680. Sensación térmica

Por Lola Fernández.

Hay que ver, con lo mal que se pasa la noche cuando no se entra en calor y qué triste pensar en esas personas sintecho que duermen en las calles y parques de nuestras ciudades, que en esta última ola de frío polar han muerto algunas de ellas, en sus sacos, con un colchón de cartón, o sobre la tierra o el suelo o la helada piedra de algún banco. Es demasiado doloroso conocer esta realidad, y todos nos topamos de frente con ella cuando vemos a alguien durmiendo en algún portal, en cualquier mínimo abrigo que se encuentre entre fachadas, escaparates, algún tipo de techado que pueda servir de refugio contra las bajas temperaturas, la lluvia, el viento, y la indiferencia general del que pasa junto a estos hombres y mujeres que no tienen nada, ni siquiera ganas de salir de su pesarosa cotidianidad de soledad y desesperanza. Cierto que muchos rechazan un centro de acogida, y también que no tienen demasiado equilibrio emocional y salud mental como para discernir entre lo que quieren y lo que les conviene, pero nadie debería morirse de frío y que la vida a su alrededor siga como si nada, con los que pasan a su lado evitando siquiera mirar los bultos de sus cuerpos escondidos bajo capas de mantas y cartones en una vana pretensión de dar calor a unos cuerpos ateridos. A veces sabemos que están vivos porque se escuchan ronquidos en su sopor etílico, o frases inconexas que siempre suenan a lamento y a queja; pero estoy segura de que más de una vez habremos pasado sin saberlo por delante de alguien sin vida, rodeado por todas esas pertenencias que arrastran tras de sí, como a ellos los arrastra la vida.

Seguramente, los sintecho que mueren de frío no lo percibían realmente como tal, igual el alcohol les hizo incluso sentir calor; es la sensación térmica que percibe nuestros cuerpos, con independencia de la temperatura real que haya en ese momento, e influyen el viento, la falta de sol, la humedad, conjugándose para que nuestros organismos sean incapaces de regular adecuadamente su propia temperatura. Una especie de distorsión entre la realidad tal y como es, y la realidad tal y como la percibimos, y esto se puede hacer extensivo a muchos más elementos de nuestra vida diaria, más allá de lo relativo al frío o al calor. Ya el simple reflejo de nuestros cuerpos en el espejo es un engaño a los sentidos y a lo que hay a un lado y al otro del cristal: la izquierda es derecha y el volumen es plano, por ejemplo, y quien más quien menos habremos comprobado lo difícil que es hacer determinados movimientos si hemos de guiarnos por las imágenes especulares. No en vano un espejo es todo un mundo cuando es descubierto por primera vez por los bebés o los animales, no siendo raro que busquen por detrás a quienes aparecen en él, que no son sino ellos mismos… Hay muchas alteraciones a nuestro alrededor, y no sólo a nivel sensorial, también mentalmente demasiadas veces creemos que algo es como no es, o que no es como es, que no es lo mismo, pero es igual, como dice una canción de Silvio Rodríguez. Lo conveniente es que sepamos darnos cuenta de esa relatividad, que es lo que marca la distancia entre lo que hay y lo que nosotros creemos hallar. Y cuando de noche nos levantemos a poner más abrigo sobre nuestras camas, no se nos olvide que ese frío que sentimos es el alimento de los cuerpos y almas de muchos seres humanos abandonados a su triste destino y sin posibilidad de ponerse otra manta sobre sus congelados huesos.

679. Con el dolor no se juega

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Amanece Año Nuevo con el relato de una tragedia en Suiza, con muchas víctimas por un fuego declarado en un local durante la celebración de Nochevieja, y, aparte de sentirme sobrecogida, lamento que el ser humano no aprenda nunca de sus errores, porque es bastante fácil comprender que con el fuego no se juega, y menos en espacios cerrados. A la vez leo que en la Franja de Gaza siguen muriendo de frío menores, víctimas que hay que añadir a las causadas por el fuego enemigo, que vaya armisticio de pacotilla, y por él casi le dan un Nobel de la Paz al sátrapa americano que se divierte poniendo patas arriba la economía global con sus jueguecitos bélicos, ignorando algo tan elemental como que con la guerra no se juega. Queda abierto el contador para numerar la lista de mujeres asesinadas por violencia machista en este año que empieza, que en el anterior fueron 46, cifra a la que añadir 3 víctimas de violencia vicaria y 35 niños y niñas que quedaron huérfanos: hay que dar muchos puñetazos y patadas a una mujer para matarla de una paliza, como hay que clavar muchas veces un cuchillo en el caso de ensañarse con un arma; sin olvidar que la muerte es un acto final precedido de conductas de control, humillación y abuso físico, psíquico y emocional de modo constante del maltratador sobre su víctima particular, que a veces busca escapar a través del suicidio. Y qué decir de los errores, en la sanidad andaluza, de los cribados en los cánceres de mama y colon, con los falsos positivos y negativos, y los retrasos en el diagnóstico, cuando precisamente se trata de una detección precoz para salvar vidas; escuchando cómo los responsables ningunean y criminalizan a las víctimas, algunas ya muertas, hablando de que son casos insignificantes, cuando la verdad es que una sola muerte evitable es absolutamente significativa, o que pregunten entre sus familiares… Esta sociedad olvida con demasiada frecuencia que con el dolor no se juega.

Foto: Lola Fernández

Por más ilusión que nos haga que los años lleguen cargados de tranquilidad y bienestar, lo cierto es que las noticias nos hablarán, si no lo hacen ya, de desastres naturales, de dramas propiciados por los hombres, de guerras, inundaciones, naufragios, y todos los eventos que escuchamos en los telediarios, esos que no es extraño que acaben con unas referencias culturales que llenan por un momento la luctuosa narración con artísticas alusiones; pues es la música, o las exposiciones de pintura y escultura, o las diversas fiestas de los pueblos de nuestra España…, las que van a hacernos olvidar, aunque sea por unos preciados instantes, el estruendo de los misiles, o el llanto de quienes no pueden soportar tanto daño como el que son capaces de causarse los seres humanos entre sí. Paz, amor, salud, dinero…, entre dichas coordenadas se mueven nuestras peticiones de deseos que queremos nos colmen de dicha, pero si nos fijamos por un segundo, ninguno de estos anhelos depende exclusivamente de nosotros, pues nos llega externamente o es algo a compartir, así que igual deberíamos concentrarnos un poco más en las pequeñas cosas que conforman al final toda una vida y que podemos ir realizando y construyendo poco a poco con nuestro esfuerzo y una dedicación personal propia. Al final, salir a dar un paseo nos animará tanto como evitará que seamos víctimas del sedentarismo; y regar las plantas nos llenará de felicidad cuando estén vivas y sanas y nos regalen sus preciosas flores de colores o sus diversas hojas llenas también de belleza y olor; como una enriquecedora conversación sobre música o libros con los amigos nos alejará de la polarización de una discusión sobre política o religión, temas delicados donde los haya entre diferentes puntos de vista y distintas ideologías; etcétera. Inventemos personalmente un año y una vida que nos hagan felices, sin esperar que la consecución de las eternas aspiraciones humanas nos llegue del cielo, cual divino maná.

678. El valor de la memoria

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

En estos días, plenamente navideños, muchas mujeres cocinan platos especiales para celebrar las fechas más señaladas en familia. Y se cuela en ellos la tradición, que, aunque imperceptiblemente, lleva muchas veces el sello de las madres y de las abuelas. Es ley natural que los padres se vayan antes que sus hijos, y maldita la gracia para quienes nos quedamos huérfanos, acompañados para nuestro consuelo por algunas cosas que poseen un valor incalculable. Entre ellas, como un auténtico tesoro, las recetas que un día copiamos en un cuaderno al dictado de una madre que sabía que no teníamos ni idea, por lo que añadía en ellas algunos datos aclaratorios por si de verdad nos atrevíamos a cocinar y necesitábamos una guía suplementaria. Ese es mi caso, porque cuando estudiaba en la facultad no sabía nada relativo a lo culinario, y, aunque comía generalmente fuera de casa, añorar las comidas preferidas de entre las que mi madre solía preparar hizo que apuntara en varios y desordenados cuadernos el modo de realizar mis platos favoritos, con un listado de ingredientes de los que desconocía totalmente cómo enfrentarme a ellos, tal era mi ignorancia en la materia. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que me sintiera atraída por entrar en la cocina, recordando en ocasiones lo que decía mi madre: con lo que se tarda en preparar, y lo rápido que se come… A partir de entonces supe que atesoraba algo precioso en esos cuadernos, hoy perfectamente ordenados y bien guardados, para cuando me apetecen mis manjares predilectos. Y como muchos de ellos los cocinaba mi madre siguiendo las recetas de mi abuela, no es difícil adivinar cuánto amor me acompaña cuando los hago yo. Eso es para mí una verdadera y valiosísima tradición familiar, como entonar los villancicos que cada Navidad se cantaban en casa, con mi padre tocando la guitarra y mi madre y todos los hermanos entusiasmados, llenando los recuerdos de imborrables notas musicales.

Foto: Lola Fernández

Mucho mejor que tierras e inmuebles, que joyas y ajuares, esas hojas con los pasos a seguir para obrar el milagro de una comida con el mismo gusto y sabor que las que comías en casa de los abuelos, y en la tuya propia. Podría decir que son instrucciones para ser feliz, exactamente iguales a las que se siguen en el caso de la jardinería. Si una receta es un tesoro, no digo ya lo preciado de plantas que eran de tu madre y hoy las mantienes tú vivas y bonitas, por específico deseo suyo, porque a ti se te dan muy bien las plantas y no quiero que se pierdan cuando yo ya no esté… Verlas vivas y creciendo, cuando no multiplicándose, es como rendirle un homenaje, aparte de una hermosa manera de mantener con vida un legado, y de recordar momentos, bellos ya simplemente por acontecer cuando tus seres más queridos estaban vivos y a tu lado. Es el valor de la memoria, que surge en detalles, desapercibidos para los demás, pero que tú reconoces y guardas primorosamente. Va mucho más allá de lo material, y surge al hacer cualquier arreglo doméstico, tal y como aprendiste de un padre apañado y cariñoso, o en algo tan sencillo como cuando te dicen que hay que ver cómo te pareces a tu madre. No se necesitan dinero ni objetos suntuosos para llevar contigo un precioso legado personal e intransferible que no suele aparecer en herencias al uso, pues ningún notario dará fe nunca de las maravillosas transmisiones que nos dejaron quienes nos querían, para ayudarnos un poquito en el desconsuelo de su pérdida.

677. Corre que vuela

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Me encuentro en un cajón una tabla de conversión de euros a pesetas y me acuerdo de la fecha en que empezaron a circular los nuevos billetes y monedas, va a hacer ya 24 años. Madre mía, cómo pasa el tiempo, que corre que vuela, y si nos paramos un poco a pensar, la de vivencias, la de cambios, la de inventos y cosas que existen y hace años parecían casi imposibles. Cojo el móvil, le consulto una duda de viva voz y me contesta la respuesta en un santiamén, lo que hace que me pregunte cómo podíamos vivir antes de los móviles, porque es que si nos fijamos vemos que tenemos en ellos un tutor tan apreciado e imprescindible, como muchas veces imperceptible. Un smartphone es ciertamente eso, un teléfono móvil que se puede convertir en todo un maestro gracias a su acceso a internet, más allá de su función comunicativa a través de llamadas y mensajes, que ni siquiera hemos de detenernos demasiado a explicar cómo ha influido en la desaparición de las cabinas telefónicas y del correo postal, limitado ya prácticamente a cartas comerciales, publicidad y poco más. Además, nos sirve para la fotografía y el vídeo, de modo que ahora es muy raro, por infrecuente, llevar cámara de fotos y de vídeo a los viajes, a no ser que seas un auténtico aficionado. Después, a veces ni entiendo cómo llegaba a tantos lugares sin la posibilidad de usar la navegación GPS, cuando a estas alturas casi he olvidado los mapas de carreteras, que se iban actualizando con frecuencia, o las guías de hoteles, por poner algún ejemplo: hoy es raro tener que preguntar a alguien dónde queda una dirección concreta, porque gracias a esta conexión con una red de satélites, no sólo sabemos dónde queda el destino deseado, sino que nos informará de la velocidad y del tiempo que tardaremos en llegar a él, casi nada…

Foto: Lola Fernández

A los múltiples aspectos de entretenimiento que nos proporciona un teléfono inteligente, como música, cine, televisión, lectura, juegos y demás, hemos de añadir todo lo relativo a la gestión personal, que nos sirve para cosas tan variopintas como pedir una cita médica, o llevar una agenda de lo más completa, pasando por pagos diversos, sin olvidarnos de la domótica, para los amantes de las casas inteligentes, entre otras variadas funciones que se pueden realizar con sólo tener un móvil y una buena conexión a redes móviles y Wi-Fi. El otro día veía una publicación en Instagram con una imagen de un teléfono antiguo de pared y un texto que decía: Cuando el teléfono estaba atado a un cable… los humanos eran libres. Y he de admitir que estuve instantáneamente de acuerdo, porque esa es, precisamente, la otra cara de la moneda. No hay que insistir mucho para que todos convengamos en que perdemos un tiempo precioso enganchados a los móviles, en detrimento de otras muchas actividades valiosísimas que se van quedando aparcadas para otro momento, que a veces ni siquiera llega. Y qué decir de la inmensa soledad que nos da también un móvil moderno, que nos aparta en bastantes ocasiones de relaciones humanas reales, a favor de una virtualidad que no tiene nada de raro que se convierta a la postre en puro espejismo. Deberíamos reflexionar sobre cómo el paso del tiempo, por mucho que vuele, no ha de hacernos olvidar que lo auténtico permanece más allá de modas, aplicaciones, innovaciones y demás; como la forja y la piedra de un jardín escondido, que ven pasar los años sin cambiar su esencia, silenciosos compañeros de una vegetación que, por fuerza, dada su naturaleza primordialmente perecedera, irá transformándose de acuerdo a los tiempos y los usos.

676. Diciembre

Foto: Lola Fernández.

Por Lola Fernández.

Escuchaba el otro día un programa en la radio que hablaba del mes de diciembre, cuestionándose si podía considerarse como un final o como un principio, ante lo que yo reflexionaba que ni lo uno ni lo otro, porque me parece más bien un intervalo, en el que todo puede imaginarse y realizarse al modo personal que se prefiera. Pocos meses más controvertidos, me digo mientras miro la fotografía que he elegido para este artículo de una planta llamada stipa tenuissima, que no tiene flores y cobra toda su vida cuando el viento la mece, pues se transforma en un mar vegetal de movimientos hipnóticos, casi como si fuera una danza. Llamada también hierba pluma o hierba pelo de ángel, de florecer podría hacerlo con auténticas rosas de los vientos, por el dominio acerca del aire y el movimiento que se le presupone. Mirando sus finas y flexibles hojas, se puede ver lo acostumbradas que están a moverse de aquí para allá, con una apariencia que recuerda a vórtices y remolinos, aunque mostrando una firmeza que se traduce en pura adaptabilidad: es tal y como yo veo el mes doce del año, que, sin embargo, toma su nombre del décimo que fue en el antiguo calendario romano. Desde el mismo detalle etimológico ya notamos que estamos ante un mes muy especial, que nunca pasa desapercibido, y que da para hablar mucho de él y sus circunstancias; tanto, que cada vez se busca iniciarlo antes, como si ni siquiera pudiéramos respetar su esencia de medida de tiempo que nace un 1 y muere un 31.

Foto: Lola Fernández.

Y es que diciembre le debe casi toda su especialidad a contener la mayor parte de las navidades, que no es moco de pavo; y ahí mismo tenemos un serio debate para muchos: cuándo es oportuno vestir la vida de Navidad, dando el pistoletazo a los anuncios pertinentes relativos a regalos, mayormente juguetes pero sin olvidar joyas y perfumes, y a costumbres, como volver a casa o comprar décimos de lotería con los que soñar una vida mejor. Las muñecas de Famosa se dirigen al portal…, vuelve por Navidad…, vamos, que hay anuncios cuyas musiquillas son ya casi como auténticos villancicos, con permiso de éstos, claro. A ver quién es el guapo que se despierta un 22 de diciembre y no vuelve al pasado escuchando cantar la lotería a los niños y niñas de San Ildefonso, o que se come algún dulce navideño y no se retrotrae a su infancia. Diciembre es un mes por el que no se puede pasar de puntillas, porque en cualquier momento tendrás que decir si te gusta o no, y además el porqué; y porque si su inicio se desdibuja en el día 1, por su acelerado presagio, qué decir de su final el 31, cuando a las 00:00 horas empieza, nada más y nada menos, que un año nuevo. Está claro que no es un mes como los demás, y me pregunto si podrá ir más allá de contener el periodo navideño, dado a excesos de todo tipo; o de estar adornado de luces, músicas populares, guirnaldas y toda suerte de materiales, brillos y colores; o de zonas comunes, con tradiciones compartidas, para transformarse en una verdadera tierra de nadie, indefinida y sin generalidades. Por eso me es más fácil verlo como puente o intervalo, que como alfa u omega, y no me cuesta nada imaginarlo como stipa tenuissima desmelenada por completo tras un soplo iracundo de céfiros. Sea como fuere, les deseo a ustedes la mejor de las navidades posibles, ajustadas cual guante a sus gustos personales; y que disfruten, aparte de ellas, de un bonito mes de diciembre.

675. Fantasmadas

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Si un fantasmón es quien presume de algo, exagerando o mintiendo, y los fantasmas se ven pero no están, o están pero no se ven, que lo mismo da, Baza no es ajena a las fantasmadas, créanme, y hay algunos asuntos en concreto sobre los que se miente más que hablar, periódicamente a lo largo de los años, sin sonrojarse, así, por toda la cara, que es tan dura que no parece que pase nada de nada. A saber, así por encima, cuántas veces se nos ha dicho que el tren volverá, cuando la única certeza es que se lo llevaron y desmantelaron paulatinamente toda la infraestructura asociada y necesaria. Cierto que la esperanza es positiva, y el deseo nunca se pierde, el del regreso y el de creer su promesa, por más que ya huela a puro cuento; pero también es verdadera la desconfianza y real el pesimismo, para qué decir lo contrario. Y en cuántas ocasiones hemos escuchado que la Alcazaba se va a restaurar, con concursos internacionales incluidos, que no sé qué pasaría con el proyecto italiano ganador hace ya unos lustros, cuando la auténtica verdad es que hay poco que renovar, no nos engañemos. Y algo muy parecido podemos apuntar sobre la reforma del Palacio de los Enríquez, que no llevo ya ni la cuenta de los futuros usos, de las partidas para esto o lo otro, de los sueños de una noche de verano, que se desvanecen al despertar, y todo lo que gusten ustedes mismos añadir, que seguro que se les ocurren muchas cosas.

Foto: Lola Fernández

Ya sabemos que las promesas políticas son más baratas que la carne de cerdo actualmente, con la peste porcina: vamos, que son absolutamente gratuitas, porque nunca se responde por su incumplimiento; pero lo más curioso es que a veces lo prometido surge de portavocías de cargos diferentes pero de las mismas personas, que está claro que hay quien entra en política para no irse ni de broma, aunque no lleguen nunca a donde imaginaron. Sin embargo, me pregunto si no se les cae la cara de vergüenza, porque yo misma siento sonrojo al escuchar mil veces lo mismo, sabiendo, quien habla y quien escucha, que da igual si se aportan partidas económicas, porque no se irá más lejos de un simple blanqueo y un marear la perdiz. Propongo que, si hay dinero para nuestra ciudad, se invierta en cosas reales que se presentaron como el no va más, y ahí andan medio en el olvido, con ocasionales visitas de grupos escolares, colectivos de mujeres o de personas mayores, turistas despistados, no sé, pero sin demasiada vida, programaciones y actividades. Pienso, por ejemplo, en los Baños Árabes, en el Centro de Interpretación de la Cultura Íbera, o incluso en el mismo Museo Arqueológico; estoy segura de que les vendría de perlas más ayudas, para tener mayor protagonismo cultural en Baza, que no basta con existir, sino que se precisa estar vivos y coleando. La imaginación al poder, incluso aplicada al día a día de nuestra cultura, que no puede quedarse limitada a la Semana Santa y al Cascamorras, por importantes que sean. Ya hace mucho tiempo que habría que haber hecho jardines en la Alcazaba, integrando los escasos elementos arqueológicos originales que quedan, y animando a los bastetanos a visitarlos; y del mismo modo, los jardines del Palacio de los Enríquez hace décadas deberían haberse unido a la aledaña Alameda. En cuanto al tren, qué quieren que les diga, me habría bastado, en tanto llega, una buena comunicación de autobuses con la estación ferroviaria de Guadix. Y es que cuando el panorama se torna sombrío, nada como abrir una ventana por la que entre la luz y se pueda ver el cielo, que es casi tan importante como ir más allá de compromisos repetidos que saben a mentiras, y pelear por realidades tangibles.

674. Si me dan a elegir

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Podríamos decir sin equivocarnos que son malos tiempos para los principios que guían las conductas sociales por el camino correcto y adecuado, pero no por ello vamos a dejar de ser, a nivel individual, portadores de valores que nos diferencien y conviertan en una buena persona, faltaría más. Precisamente, ante las dificultades y cuando más ruido haya, hemos de abrir cauces de singularidad, emprendiendo rutas personales que nos hagan sentirnos bien con nosotros mismos, teniendo siempre la claridad de ideas y convencimientos para, en caso de conflicto, elegir. No se trata de ganarse el cielo, pero hay cosas que no sólo son feas y están mal, tal como la mentira, sino que además son pecado, por lo que, si se es creyente, hay como un plus de exigencia; aunque si quieres arroz, Catalina, estoy harta de ver cómo muchos que hacen frecuentemente actos de contrición, después no tienen ningún problema en mentir cual bellacos. Si me dan a elegir, me quedo con la verdad, que siempre irá asociada a la honestidad y la responsabilidad, valores hoy más bien escasos, cuando quien hace algo mal no sólo no lo reconoce, sino que siempre aprovecha para echar balones fuera y acusar falsamente a cualquiera antes que dar la cara.

Foto: Lola Fernández

Siempre apostaré por la tolerancia y la flexibilidad, frente a la intransigencia, y por la pluralidad antes que por el pensamiento único y el adoctrinamiento sesgado; igual que prefiero la paz a la guerra y ser agradecida antes que mostrar ingratitud, es cuestión de elegir y de estar en el lugar que entendamos como el lado bueno de la vida. A mi modo de ver, hay demasiado egoísmo, del peor, del que se traduce en rechazo hacia el otro, sólo por ser diferente, cuando la vigente realidad nos exige ser generosos y compasivos, mostrando siempre empatía. Porque la ineficacia chirría, hay que buscar capacidad, y si el insulto es la norma general, mejor quedarnos con el respeto, que es bastante más gratificante, dónde va a parar. Me gusta mucho más la aplicación de una justicia que se apoye en pruebas y hechos ciertos, que una desoladora injusticia basada en opiniones y creencias de los que tienen en sus manos la aplicación de las reglas del juego. Creo firmemente en que todos debiéramos ser iguales para según qué asuntos, con independencia de tener o no tener, ya sean medios, ya sean relaciones adecuadas y propicias; y, desde luego, si me dan a elegir entre lo taciturno y agorero, y la alegría de vivir, sé muy bien de qué parte estoy y cuáles son los incentivos que me impulsan a actuar, sentir y pensar: es casi tanto como optar por el mar y un jardín, antes que por un cauce seco atravesando tristes eriales. Que sí, que hay muchos gustos y predilecciones diferentes, que no tiene nada de extraño la divergencia y no concordar en muchas cosas de esta vida nuestra de cada día, pero no me digan que no es más bonita la música que el ruido y el embrollo ensordecedores, o que no es preferible la autenticidad a los bulos, esa plaga de nuestra actualidad. Cómo no nos van a parecer más hermosos los frutos y las flores, que la triste visión de las tierras anegadas tras una inundación que deja devastado e infértil el suelo y pudre las raíces. Hay dimensiones tan evidentes y contrastes tan acentuados, que no es difícil posicionarse, que es tanto como encontrar la brújula que nos oriente en nuestro plan de viaje vital, lo cual, convendrán conmigo, no es nada baladí.

673. Como hojas muertas

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Hace un frío que pela y los meteorólogos nos hablan de una ciclogénesis mediterránea. Ya estamos todos, me digo mientras pienso en que pronto habremos olvidado las olas de calor del verano, pues somos olvidadizos hasta con las cosas realmente importantes. Hace años me desagradaba bastante que el tiempo y el clima fueran noticia, pero hay tantos cambios que ahora mismo podríamos decir que estamos ya a la altura de los anglosajones en el tema, de ellos que distinguen sabiamente weather de time para no tener que aclarar cuándo se está mirando al cielo y cuándo filosofando. De modo que la meteorología es actualmente mucho más que relleno de noticiarios, adquiriendo bastantes veces la condición de protagonista principal, y quien más quien menos lleva en el móvil alguna aplicación que nos dice, generalmente con bastante acierto, la temperatura por horas y toda clase de datos y previsiones, incluidas las perspectivas de alergias y hasta las fases de la luna. Aunque este frío se lleve el recuerdo de los sofocantes calores, insisto en que mucho peor es olvidar las cosas que tendrían que estar grabadas con fuego para permanecer imborrables, dicho esto a cuenta de la encuesta monográfica realizada con motivo del 50 aniversario de la muerte de Franco, quien nos dejó un feo espacio de casi 40 años de dictadura. Los datos son tan interesantes, que ahí están para consultarlos detenidamente, lo que seguro que a muchos les descorazonará, y no es para menos. Que a estas alturas no se tenga bien claro que la Guerra Civil ocurrió por un golpe de Estado de Franco contra un gobierno legítimo, o haya quien perciba bondades en un régimen dictatorial y lo prefiera a uno democrático, es para llorar y atisbar lo mucho que quedó sin hacer en la llamada Transición, y que es urgente acometer para progresar y que el futuro no sea pura involución y retroceso.

Foto: Lola Fernández

Pero lo que más me ha llegado al alma es conocer que hay un 40% de españoles que no sabe que fue el bando franquista el que asesinó a Federico García Lorca. Creo que muchos políticos de derechas están incluidos en ese escandaloso porcentaje, viendo cómo tienen la indecente desvergüenza de apropiarse de la figura del poeta granadino olvidando que fue la derecha la autora de su muerte. Está claro que la ley de Memoria Histórica (2007), reemplazada por la actual de Memoria Democrática (2022), es absolutamente necesaria para conocer la verdad de lo ocurrido en España, pues lo que tenemos es más una desmemoria histórica, y así nos va. Que medio siglo después de que Franco muriera, torturado estérilmente por su propia familia alargando una agonía por cuestión de fechas, aún haya miles de fosas no exhumadas por toda la geografía del país, con los restos de cientos de miles de víctimas de la contienda fratricida y la posterior dictadura franquista, los de Lorca incluidos, es tan indignante como indignos los que boicotean su recuperación e identificación, para que las familias puedan al fin darles sepultura. Hay un poema de Jacques Prévert, convertido en una tan bella como triste canción, que dice: Las hojas muertas se amontonan por las calles como las penas y los recuerdos… Y el viento del norte las barre en la noche fría del olvido. No está bien, aparte de empequeñecernos como seres humanos, que los restos de tantas personas sigan olvidados en cementerios y cunetas, en simas, pozos y minas, clamando para no ser olvidadas como hojas muertas.

672. Lluvia de sangre

Foto: Lola Fernández.

Por Lola Fernández.

Por nuestra situación geográfica, en Baza no es raro que vientos que nos llegan por el sur y el sureste, como el siroco, nos traigan desde el Sáhara polvo y calor desérticos, la ya frecuente calima, que enturbia nuestro aire por la arena suspendida, creando una capa que impide que la atmósfera se renueve y dificulta la visibilidad con su espesa bruma amarillenta o anaranjada, que, cuando llueve, cubre las superficies de barro ocre, o rojizo, hablándose entonces de lluvia de barro o de sangre, respectivamente. Como por aquí no llueve demasiado, nos libramos con frecuencia de esas capas de barro en paredes y suelos, difíciles de quitar por su alta adherencia, aunque nada nos salva de los problemas respiratorios o de irritación de garganta y ojos que suele llevar aparejados la susodicha calima. Cuando ella nos envuelve, el aire no está limpio, antes al contrario, las partículas suspendidas lo enturbian todo con una apariencia algo fantasmagórica, como si los ojos usaran filtros coloreados; lo que de inmediato me lleva a pensar que es algo bastante similar a lo que ocurre en nuestra actualidad diaria, llena de noticias y acontecimientos que se suponen de interés general, aunque muchas veces están lastrados o sesgados intencionadamente, a modo de filtro que desdibujara la realidad verdadera, válgame la redundancia para referirme a la verdad objetiva, no siempre coincidente con la percepción generalizada. Aunque todo ello no pasaría de lluvia de barro, a la postre no tan difícil de eliminar, si no con uno, con varios golpes de manguera, lo que permitiría arrastrar la suciedad con el agua.

Foto: Lola Fernández.

Mucho menos fácil es limpiar el rastro bermejo que deja tras de sí la lluvia de sangre, como algunos hechos reales de nuestra sociedad, aunque parezcan sacados de una película de terror. Saber de los safaris humanos en Sarajevo, que la justicia italiana está investigando actualmente, aunque tuvieron lugar durante la guerra de Bosnia, entre 1992 y 1995, con francotiradores de fin de semana, que pagaban elevadas cantidades a las tropas serbias para ir, en ocasiones aprovechando vuelos humanitarios a Serbia, a matar a civiles indiscriminadamente y al azar, aunque previamente elegían y pagaban más o menos según fueran a disparar a adultos o niños, mujeres embarazadas o soldados, porque cada víctima tenía un precio, con el terrible añadido de que al ser malos tiradores incrementaban el dolor de las víctimas. Eran sobre todo italianos, aunque no se descartan otras nacionalidades, entre ellas la española, que ayudados por su alto poder adquisitivo iban con equipos de caza y armas caras, a disfrutar del placer de matar a civiles aterrorizados ya por la guerra, sin necesidad de estos monstruos que no se merecen el apelativo de humanos. Es todo tan macabro y vomitivo, tan repugnante y repulsivo, que sólo me consuela saber que este tipo de crímenes no prescribe, aunque se valieron de tan metódica organización que será muy difícil de desenmascarar. Conocer ciertas cosas, descubrir que alguien puede ser tan asqueroso como para pagar por ir a matar, y pagar más si elige que la víctima sea un niño o una niña, provoca un espanto casi imposible de olvidar algún día, porque deja un poso de suciedad moral que es mucho más pegajoso que toda huella de cualquier lluvia de sangre, en este caso nunca mejor dicho, para desgracia general de la humanidad en su conjunto. En momentos así, una desearía que existiera un Dios que evitara comportamientos tan indignos e ignominiosos, y al que poder elevar una oración pidiendo que nunca más ocurrieran.

671. Los afanes

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

Entre lo que se desea y finalmente se consigue, entre los sueños y las realidades, hay todo un mundo, no infrecuentemente teñido de decepción. Me topé inicialmente con el concepto de los afanes en la primera novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía, de muy recomendable lectura para quienes no la conozcan. El autor lo aplicaba a ese deseo de obtener grandeza y realizar obras notables, en no pocas ocasiones seguido de la frustración y la tristeza que nacen del fracaso en tales expectativas, de la enorme distancia entre lo soñado y lo logrado. La misma idea, aunque mucho más poéticamente expresada, la conocí muchos años antes a través de Luis Cernuda y su obra La realidad y el deseo, compilación de su poesía, en la que resalta el choque de dos fuerzas opuestas: el deseo, que te potencia y te eleva a los cielos, por una parte; y la realidad, que te hace poner los pies en el suelo, por así decirlo, por otra. A mi manera de verlo, se podría hacer una similitud entre las propuestas artísticas y las premisas científicas, de modo que se vea al artista como el soñador, y al científico como el realista. Y es verdad que los artistas no tienen nada que probar, cosa reservada para los científicos, que sin pruebas se convierten en unos cuentistas; pero no es menos cierto que, antes de sacar conclusiones a través de la experimentación, la ciencia también ha de idear e imaginar, elementos básicos en el creador de sueños.

Foto: Lola Fernández

Para ver arte no contamos solamente con los museos, al igual que la ciencia no se encuentra sólo en los libros, y en ambos es igualmente esencial la observación del mundo natural que nos rodea. Observar es elemental y absolutamente necesario en artistas y científicos, con la diferencia fundamental que aporta la mirada de ambos. No mira igual un pintor que un físico, por ejemplo, y por eso no ven lo mismo, ni expresan sus conocimientos de manera semejante uno y otro. También en ambos casos se precisa recibir por nuestra parte sus miradas adecuadamente, en el caso del arte con un filtro subjetivo muy importante, que suele ser inexistente a la hora de entender lo que nos enseña la ciencia. Seguramente ello se debe a los distintos elementos con los que trabajan: nada tiene que ver una visión personal artística elaborada a lomos de sensaciones, emociones y sentimientos, con las leyes generales y los principios científicos. Sin embargo, los afanes son aplicables tanto en unos como en otros, y no me imagino un artista carente de conocimientos aprendidos a partir de la ciencia, especialmente a la hora de desplegar su talento a través de diversas habilidades técnicas; como sé que un buen científico ha de servirse de una idea, que guíe su búsqueda de respuestas a modo de inspiración. Como muestra me quedo con la obra de la imagen de esta semana: sin conocimientos científicos y sin arte sería impensable esta escena de la vida cotidiana en pequeñas esculturas que embellecen una fuente preciosa. Y al final lo importante es que nos guste y que funcione, que es tanto como decir que esta vez los afanes se culminaron satisfactoriamente, para el placer personal del diseñador, del escultor, y de quienes sepan ver, disfrutar y descubrir lo que la mirada del artista quiso plasmar, sirviéndose de su talento personal y con la ayuda de los conocimientos de ingeniería y arquitectura precisos para que resulte un bello conjunto funcional.

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