lo que ya me siento, porque no es un estado pasajero. Estas cosas provocan un sentimiento de terror, un miedo y una impotencia ante un machismo que no solamente anida en la mente desquiciada de estos criminales que no están locos en absoluto, solo trastornados por un odio a la mujer, que esta sociedad no hace nada por desterrarlo para siempre jamás. Unos son los cómplices, y otros somos los aterrorizados; y me pregunto que hasta cuándo.

528. Duelos

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Se conceptúa el duelo como respuesta emocional ante una pérdida, y lo más sencillo y directo es equipararlo al dolor: un duelo, duele. No se me ocurre peor duelo que el luto, porque la muerte es la única pérdida definitiva, o al menos la más definitiva. Se van nuestros seres queridos, y sólo nos queda el recuerdo, la memoria; pero, en un primer momento, ellos, recuerdos y memoria, nos duelen más todavía, siendo necesario evitar pensar siquiera. Si algo nos ayuda a aprender qué es la eternidad, eso es la muerte cercana y que nos hiere directamente, a veces tiñendo nuestra existencia de muerte en vida. Pero ay, es del aprendizaje que nos sobra: hay cosas que no quisiéramos haber aprendido, que no queremos aprender. Porque nunca jamás se revierte la pérdida que nos hunde en el duelo, y, peor aún, en el luto. Sin embargo, hay muchas más pérdidas que las que ocasiona la muerte. Se pierde a nuestros ojos la belleza de un paisaje, de un lugar; se quedan nuestros sentidos todos sin unas sensaciones que los embriagaban; desaparece el placer cerebral de unas emociones directamente nacidas del corazón, como una fuente de placer que inundaba nuestros días. Se podría decir que la vida es duelo, porque todo lo que nos hace felices se va quedando en el camino.

Foto: Lola Fernández

Decimos siempre que solo se vive una vez…, pero me encuentro con una viñeta de Snoopy, y su autor, a través de su personaje, esboza una interesante idea: lo que ocurre es que solo se muere una vez, porque vivir, lo que se dice vivir, es algo que hacemos todos los días. Es verdad, cada nuevo día es una oportunidad para espantar dolores y duelos, y dedicarnos, conscientes o inconscientes, a la maravillosa tarea de vivir. Y eso es lo que debiera ocuparnos, reinventar la vida cada nuevo despertar, y dejarnos de tristezas y penas. Lo irremediable no tiene solución. No se puede una dejar vencer por bucles de pérdidas para siempre. Ese concepto, siempre, es bastante malévolo, y araña por dentro. Porque resulta que lo bueno y bonito, nunca es para siempre; pero lo malo, ay… Así que menos conceptos, menos ideas, menos elucubraciones. A veces es preferible dejarse de pensamientos profundos y reflexiones, y dejarse arrastrar por la vida, como si fuera un río y la corriente nos llevara sin tener que cansarnos en nadar; y mucho menos, contracorriente.  Porque si la vida es duelo, que lo es, por algo tan simple y elemental como que cada día vivido es un día menos que nos queda por vivir, mejor olvidarnos de eso. Ahora que empieza a hacer calor, vamos a bañarnos en un río, o en el mar, y no pensemos en nada que no sea gratificante. Si total, son cuatro días…

527. Aquellas palmas olvidadas

Por Lola Fernández. 

Cuando empezó la pandemia y con el toque de alarma nos tocó quedarnos encerrados en casa, muchos analistas coincidieron en que, tras vivir tal experiencia, todos mejoraríamos en cuanto a conductas sociales se refiere. Aquellas palmas de cada tarde en ventanas y balcones, qué olvidadas quedaron enseguida. Ha pasado suficiente tiempo para tener perspectiva y ver mejor, y lo que se ve no me parece nada halagüeño, para qué decir otra cosa. De entrada, siempre me pregunté qué significaban aquellas palmas; y sí, sé que era para el personal sanitario que estaba ahí ayudando y trabajando sin descanso, y tragándose el miedo, en los momentos más difíciles, cuando las cifras de fallecidos eran un horror, y las instalaciones y los medios, materiales y personales, no eran suficientes. Se les aplaudía a ellos, los sanitarios, y a todos los que de un modo u otro se jugaban la vida por el resto. Y muchos se quedaron en el camino, pero las palmas dejaron de sonar, y no se tradujeron en realidades que las sustituyeran. No se dotó a la sanidad pública de más medios, materiales y personales de nuevo. No se incrementaron los sueldos, ni se dotó su empleo de estabilidad, a tanta gente que cobra nada y menos, y además trabaja sin garantía alguna de continuidad. A quienes se les contrató en lo malo, con bonitas promesas, en lo menos malo se les desechó. Y llegadas las vacunas, se olvidaron de mucha gente que está en primera línea, y siempre lo estuvo. Pienso, por ejemplo, en las cajeras de supermercado, y recuerdo que en algunos edificios las molestaban y pedían que se fueran a infectar a otro lado…; y entonces aún sonaban aquellas palmas, hoy ya tan en el olvido.

Reflexionaban y creían que seríamos mejores personas después de aquel encierro de meses, con miedo, y restricciones que entonces sí reconocíamos como necesarias para salvar vidas. Y por supuesto que las salvaron y las salvan, pero ahora, ay, hay miles y miles, millones incluso, que se revuelven contra tales restricciones y medidas de seguridad. Y se las saltan sin contemplaciones, ante el desespero de quienes seguimos pensando que es absolutamente preciso no bajar la guardia ante un virus que para nada se ha ido; y que ahí sigue, matando, y muchos jugándose la vida propia por seguir salvando otras muchas ajenas. Qué decir de los negacionistas, sino que son los más tontos del grupo, además de egoístas e insolidarios; pero ello no es óbice para que infecten y provoquen muertos. Cuando he visto las concentraciones de miles de personas por plazas y calles de las ciudades de toda España, coincidiendo con el fin del último toque de queda, por ahora, me han dado mucha vergüenza ajena, además de provocarme indignación y asco. Qué pena que se pueda actuar así, con esa falta de respeto por el personal sanitario, por los propios familiares, por los conciudadanos. Se puede ser muy cortito, pero es también muy difícil comprobar que hay tanto tonto suelto; y si sólo fueran víctimas de falta de entendimiento, pero no, la cosa debería ser de juzgado de guardia: esas conductas irresponsables de miles de personas, por llamarlas así, congregadas sin mascarillas y sin guardar la distancia de seguridad, provocan muertes. Aunque parece que éstas, mientras no les toque de lleno, les afectan muy poco, o nada. Ya digo, un panorama desalentador, mientras aún resuenan en la memoria aquellas palmas olvidadas.

526. Incongruencias varias

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Me despierto, que no es poco en estos tiempos locos, después de finalizado el toque de queda, celebrado por aquí y por allí como si supusiera el fin del coronavirus, con congregaciones de miles de irresponsables que lo que menos hacen es respetar la distancia de seguridad o llevar mascarillas; o sea, lo contrario de las recomendaciones sanitarias. Conductas temerarias personales, que tendrán consecuencias de futuro colectivas, y que son tan imperdonables como evitables. Las autoridades centrales sugirieron de entrada un toque de queda que se alargara hasta el verano, y al no contar con el apoyo parlamentario mayoritario necesario, se fijó hasta mayo, hasta ahora. Insuficiente límite, pues la vacunación queda muy lejos de estar a la altura de la inmunidad de grupo, y porque hay demasiada gente que ante el buen tiempo olvida que las restricciones que empezaron en marzo del 2020 no son un capricho, ni un error de un partido político. Con el negacionismo y el populismo impregnados de política, en algo que debería regirse por el bien general más que nunca, se obtienen resultados contrarios a la lógica y el razonamiento, pero es lo que hay; y ciertamente es muy preocupante, porque a cualquier virus le viene de perlas que el ser humano muestre su lado menos inteligente. Y lo siento, pero la inteligencia brilla por su ausencia, tanto y de tal modo, que parece haber cegado a una gran mayoría; y este caso, la cantidad no va pareja a la calidad. Lo más terrible es que se juega con la vida, y no ya solo propia, sino ajena.

Foto: Lola Fernández

De cualquier manera, me despierto, y no me ha caído encima ninguna pieza de las 18 toneladas del cohete chino sin control, que puso en órbita el primer módulo de la Estación Espacial de China a finales de abril. Según nos indican, retransmisión televisiva en directo incluida, la mayor parte del segmento se desintegró al entrar en la atmósfera, y los restos han caído en el Océano Índico, cerca de las Maldivas. Las autoridades chinas minimizaron el peligro, porque, como el planeta está formado por un 70% de agua, era mucho más probable que el cohete se estrellara en el mar sin provocar daños a construcciones humanas o a las personas… Qué cosas, madre mía, si al final hay que dar las gracias, y olvidar que el mar también forma parte de nuestro planeta, no es un basurero, y además alberga mucha vida submarina, que se ve que tampoco importa nada de nada. No puedo dejar de pensar en la cantidad de basura espacial que está orbitando la tierra, compuesta por artefactos artificiales, como componentes de cohetes, satélites inhabilitados, pintura, piezas metálicas, etc. No son fantasías de ciencia ficción, pues en las últimas tres décadas se han registrado hasta tres colisiones por basura sideral, poniendo en peligro incluso a los tripulantes de la Estación Espacial Internacional. Otro ejemplo más de cómo no actuar con inteligencia puede malograr proyectos importantes para la humanidad en su conjunto, en los que se invierte mucho trabajo de mentes muy brillante.

A todo esto, estoy recién salida de un castigo de Facebook de tres días, en un alarde de incoherente censura, que se aplica en las redes sociales día tras día sin pies ni cabeza. Porque muy lógico y razonable no es que no se censure a quien desea la muerte ajena, y sí a quien contesta. Es como aquella América de otros tiempos, que retransmitía en directo por televisión las ejecuciones por la pena de muerte, a la vez que censuraba escenas de amor subidas de tono. Ahora, se censura el insulto, pero no las amenazas que lo provocan. Es tan absurdo como la anterior vez en que fui castigada: resulta que en la publicación en que se informaba de que Facebook cerraba la cuenta de Trump por fascista, yo tuve la osadía de comentar que era un fascista. Si esto no es incongruencia, no sé ya por dónde cogerlo todo; así que, ante tanta sinrazón general, me voy al campo, que allí es la naturaleza la que habla, y siempre lo hace con mucha más inteligencia que la que veo por doquier.

525. Orfandades y otros desconsuelos

Por Lola Fernández.

“Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.”

Heráclito

Foto: Lola Fernández

Hoy, primer domingo de mayo, es el día de la madre, y por primera vez en mi vida me he encontrado en él sin tenerla. Dicen que los padres no están preparados para perder a sus hijos, y sin saber quién lo dijo, son de esas cosas que todos repetimos, como elemento del acervo cultural humano. Que la pérdida de los hijos es antinatural, y que los padres que la sufren nunca se recuperan. Y pienso que no hay pérdida que sea natural, y que cuando nos quedamos sin padres, hay una reorganización de todos nuestros sentimientos y emociones: es como si, sin llegar a perder los cimientos, toda nuestra estructura interior se modificara. Parece que mientras nuestros padres viven, la muerte es algo que nos planteamos vestida de ajenidad; pero, ay, al quedarnos sin ellos, es como si nos colocáramos en el punto de salida, y sintiéramos por primera vez, que después de ellos ya nos toca a nosotros. Es ese descubrimiento de que los siguientes seremos nosotros, y entender lo que significa realmente la orfandad. De repente nos invade un desamparo que es también soledad; y la necesidad de una protección que ya no hallaremos nunca más en nuestros progenitores, por mucho que pensemos y creamos que nos siguen cuidando, aunque no estén físicamente. Es verdad que mientras no muramos, ellos seguirán vivos en nuestros corazones, pero ello no impide que los añoremos y echemos de menos cada instante de nuestras vidas. Y más un día como hoy, en que a estas alturas ya habría telefoneado a mi madre para decirle ¡madre no hay más que una!… imposible describir con palabras qué se siente al ser consciente de que nunca más podré levantar ese teléfono.

Orfandades, desvalimientos, situaciones que te hunden, o te hacen más fuerte. Y una se encuentra con la difícil tarea de ir buscando algo que le quite lo feo a lo menos hermoso, para irlo reconvirtiendo en poco menos que un privilegio. Es sólo entonces cuando empiezas a pensar que tus padres murieron muy mayores, y después de haber vivido también muy bien; que tuvieron la suerte de morir rodeados de todos sus hijos y asistidos para no sufrir más de lo necesario en ese fatal tránsito; que no estuvieron postrados enfermos en una cama, y todas esas cosas que nos decimos, para convencernos; pero que no logran consuelo para nuestro dolor egoísta de hijos huérfanos: Sí, nos quedamos solos, pero vivos; porque quienes se nos han muerto son ellos. Después de ello, nada vuelve a ser igual; y de repente, mientras te aferras emocionalmente a esas cosas materiales que fueron suyas, algunas de las cuales quisieras que te acompañaran para siempre, como si fueran un fragmento de sus almas, de repente un día descubres algo en lo que nunca habías reparado: somos nosotros mismos su mejor legado. Mis padres me dejaron a mí misma como el mayor regalo que podían hacerme: me dieron la vida; me educaron con sus principios y valores personales; me enseñaron oraciones, canciones, recuerdos de sus padres y sus abuelos. Con ellos aprendí a comer, a vestirme, a andar; estuvieron a mi lado durante mis estudios; me consolaron en mis llantos y acompañaron mis risas. Después de enseñarme a ser hija, me animaron a buscar mi propia familia, y a dejar de ser una niña para convertirme en adulta. Y, por desgracia, la muerte es ley de vida; pero mis padres viven en mí, y no solo en mi corazón mientras no llegue el olvido, sino que yo misma soy parte de ellos; por lo que al final he de sentir el consuelo de que, mientras yo viva, realmente ellos nunca se habrán ido. La vida es como una corriente de agua, como ese río que nunca es el mismo, pero siempre está vivo.

A las 8,00 h. de esta mañana se producirá un nuevo corte de tráfico en la calle Dolores debido a la continuación de los trabajos de desatranque

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