409. No nos van a callar

Por Lola Fernández Burgos

Paseando por las calles de Granada fotografío una pintada en que junto al signo de la mujer han escrito un insulto. Nada nuevo, me digo, pero me parece tristísimo el clima general de rechazo al feminismo, con el nuevo término feminazi, que siento como una agresión más a las mujeres y la defensa de nuestros derechos. Nadie quiere ser más que nadie, es cuestión de igualdad de derechos, que para nada se da ni existe; y es repugnante que muchas mujeres vayan en contra de una lucha que es por todas. Cuando la violencia machista no sólo no disminuye, sino que crece en número de víctimas, al que añadir también un incremento en los menores muertos por los mismos machistas, una no puede callarse de ninguna manera. Aunque se nos insulte, aunque pongan en duda la verdad de los datos y de las denuncias, aunque nieguen una indeseable realidad más que evidente, las mujeres siguen muriendo por esta asquerosa violencia de género, en la que el más fuerte se aprovecha del más débil; y hablo, es obvio, de fuerza física. Pero aún así no dejarán de apuntar que las mujeres también maltratan y matan, aunque no sea eso lo que veamos en las noticias de cada día. Se trata de anular lo general excusándose en la excepción, y mostrando una actitud que es igualmente de maltrato. Quien niega la violencia machista y su reguero de mujeres y menores muertos, no respeta a las víctimas; y quien insulta el feminismo, tratando de equipararlo al machismo, es igualmente un maltratador, por tratar mal a las mujeres y a quienes tratan de conseguir que se las respete y se las trate con dignidad y desde la igualdad.

Por desgracia, de nada sirve el Pacto de Estado contra esta violencia, pues no pasa de un mero decálogo de propósitos, una vez más: sin presupuesto asociado, a no ser que a la simple calderilla le queramos llamar inversión preventiva y reparadora, que es lo que debería existir, este Pacto no deja de ser una gran mentira, otra más. Mientras los políticos que pactan no hagan suya esa lucha, la violencia machista seguirá matando, y las mujeres seguiremos siendo vistas como las culpables de que se nos mate. Porque dicen los machistas que es que queremos decidir por nosotras mismas, que hacemos lo que nos parece y no lo que ellos quieren que hagamos, que es que somos feministas en vez de femeninas, que eso no pasaba cuando estábamos en casa y sin ir a trabajar, que nos debemos a la crianza y educación de los hijos y ya ellos nos mantienen, y que con decir amén nos basta y que menos quejarnos… Pero, ay, resulta que llega un momento en que el mismo curso de la vida dice hasta aquí, y ya no pueden contra él ni los machistas ni sus agentes asociados, ni esas mujeres que son peores que los hombres que las han convertido en enemigas de su propio género.

Aunque seamos las mujeres las que seguimos muriendo a manos de asesinos protegidos por una sociedad tan machista y misógina como ellos, ya no es algo desconocido y escondido como históricamente lo ha sido, la verdad ya clama que hay que acabar con esto de una vez. Afortunadamente hay muchos más hombres que aman a las mujeres, que quienes las odian; y en algún momento habrá que empezar a aplicar las leyes, que no es que no existan, sino que sólo se ignoran. Las sentencias y los jueces y juezas cómplices de esta violencia asesina tienen los días contados, como el insultar a las víctimas por no ser agradecidas. Algunos quieren que seamos como perros apaleados que aun así no dudan en lamer la mano de su amo en lugar de pegarle un buen mordisco. Pero ni somos perros, aunque no duden en llamarnos perras, ni estos, pobrecillos, van a seguir mucho tiempo aguantando palos. Y si el Derecho ya protege a los animales, y se empieza a perseguir y castigar a quienes los maltratan, estoy segura de que más pronto que tarde hará lo mismo con quienes matan a las mujeres y a sus hijos e hijas. Mientras, no nos acostumbraremos al insulto por decir en alto lo que otras mujeres no se atreven casi ni a pensar, por la sencilla razón de que viven asustadas por un miedo interiorizado hacia los pseudo-hombres que les tocó en esta vida.

408. Espíritu lúdico

Por Lola Fernández Burgos

Adoro los placeres sencillos; son el último refugio de los hombres complicados.

Oscar Wilde

Contra la mediocridad, espíritu lúdico. No es mal reto en estos tiempos que personalmente me parecen feos, oscuros, involutivos y mediocres al máximo. Cuando parecía que estábamos convirtiéndonos en un país que tendría que decir algo, después de demasiadas décadas de aislamiento e indiferencia por los estados vecinos, resulta que mejor que nos quedemos mudos, porque mejor calladitos que diciendo tonterías. Históricamente hemos sido cuna de grandes artistas en todos los ámbitos del Arte, así con mayúsculas, pero ahora hasta el talento está fiscalizado. No quiero ni pensar qué hubiera sido de Quevedo, verbigracia, en la actualidad; no tendría nada de raro que hubiera acabado en la cárcel o en el exilio… Seguramente de Cervantes se hubiera demonizado y ridiculizado su Quijote, obligando la censura a que el único protagonista de nuestra novela más universal fuera Sancho Panza. Y qué decir de Goya, madre mía, a ese lo hubieran linchado directamente, por subversivo. Ay, qué tristeza de años, con un lastre de indeseable realidad que nos impide volar, soñar, crecer, ser ejemplo de modernidad, etcétera. Si íbamos a ser, nos quedamos en un intento frustrado, algo en que mirarse para evitar caer en los mismos errores, pero no como inspiración.

Así que es mejor optar por el divertimento, antes que caer en una depresión provocada directamente por la vulgaridad circundante. Y a la hora del recreo, cada quién ha de buscar aquello que le produce goce y satisfacción, más allá, por supuesto, de las modas y del beneplácito general, porque para ser feliz no hay que pedir permiso, estaría bueno. Antes al contrario, a veces el mejor indicativo de que vamos por el camino correcto y adecuado es, precisamente, lo que se quejan aquellos a los que no respetamos… Pues esa es otra: el respeto no se tiene de antemano, porque hay que ganárselo, se pongan como se pongan. Gracias a quien haya que ser dadas, por gris y anodino que esté el cotarro, aún podemos vivir eligiendo y tomando nuestras decisiones individuales, más allá de la aceptación o el rechazo ajenos, que qué quieren que les diga, cuanto más ignoremos, mejor nos irá…

De tal modo que es mejor adornar la existencia con lo que nos produce placer, que el hedonismo es muchísimo más que una doctrina ética, tal como aprendimos quienes estudiamos las corrientes filosóficas. El sibaritismo es también una opción y una actitud, una manifestación más de ese espíritu lúdico que puede dar algo de luz a la oscuridad de los días actuales. El caso es estar ojo avizor y oído alerta para evitar que el muermo, certera palabra definitoria de esta aburrida actualidad, pueda con nuestra alegría. Pues el regocijo y el entusiasmo es algo que no nos pueden robar, y si lo permitimos les estaremos dando alas a quienes conducen desde hace ya demasiados años España por unos derroteros hastiados, tediosos, soporíferos, desesperantes, y cuantos sinónimos más se les ocurra. Procuren ser felices, está en sus manos y en su disposición, porque actualmente hasta mirando el cielo observaremos que las mismas nubes gritan su disgusto.

407. Más nivel

Foto: Lola Fernández Burgos

Por Lola Fernández Burgos

Cuando uno no quiere, dos no pelean; pero tampoco aman, o hablan u olvidan. Si se trata de sentimientos compartidos, está claro que se necesita a quienes los compartan, del mismo modo que no existirá diálogo cuando sólo haya monólogo. Imposible entenderse si ante los que gritan, se opta por gritar más fuerte. Absurdo exigir que alguien cumpla la ley, saltándosela a la torera para pretender lograrlo. Nunca será de recibo ampararse en una presunta legalidad, si se esconde en la masa para exigir la ley del talión, que es el santo y seña del primitivismo y de la ausencia de unas normas que permitan una pacífica convivencia entre desiguales. Porque entenderse los iguales no tiene mayor mérito, pero, ay, que haya concordia entre los diferentes, ese sí que es un logro que implica civismo y evolución. Que de nada sirve haber dejado de ser mono, si uno sigue comportándose como tal, y aún peor. Nunca me harán preferir una bandera antes que a un pueblo, ni un pensamiento único frente a la enriquecedora diversidad, no ya al pensar, sino en todos los ámbitos. Si alguien hace las cosas mal, eso no nos da derecho a hacerlas peor, sino a tratar de enmendar lo mal hecho; y eso pasa irremediablemente por contar con todos y no pretender acabar con nadie.

Estamos en unos tiempos revueltos de microfascismos, de fascismos cotidianos de andar por casa, como quien se levanta y se pasa el día con la bata de boatiné. Ya no se persiguen judíos, pero se boicotean productos en función de su origen, por poner un ejemplo, olvidando que los trabajadores y familias que viven de ellos son tan víctimas de los malos políticos como todos. Con el tema Catalunya, por poner otro ejemplo, se tapan gravísimos problemas de corrupción y falta de democracia, pero nada como enardecer a quien no precisa demasiado para exaltarse; y como enarbolar la unidad de España cual señuelo, para que (casi) todos a una olviden que España no se rompe tan fácilmente, como no se rompió la familia cuando se permitió a los homosexuales contraer matrimonio por una sencilla cuestión de igualdad de derechos… Ya no se habla de quienes mueren huyendo de las guerras, de quienes buscan refugio y sólo encuentran cárceles llamadas centros de acogida, de la intolerable vulneración de la división de poderes que podemos ver, si sabemos, a diario. Claro que tampoco es difícil mantener engañados a quienes prefieren tranquilizadoras mentiras a incómodas verdades, sobre todo con una prensa que más que cuarto poder es un simple abuso de poder, al servicio de su amo. Vivimos una época de gente que se vende, y además muy barato; y que sólo se esfuerza en que todo siga igual, aunque sea igual de mal, que ya se sabe, se dirán, que más vale malo conocido, que bueno por conocer.

Y en estas estamos cuando, si no dices amén, si no te integras en la masa, si no te envuelves en su bandera, si te niegas a perseguir a nadie, sea quien sea, si rechazas una voz que no es la tuya o una idea que ya elaboraron por ti, enseguida te tachan de radical, con una pretendida intención de insultarte, ignorando por completo que ser radical es ir a la raíz de las cosas y no quedarse en la superficialidad, y menos la que te es dada. Porque si hay algo insultante para la misma inteligencia es precisamente quedarse en las meras apariencias y no profundizar en la razón de ser de los hechos y de las conductas. Así que, aun comprendiendo que para alguien sea difícil, si no es mucho pedir, no sería nada malo un poquito de más nivel.

406 – Buscando el Sol

Por Lola Fernández Burgos

Un año más, mientras la lógica no impere, nos vuelven a trastocar los horarios, ignorando nuestros relojes biológicos y manteniendo una impuesta hora oficial que nada tiene que ver con la solar. Somos muy absurdos, o, hablando con propiedad, nos obligan a serlo; y seguimos forzando a nuestros organismos a trabajar y descansar sin atender a las señales fisiológicas perfectamente diseñadas por la naturaleza para hacerlo cuando toca, y no cuando nos digan que es el momento adecuado. En fin, cuando los políticos toman decisiones es para temerles, máxime cuando se empecinan en ir contra los criterios científicos. No llego a comprender que en pos de un presunto ahorro energético, cuando a diario vivimos inmersos en un despilfarro que asusta, tengamos que sufrir las negativas consecuencias de ir en contra de la misma naturaleza. Y eso que en este caso, otoño, se dignan a regalarnos una hora, porque cuando en primavera nos la roban, eso sí que es malo.

Podríamos aprender de los mismos girasoles, esas hermosas plantas que viven girando en busca del sol, como su propio nombre indica. Despiertan por la mañana y giran siguiendo el trayecto solar, de este a oeste, en el sentido de las agujas de un reloj. Pero por la noche, ya sin sol que los alumbre y guíe, vuelven a hacer el recorrido en sentido contrario, para a la mañana siguiente, cuando amanezca, estar prestos para volver a girar buscando el sol. Es algo mágico que responde igualmente a sus relojes internos, aunque lo más sorprendente es que esta conducta sólo la mantienen mientras son jóvenes; cuando se hacen maduros, no vuelven a girar nunca más, quedándose mirando hacia el este por el resto de sus vidas. Todo eso gracias a sus ritmos circadianos, que funcionan igual que los nuestros. Y cuando los científicos han experimentado con ellos (metiéndolos en macetas que miran hacia oriente por las tardes, o impidiendo su giro, o sometiéndolos a ciclos de luz mayores que los de un día), sometiéndolos a situaciones en las que no pueden seguir dichos ritmos, el resultado es una disminución de biomasa y una reducción del tamaño de sus hojas… Se ha descubierto que el tallo de los girasoles crece por el día, con la luz solar, pero crece igualmente por la noche, sin ella: precisamente es ese crecimiento desigual el que hace que los tallos giren, por lo mismo que una vez que alcanzan su máximo crecimiento, no es necesario que lo hagan, y se detienen. O sea: su movimiento hace que crezcan más, y dejan de hacerlo sólo cuando han crecido lo suficiente.  Si les modificamos las condiciones naturales, impedimos una adecuada producción de su hormona de crecimiento, perjudicando el perfecto desarrollo de una planta que lleva en este mundo la friolera de 15 millones de años.

Es evidente que si al modificar las pautas naturales del girasol, lo perjudicamos, el resultado no es mejor cuando alteramos nuestros ritmos circadianos, que no siempre funcionan de acuerdo a los cambios de luz, por más que cada año los políticos se olviden de ello en dos ocasiones. Si tuvieran la inteligencia de escuchar los dictados de la Ciencia, serían muy conscientes de que tan importantes como la luz, son los mecanismos biológicos de nuestros cuerpos, esos relojes internos que no entienden de adelantos o retrasos de horas. Preferible será, pues, que dejen de molestarnos con estos cambios de horario que para bien poco sirven, dejándonos la libertad, como a los girasoles, de buscar por nosotros mismos el sol cuando nos apetezca y lo necesitemos.

405. Odio los lunes

Foto: Lola Fernández Burgos

Por Lola Fernández Burgos

Más de una vez he expresado mi pasión por el arte callejero, el street art, y en él, por su maestro indiscutible, Banksy. Una de sus pinturas, en las que invariablemente hace una crítica social y denuncia los absurdos del hombre y de la sociedad actuales, muestra a unos pobres niños de raza negra rebuscando en la basura, y uno de ellos lleva una camiseta con la frase Odio los lunes. Y así es, mientras ellos se mueren de hambre, nosotros no dejamos de quejarnos: de los lunes, del calor, del frío, y de todo lo imaginable. Son los problemas de quienes realmente no los tenemos, porque si de pronto aparecen, todo lo demás se esfuma y pierde cualquier razón de ser. Es triste que el llamado Tercer Mundo no reciba sino la caridad y la limosna del mundo supuestamente desarrollado, ese al que nosotros pertenecemos; que persistamos en darle el pescado en lugar de enseñarle a usar la caña de pescar; que no seamos capaces de implementar allí políticas de desarrollo sostenible que le permita alcanzar una independencia económica. Y aún más triste es no tener que irse tan lejos para hablar de pobreza y subdesarrollo.

Con motivo de la celebración del Día Internacional de la Erradicación de la Pobreza, al menos durante unas horas se comentan los datos relativos al riesgo de pobreza y exclusión de España, en comparación con el resto de países de la Unión Europea (UE); quedando siempre en unos lamentables niveles respecto de la media europea. Mientras se nos pretende vender que la crisis ya se ha acabado, la realidad es tozuda y nos indica que casi un tercio de los españoles están no ya mal, sino peor que cuando dicha crisis empezaba a azotar nuestra economía, y los hogares del país. Para más inri, la pobreza se ha cebado antes en nuestra juventud que en la población de pensionistas, gracias a la cual se ha podido salir adelante sin necesidad de unas ayudas estatales que si por algo han brillado es por su ausencia. Me causa risa, que es mejor que el llanto, cuando algunos creen que si se habla de neoliberalismo y políticas liberales, se está hablando de soluciones de izquierdas y de apoyo a las clases más necesitadas; cuando es justamente lo contrario, puro egoísmo de derechas y librar al Estado de las subvenciones correctoras de desigualdades.

Porque es que además, por si no tuviéramos bastantes motivos para la indignación con estos desalentadores datos, desde el inicio de la crisis, en nuestro país lo que no ha dejado de crecer, y esta vez sí por encima de la media de la UE, es el número de ricos y superricos, con lo que ello implica de que tal enriquecimiento ha sido a costa del empobrecimiento de los demás. En fin, un asco. De manera que si tenemos la suerte de no encontrarnos inmersos en esas estadísticas tan feísimas (y no olvidemos que detrás de su frialdad hay una realidad muy dura), a ver si somos capaces de dejarnos de una vez por todas de tanta superflua queja. Porque qué más da si es lunes o viernes, si llueve y hace frío o si brilla el sol, cuando hay personas que sufren de verdad, y no pueden hacer demasiado por salir de sus adversas circunstancias. Tengamos al menos la decente madurez de entender que ellas estarían encantadas con poder vencer sus dificultades, y que lo que menos se les ocurriría es lloriquear porque odian los lunes.

404. Bailar bajo la lluvia

Por Lola Fernández Burgos

Aunque indudablemente romántico, lo de bailar bajo la lluvia es, hoy por hoy, prácticamente una quimera, un sueño imposible donde los haya. No recuerdo ya cuándo fue la última vez que me quedé hipnotizada tras los cristales viendo llover, pero de verdad, no cayendo tres gotas de barro, que más que refrescar lo llenan todo de lodo y nostalgia de la autentica lluvia, esa que cae sin contemplaciones y corre por las canaletas, entre chapoteos y salpicaduras. Charcos, quiero charcos en los que se reflejen los vuelos de las aves cuando salen contentas a volar al ver que las nubes se alejan… Y no quiero volver a escuchar los motores de las avionetas rompenubes, esas que se dedican a la siembra de nubes, lanzando sobre ellas yoduro de plata para romper su equilibrio y espantar la lluvia, disipándolas. Mira qué desgracia tenemos en estas tierras, que somos víctimas de tan delictiva práctica que no se sabe quiénes la permiten, pero cuya existencia es absolutamente cierta, porque si no, no se entiende que la misma Guardia Civil tenga un teléfono a disposición ciudadana para denunciarla…

Tristemente, la ausencia de precipitaciones en esta sequía tan prolongada, tiene más que ver con el cambio climático que padecemos con clara evidencia desde hace demasiado tiempo, pero si encima espantamos la poca lluvia que se cierne sobre nosotros, pues es para enfadarse seriamente. Pero aquí sólo nos cabreamos, inútilmente por cierto, la ciudadanía, y quienes tienen la obligación de actuar no hacen nada de nada. La repoblación forestal, para qué van a planteársela siquiera, cuando se mueren nuestros bosques y no hacen sino mirar a un lado y otro, esperando a que las soluciones surjan solas, como por arte de magia. En nuestra sierra parece que han empezado a hacer algo, ni se sabe por qué han dejado pasar tanto tiempo sin responder efectiva y tajantemente; pero es desolador la imagen de los pinares, por aquí y por allá, a poco que te muevas un poco por la naturaleza nuestra. Ver las ramas cuajadas de nidos de procesionaria, espanta; y duele ver la inacción de quienes deberían estar luchando contra ello sin descanso. Las medidas me parecen, una vez más, una manera de hacer ver que se hace algo, una foto y poco más, en lugar de hacerlo realmente.

Igualmente preocupante es comprobar cómo la sequía está dejando sin agua los pantanos de la provincia de Granada, y de España en su conjunto. Nuestros embalses languidecen ante una mirada que sólo puede estar triste y nostálgica de tiempos mejores. Por aquí cerquita tenemos el Negratín, el Portillo, San Clemente; y en la capital, Quéntar y Cubillas… y sólo quedándonos con ellos, a menos de un tercio de su capacidad, la inquietud no puede dejar de aparecer, porque en este caso sólo nos queda mirar al cielo y esperar que se acerquen salvadoras tormentas que aneguen con la lluvia una tierra demasiado seca ya. Por no hablar de los jardines y de los árboles frutales, marchitándose sin que podamos hacer demasiado. Porque si seguimos así, no es que vayamos a tener malas cosechas, es que se van a secar los mismos árboles y plantas, con lo que ello implica de nefastas consecuencias económicamente hablando. Si el presente es oscuro, el futuro se presenta negro, y no precisamente por un cielo que anuncie tormentas y lluvias. Así que sólo nos queda desear que finalmente llueva y llueva sin parar y sin causar destrozos, permitiéndonos salir y bailar bajo la lluvia, sin ruidos de motores de avionetas fantasmas, y con el único sonido de los truenos y el repiqueteo del agua sobre los campos y las calles de nuestra ciudad.

– Lola Fernández Burgos

403. Que no nos roben la ilusión

Por Lola Fernández Burgos

El hombre tiene ilusiones como el pájaro alas. Eso es lo que lo sostiene.
Pascal

Foto: Lola Fernández Burgos

Cuando se vive de fondo una dinámica de odios y enfrentamientos, lo mejor es abstraerse y no dejarse llevar por la corriente, ni dejarse manipular en ningún sentido. No puedo imaginar nada peor que andar sin elegir la dirección y el destino; y hay que negarse siempre a ser un elemento sin individualidad, a cambio de pertenecer a un sistema no elegido. La vida es preciosa y nos pertenece por completo, como para perder el tiempo en no vivirla y seguir dictados ajenos. Las ideologías nos pueden manejar externamente; las creencias pueden ser utilizadas con intereses inconfesables; los valores no son inmutables, como no lo son las decisiones que hemos de ir tomando si queremos avanzar sin rigideces ni incomodidades innecesarias. Ya existen muchos problemas y dificultades a los que enfrentarse, como para darle cabida a lo que en verdad sobra: y en un momento dado nos pueden sobrar relaciones, personas, cosas materiales, e incluso espirituales, si me apuran. Puede que la libertad sea la más grande de las mentiras, pero prefiero seguir soñando que es una meta y un camino. Tal vez, sin percibirlo siquiera, somos poco más que marionetas movidas por invisibles hilos que controlan quién sabe quién… Y sin embargo, que no nos roben la ilusión de ser los dueños y señores de nuestras vidas, porque entonces no sé siquiera qué nos queda.

Nadie puede decidir por nosotros, como tampoco podemos elegir los caminos de, por ejemplo, nuestros hijos. Qué cantidad de magníficos proyectos de vida personales quedan frustrados porque los padres escogemos, y no es nada infrecuente por desgracia, lo que tienen que estudiar… Les impedimos algo tan básico como construir su futuro. Nada más y nada menos. Pero nuestra única obligación debiera ser darles los instrumentos precisos para que sean capaces de hacer lo que ellos y ellas quieran, no lo que consideremos e impongamos nosotros, por los motivos que sean, que suelen ser de lo más variopinto: para continuar con una profesión familiar, para satisfacer frustraciones propias, para presumir personalmente de un brillo ajeno por completo, etcétera. Por querer que nuestros hijos e hijas hagan lo que pensamos que es lo mejor, les impedimos triunfar en lo que ellos realmente desean, convirtiéndoles en fracasados. Nadie puede tener tanto poder, ni siquiera los progenitores por haberles traído a este mundo. Porque lo hicimos responsabilizándonos desde ese mismo instante de educarles para ser personas felices, y cada quién ha de poder recorrer los caminos que piense que conducen a dicha felicidad; con el inalienable derecho, además, a equivocarse…

402. De cotorras y gorriones

Foto: Lola Fernández Burgos

Por Lola Fernández Burgos

No creo que muchos de ustedes no hayan visto, y sobre todo escuchado, a las molestas cotorras que, introducidas en nuestro país en momentos en que las aves exóticas estaban de moda, han acabado por convertirse en una auténtica plaga de aves invasoras, que están acabando con las especies autóctonas, especialmente con los sufridos gorriones, que ya tienen demasiados problemas para sobrevivir en un tiempo que se les ha vuelto absolutamente hostil por bastantes y variados motivos. Puede que se trate de aves con bellos colores, pero ahí se acaba todo su atractivo, porque son sumamente ruidosas, a base de insoportables graznidos, y campan a sus anchas por jardines y parques, molestando no sólo a otras especies de aves, sino a los humanos, que no sabemos cómo ignorarlas cuando están cerca. Este verano, cuando me encontraba en idílicos lugares para el recreo y el descanso, cada vez que aparecían ejemplares de sus poblaciones, numerosísimas, no podía sino compadecer a nuestros gorrioncillos, absolutamente desplazados y asustados. Confieso que no me era difícil hacer una comparación entre estas cotorras y las hordas de turismo en masa, que tomaban los pueblos y plazas, me moviera por el punto de España que me moviera, cuando, por ejemplo, llegaban las fiestas locales, impidiendo que los nativos pudieran disfrutar con normalidad de sus tradiciones. Era ver a personas mayores, ilusas, saliendo con sus sillas, como toda una vida han hecho, y pretendiendo inútilmente evitar la falta de respeto de masas de foráneos que llegaban los últimos y se colocaban los primeros sin contemplaciones, y de inmediato me venía la imagen de las cotorras en las palmeras y la arboleda en general, dejando bien claro que todo era ya suyo.

Cualquier cosa en su justa medida es perfecta, pero en cuanto se excede en una negativa abundancia, por sus efectos nocivos para el resto, sea animal o humano, podemos hablar ya sin equivocarnos de un aborrecible azote. Y a eso equiparo, sin dudarlo un segundo, a un turismo sobre cuya llegada no se hacen estudios previos y previsiones para que el disfrute general no deje de darse, tanto para quienes somos de aquí, como para quienes vengan de fuera; porque digo yo que ante las hordas, todos las sufrimos, foráneos y nativos. Es verdad que el turismo es esencial hoy por hoy para nuestra economía, con ineptos gobiernos sin iniciativas de reactivación, cegados y obsesionados en una austeridad que sólo nos hunde más en la miseria; pero si no hay planes de sostenibilidad, tal factor económico reventará, como lo hizo la burbuja inmobiliaria, y con las mismas nefastas consecuencias que ésta. Y entonces será muy tarde para actuar. Como lo empieza a ser para hablar de un claro peligro de extinción de los pobres gorriones, con 25 millones de ejemplares desaparecidos en menos de dos décadas, que se dice pronto. Cada vez tienen menos huecos y árboles en donde vivir, con una contaminación y temperaturas en aumento, con la sequía, con cientos de pueblos despoblados, con un creciente número de depredadores, y encima con el añadido de las especies invasoras que los expulsan de sus territorios sin la menor dificultad. Así que es ver, y escuchar a las odiosas cotorras, y no puedo sino compadecerme de los gorriones y, con ellos, de nosotros mismos. Mal futuro nos espera si caemos víctimas del desarrollo insostenible, puesto que, por definición, es por completo incompatible con el progreso.

401. El amor a lo nuestro

Por Lola Fernández Burgos

Todo lo bueno se acaba, y con el verano no iba a ser diferente, pero como le sucede una estación tan bella y colorida como el otoño, pues nada de tristezas o melancolías, que tenemos aún todo un trimestre para completar el año, y ese es un signo inequívoco de que estamos vivitos y coleando. Por lo pronto, los más evidentes cambios vienen asociados a la climatología: adiós a los infernales calores de la canícula, y hola a las prendas de vestir más propias de la época, si no queremos cogernos un buen resfriado, que estamos en días propicios y hay que tener mucho cuidado. Mi madre dice que ahora, y en primavera, en los cambios de estación del calor al frío y viceversa, le parece estar en carnaval, porque cada quién va a su manera, la más acorde a la temperatura propia: y así vemos a quienes aún siguen luciendo el moreno de las pieles, y quienes ya se enfundan un jersey sin más contemplaciones y sin pasar por las socorridas rebecas de transición. Personalmente adoro estos primeros momentos de mudanza, porque son suaves y en positivo, y más aún sin que los humanos lo estropeen con sus cambios horarios. La naturaleza es sabia, y sus ciclos son progresivos y sin saltos, para que nos podamos adaptar. Así pues, termina el verano y, con él, los viajes de recreo, y los baños en la playa, y las largas noches contemplando las estrellas. Mas sin desaliento cogemos el almanaque y estudiamos cuidadosamente la ubicación de los puentes y festivos, por si nos es posible perdernos lejos de nuevo; y nos vamos en cuanto podemos a las orillas del mar, escudriñando el paso de las aves que aún migran; y nos enamoramos una vez más del cielo que desde arriba nos protege y al que seguiremos observando sin desmayo, entre equinoccios y solsticios…, que a estas alturas sabemos bien que la vida va, y nos agarramos a su cola, como si de una cometa se tratara, o nos quedamos a un margen, perdiéndonos todo un mundo de emociones sin fin.

Y de repente me veo de nuevo caminando las calles de mi ciudad, que durante el verano la encontré bastante sucia y descuidada, incluso a veces oliendo mal. Y descubro que empieza a ser atendida otra vez, que está mucho más limpia, que los malos olores se han ido esfumando. Y encontrarme con una simple glorieta adornada, por primera vez, con flores y palmeras me alegra el día y me hace pensar en lo importante que es, en todo, pero ahora me refiero al tema del urbanismo y del mobiliario urbano, el prevenir antes que el curar. Estoy plenamente convencida de que para que Baza luzca bella y sin maltrato —sucias pintadas, bancos rotos, cacas de perro, basura por cualquier parte menos en papeleras y contenedores, asfalto abandonado, aceras destrozadas, y un etcétera en el que quepa todo el vandalismo imaginable contra los elementos que adornan y embellecen una ciudad, plantas ornamentales y arboleda incluidas—, lo primero y principal es saber transmitir el amor hacia lo nuestro. Porque si no somos capaces de cuidar y mimar lo que nos pertenece, pues como que apaga y vámonos. Y para eso es esencial hacer partícipe a todos y todas, niños, jóvenes y adultos, de la idea de que Baza es nuestra, y de que si la agredimos, nos estamos autoagrediendo. Si se destroza un banco del parque, no podremos utilizarlo contra nuestro cansancio. Si impedimos que crezcan las flores, no nos alegrarán con sus olores y colores. Si no se arreglan los baches de las calles, son nuestros coches los que sufrirán las consecuencias. Si se dejan rotas las aceras, son nuestros hijos o nuestros padres, o nosotros mismos los que podemos caernos y lesionarnos. Y así puedo escribir sin parar por un buen rato, pero a buen entendedor con pocas palabras basta… Si sólo amáramos Baza como se merece, y enseñáramos a amarla a nuestra infancia y juventud, cómo lo notaría ella y cómo repercutiría en el bienestar general. No tengo la menor duda, y nunca perderé la ilusión de que el amor a lo nuestro sea alguna vez igualmente general.

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