567. La eterna contradicción

Por Lola Fernández.

Aún no he olvidado las imágenes de terroristas yihadistas destrozando con explosivos un templo milenario en los restos históricos de la maravillosa ciudad de Palmira, en Siria, arrasando, sin dudarlo un segundo, tesoros culturales de la humanidad. Un ataque frontal y directo contra el mundo occidental en una acción tan cobarde como irracional, rasgos que por otra parte definen a estos locos mesiánicos crueles y desalmados. Los mismos que decapitaban a rehenes inocentes frente a las cámaras, para que tan horribles imágenes nos acompañaran en los noticiarios diarios. Unas acciones que estremecen hasta al ser menos sensible, por inútiles, por extremistas, por despreciables, por tan contrarias a la misma esencia de nuestra supervivencia como especie. Frente a ellas, cómo no valorar y agradecer el trabajo de los arqueólogos, ajenos a las mafias del ámbito, que esa es otra, quienes pasan horas, días, meses, años investigando minuciosa y pacientemente los restos de culturas extintas para que todos aprendamos de la Historia, y disfrutemos de las obras del ser humano en los museos. Cómo olvidar la tarea médica de entrega para salvar vidas, aun a costa de perder las propias por infecciones o estar en lugares de guerra en los que la muerte es la tónica. Es la eterna contradicción de las personas, capaces de lo mejor y de lo peor: mientras unas son modelos de comportamientos a seguir, otras son deplorables y miserables seres que solamente degradan la condición humana.

Foto: Lola Fernández

La misma relación de oposición encuentro entre valores aprendidos y la realidad a la que, en múltiples ocasiones, nos vemos expuestos a diario, en esta sociedad nuestra que parece no tener tiempo para detenerse un poco y permitir, al ralentizar su ritmo, la necesaria reflexión acerca de hacia dónde vamos y si es hacia donde quisiéramos ir. Tengo a mano un libro con muchos años, tantos como yo, pues su fecha de edición coincide con la de mi nacimiento, con el sencillo título de Lecturas, en el que a través de 48 textos de los más variopintos temas se trataba de inculcar a los lectores principiantes los principios y valores éticos de una buena persona. Uno de ellos, titulado ¡Ya llegan!, ¡ya llegan!, empieza así: El pobre “peque”, el desarrapado mendigo, andaba aquellos días muy cabizbajo. Si les digo que es sobre los Reyes Magos y que, gracias a la generosidad de los más pudientes, un niño mendigo conseguía pasar unas navidades alegres y con muchos regalos, entenderán que se trataba de inculcar el amor a los más desfavorecidos, nunca el rechazo, haciendo todo lo posible para que la tristeza desapareciera y se tornara alegría… Frente a esto, he seguido el caso del barco humanitario con migrantes a bordo rescatados en el Mediterráneo, que ha tenido que acoger finalmente Francia ante la negativa por parte del nuevo Gobierno ultraderechista, o fascista más directamente, de Giorgia Meloni en Italia a que atracara en sus puertos, con la amenaza además de considerar a los barcos de rescate barcos de piratas, sic, reservándose su derecho de atacarlos… Se ve que la señora Melones debió aprender a leer sus primeros textos en libros muy diferentes al mío, lo cual es para mí un motivo de satisfacción y alivio por lo que a mi modo de ser respecta.  Y me pregunto si tanta gente que se llama de bien y apoya estas doctrinas de odio, no alcanza a tener la suficiente inteligencia como para comprender que esos odios que hoy buscan a seres ajenos a ellos se volverán un día contra ella y ya será tarde. Es el sempiterno enfrentamiento entre el bien y el mal, y el peligro que corremos si finalmente ganan los enemigos de la razón, los que están en el lado equivocado.

566. Qué va a ser de nosotros

Por Lola Fernández.

Me pregunto qué será de nosotros como consecuencia del cambio climático, tan evidente, excepto a los ojos de los ciegos a nivel intelectual, que de nada sirve tener sentidos si se empecinan en el sinsentido de negar no ya sólo las evidencias, sino la voz de los científicos. Porque todos estos cambios son más lentos que rápidos, pero llevan tantos años advirtiéndonos sobre ellos, que ya no cabe el tonto consuelo de a mí no me pilla… Por mucho que haya gente con pocos dedos de frente, que siguen con lo de que calor en verano siempre ha habido, las olas de calor que hemos sufrido este verano, y las temperaturas que tenemos a esta altura de otoño, no son normales, y así lo señalan los registros oficiales; esos que, sin embargo, siguen ignorando los negacionistas de todo, que mira que les gusta a algunos, o a muchos, que es peor, negar… lo que sea, pero lo niegan.

Qué será de nosotros cuando lleguen otoños sin sus colores, porque si no hace frío, por qué habrán de protegerse los árboles de hoja caduca y prepararse para el invierno desnudando sus ramas, que es justamente lo que propicia esos colores otoñales que tanto seducen por su variedad y cromatismo. Cómo sabrán las aves migratorias que va llegando el momento de partir, si por los calores estarán dudando si es época de cría… Qué va a ser de nosotros si no llegan las lluvias y persiste el menguar de los pantanos, si se estropean los cultivos por la sequía, y se malogran las cosechas temporales. Me pregunto si se habrá de acostumbrar la Naturaleza a factores tan hostiles, cuando ni nosotros podemos sobrellevar con facilidad el cambio horario con que nuestros políticos persisten en castigarnos dos veces al año; que no sé ustedes, pero yo sólo tengo sueño cuando a media tarde ya es de noche. Son tiempos raros, la verdad, con los armarios sin definir, porque hasta la rebeca sobra la mayor parte de los días. Siempre nos hemos quejado por estas tierras de que apenas hay primaveras y otoños, que pasamos del calor al frío, sin tránsito; pero no recuerdo una primavera más fría que la de este año, ni unos calores más insoportables que los que hemos padecido desde que aquellos fríos se fueran, y de seguir así ya me imagino una navidad en mangas de camisa.

Ha pasado mucho tiempo desde que en Baza hacía un frío que pelaba, siempre digo que desde que construyeron los embalses y pantanos, y no recuerdo navidades sin todo nevado, porque antes de las vacaciones de diciembre nevaba copiosamente y toda Baza se vestía de blanco y de frío hasta bien entrado el nuevo año. Eso son ya recuerdos, y es lo que me da miedo: que los colores otoñales y los ciclos estacionales lleguen un día a ser recuerdos del pasado, ahora que el cambio climático empieza a mostrarnos los dientes como un lobo salvaje que avisa antes de atacar, para que nos dé tiempo de ponernos a salvo. Qué será de nosotros si eso ocurre, me pregunto preocupada mientras miro una bella pintura de Konstantin Gorbatov con poco más de un siglo, Otoño en las islas, 1919: en ella, los maravillosos colores propios de la estación, y la palpable sensación de frío en las aguas, y en las pocas figuras humanas en una barcaza y en el camino junto a la orilla. Qué va a ser de nosotros si la Naturaleza deja de ser una amiga que nos facilita la vida, y se convierte, a consecuencia de nuestras conductas, en una enemiga que nos haga muy difícil vivir.

565 Los 4 elementos de la Naturaleza

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Los seres humanos somos evolutivos, desde el mismo origen hemos ido cambiando hasta llegar a lo que hoy somos, y ha habido una serie de hitos importantísimos para la humanidad, que no deja de ser un conjunto de seres vivos pertenecientes a los mamíferos. Seres complejos y evolucionados, lo primero que nos ayudó a diferenciarnos de otros animales fue el descubrimiento y domesticación del fuego, lo cual ocurrió hace más de un millón y medio de años, por parte de nuestro antecesor el Homo Erectus. Estamos hablando de cuando el ser humano era cazador, pescador y recolector, llevando una vida nómada y que se refugiaba en cuevas. Tras el fuego, lo que se domesticó, por decirlo de alguna manera, fueron las plantas y la ganadería, lo cual ocurrió hará unos 12.000 años. Fue así cómo en el Neolítico la agricultura y la ganadería propiciaron el paso a una sociedad sedentaria, con grupos más numerosos y asentamientos humanos asociados a las viviendas y a las primeras aldeas. Hablamos de sencillas chozas de barro, cañas y paja, madera y piedra, muy parecidas a las de las tribus que aún persisten actualmente en África o en América; y junto a ellas, los graneros en los que guardar los productos de las cosechas para alimentarse a lo largo del año. Ya no eran construcciones efímeras de paso para el hombre cazador, sino que en su conjunto constituían comunidades estables, en las que el ganado y la agricultura trajeron consigo la aparición generalizada de la cerámica llamada doméstica, con las primeras vasijas, que ayudaban a cocinar sobre el fuego, y a almacenar los alimentos, procedentes tanto de la ganadería como de las cosechas. Todo esto pasaba en lo que se conoce como Prehistoria, que daría paso posteriormente a la Historia, justo en el momento en que el ser humano, necesitado de comunicación con sus semejantes, además de tener que organizar y administrar sus propiedades, diera lugar a la escritura y a la numeración, puesto que el número escrito acompañó en su nacimiento a la palabra escrita.

Foto: Lola Fernández

Hemos de tener presente que pasarían muchos siglos hasta el nacimiento de lo que hoy entendemos por Ciencia Moderna, así que los seres humanos buscaban respuestas a sus muchas incógnitas en lo que podemos denominar Filosofía Natural, un conjunto diverso de corrientes en las que se trataba de explicar las respuestas que no se encontraban como hoy en día en los libros y manuales de las distintas disciplinas del saber y el conocimiento humano. Así, al principio, y previamente a las diferentes religiones, eran tiempos politeístas, y había dioses de todo y para todo: del fuego, de las tormentas, del viento, de la noche, del día, etcétera. Ya los primeros filósofos presocráticos esbozaban sus teorías de los 4 elementos de la Naturaleza: fuego, aire, agua y tierra; y, después de Sócrates, fueron Platón y Aristóteles los que dieron sus particulares versiones; como, ya en el medievo, los alquimistas retomaron e hicieron suya esta teoría explicativa. Con todas las diferencias y matices según los países y las épocas históricas, podríamos resumirla simple y sencillamente diciendo que el fuego es para calentarnos, el aire para respirar, el agua para beber y la tierra para comer. Los 4 elementos, esenciales en la agricultura, que propició la denominada revolución neolítica, e igualmente presentes y necesarios en la cerámica, tan ligada a la evolución humana: barro y agua para modelar o moldear, aire para secar, y el fuego en el horno para cocer. Respuestas sencillas para las profundas preguntas de un ser tan complejo como el humano.

 

564. Zapatitos de tacón

Por Lola Fernández.

Hay un programa radiofónico nocturno que puede escucharse de 1.30 a 4h. de la madrugada, de domingo a jueves, o a través de podcast a la hora y el día que se desee: es El Faro de Mara Torres, en la Cadena Ser, y lo recomiendo encarecidamente, porque me parece de lo mejor que pueda encontrarse en la radio. Y en él hay un apartado llamado Gatopard@, en el que se entrevista a un hombre o una mujer famosos en múltiples y variados ámbitos, con la perfecta particularidad de que, por muy conocidos que sean, no se anuncian previamente, y se entrevistan con un pseudónimo hasta que, mediada la entrevista, se descubre quién es y por qué eligió ser llamado así. Puede parecer una nimiedad, pero creo que es muy interesante acercarte a alguien sin prejuicios subjetivos; de hecho, hay personas que me han sorprendido gratamente, y que, de saber quiénes eran, no los habría escuchado. Son así los juicios previos, que nos hacen inflexibles y por ellos perdemos cosas positivas allí donde de antemano sólo presagiamos negatividad. La cosa, o el caso, es que una de estas noches escuchaba una entrevista con un tal Ajillo, que resultó ser Antonio Carmona, de los Habichuela de Granada, importante familia flamenca que se vio superada en fama cuando dos hermanos y un primo, entre otros, de las generaciones más jóvenes entonces, formaron y triunfaron con Ketama. Supongo que les suena a ustedes aquello de No estamos locos, que sabemos lo que queremos… Durante la conversación con el cantante del grupo mencionado, hoy ya desaparecido, Mara Torres, magnífica periodista, le señalaba que gracias al primer disco, Ketama, ella había conocido un mundo, el del flamenco, que previamente le parecía muy difícil. Y Antonio le recordaba que ya bastante antes, en 1979, Camarón había grabado La leyenda del tiempo, haciendo que los flamencos ortodoxos se rasgasen las vestiduras ante la introducción de nuevos ritmos: guitarras y bajos eléctricos, baterías, flautas, etc.

Foto: Lola Fernández

Los Carmona, aunque de origen granadino, vivían y triunfaron desde Madrid. Pero escuchando dicha entrevista yo pensaba que Mara es claramente más joven que yo, y se movía por la capital madrileña; porque eso que contaba de que, ya en los ochenta, a través de los nuevos flamencos ella había conocido a los clásicos, yo lo viví bastantes años antes en Andalucía, más concretamente en Sevilla. Fue en 1975, o sea, cuatro años antes de que Camarón escandalizara a los de su raza gitana con La leyenda del tiempo, cuando Lole y Manuel grababan Nuevo Día, y dejaban boquiabierto al personal con sus innovaciones poco ortodoxas para los flamencos puristas. Pero es que del mismo año 1975 es El patio, del grupo sevillano Triana, que con su rock sinfónico andaluz cumplía, seguramente sin proponérselo, la misma función de allanar el camino a la juventud hasta el mundo del flamenco de toda la vida. Triana enmudeció cuando muy joven moría en un accidente de tráfico su vocalista y principal compositor, Jesús de la Rosa, que desde su teclado desgranaba preciosas canciones que fueron la banda sonora de unos años de cambio en todos los sentidos, no sólo musicales. Curiosamente, del mismo 1975 es Entre dos aguas, esa rumba flamenca instrumental que Paco de Lucía hizo mundialmente famosa. Y de 1977 era Veneno, nombre del disco y del grupo del que saldrían Kiko Veneno y Pata Negra; o sea, los hermanos Amador, todos ellos considerados también nuevos flamencos. Enrique Morente, de nuestra Graná, fue también, entre otros, un gran renovador del flamenco, y gracias a ellos, más o menos jóvenes, pero todos con ganas de no quedarse encorsetados y traer aires nuevos en ritmos y letras, somos muchos los que antes no entendíamos nada de ese mundo y ahora sabemos disfrutarlo y deleitarnos con él. A pesar de las feroces críticas que recibieron al principio, no se puede negar que fueron savia nueva para un mundo que corría el peligro de quedar relegado a zambras y peñas especializadas de reducido alcance y limitada proyección. Hoy, el flamenco está muy vivo, en sus vertientes de cante y baile, y su futuro está más que asegurado, siendo Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad desde que así lo declaró la UNESCO en el 2010. Siempre que veo a las niñas vestidas de traje de flamenca, con sus faralaes, y sus zapatitos de tacón y pulseras multicolores, siento una gran alegría y se me viene a la mente invariablemente alguna canción de tantas que sin saberlo siquiera se convirtieron en su momento en llaves que abrían nuevas puertas y ventanas para que entraran por ellas aires frescos e innovadores.

563. Jesús Candel, Spiriman

Por Lola Fernández.

Ha muerto Spiriman, víctima de un cáncer de pulmón que ha acabado con su vida en apenas dos años. Toda muerte provoca tristeza, por lo general, porque si se muriera Putin, por nombrar a un ser maligno, mi alegría sería inmensa; pero así, por lo general, las muertes nos ponen tristes, y más cuando son demasiado tempranas. Jesús Candel, el médico que sacó a la calle a todos los granadinos, sin importar la ideología política, hasta lograr revertir la fusión hospitalaria iniciada por la Junta de Andalucía en Granada capital, lo que se materializó en reabrir los hospitales ya cerrados de Traumatología y el Clínico, fue para mí desde el primer momento un ejemplo de valentía y fuerza en su lucha por la sanidad pública andaluza. No es la primera vez que escribo sobre él, pues le dediqué en su momento dos artículos, aunque esta vez es póstumamente, y queriendo decir algunas cosas que no puedo callar. Spiriman era un médico que desde dentro y por su trabajo veía cómo la sanidad pública se estaba desmantelando en favor de la privada, lo que ocasionaba que la ciudadanía estuviéramos, porque lo padecimos todos personalmente o con nuestros familiares, por sillones o camillas por los pasillos, durante las largas horas de pruebas hasta decidir si hospitalizar o dar el alta; o que tuviéramos que ir al otro extremo de la ciudad, al nuevo monstruoso hospital sin apenas aparcamientos y saturado completamente, mientras veíamos impotentes cómo cerraban dos grandes hospitales que siempre habían funcionado perfectamente. Me pregunto siempre qué querrían hacer con ellos, aparte de beneficiarse de su ubicación céntrica y accesible. El caso es que, pese a los deseos de la Administración y los gobernantes andaluces de aquel entonces, Spiriman, un humilde médico que sabía muy bien de qué hablaba, nos echó a todos a las calles hasta que se logró parar aquel sin sentido y volvimos a disfrutar de Trauma y el Clínico.

Esto fue así, aunque hoy lo nieguen por motivos de ideología política los que comulgan con los que entonces gobernaban. Y la pena es que los contrarios se apoderaron del personaje para hacerlo suyo, cuando lo cierto es que él hubiera hecho lo mismo aunque gobernaran PP, o Podemos, que ambos partidos quisieron infructuosamente contar con él en sus filas, en lugar de PSOE. Se ha querido convertir su acción en una contra Susana Díaz, y es absolutamente mentira. Lo que ocurrió es que todo el poder se unió para hacerle la vida imposible y desdibujar la verdad de su lucha, que no era otra que la de una sanidad pública. Y los que se llamaban socialistas, no sé muy bien por qué, mintieron como bellacos y no tiene nada de extraño que perdiera los nervios y los insultara. Lo llevaron a muchos juicios y curiosamente todos los perdió, oh qué raro en situaciones en que no se ve la separación de poderes por ningún lado, entonces como ahora, que lo malo no cambia por desgracia. A su muerte he tenido hasta que leer en El País, que su lucha fue por una sanidad privada contra la pública: cómo puede hacerse negro lo blanco por un carnet, no puedo concebirlo, de verdad, es vergonzoso. Si no fuera por puros intereses partidistas, ni unos lo odiarían tanto, ni otros lo amarían con pasión, por defender justamente lo que ellos mismos atacan. En fin, repito, de vergüenza ajena. El caso es que se ha muerto muy pronto un hombre bueno que aprendió demasiadas cosas malas por el camino, que fue, en aquellos momentos, hacernos comprender que no podíamos consentir que nos cerraran los hospitales cuando tanto los necesitábamos. Él no ganó sino para disgustos, lo cual tampoco es raro que le influyera en la salud. Ganamos todas y todos los granadinos, incluidos los que le dieron mala vida. Descanse en paz.

562. De rule por la Alpujarra

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández.

La primera vez que pisé tierras alpujarreñas fue en la provincia de Almería, cuando alguien me invitó a pasar unos días en una típica casa de Válor; recuerdo que era una vivienda tradicional tal cual, sin reformas ni aditamentos, más allá de haber transformado la cuadra en bodega, manteniendo una puerta que más parecía de un establo de caballos que de una casa rural. Mis recuerdos se concentran en la recogida de aceituna, con los mantos cubriendo la tierra bajo los olivos, en bancales escalonados; y solares llenos de flores silvestres, con predominio de siempreviva blanca y morada. Pasé unos días tranquilos, pero, con la perspectiva del tiempo, no llegué a captar la esencia de lo que después he conocido yendo bastantes veces a la Alpujarra granadina. Esta región, que se extiende por ambas provincias andaluzas, entre Sierra Nevada y la costa, está compuesta por bastantes localidades, ninguna con mucha población, pero que suele multiplicarse con los visitantes a lo largo de todo el año. Sin embargo, para mi gusto, los tres pueblos más bonitos y característicos son, sin dudarlo un momento, los que se encuentran en el Barranco de Poqueira: Pampaneira, Bubión y Capileira, de abajo hacia arriba, hasta casi abrazar las cumbres de Sierra Nevada, con el Veleta con su inconfundible perfil, pero por la cara opuesta a la que se ve desde Granada capital. Cualquiera de los tres, desperdigados y escalonados mientras se asoman a las alturas abiertas, son absolutamente alpujarreños, muy cercanos unos de otros, pero con la curiosidad de que a la misma vez son bastante diferentes entre sí. Son lugares para enamorar los sentidos todos, y para ello casi no es necesario estar atentos; es tanta la belleza y la diversidad, tan imponente la naturaleza abrazada a sus calles y placetas, que, aunque no te fijes, te inundan en los muchísimos detalles de todo tipo que se reparten por aquí y por allá, sin querer llamar la atención, pero deslumbrando.

Foto: Lola Fernández

Piedras encaladas y pizarra, calles empinadas con canales por los que agua suena y salta, tinaos con sus tejados de vigas y piedra, flores de todos los olores y colores, plantas de múltiples verdes; los álamos, ahora en otoño, vistiendo de amarillo los paisajes antes de quedarse desnudos; el olor de las higueras, de los membrillos, de las manzanas, de los caquis; los castaños cuajados de frutos verdes, adornando el aire; el trino de tantas aves diferentes, con la alegría de los pájaros jugando ajenos al deambular de la gente. Los antiguos lavaderos, a cubierto de fríos y calores, hoy como reliquias de piedra y agua, por la que crece el musgo y el culantrillo ante la falta de uso. Las huertas, abiertas a los ojos curiosos de ciudad, que tienen la oportunidad de ver escaparates de hortalizas y frutas por los que han pasado los siglos sin mutar su apariencia. Y, por encima y más allá de todos esos detalles, que dejo aquí como simples esbozos, leves pinceladas que abran el apetito de conocer la pintura en su conjunto, las chimeneas de la Alpujarra, con sus sombreros de cal y pizarra, como vigías sobre los terraos cubiertos de launa, esos tejados planos tan característicos de estos pueblos con una arquitectura única y singular, amén de bonita a más no poder. Ah, y cómo olvidar los vinos y las viandas: quién no conoce el típico plato alpujarreño, y la variedad de embutidos y el buen jamón que se come por estas tierras… Es una buena manera de entrar en calor si hace fresquito o se siente la humedad propia de estos lugares tan altos, justo para empezar a recorrer los diferentes telares y tiendas, con las prendas expuestas en barandas y paredes de las muchas cuestas; esas jarapas multicolores, y las piezas de esparto, o de cuero, o de barro… Porque en la Alpujarra viven muchos artistas y artesanos, lo cual nada tiene de extraño viendo la cantidad de estímulos en que se despliega la belleza circundante. Si no la conocen, ya están tardando; y si han tenido el placer de visitarla, no tengan pereza para repetir viaje, porque es de esas regiones que nunca son iguales: cambia la luz, el clima, los colores, los olores… Lo que no falta nunca es la poesía de la Naturaleza, y el agua y el aire más puros que se puedan desear, en los días colgados en los barrancos, a la espera de que caiga la noche y los cielos se llenen de estrellas y el brillo de una luna que no puede ser más espectacular en tan inigualable marco.

561. Octubre

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández

Aunque a veces se hizo agotador, por las elevadísimas temperaturas que no pueden ser buenas para estos cuerpos, el verano pasó; un año más se perdió para siempre con su estela de nuevos recuerdos, de los que quién sabe cuáles perdurarán, y cuales se esfumarán sin dejar rastro en esa gran nube que llamamos olvido. Después de una fría primavera, y un estío ardiente, llegó el otoño sin demasiados cambios, y de repente estamos ya en octubre y parece que va haciendo más fresquito, aunque ahora viene el tiempo de los veranillos, para quien no tenga ganas todavía de fríos. Después de los calores soportados y de la sequía que nos amenaza en todo el país, la verdad es que no me importaría que llegaran días de lluvia, para refrescar las ciudades, alegrar los campos y llenar los embalses. Pocas cosas tan tristes como ver los pantanos casi secos, porque si el agua es vida, su ausencia es agobiante en todos los sentidos. Para nosotros los humanos, pero también para la flora y la fauna; así que cantemos eso de que llueva, que llueva, la virgen de la cueva… Me gustaría que el tiempo fuera tan normal y corriente, que el clima dejara de ser una perenne noticia; que sólo dudáramos sobre qué ponernos para salir en estos tiempos de transición, otoñales o primaverales. Y que nada perturbara nuestro disfrute de los últimos días largos, porque cuando acabe octubre lo hará con el fastidioso cambio horario, ese que a nadie gusta pero que se mantiene no se sabe muy bien por qué, y de repente anochecerá demasiado pronto, lo que propiciará que nos quedemos mucho más tiempo en casa.

Foto: Lola Fernández

Pasó el verano, y como quien no quiere la cosa estamos en octubre, y parece que ya vamos olvidando los años de pandemia. A lo largo de estos meses, casi todo lo que hemos celebrado ha sido después de dos años sin poderlo celebrar, con lo cual todo estaba como magnificado, con lo de exageración que ello conlleva. Supongo que esto pasará, y que lo mismo que ya es raro ver a alguien con mascarilla, se olvidarán las urgencias y la desesperación por lo que no las merecen demasiado, puesto que, aunque a veces parezca que no, hay vida más allá de la fiesta. Cuando andábamos confinados había quien reflexionaba sobre las consecuencias de tan general encierro, y se aventuraba a predecir cambios a mejor, virajes hacia una mayor profundidad espiritual y una huida de la superficialidad y el materialismo. No sé qué pensarán ustedes sobre ello, si creen que eran predicciones acertadas, o no; yo prefiero guardarme mi opinión, aunque me parece que es de esas ocasiones en que, aunque una calle, le salen subtítulos. Disfrutemos de este otoño temprano, mientras no sabemos muy bien si guardar las ropas de verano y sacar las de más abrigo; ojalá que todos nuestros problemas consistieran en algo tan sin importancia. Vivamos los días a través de las horas, apreciando el sabor de los tiempos, que cuando queramos darnos cuenta ya habrá llegado el invierno, y seguiremos aquí cambiando de ciclos: imperturbables y eternos ellos, mutables y perecederos nosotros.

560. Pausa

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

Vivimos acelerados, nadie lo duda, llevamos siempre demasiadas prisas para llegar a ni se sabe dónde; corremos sin un porqué, pues ni siquiera perseguimos zanahorias que apremien nuestra estéril carrera. Por más que sepamos que hemos de tranquilizarnos y acompasar nuestras pautas al tiempo circundante, no lo hacemos. Corremos como si no hubiera un mañana, esperando tal vez estirar los días para agrandar el presente, y a veces ocurre que la flexibilidad no es tal, sino rigidez que rompe la cuerda y hace que nos estalle en la cara. En ocasiones la pausa la pone la vida, y no nos queda otra que quedarnos parados, porque esa interrupción desdibuja todos los caminos y nos deja a solas con nosotros mismos. Hay que tener mucho temple para saber acompasar los tempos, para vivir en armonía y que las interferencias no nos dejen a solas y expuestos en la intemperie. Cuando la vida le da a la pausa, no te queda otra que pararte. Y cuando eso ocurre, puedes verlo todo de otra manera; no es lo mismo mirar un paisaje por la ventanilla de un coche a toda velocidad, que asomarte mientras se avanza despacio: de repente, las distorsiones desaparecen, y ves la realidad tal cual es.

Foto: Lola Fernández

Seguramente no estamos tan ciegos como nos creemos, igual es que hay cosas que no queremos ver y pasamos por encima de puntillas, para que no nos afecten más de la cuenta. Lo que ocurre es que hay momentos en que no es ya lo que queramos o deseemos, sino que llega la hora de lo que es. Solemos repetir eso de es lo que hay, como si fuera irremediable, y es ahí donde nos equivocamos, porque nada hay que no tenga solución si lo vemos, lo reflexionamos y decidimos tomar cartas en el asunto, sean las que sean. Puede que nos acomodemos a quedarnos al margen de decisiones que nos urgen, convenciéndonos de que no hay ninguna necesidad de actuar ya; pero, cuando menos lo esperamos, no hay marcha atrás. Es como detenerse y callarse en medio de un bosque que nos parecía inanimado: instantáneamente se llena de vida y sonidos; no es el entorno, somos nosotros los que a veces caminamos como zombis.

Hay que ser justos y agradecidos con quienes nos cuidan y quieren, sin olvidar nunca que nadie ha de lograr que no nos queramos bien. Si eres importante para alguien, nunca te hará sentir lo contrario. No se puede pedir, y es tan absurdo e inútil como dar cuando no se desea lo que das. No hay que malgastar las palabras, porque el significado de los hechos es mucho más importante. Llega un momento es que lo negro es negro y lo blanco, blanco; y no hay quien pueda hacernos comulgar con ruedas de molino. Es preciso tomarse el tiempo necesario para ver cómo el trigo verde amarillea, anunciando el paso de una estación a otra. Y ahora que va a llegar el verano, nada mejor que aprovechar las hogueras de San Juan para desechar y quemar en ellas todo lo feo y que no nos sirve, con el deseo de una renovación que sea algo así como una muda de piel. No se nos olvide nunca que solamente se vive viviendo, no jugando a que estamos vivos. La vida no espera, o te agarras a ella, o te quedas muerto.

PD: Feliz verano, y nos vemos de nuevo cuando llegue el otoño.

559. El parque de Huéscar

Por Lola Fernández. 

Si Baza puede presumir de nuestra Alameda, en Huéscar tienen el Parque Municipal Rodríguez Penalva para orgullo y recreo de todos los oscenses y visitantes. Ideado en 1940, y terminado en 1948, es un ejemplo de cómo antes se daba mucha importancia a los elementos naturales dentro de la ciudad. El parque de Huéscar impresiona por su tamaño y variedad de flora y fauna, diversa esta última y a cuya cabeza colocaría las ardillas, que siempre son un aliciente al que buscar y disfrutar sin que se asusten, porque son muy suyas. Respecto a la flora, hay tanta y tan diferente, que son muy de agradecer los atriles informativos que de jardín en jardín nos van señalando cada árbol, cada arbusto, cada flor, las aves, los insectos…, lo que nos permite conocer y reconocer cada especie. No señalaré ninguna, para que sean ustedes mismos los que se acerquen y vean con sus propios ojos. Este lugar es uno de los más hermosos no ya de la provincia, sino que puede competir con cualquier otro parque reconocido como excelente, porque lo es y nada tiene que envidiar a ningún otro.

Foto: Lola Fernández

Otro aspecto a destacar es el sumo cuidado de jardinería y limpieza que nos permite deleitarnos sin interferencias de mal gusto. Allí todo es vida y, a la vez, quietud. Los trinos se funden con los perfumes, el verdor general se llena de múltiples colores, y nunca deja de asombrar la sensación de inmensidad que los altos árboles, y alguna planta altísima como la palmera, nos provoca. Aquí hay que mirar al suelo, pero los ojos terminan perdidos en el cielo. La forja ornamental del vallado se extiende por sus 800 metros de perímetro, solamente interrumpida en sus 8 puertas. Dividido en dos amplias zonas, la de invierno tiene un pasillo central que llega hasta una larga pérgola siempre colmada de rosas y otras hermosas plantas trepadoras. A ambos lados, una fuente circular de piedra en cada uno, y como esquinas del área de verano, estatuas de bronce representando a las cuatro estaciones anuales. Pasada la pérgola, se está en la zona estival, donde crecen los árboles más altos para optimizar las sombras, y donde hay una amplia explanada que seguramente se dejó sin plantar para albergar el ideado estanque que nunca llegó a realizarse. Hoy hay en él un parque infantil rodeado de bancos para que los padres no pierdan de vista a los críos.

Fuentes, estatuas, árboles de todo tipo, un precioso palomar de planta cuadrada que se pensó para guardar los aperos de jardín, coronada con dos alturas hexagonales rematadas por un precioso tejado de tejas árabes vidriadas en verde, a seis aguas, que es tan bonito como donde se encuentra. Perderse por los laberintos y paseos, sin prisa, con los sentidos atentos, es todo un placer. En sus 33 hectáreas no hay ningún rincón para que te entren ganas de marcharte; al contrario: este lugar es de esos al que siempre tienes ganas de volver, entrar por alguna de sus puertas y dejarte sorprender. El placer está asegurado, y no viene nada mal pasear y descansar entre tanta belleza, porque si se entra con agobios, se sale feliz y descansado, lo cual es el mejor motivo que se me puede ocurrir para ir y regresar cuantas veces sea posible. Si no conocen el parque de Huéscar, les invito a visitarlo, estoy segura de que les habrá de encantar.

558. Primavera incierta

Foto: Lola Fernández

Por Lola Fernández. 

No era invierno, y, sin embargo, qué frío y cuánta lluvia la caída día tras día en esta primavera incierta que nos hace preguntarnos dónde está. Porque no es verano, y menudo calor; sin apenas transición, de la tierra mojada al secano, del jersey a la camiseta. Los humanos, desorientados; las plantas, agobiadas y esperando un tiempo mejor y distante del exceso de agua o el impertérrito sol constante. Ya se sabe que la primavera es voluble y cambiante, pero lo de este año es de traca, exagerado a más no poder; será el cambio climático, pero eso no le sirve a nuestros cuerpos para sentirse mejor, ni a nuestras mentes para no desesperarse. Ojalá los gobernantes a nivel mundial lleguen a comprender que nos estamos cargando el planeta, el único que tenemos para aprender a vivir y pasar nuestra existencia; y esperemos que a nivel individual no contribuyamos a empeorar el panorama, ya de por sí bastante desalentador.

Foto: Lola Fernández

A nadie se le escapa que las armas son para matar, y que, si hay libre acceso a ellas, nada de extraño tienen las matanzas como las que muy cotidianamente ocurren en el país que se llama la primera potencia mundial, esos Estados Unidos que a veces, más que menos, provocan vergüenza ajena. Cómo es posible que no sepan o quieran reaccionar y decidan que no todo el mundo puede adquirir sin problemas un arma y matar aquí o allí, a familiares o a extraños, a muchos o pocos, sean delincuentes, jóvenes, adultos, o lo que sea, sin más trámite que pagar en caja, como si lo que se comprara fuera refrescos o bocadillos para saciar el hambre. Si a ello le unimos la pasividad de una policía que no sabe reaccionar para defender, pero que no titubea para matar ella misma a seres inocentes, pues… Cualquier tipo de arma es un objeto peligroso, que tan sólo excepcionalmente debiera utilizarse. Si acaso para salvar vidas, no para acabar con ellas. Y aún hay en nuestro país personajes indeseables que hacen apología de su libre uso; personajes indeseables de grupos indeseables, con ideología indeseable, y carencia total de principios y valores. Hay gentuza para quien el principio es solamente un comienzo; y el valor, algo cuantificable y con el que poder especular. Como hay gentuza por la que no pasó la evolución, sino la mera involución que siempre resta a nivel especie.

Primavera incierta, de límites desdibujados y borrosos, que nos hace desear inventarla si la deseamos, porque ella de por sí no se nos ofrece, como tantas cosas auténticas actualmente. Qué tiempos más difíciles de vivir, y no hablo sólo de la climatología. Mismamente puedo referirme a este sólo con acento, que es adverbio, diferente por completo del solo adjetivo: desde siempre la tilde los diferenció, y lo encuentro necesario por completo; por más que la RAE eliminara hace años la distinción. Se ve que con lo de limpia, brilla y da esplendor, se olvidó de lo que es escribir bien, y facilitar que el lector lea bien… Así que igual nos queda seguir escribiendo correctamente, más allá de entidades y organismos obsoletos y llenos de mucha más gente anticuada que actualizada. O inventar, coger unas hojas y unas flores y componer una primavera que no nos inquiete con su falta de certeza y su extravagante devenir. Después de todo, todo será según nos parezca.

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