559. El parque de Huéscar

Por Lola Fernández. 

Si Baza puede presumir de nuestra Alameda, en Huéscar tienen el Parque Municipal Rodríguez Penalva para orgullo y recreo de todos los oscenses y visitantes. Ideado en 1940, y terminado en 1948, es un ejemplo de cómo antes se daba mucha importancia a los elementos naturales dentro de la ciudad. El parque de Huéscar impresiona por su tamaño y variedad de flora y fauna, diversa esta última y a cuya cabeza colocaría las ardillas, que siempre son un aliciente al que buscar y disfrutar sin que se asusten, porque son muy suyas. Respecto a la flora, hay tanta y tan diferente, que son muy de agradecer los atriles informativos que de jardín en jardín nos van señalando cada árbol, cada arbusto, cada flor, las aves, los insectos…, lo que nos permite conocer y reconocer cada especie. No señalaré ninguna, para que sean ustedes mismos los que se acerquen y vean con sus propios ojos. Este lugar es uno de los más hermosos no ya de la provincia, sino que puede competir con cualquier otro parque reconocido como excelente, porque lo es y nada tiene que envidiar a ningún otro.

Foto: Lola Fernández

Otro aspecto a destacar es el sumo cuidado de jardinería y limpieza que nos permite deleitarnos sin interferencias de mal gusto. Allí todo es vida y, a la vez, quietud. Los trinos se funden con los perfumes, el verdor general se llena de múltiples colores, y nunca deja de asombrar la sensación de inmensidad que los altos árboles, y alguna planta altísima como la palmera, nos provoca. Aquí hay que mirar al suelo, pero los ojos terminan perdidos en el cielo. La forja ornamental del vallado se extiende por sus 800 metros de perímetro, solamente interrumpida en sus 8 puertas. Dividido en dos amplias zonas, la de invierno tiene un pasillo central que llega hasta una larga pérgola siempre colmada de rosas y otras hermosas plantas trepadoras. A ambos lados, una fuente circular de piedra en cada uno, y como esquinas del área de verano, estatuas de bronce representando a las cuatro estaciones anuales. Pasada la pérgola, se está en la zona estival, donde crecen los árboles más altos para optimizar las sombras, y donde hay una amplia explanada que seguramente se dejó sin plantar para albergar el ideado estanque que nunca llegó a realizarse. Hoy hay en él un parque infantil rodeado de bancos para que los padres no pierdan de vista a los críos.

Fuentes, estatuas, árboles de todo tipo, un precioso palomar de planta cuadrada que se pensó para guardar los aperos de jardín, coronada con dos alturas hexagonales rematadas por un precioso tejado de tejas árabes vidriadas en verde, a seis aguas, que es tan bonito como donde se encuentra. Perderse por los laberintos y paseos, sin prisa, con los sentidos atentos, es todo un placer. En sus 33 hectáreas no hay ningún rincón para que te entren ganas de marcharte; al contrario: este lugar es de esos al que siempre tienes ganas de volver, entrar por alguna de sus puertas y dejarte sorprender. El placer está asegurado, y no viene nada mal pasear y descansar entre tanta belleza, porque si se entra con agobios, se sale feliz y descansado, lo cual es el mejor motivo que se me puede ocurrir para ir y regresar cuantas veces sea posible. Si no conocen el parque de Huéscar, les invito a visitarlo, estoy segura de que les habrá de encantar.

558. Primavera incierta

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

No era invierno, y, sin embargo, qué frío y cuánta lluvia la caída día tras día en esta primavera incierta que nos hace preguntarnos dónde está. Porque no es verano, y menudo calor; sin apenas transición, de la tierra mojada al secano, del jersey a la camiseta. Los humanos, desorientados; las plantas, agobiadas y esperando un tiempo mejor y distante del exceso de agua o el impertérrito sol constante. Ya se sabe que la primavera es voluble y cambiante, pero lo de este año es de traca, exagerado a más no poder; será el cambio climático, pero eso no le sirve a nuestros cuerpos para sentirse mejor, ni a nuestras mentes para no desesperarse. Ojalá los gobernantes a nivel mundial lleguen a comprender que nos estamos cargando el planeta, el único que tenemos para aprender a vivir y pasar nuestra existencia; y esperemos que a nivel individual no contribuyamos a empeorar el panorama, ya de por sí bastante desalentador.

Foto: Lola Fernández

A nadie se le escapa que las armas son para matar, y que, si hay libre acceso a ellas, nada de extraño tienen las matanzas como las que muy cotidianamente ocurren en el país que se llama la primera potencia mundial, esos Estados Unidos que a veces, más que menos, provocan vergüenza ajena. Cómo es posible que no sepan o quieran reaccionar y decidan que no todo el mundo puede adquirir sin problemas un arma y matar aquí o allí, a familiares o a extraños, a muchos o pocos, sean delincuentes, jóvenes, adultos, o lo que sea, sin más trámite que pagar en caja, como si lo que se comprara fuera refrescos o bocadillos para saciar el hambre. Si a ello le unimos la pasividad de una policía que no sabe reaccionar para defender, pero que no titubea para matar ella misma a seres inocentes, pues… Cualquier tipo de arma es un objeto peligroso, que tan sólo excepcionalmente debiera utilizarse. Si acaso para salvar vidas, no para acabar con ellas. Y aún hay en nuestro país personajes indeseables que hacen apología de su libre uso; personajes indeseables de grupos indeseables, con ideología indeseable, y carencia total de principios y valores. Hay gentuza para quien el principio es solamente un comienzo; y el valor, algo cuantificable y con el que poder especular. Como hay gentuza por la que no pasó la evolución, sino la mera involución que siempre resta a nivel especie.

Primavera incierta, de límites desdibujados y borrosos, que nos hace desear inventarla si la deseamos, porque ella de por sí no se nos ofrece, como tantas cosas auténticas actualmente. Qué tiempos más difíciles de vivir, y no hablo sólo de la climatología. Mismamente puedo referirme a este sólo con acento, que es adverbio, diferente por completo del solo adjetivo: desde siempre la tilde los diferenció, y lo encuentro necesario por completo; por más que la RAE eliminara hace años la distinción. Se ve que con lo de limpia, brilla y da esplendor, se olvidó de lo que es escribir bien, y facilitar que el lector lea bien… Así que igual nos queda seguir escribiendo correctamente, más allá de entidades y organismos obsoletos y llenos de mucha más gente anticuada que actualizada. O inventar, coger unas hojas y unas flores y componer una primavera que no nos inquiete con su falta de certeza y su extravagante devenir. Después de todo, todo será según nos parezca.

557. La rosaleda perdida

Por Lola Fernández. 

Decía Audrey Hepburn que plantar un jardín es creer en el mañana, y no puedo estar más de acuerdo. Un jardín es una promesa de futuro, porque sembrar, plantar, podar, quitar las malas hierbas, regar, abonar, ir cuidando un jardín, o un parque, es contribuir a que la naturaleza pueda expresarse y regalarnos su belleza inigualable plena de colores, olores y texturas. Hemos tenido una primavera lluviosa, y aunque agua de lluvia no riega macetas, ha caído tanta agua que gracias a ella han sobrevivido las plantas abandonadas a su suerte, en aquellos lugares que nacieron para ser un remanso de paz, y se han convertido en espacios peligrosos e insalubres por la dejadez humana. Sé que a los responsables políticos les pierde el no contacto diario con la realidad de sus ciudades, el culto a los grandes proyectos, pero pobres de ellos si olvidan que es en las pequeñas cosas en donde reside la verdadera grandeza. Si yo fuera representante de la ciudadanía, me dejaría de tantas juntas a puerta cerrada con los responsables de las distintas áreas, y me iría a pasear por las calles y parques de mi ciudad, para ver si hay limpieza y esmero en el cuidado, para comprobar a pie de calle si los vecinos pueden ver incrementado o mermado su bienestar general, que ha de ser la única brújula y guía de la acción municipal, del trabajo de todo político que aspire a eso, al bienestar general, no a estar en las próximas listas electorales.

Foto: Lola Fernández

Tengo alguien muy querido de mi familia en la Residencia Municipal para Mayores, y he pasado mucho tiempo sin poder ir a verla, ya se sabe que en tiempos de pandemia no se puede hacer lo que se desea sin más. El caso es que finalmente he tenido la oportunidad de acudir junto a otros familiares, y he contado con la inmensa suerte de que se podía sacar con la silla que salvaba sus dificultades para andar, a pasear un rato con quien por desgracia ya no reconoce a su gente ni la realidad de la vida, pero a quienes el resto reconocemos y amamos, por lo que solamente deseamos lo mejor para ella. La pena ha sido querer dar un paseo por el parque que hay junto a la residencia, un lugar que, si estuviera cuidado, no digo bien cuidado, con cuidado me basta, sería un espacio maravilloso para proporcionar sombra y alegría a los sentidos, un terreno por el que tratar de olvidar las penas irremediables de la vida. Pero resulta que está absolutamente abandonado, lleno de malas hierbas con toda la fauna asociada que es propia de ellas; de seguir así, en nada podremos hablar de la salvaje selva regalada a los mayores, que lejos de disfrutar de las flores y el frescor del jardín, sólo tienen las promesas incumplidas de un vergel, sustituidas por la vergüenza y la rabia que nos provoca a residentes y familiares la rosaleda perdida. Invito a nuestro alcalde y sus concejales a bajar hasta el lugar, iniciando el paseo desde la rotonda que orgullosa luce el escudo del Ayuntamiento hasta el fondo, justo enfrente de la Residencia Municipal. Así podrán ver, desde fuera, claro, porque el parque es absolutamente intransitable, el regalo que nuestro Ayuntamiento ofrece a esos mayores que tanto dicen amar.

556. Somos así

Por Lola Fernández 

Somos así, y me parece que no tenemos remedio: nos gusta la contienda, competir, discutir, querer tener la razón y jugar con quien presuponemos que ganará. Si amamos la música, Bach o Vivaldi, los Beatles o los Rolling, rock o pop… Si nos gusta el futbol, un equipo u otro, merengues o culés o colchoneros o béticos… Y así siempre, y a todos los niveles: preferimos la disyuntiva a la unión, diferenciar a sumar; o lo que es lo mismo, nos gusta la gresca. No sé si será esencia de especie, educación social o una imitación secular, pero sabemos que ya desde los hijos de Adán y Eva hubo pelea, y además mortal: Caín mató a palos a su hermano Abel, según nos cuentan por envidia. Una vez más nos enfrentan dos personalidades, la buena y la mala, y esta, curiosamente, se alza ya con la victoria, aunque sea a base de quitarle la vida a alguien que no molesta y vive y deja vivir, provocando el rechazo más absoluto en el otro, que se toma la licencia de convertirse en rival, juez y ejecutor, ¡ahí es nada!

Somos así, no vamos a buscar lugares comunes ni a tender puentes, tampoco vamos a escuchar y a dialogar. Donde esté hablar y hablar y hablar, que se quite el conversar, dicho con algo de sarcasmo. Si el tema es la política, rojo comunista o fascista radical, cuando no populista, o corrupto o chaquetero. Si se pasa al tema de la religión, salvadores o demonios con sotana; si al de la historia, tantas corrientes y versiones como opinantes, y así sucesivamente con cualquier temática que deseemos imaginar. Somos mucho más de discordias que de concordias, de desencuentros que de aproximaciones; adoramos guardar una prudente distancia frente a lo ajeno, como si quisiéramos tener la suficiente perspectiva que nos permita llevar la contraria a la primera de cambio. No se ha acabado una exposición, cuando ya hay alguna interrupción. Antes de razonar, ya hace acto de presencia la irracionalidad de turno. Se empieza hablando con un buen tono y se concluye poco menos que vociferando, y a ver quién cambia el ritmo de los acontecimientos cuando se desbordan y son más potencialmente peligrosos que una bola de nieve cuesta abajo.

No sé si somos inhumanos por humanos o porque somos así, pero conjugamos la entrega más desinteresada por causas nobles de elevadas aspiraciones con el más egoísta interés de bajos vuelos. Que si alguno dice amar la noche, nosotros vamos a reivindicar el día; y si se llaman espirituales, nos nombraremos materialistas, y al revés, según quién hable el primero. Supongo, solo por suponer, pues si afirmo lo negarán antes o después, que es que nos va la marcha, y lo que ocurre al final es que nuestra verdadera opinión y los sentimientos más auténticos los solemos dejar guardados para una mejor ocasión, que seguro que también existe. Presupongo, ya saben, por no obtener un no antes de tiempo, que con el tiempo aprendemos acerca de la provisionalidad de las cosas y de los juicios, ideas y conceptos, y a la vez obtenemos el convencimiento de que no hay que estar convencidos de nada, porque todo es relativo, y no ya según el cristal por el que se mire, sino según quién tengamos enfrente, y si lo consideramos afín, dentro de lo que cabe de afinidad en la eterna rivalidad ontológica, o diferente. Que hace mucho el crear grupo, aunque no lo parezca; y estoy segura de que si Caín hubiera hecho migas con otros hermanos, nunca se hubiera cargado a Abel a base de golpes de quijada, porque hubiera contrarrestado los celos y la envidia haciéndose fuerte en un grupo y marginando al preferido. Pero eso es mera especulación, así que puede empezar el juego de negaciones, réplicas y contrarréplicas; será la mejor prueba de que esto no es un simple monólogo.

555. ¡Pobre de nosotras!

Por Lola Fernández. 

En el tema de los derechos fundamentales de las personas hay que tener mucho cuidado con no quedarse estancados, y mucho más con dar pasos hacia atrás. Hay toda una lucha histórica en su conquista, y lo que no sea avanzar es algo que no debiera permitir ninguna sociedad, si no quiere volver a las cavernas. Las mujeres representamos la mitad de la humanidad, pero no quiero quedarme en la cantidad, sino señalar que somos quienes alumbramos parto a parto a hombres y mujeres. Sin mujeres no hay vida, sin despreciar la contribución a ella de los hombres. Pero es que estos viven muy bien, se dan todos los derechos, además de los privilegios, y, sin embargo, ¿qué pasa con las mujeres? Que se responda cada quien, porque no es difícil saber la respuesta.

Leo, no sin ganas de llorar, que hace pocas semanas, los yihadistas prohibieron que las mujeres pudiesen estudiar a partir de la escuela primaria. Pero mi indignación y tristeza se incrementan hasta límites infinitos al saber que los talibanes recuperan la obligatoriedad del burka en Afganistán. Leo y mi congoja es máxima:  El burka es una prenda solo usada, en todo el mundo, en Afganistán, y tapa todo el cuerpo de la mujer sin excepción: a diferencia de los demás velos, algunos de los cuales se abren en la cara y las manos, el burka tapa todo. En las manos, guantes, y ante los ojos, una reja de tela aísla completamente a la mujer del mundo exterior. Su uso ya fue obligatorio desde 1996 hasta 2001 y ahora los talibanes, en el gobierno, vuelven a imponerlo. Recuerdo haber escrito un artículo sobre esta prenda, y saber desde entonces la cantidad de muertes que provoca, sólo por el tráfico y la falta de visibilidad. Pero va mucho más allá de esas estadísticas, por si no fueran más que suficientes. Es tratar a las mujeres como putas, amén de invisibilizarlas con algo que, según las mentes perversas de los talibanes, vela por la honestidad femenina… Algo así como los unicornios y su leyenda en la antigüedad de guardianes de la virginidad de las doncellas, sólo que no es un animal protector, sino una prenda absolutamente agresiva. Siempre he dicho que, si estos machos incivilizados quieren que los hombres no miren a las mujeres, lo suyo es ponerse ellos vendas en los ojos, no tapar a las mujeres. El caso es que el líder supremo talibán, en un comunicado emitido por el gobierno del grupo en Kabul, capital conquistada en agosto de 2021 tras la retirada de las tropas norteamericanas y la de todos sus aliados hace casi un año, ordena que las mujeres deben de usar el burka, ya que es tradicional y respetuoso… ¡Qué miedo me dan a veces la tradición y el respeto, cómo en nombre suyo se cometen las más terribles atrocidades!

Invisibilizar a las mujeres, desde el lenguaje inclusivo a la negación de la violencia machista de género, pasando por el no reconocimiento de la desigualdad efectiva entre hombres y mujeres, y sin desdeñar la agresividad que se manifiesta contra pobres mujeres que no saben cómo actuar para que sus hijos no mueran a manos de sus exparejas, que hacen de la violencia vicaria su arma de ataque más cruel, quitándoles la vida a sus propios hijos, sólo por hacer daño a unas mujeres, las madres de esos hijos, que sólo hicieron algo tan elemental como el ejercer su derecho a decidir, y que esa decisión fuera, ni más ni menos, que alejarse de sus verdugos, los que las maltratan y apalean hasta la muerte. No, esta sociedad no es normal si permite esta dinámica de odio hacia las mujeres. Y lo peor de todo es que poco nos queda en nuestras manos para defendernos, si acaso un impotente y estéril ¡Pobre de nosotras!

554. Los límites de la felicidad

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Feliz, feliz, lo que se dice feliz, es difícil serlo, por no decir imposible; pero cada quien sabe lo que es sentirse bien, muy bien, tan bien que es algo muy parecido a lo que entendemos por felicidad. A ver, hoy, por ejemplo, que es el día de la madre, no será fácil rebosar bienestar si nos falta la nuestra y no podemos llamarla temprano para felicitarla y reír un rato con ella, eso es así. Son los llamados límites de la felicidad, que, aunque son más imaginarios que reales, suponen un freno absolutamente efectivo. Pero respecto a las limitaciones, lo primero que deberíamos es diferenciar las externas y ajenas de las interiores y, por ello, personales. No tendríamos que permitir que nada que nos sea ajeno logre entrar en nuestra realidad íntima para descolocarnos y proporcionarnos infelicidad. Si nos quita alegría y tranquilidad, no es bueno para nosotros; y antes de que sea tarde, deberíamos ser capaces de desecharlo. Pero, ay, nos rodean tantas cosas y tantas gentes que no aportan nada como no sea negativo…; y, sin embargo, ahí se quedan, oscureciendo la luz, como sombra en el frío, que ya es mala sombra.

Foto: Lola Fernández

Es el primer día de mayo, el mes de las flores, que ya es un modo precioso de ser llamado, y empecé el día paseando y sintiéndome bien rodeada de verdes campos llenos de los colores de las flores. Un lujo para iniciar el día y el mes, con la alegría de una temperatura primaveral espectacular, la misma que da gozo a las aves y llena el paseo de cantos y piares de pájaros tan felices como yo. Ahí en ese punto en que las únicas fronteras posibles son las internas, y no las queremos cerradas y opresivas. En ese estado en que no hay puertas, ni verjas, ni cancelas; tan sólo ventanas abiertas y aire puro y renovado. Hay en una planta silvestre tanto placer encerrado como pueda esconderse en un libro, y sencillamente está a la espera de que nosotros lo disfrutemos. Quién no ha experimentado nunca la magia de soplar una bola de semillas del diente de león, pensando previamente un deseo y con la ilusión de que al dispersarse se cumplirán nuestros sueños. No, no es difícil ser feliz, y feliz de verdad, cuando andamos por nuestros caminos, sin prisas, caprichosamente si así lo queremos, sin que nada ni nadie enturbie nuestros pasos y nos amargue los momentos de dicha. Los ambientes han de mantenerse limpios y plenos de frescura, nada de enrarecidos, porque no hay necesidad de penas añadidas evitables y estériles. La vida es mucha vida para dar cabida a tanta tontería, así que olvidemos fronteras y lindes, límites y confines, siempre que nos sean impuestos sin motivo ni razón alguna de ser. Se está mucho mejor con la paz y la calma que produce sentirse bien con una misma, y nada ni nadie merece el esfuerzo de dar sin recibir, o de entregarse y recoger insatisfacciones y disgustos. Al final, son tan pocos los días que tenemos en realidad para vivirlos plenamente, que la única limitación aceptable ha de ser personal e intransferible, y lo único que hemos de acoger es lo que no nos impida ser mejores personas y nos proporcione bienestar.

553. Náufragos en islas

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Digamos que en medio de lo convulso, la armonía es como un medio de salvación, un refugio en el que sentirse a salvo, sin connotaciones bíblicas de ningún tipo. Por mucho que no queramos pensarlo, por más que busquemos olvidarlo, vivimos unos tiempos que son muy poco dados a sentirnos libres y ajenos al peligro de vivir, no ya de morir, que sería mucho más comprensible. Vamos camino de dos años y medio de una amenazante realidad a nivel mundial, que implica por ello mismo no encontrar posibilidades de escape. Una pandemia que diezma la población y ante la cual las vacunas han sido un eficaz aliado, aunque sin duda alguna las mascarillas se han convertido en nuestras inseparables compañeras a la hora de salir de casa. Cierto que poco a poco hemos ido pudiendo salir de nuestros entornos geográficos más inmediatos; algo así como vivir la aventura de traspasar nuestras fronteras colindantes, como atrevernos a salir de los bordes mismos de nuestra cotidiana existencia. Pero qué mayor separación entre nuestra individualidad y el resto, que la que ha ido creando esa mascarilla que, a la vez que protege, nos ha cubierto el rostro y las facciones desde hace tanto, que hay personas a quienes no le hemos visto la cara al descubierto jamás. Hemos sido ojos que miraban otros ojos que nos miraban, poco más; y, siendo las miradas muy importantes, no ver las bocas, las narices, los gestos, la risa o el rictus de desagrado, por ejemplo, es algo que indudablemente ha incidido en nuestro mundo relacional más físico. Es muy difícil una buena comunicación cuando todo lo que ofreces y recibes es un abrirse o cerrarse los ojos, sin más acompañamiento gestual. Eso, sin hablar de la falta de contacto entre nosotros: ese no tocarnos, no besarnos, no abrazarnos, que, por supuesto, nos ha cambiado, convirtiéndonos en náufragos en islas aisladas, a la sombra no ya de una palmera, sino de una mascarilla.

Foto: Lola Fernández

Pobre de nosotros, los adultos que hemos rumiado tanto miedo y las más variadas expresiones de la frustración y el desespero, y pobres de los niños y niñas que están viviendo esto sin llegar a comprenderlo. No alcanzo a imaginar sus secuelas y consecuencias en los próximos años, si llega el momento en que la covid se gripaliza y pasamos a vivirla como una enfermedad estacional que pueda combatirse con la vacuna sin mayores problemas. Y de repente, los náufragos nos quedamos sin palmeras: nos han quitado la obligación de llevar mascarilla, con escasas excepciones, ya no solamente al aire libre, sino en los espacios interiores. Como por arte de magia, un juego de quitarse las caretas ha empezado a darse, casi imperceptiblemente. Ya no son ojos que nos miran mirarlos; ahora hay rostros que gesticulan ante nuestra sorpresa de conocer las caras que imaginábamos, y que no suelen corresponderse, en su realidad, a lo imaginado. Ahora los labios acompañan a las palabras, y las bocas a las risas, mientras los ejes que son las narices son más largos o cortos que parecían enmascarados. Madre mía, caras completas ante nuestros sorprendidos ojos, con un inicial desconcierto ante el hecho de sernos de pronto desconocidos quienes eran conocidos bajo mascarillas. Sin duda alguna es maravilloso descubrirnos, y en unos pocos días nuestros cerebros habrán asimilado la información total y completarán un juego de correspondencias tras el cual ni recordaremos el desconcierto inicial. Un avance importante en esa armonía que ha de reconfortarnos sin falta para paliar nuestra necesidad de afectos y mitigar los desconsuelos que vinieron de la mano del coronavirus.

552. De visita al Palacio Enríquez-Luna

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Tenía muchas ganas de visitar el Palacio de los Enríquez, una de las joyas del patrimonio bastetano. Desde que escuché por la radio que se iban a organizar visitas guiadas en grupos reducidos, la idea me atrajo mucho, por lo que hice mi reserva, creo que de las primeras personas. Lo hice con bastante antelación, porque estaba muy ocupada y no podía por el momento. La cosa es que empecé abril con un sábado especial dada la oportunidad de entrar a un lugar que desde niña miraba, pero sin poder acceder, exceptuando alguna ocasión que pude visitar de paso algo de su patio, y poco más. El tiempo me regaló para la visita un día soleado, que, aunque frío, era todo un motivo de alegría, después de los días de calima, o de lluvia y granizo vividos en una primavera que más parece invierno. Así que allí estaba frente al portón cerrado, con la antelación que nace de la ilusión. No me importó esperar un rato, paseando por la Alameda, sin perder de vista el palacio. Y cuando por fin llegó el momento de entrar, vi cumplido un sueño de muchos años.

Foto: Lola Fernández

Antes de nada, quiero felicitar a quien ideara la iniciativa, que me consta que está siendo todo un éxito, con afluencia de gente que va con la misma ilusión que yo, sin importar el mal tiempo que ha hecho algunos días de visita. Y también deseo dar mi enhorabuena al profesor de Historia de Arte del CEP de Baza, que hace de guía, por su rigor y amenidad: una conjunción que no siempre se da, pero que si lo hace, como en esta ocasión, suscita todo el interés y satisfacción, logrando que se aprenda con alegría. Propuestas como esta son muy válidas, porque ayudan a conocer más de la historia de nuestra ciudad, de su patrimonio arquitectónico y cultural, de las personalidades importantes que vivieron en ella, etc. Aprendiendo a conocer, se aprende también a amar un poco más, y hace surgir el interés por un patrimonio a veces más descuidado de lo deseable, por múltiples y diferentes razones. Unas veces por las competencias de diversas Administraciones; y otras, como en este caso, por tratarse de un inmueble que hasta 2017 era de titularidad privada.

Podría resaltar la belleza de muchos de los elementos arquitectónicos y decorativos presentes en el Palacio: unos artesonados que son una auténtica joya artística; o los detalles de una forja renacentista verdaderamente bonita; unos jardines que pueden darnos una idea de cómo serían en un principio, junto a sus huertas; la cercanía y unión al Monasterio de San Jerónimo, ligados ambos históricamente, y con acceso directo e interior de uno al otro; el paso del Caz Mayor, por debajo del lugar, como evidente signo de poderío con acceso directo a sus aguas; las diferentes columnas de lo que fue un porche de entrada, etc. Y sin embargo, lo que más me atrae de estos lugares que, hoy vacíos, tuvieron mucha e importante vida a lo largo de siglos, es siempre esa sensación de que sus muros y estancias, el patio, los jardines y huertas, los rincones de aquí y allá recobran vida de nuevo, como si nuestros pasos y las palabras, o las risas de los más pequeños, se convirtieran en una música interior que se uniera a otras melodías de antaño; o como si las puertas, ventanas, balcones, al abrirse lo hicieran con la memoria de otras manos que abrieron en su día los postigos; y en las escaleras resonaran otros pasos junto a los nuestros, y otros dedos recorrieran las barandillas. Porque si las casas, sean del tipo que sean, se mueren un poquito al cerrarlas, qué duda cabe de que al abrirlas las resucitamos. Ojalá no se acaben las obras de reforma de este lugar, hasta que un día, mejor si es cercano que lejano, recobre todo su innegable esplendor, que brilla incluso hoy en día.

551. Cuando nadie nos ve

Por Lola Fernández.

Cuando nadie me ve puedo ser o no ser, canta Alejandro Sanz en una de sus muchas célebres canciones. Cuando nadie nos ve, qué difícil ya en esta época de redes y exhibicionismo vital en todos los sentidos. Porque mostramos y compartimos demasiado y demasiadas cosas con demasiadas personas, que muchas veces ni conocemos, más allá de un nombre. Exhibicionismo a nivel material, y, lo que es mucho peor, espiritual; incluyendo en esto último, las sensaciones, los sentimientos, las emociones… casi nada, vamos. Nos mostramos sin problema, con una asiduidad casi rutinaria, como un hábito que se tornó costumbre a base de su repetición. No nos importa nada abrir puertas y ventanas sin saber quién nos mira, y qué mira, que esa es otra. Porque es evidente que incluso con la imagen surgen equívocos, no siendo éstos solamente propios del lenguaje. Sí, es verdad que una imagen vale más que mil palabras, pero no todos ven lo que tú crees que muestras. Y no porque todo un mundo de likes, distribuidos sin ninguna inocencia, por otra parte, acompañe a lo que enseñas, quiere ello decir que realmente gustas o gusta lo que ofreces. Las redes enredan, como su propio nombre indica; como un mundo de dendritas que hasta al mismo Santiago Ramón y Cajal hubiera confundido, no dejamos de ser como neuronas sin sinapsis, señales visuales para ciegos, voces para sordos. Por muchos seguidores, los justos que dejemos seguirnos, los pocos que nos apetezca seguir, estamos muy solos.

Hay amores que surgen al calor de las redes, con besos sin labios y amor sin piel. Hay odios viscerales hacia auténticos desconocidos, por sólo la imagen que proyectan. Hay coleccionistas de contactos, con los que se sienten reyes y reinas de un mundo de fantasmas; como hay auténticos hurones rodeados de amistades virtuales que no van a poder darle un abrazo cuando lo necesiten, ni siquiera queriendo darlo. No es baladí que el mundo irreal provoque fluctuaciones relacionales, así las voy a llamar, en parejas de verdad de la verdadera; como tampoco carece de importancia que el motor que ayude a alguien a vivir con la mínima ilusión sea algo o alguien hallado en las redes, en las plataformas, en las aplicaciones, en los grupos, etc. Dicen los hombres y las mujeres de la Psicología, y dicen bien, que hoy en día, cuando más medios tenemos para comunicarnos instantáneamente y más personas conocemos, más tristeza y soledad sentimos.

Qué hacemos, qué decimos, qué sentimos cuando nadie nos ve, eso es algo que solamente cada uno y una de nosotros sabemos. Qué hay detrás de cada imagen que compartimos, en cada like que damos o negamos, qué queremos decir cuando nos expresamos a través de estos inventos que nuestras abuelas hubieran desechado sin pestañear, eso es para escribir un libro, no un simple y pobre artículo semanal que ni siquiera sabes si será leído, pues es tan virtual como todo lo demás. Recuerdo que en el colegio, de monjas, cuando el sexólogo nos hablaba de pura teoría que no teníamos edad para entender en su justa medida, al profundizar en la diferencia entre el amor entre una pareja y el autoerotismo, incidía en una palabra diferencial entre uno y otro tipo de sexualidad, compartida o a solas, y esa palabra no era otra que soledad. Esa quizás sea la clave de lo solos y solas que nos sentimos por más redes sociales que nos circunden: más que un intercambio, estamos ante un flagrante onanismo relacional. Y eso no lo cura ni mil Me gusta, ni un millón de Me encanta.

550. Un descenso a los infiernos

Por Lola Fernández. 

Recuerdo a un político de derechas en el Gobierno, o sea, con mucho poder para hacer y deshacer, que, con motivo de su segunda boda, a celebrar en una capital andaluza, no tuvo mejor ocurrencia que sacar a los pobres de las calles. Así, tal cual, no sacar a los pobres de pobres, que no hubiera sido un mal gesto, sino hacer desaparecer cualquier atisbo de pobreza de las calles de la ciudad elegida para tal evento, con la intención de no toparse con algo desagradable en un día tan señalado para su persona. Aunque ciertamente lo desagradable es que exista gente así, personas, de algún modo habrá que llamarles, que invisibilizan, niegan, miran a otro lado si hablamos de pobreza. Son tan sucios de corazón, como poco limpios los que esconden la basura debajo de las alfombras. Aporofobia le llaman al asco a la pobreza, y va desde ignorarla y evitar atenderla, hasta ataques inhumanos hacia quienes la padecen. Es algo incomprensible y que va en contra de cualquier principio ético o valor moral, pero ahí está, existe tan campante y tranquilamente, como quien no quiere la cosa.

En tiempo de crisis, y no podemos negar la gravedad y el deterioro actual en tantos sentidos que es como para perder el sentido, lo lógico y natural es que las dificultades sean generales, y que los esfuerzos por salir de la crítica situación sean comunes. Lo malo es, como ocurre aquí y ahora, cuando la consecuencia de tal crisis es que los pobres son cada día más pobres; y los ricos, más ricos. La brecha de desigualdad se expande ante los ojos de los que menos tienen, y nada pueden hacer, y los que son beneficiarios de ello, que son los que pueden hacer algo, y todo lo que hacen es propiciar tal insostenible situación. ¿Que Cáritas dice que solo en Madrid hay 1,5 millones de personas sufriendo pobreza moderada o severa? Pues ahí que sale un dirigente de derechas mofándose de ello y preguntándose que dónde estarán… En su mansión pagada por todos nosotros seguro que no están, ni siquiera en su urbanización, que ya se encargará él de que no molesten. Porque ¿se han fijado ustedes lo que se les hace a los pobres que no tienen mejor sitio para dormir que en la calle? Pinchos de hierro en los suelos, ataques, a veces mortales, a los que se meten en un cajero, vigilancia para que no osen meterse en un portal buscando abrigo contra el frío y la lluvia… En fin, todo un completo e indecente desatino inmoral. En esta sociedad quien no tiene, no vale; y si quien tiene lo ha robado y ha propiciado que otros no tengan, no pasa nada: este mundo es de los listos, o de los malvados, vaya usted a saber.

Hay a quien le asquea la pobreza, y a mí me repugna quien así siente, y que los políticos, pero todos, hayan perdido la conexión directa con la gente para quienes trabajan, en teoría, claro. No se comprende que la visita a los barrios marginales, o a los mercados de abasto, o a los colectivos que demandan soluciones a sus perpetuos problemas sin resolver jamás, sólo esté en la agenda de los políticos en las campañas electorales. Las elecciones no debieran ser la línea tras la que los vencedores se instalan en el poder y a vivir del cuento mientras se aferran a sus sillones, cargos y prerrogativas. La toma de posesión de los cargos políticos debería ser el pistoletazo de salida de una carrera de dedicación a la ciudadanía de a pie y sus problemas; y no lo que vemos generalmente, de acercarse a las más altas esferas para medrar y ascender; siempre con la vista hacia arriba, sin mirar ni de reojo a quienes están caídos y no pueden más. Puede que sea un camino de ascenso social, pero la verdad es que a nivel humano es simple y llanamente un descenso a los infiernos. Lo triste es que ni lo ven, y si lo ven, no les importa; todo les va muy bien, aunque sea a costa de que a otros les vaya cada vez peor.

 

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